El trípode de Helena es un blog personal, es decir, yo soy el único que escribe en él. En la parte superior de la columna derecha, verán mi retrato y debajo una descripción fantástica (curiosamente muy real) de mi carácter. Todo junto es Bisutería barata... A continuación, en Oropel imperial están organizadas las entradas según los temas recurrentes. Lo que hay es simplemente el fichero del blog. Siguen dos listas: Cinefilia y Bibliomanía, cuyos fines son fáciles de suponer. Luego, otras dos secciones Hits del blog y De uno en uno cuyas funciones están (para variar) demás definir.
Si a alguno de ustedes le intriga el título del blog, de click aquí o busque la respuesta en el "oropel" de Relatos. Si están interesados en descubrir más acerca de la sugerente imagén del encabezado, entren aquí o revise la primera entrada del "oropel" Pintura.
En fin, los saludo y les exijo que si tienen algo que decir, sea para bien o para mal, háganlo escribiendo algún comentario.

lunes, 30 de diciembre de 2013

Prólogo para una novela sobre mi familia

Cada vez que escuchaba hablar a los demás sobre las penurias económicas de las agentes del orden, de su vida sacrificada y arriesgada, de sus contribuciones miserables y de su exclusión social de las elites instruidas y bien nacidas, de sus excesos y corrupciones, de su salvajismo represivo y de sus maneras draconianas y autoritarias; comprobaba que tan lejos había estado yo de todo eso.
Para mí, la Policía era el chofer de mi abuelo que me entretenía poniendo caras graciosas mientras esperábamos al general en el estacionamiento del Ministerio, los cocineros del hotel de turistas en Huaraz que se afanaban por atender a la familia del jefe policial de la región, los atardeceres cromados de verano en el club de Santa María, la puerta blindada del tercer piso de la avenida España, los cumpleaños de mi hermana en Las Casuarinas, el no tener que portar documentos para salir de casa, las vacaciones de invierno pasadas en Chosica.
Todo eso me hacía pensar en un mundo campechano, algo rústico en su simpleza de modales y su jerarquía cordial; ese mundo de agentes no uniformados, callejeros y presumidos, detectives con maneras criollas, de lenguas siempre prestas a lanzar insultos y humedecer besos. Una especie de aristocracia dentro de la Institución que, amparada en sus prerrogativas propias, llevaba una vida cómoda y regalada.
Y la familia Arenas, mezcla de un zambo de Barrios Altos y una chola blancona de Jauja, había conseguido una ciudadanía excepcional en ese espacio, en esa tierra prometida de los descastados, vinculada a la administración práctica de la paz del Estado, y en dicha función y a su servicio, había adquirido sus títulos de nobleza, acumulado vasallos y conquistado la posesión de otros saberes, tal vez más refinados, pero a la larga, menos útiles y heroicos.

La historia de mi familia es un ciclo completo de esa épica de las instituciones sociales que modelan la forma de una Nación: la alta oficialidad policial. Y yo, como su descendiente menos preclaro, excesivamente puntilloso, artificial y magro, me reconocí desde muy joven como el contrapunto adecuado para narrar sus grandes hazañas y sus pequeños vicios, particularmente estos últimos, porque son los que conozco más de cerca y porque, en el saldo de los años, se han convertido en la única herencia verdadera que me ha dejado. 

viernes, 22 de noviembre de 2013

Malsano (Antitradición)

UNO
I
La primera historia que inventé la hice para violar a mi hermana.
II
Cuando tenía nueve años, una mañana, después de masturbarme en la ducha, mientras me jabonaba el pene con culpa, introduje de casualidad uno de los pulgares en mi ano. La espuma y el jabón lo habían dilatado y la fricción de mis dedos para limpiarlo había producido una ligera inflamación del borde que parecía el aro gelatinoso de una gomita.
Desde aquel día, cada vez que iba a bañarme, no dejaba de llevar algún objeto cilíndrico para metérmelo en el culo.
Comencé con lapiceros sin tinta que encontraba en el cementerio de uno de los cajones de mi escritorio. Luego vinieron los plumones gruesos y los palos de escoba. Recuerdo que sentía una inclinación irrefrenable por la madera. Aprendía a distinguir su textura rugosa, sus líneas imperceptibles al tacto de los dedos pero no al de las paredes del ano.
El plástico, en cambio, me irritaba.
Mi orificio se fue volviendo exigente y mi deseo insaciable.
No había nada que esperará con mayor entusiasmo que esos minutos antes de ir al colegio, cuando bajo el vapor que despedía la terma, mi reflejo empañado me miraba desde el espejo con aquella expresión de gozo adolorido que tiene todo hombre que se masturba estando empalado.
III
Poco a poco me fui volviendo un adolescente excesivamente aseado.
IV
Dos años antes, a los siete, una tarde en la que mis padres no estaban en casa, coloqué a mi hermana de tres años, boca arriba, sobre la cama matrimonial y me eché encima. Me froté contra su cuerpecito durante unos diez minutos y al terminar estaba todo húmedo entre las piernas.
Me había orinado.
A partir de ese día, repetí la operación regularmente dejando una tarde. La excusa que inventé para que se quedará quieta y en silencio fue, sin ánimo de hablar de un talento precoz, el inicio de mi carrera literaria:
V
«Había una vez un reino llamado ChickenLand. En él vivía yo, Littlehand, y tú, Roncesvalles. Ambos éramos felices porque habíamos jurado estar juntos para siempre. Lo habíamos hecho una noche, bajo la inmensa palmera que había plantado nuestro padre en honor a nuestra madre. El amor de ambos había hecho crecer la sombra del árbol hasta ocultar a todos los hombres y mujeres de aquel país. Incluyendo sus pecados. Pero la felicidad de aquellas tierras fue hurtada abruptamente por un leñador que cortó el asta de aquel navío enterrado y enrolló sus velas de penumbra. Entonces los habitantes, nosotros, vimos el sol por primera vez y quedamos ciegos, sin poder mirarnos. Tú temiste perderme, yo temí lo mismo. Nos sujetamos fuerte de la mano y prometimos confiar en otro sentido dado que nuestros ojos habían perdido su luz. El sentido que elegimos fue el tacto».
Sin querer, había dado con la acepción bíblica de un término problemático: conocer.
VI
Cumplidos los doce años, a mediados de setiembre, olvidé cerrar con seguro la puerta del baño.
Roncesvalles me miró asustada.
Nunca comentó el incidente.
Nunca más estuvo en una habitación a solas conmigo.
Nunca más me dejó que le contará una historia.
Nunca más nunca.
VII
El verano siguiente, estudiando como un imbécil, me volví aficionado al futbolín y conseguí una “novia”.

DOS
Un consejero del rey, de nombre soviético como Rasputín e impulsado por la ambición, hizo un acto de magia.
Importó cientos de bobinas y las hizo desaparecer por la boca de los ciudadanos más ilustres de ChickenLand. El objetivo de esta proeza digna de faquires era develar su interior. Para ello, los citaba en un cuarto estrecho, y les decía que una gran plaga se acercaba. Esto les producía temor porque su riqueza y fama dependían de los numerosos vasallos que habitaban el reino.
- Sin el capital humano, de ínfima calidad pero numeroso, estamos perdidos.
Entonces les propuso un antídoto a la epidemia.
- Ustedes deben hablarles, deben contarles una historia.
- Pero nosotros no somos poetas.
- Pues yo les daré el argumento, lo he filmado y he preparado un rollo para cada uno. ¡Tráguenselo!
- ¡Gracias, oh, Gran Tecnócrata!
Y aunque no hubo tal epidemia, funcionó: le hicieron un altar al consejero.
Pero un día, uno de los altos funcionarios, uno de los comedores de acetato, fue al baño y defecó una larga tira en blanco cuyos bordes afilados desgarraron su recto hasta abrirlo como una hermosa boca de anciano, sin dientes y con encías descarnadas.
Era una lámina de plata.
El rey, un pobre eunuco que había perdido a su primogénita en la guerra y a su hijo menor en un prostíbulo, mandó encarcelar a todos los implicados y acumuló las cintas en unos inmensos vestíbulos. Así se fundó la primera filmoteca de ChickenLand.
Tiempo después, tuvieron que traer a un experto francés de apellido Mèrde para revelar las filigranas argentinas. Al parecer, por tratarse de un material poco convencional para grabar una película, tuvo que recurrir a una técnica que no se usaba desde la época de los daguerrotipos. Por eso, caído en desgracia el tirano y su consorte varego, cuando se exhibieron públicamente las cintas en una versión resumida que duraba apenas tres horas en cada plaza, cada esquina, cada fonda o burdel del territorio vejado por el anterior gobierno, la fotografía tenía un tono melancólico y triste que invitaba al suicidio colectivo de los espectadores.
Era el sepia que caracteriza a las fotos que nuestros abuelos les tomaban a los niños que nacían muertos.
Debido a las contraindicaciones, se prohibieron las funciones.
Narraré a continuación la sucesión de imágenes de uno de estos films a los que se hicieron tan aficionados los pequeños masoquistas y las lesbianas posestructuralistas.

TRES
Celuloide
Apenas llegaste, tu cuerpo fue intervenido.
Varias y dolorosas veces. Y comprendiste que nunca más querrías que alguien se metiera con él. Que renunciar a la fisicidad era un pequeño himno para cantar en silencio.
Pero encarnaste en otros cuerpos que te sometieron a su control y que te volvieron a manipular:
«La operación a la que he sido sometido es muy delicada. Me han vaciado los órganos. Soy una cáscara. Cada cierto tiempo, un cirujano de frías manos y duro paladar me anunciaba la pérdida de un tejido nuevo con las mismas palabras:
- Hemos terminado».
Como no podías vivir alejado de los hombres, decidiste permanecer tan cerca de ellos que no pudieran verte con claridad.
Eres un cuerpo amputado. Avergonzado. Idealizado.
Construiste una imagen de ti mismo a la que le faltaba un miembro. Y todos los demás se volvieron prótesis de él. Al querer ocultar una ausencia, sucedió lo de siempre, la acentuaste más.
Cuando naciste, te habías clavado el puño en el pecho como buscando tu corazón. Pero te equivocaste de lado y, en lugar del suicidio, encontraste el esperpento.
Con el brazo libre, te hiciste tu primer nudo de corbata: pero no supiste tirar de él a tiempo y lograron sacarte azul del útero, con el cordón umbilical acariciando tus hombros, como un collar de sangre. Y sentiste, con pesar, la delicadeza de la muerte.
La luz del día te dejó ciego.
La oscuridad de la noche te dio miedo.
Mataste a tu madre a los pocos días y, con ella, el afán de originalidad. Tu padre se convirtió en una historia oída entre sueños. Una maravilla destruida como aquel coloso que en Rodas guiaba a los barcos de los piratas para que saquearan la ciudad.
Todo resulto insulso y agotador.
Renunciaste a la primogenitura como se renuncia a ser coronado rey de una tierra sin súbditos.
Y te volviste enfermizo a propósito.
De alguna forma, era una compensación morbosa al desapego.
Hiciste un manifiesto; tu brazo izquierdo se convirtió en el índice. Tu cabeza en el pulgar. Mostraste tu palma herida, con esa línea de la vida que se corta a la mitad… y vuelve a comenzar.
Tu corazón seguía latiendo, pero era un músculo cansado y flácido.
Tu corazón seguía latiendo, pero su ritmo era irregular (taquicardia).
Tu corazón seguía latiendo, pero dejo de ser una marcha.
Tu corazón seguía latiendo, pero lo que nadie sabía
era que no habías errado el golpe
y que en lugar de ventrículos y aortas
estaban cinco dedos diminutos
abriendo y cerrando un gesto extraño
ajustando los nudillos
en medio de un charco de sangre
con el movimiento que tienen los peces
cuando están fuera del mar.

Pizarra
Las palabras bailan y el polvo de la tiza asfixia tu mirada. Tienes las manos blancas. Podrías caer al suelo muerto y nadie se daría cuenta. Ese mismo polvo que te ahoga serviría para marcar los límites de tu cuerpo. Cuando vieran lo que ocultas en el bolsillo nadie se sorprendería. Todos ya lo habían deducido pero te querían tanto que nunca te hicieron el más mínimo comentario. Eres afortunado y quieres morir. Porque nadie se daría cuenta. Porque nadie.
Tu mano hace un ejercicio coreográfico. ¿Qué estás dibujando? ¿A quién? Recuerdas cuando hacías hermosos íconos griegos en medio de la selva de Jaén. Recuerdas cuando te desplomabas sobre una hamaca y oías el ritmo de la lluvia y sentías los piquetazos de los insectos mientras esperabas el café de las cinco que las monjas de clausura dejaban del otro lado de la cancela. En la ciudad es imposible comprar ese tipo paz.
Si vas a hablar de un padre que maltrata a su hijo sería mejor que no lo compararás con uno que es como un faro ausente. Con uno como el tuyo. La historia fue lo único que los vinculaba. Siempre tuvo miedo del momento en que tú pudieras recitar de memoria a los reyes merovingios y él solo se acordara del estúpido de Carlos Martel. Paradójicamente, tú fuiste el mayordomo y él, el holgazán.
Sacas a un alumno, lo pones al frente y le dices: Gregorio. Y toda la clase se ríe, encima de los pupitres, hasta orinarse y, con su fetidez, infecta el salón. La burla siempre huele mal. Es malsana. La burla es malsana y mórbida. Después tantos rechazos crueles, insultos gratuitos y una mota que cae al suelo como la mala imitación de una manzana; después, dices, de todo eso, no queda más que ese chico humillado e imbécil te miré a los ojos con un dolor muy hondo y negro, y se vaya corriendo a llorar sus renovados traumas junto a una muchachita insulsa, de voz ronca, a quién no le importan ni Kafka, ni “sus chicos”; sino lo que hará en la noche, cuando esté mirando sus tobillos.
Y sabes que eres coherente, que gozas como un entomólogo destripando a los bichos. Sabes que la Literatura es una cosa perversa: ese “gozo adolorido” e implícito en las relaciones incestuosas y la sodomía.

Un par de años después, una chica de doce años me llamó a una esquina sombría del aula y me dijo:
- Profe, yo también estuve en ChickenLand y un hombre disfrazado me capturó dentro de su traje sudoroso y fornico conmigo mientras estaba presa en sus plumas amarillas.
Yo le pregunté si había visto, durante la operación, un lacrimógeno drama en sepia proyectado contra las paredes de su cabeza. Era la historia de un chico que en lugar de un corazón albergaba el agónico ritual de un pez sin agua.
- No, pero vi a un boyardo engañar a un monarca.
Satisfecha mi curiosidad, y calmados mis temores, le ofrecí el consuelo cristiano como una fruta oxidada y le rogué que me dejará seguir con la clase. Pero antes de que me fuera hacia adelante, ella me sujetó del borde de la manga. Volví el rostro. Abrió la boca. Sacó la lengua. Entre sus dientes cariados, sombreada por una mirada lasciva, se proyectó en el músculo una “G” tan nítida y brillante que parecía un letrero de neón.
Entonces corrí violentamente hacia la pizarra. Cogí un puñado inmenso de tizas blancas. Di un portazo al salir del salón. Bajé dos pisos. Atravesé el patio. Cerré con seguro el baño y recordé con los dedos -es decir, con todo el cuerpo, porque era una inmensa palma que se doblaba- aquellos tiempos en los que inventaba historias para violar a mi hermana… 

Senectud

«Además, en el anciano la comunicación entre los centros que coordinan los movimientos y los que los realizan es lenta; se realiza con la velocidad de un tren de carga, por así decir, con dudas y paradas. Por eso el ritmo y el tempo[1] del movimiento en el anciano es lento, perezoso» (p. 208), dice Constantin Stanislavski en un capítulo de El trabajo del actor sobre sí mismo dedicado a la caracterización de un viejo. Y es conocido que el teórico ruso fue un gran observador de los comportamientos humanos. Por eso, el siguiente consejo tamiza la afirmación inicial, al sugerir a un actor que ha logrado “reencarnarse” en un viejo, el paso siguiente: «Lo más difícil ya está hecho. Ahora puede rejuvenecerse enseguida. Puede volverse más dinámico, enérgico, flexible; casi como un joven. Pero… sólo dentro de los límites de los quince o veinte grados de su gesto habitual. No pase nunca de estos límites, y si lo hace, debe ser con mucho cuidado, en otro ritmo, porque en el caso contrario sentirá calambres» (p. 210).

Europa es un continente de ancianos. Y no es necesario recurrir a las estadísticas de Wikipedia para saber eso. Basta con ver sus películas. Las mejores al menos. Y será porque estuve un par de años visitando a muchos de ellos en un asilo en el Rímac cada domingo. Será porque vivo con una desde que nací. O será porque me gusta ese tempo perezoso del que habla Stanislavski. El punto es que quiero compartir unas cuantas de mis pelas favoritas sobre gente que “puede rejuvenecerse enseguida” ante la mirada de un -debo reconocerlo- no tan joven espectador.

Una tragedia (marzo)

La pela de Michael Haneke es inapelable. Es un alegato a favor de las prerrogativas éticas del amor. En sus películas siempre suena desde algún rincón Schubert, y Amour (2012) no podía ser la excepción. Nadie es mejor que él para dirigir a sus actores. Y su reciente deconstrucción de dos rostros emblemáticos de la nouvelle vague -Emmanuelle Riva y Jean-Louis Trintignant- no hace más que confirmar lo anterior. Porque al saber que un rostro querido ha perdido toda esperanza no queda más que privarlo de su sufrimiento y naufragar a su lado.



Una comedia dramática (julio)

El reparto es de primera: Jean Horton (la diva), Reginald Paget (el esposo engañado), Wilf Bond (el cáustico libidinoso), Cissy Robson (la cándida) y Cedric Livingston (el director musical). Dustin Hoffman se luce en la dirección de Quartet (2012) al entregarnos un film con tan bellos detalles. Un asilo para antiguos músicos y cantantes líricos ingleses. Todos decadentes pero contentos, como los músicos del Titanic que no quieren abandonar el barco. En este caso, lo que se está hundiendo es su cuerpo marchito. Citando a Hemingway: «Un hombre puede ser destruido, pero no…»


Una animada (noviembre)

Arrugas (2011), del español Ignacio Ferrera, fue toda una sorpresa. La llegada a un asilo de un viejo empleado de banco y su lucha contra el Alzheimer. Su encuentro con un argentino divertido e irónico. La repetición de las palabras, el olvido de los significados, el terror del segundo piso donde van los que ya están muertos pero siguen respirando. Basado en el exitoso comic de Pablo Roca. Humor para enfrentar el vacío, nada mejor.


Como solía decir el maestro de teatro: «Es difícil conocer y hallar las circunstancias dadas de la vejez. Pero una vez halladas, no es difícil fijarlas mediante la técnica». 

Y quien diga que el invierno no puede darnos imágenes dinámicas, enérgicas y flexibles, está equivocado y no merece llegar a viejo.



[1] Stanislavski entendía el tempo-ritmo como la expresión verbal del texto; a diferencia del sentimiento, espontáneo e interno, relacionado con la experiencia emotiva, es decir, el subtexto. Ambos eran elementos complementarios para la caracterización de un personaje y la reencarnación de un papel; aunque reconocía la primacía del segundo porque «cuando el sentimiento no responde por sí mismo y tiene que recurrir al ritmo para estimularlo, se encuentran [los actores] en un absoluto desamparo» (p. 180). 

martes, 19 de noviembre de 2013

Contrato

Por el presente contrato (aunque no sé realmente si lo sea) los abajo firmantes, es decir, tú y yo, se comprometen a llevar la fiesta en paz, a comer de vez en cuando del mismo plato, a recorrer interminables kilómetros como viandantes de ocasión, a mirarnos a los ojos, a ser más normales, a ser menos monses, a olvidar los libros de teoría -sean de Bajtín o de Lacan-, a pensar o practicar alguna “tura”: literatura en tu caso, pintura en el mío, y demás.
A levar anclas cuando estemos cansados, a ver morir lo que deba morir con hidalguía, a desconfiar del mal gusto, a apurar el vaso hasta la última gota, a no naufragar en vano, a comprarnos una armónica, a no hablar de corridas ni de doramas, a suprimir de nuestro diccionario toda palabra cursi, a reírnos de las solemnidades, a ser solemnes en los lugares más ridículos, a tener siempre los caracteres incompatibles, a beber agua, a no agonizar adrede (y eso va para ti), a tener alianzas con otras repúblicas amigas, pero nunca formar imperios, a ser dos ciudades vecinas, a odiar los cuentos de hadas, a vivir al revés como Alicia, a perder todas las carreras, a pensar despacio y hablar deprisa, a morir solo de risa, a ver alguna vez Besos robados de Truffaut, a admirar a las aves de paso, a no voltear hacia atrás para volvernos de sal, a buscarle tres patas a los gatos, a saltar en un pie hacia los acantilados, a soñar con la cara oculta de la Luna, a jalarle las barbas a todo revolucionario, a levantarle las faldas a las monjas, a no ser sordos ante el tango, el son y el mambo, a quemar nuestras carabelas, a jugar a la ruleta rusa, a luchar sin trincheras, a comer manzanas de árboles prohibidos o ponérnoslas en la cabeza para esperar a Guillermo Tell, a tratarnos como mercenarios, a empollar el huevo de toda serpiente, a amar a la Edad Media, la Inquisición y el carnaval, a marcharnos bien lejos algún día, a no imitar a nadie, a destruir de nuevo las murallas de Jerusalén, a recorrer años y leguas, a adorar tanto al neón como al sol, a hacer trampa alguna vez, a imaginar este mundo sin las personas que lo afean y lo entristecen, a imaginarlo también sin nosotros dos.

Lima, escrito / hace mucho tiempo.

viernes, 4 de octubre de 2013

Géneros literarios

Alfan alfiles a adherirse…

La conocí en un congreso de literatura que organizaba la Católica el año pasado.

Recuerdo que me había encontrado con mi viejo amigo, Juji, a quien no veía desde las reuniones en la casa de Diego. (Era la época en la que jugábamos Risk mientras cantábamos canciones de Drexler). Compartíamos una mesa en la tarde del último día del Coloquio. Nuestras ponencias giraban en torno a la poesía de Vallejo. Ambos éramos demasiado pretenciosos y eso era algo que nos quedaba bien. Marco, el verdadero nombre de Juji, estaba presentando el avance de su tesis, algo relacionado con el ultraísmo en el autor de Los heraldos negros. Yo ya había escuchado esa idea antes en el artículo de un crítico italiano. Pero me gustó oír repetir a Juji esos argumentos con la misma fragilidad en la voz con la que se declaraba derrotado en una partida. El efecto que me producía era similar: la pena.

Yo hablaba sobre la rítmica en Trilce.

Comencé diciendo algo así como que «para destruir algo tienes que conocerlo bien» y saqué a colación la tesina que escribió Vallejo para obtener su título de bachiller en Trujillo. Algo sobre el romanticismo en la poesía castellana. O española, da igual. Por ser el invitado sanmarquino, al menos eso quise creer, fui colocado al centro. A mis costados estaban los dueños de casa y, como los tipos esos del Calvario, cada uno me había robado algo: Juji, el tiempo; Alejandra, la concentración.

Cuando acabé de leer, ella me felicitó.

Esa misma noche la busqué en el Facebook y le envié una solicitud. Tenía el apellido de un dramaturgo barroco que había escrito una pieza que sabía de memoria. (Desde tercero de secundaria). Estaba enganchado. Un par de días después aceptó mi invitación de amistad y durante los siguientes tres meses hablamos esporádicamente de literatura colonial. A ella le encantaban los sermones de Juan Espinosa Medrano.

Llegaron las fiestas de fin de año, Ale se fue de vacaciones a Tacna y yo me quedé colgado porque la chica con la que salía me abandonó a las pocas semanas, a mediados de enero. Inestable, me fui de viaje un par de veces y volví a masturbarme. Cerca de Semana Santa, tropecé con alguien a quien no veía desde el colegio. (La chica que había hecho de Rosaura, claro). Pensé que sería un “amor de verano”; sin embargo, cedí y estaba en medio de un nuevo melodrama. Y así llegó abril.

Abril siempre ha sido mi mes favorito del año.

Una noche me enteré de que estaba en Lima y la invité a tomar un “par de chelas” a Miraflores. Ella aceptó. Me dio su número y quedamos en ir a Berlín un viernes. Nos encontramos en el MacDonalds del óvalo. Hacía calor. Era más alta y más delgada que yo. Y tenía una sonrisa peculiar. Caminamos. Me gustaba como flotaba su camisa de jean a cada paso que daba a mi lado. Cruzamos imprudentemente una pista. Llegamos a un bar y pedimos un piqueo y varias Pilsen.

Ale jugaba con las etiquetas mientras declaraba que odiaba a la gente. Le respondí que no era necesario que habláramos, que podíamos hacer gestos. «Ten cuidado, no suelo ser muy expresiva», respondió. Y puso la misma expresión pueril que Topollillo.

Tres horas después íbamos rumbo a su departamento.

Al bajar de la couster, me di cuenta de que había caminado cientos de veces por ahí. Ale entró primero al edificio, saludó al portero y me hizo pasar rápidamente. En el ascensor me contó que su hermano, el dueño del depa, se había ido fuera del país. No entendí si temporal o definitivamente. Tampoco insistí en el asunto. Sus padres seguían en el sur. Entramos por la cocina y nos sentamos alrededor de una mesa circular. Se parecía mucho a la cocina de mi abuela. Me inspiraba ese mismo aire de recato y crueldad. Ale sacó una botella de un vidrio bastante grueso que contenía una sustancia espesa y carmesí.

Era un Fernet.

Nunca en mi vida había probado ese trago. La boca se me llenó de saliva y los ojos, estoy seguro, debieron haberme chispeado groseramente. La anfitriona se percató en el acto y me sirvió de ese licor en una copita cuya confección se tornó para mí superior a las elaboradas con el cristal de Bohemia. Repetí varias veces hasta que mis codos se deslizaron libremente por la superficie blanca y circular. Uno de ellos se desbarrancó y me caí del banco de madera. Ale me llevo a la sala. Decidí respirar algo de aire. En el balcón, mirando desde el sexto piso el tráfico de la avenida Arequipa, perdí el conocimiento.

De las siguientes horas solo me quedan impresiones vagas.

Mis piernas columpiándose temerariamente en el vacío.

Un cuello blanco y una mano conteniendo mis muslos.

Los gritos del portero.

Las luces de algún vehículo del serenazgo de San Isidro.

El cruce del Sanjón con la Bajada de Playas en Barranco.

Un amanecer.

El parque.

Mi cama.

Cuando desperté me di cuenta que estaba completo. Había perdido mi tarjeta y la resina derecha de mis anteojos tenía un par de rasguños. Era lo de menos. Sabía que eran las consecuencias naturales de haber sido, por una noche, un completo imbécil.

La mala noticia: me dolía un poco la cabeza y la rodilla izquierda. La buena: el perfume de Ale estaba impregnado en mi ropa.

Durante los siguientes días traté de llamarla. Nunca me contestó. Le escribí unos cuantos inbox. Los leía pero no decía nada. Hasta que una semana después de ocurridos estos acontecimientos, escribió en su muro:
Las mujeres feas necesitan del alcohol para tirarse a alguien.

Estuve a punto de hacer un pequeño escándalo por internet. Me controlé y lo dejé pasar. Le escribí un mensaje a mi flaca y tuvimos sexo en la madrugada. Cada vez que yo frotaba su clítoris recordaba lo que más me había jodido de todo lo anterior: no era el hecho de que me hubiese acusado de aprovecharme de ella; sino el de que no se había dado cuenta de quién era yo. (Quien era en verdad). Su error no era ético sino cognitivo.


Y Dios sabe que yo puedo perdonar a las mojigatas, pero a las estúpidas no.

jueves, 19 de septiembre de 2013

Zombie

 
[El siguiente poema fue compuesto por Alejandro Raúl Escalante Mendoza, un chico de lentes rectangulares y rostro redondo, al que le enseño literatura en una clase de 1er año de secundaria].
 
 
Las bombas caen / las bombas
                                                 caen
      y siguen cayendo
 
Tú estás ahí / ahí estás / ay / ahí
      zombie despreciado
 
Eres un zombie feo e inmundo
maligno que no piensa / solo
pero muy solo / ahí estás
      despreciable como otro de los tuyos
 
Zombie como eres andas solo 


sábado, 3 de agosto de 2013

Periodificación preliminar del último siglo


“... este argumento, como el mío, persigue un equilibrio sutil
entre la percepción de lo particular y el reconocimiento de lo común”.
Martha Nussbaum


Primera etapa

En las postrimerías del Estado Liberal (antes del crack financiero del 29 y de la Segunda Guerra Mundial), convulsionado por las luchas sociales de los obreros, mujeres y otros sectores marginados de la sociedad que buscaban mejor sus condiciones de vida -en muchos casos infrahumanas-, se consolidó el “modelo Ford” que acentuaba su preocupación en el aumento de la producción aminorando el costo para generar una mayor rentabilidad. Los seguidores de este modelo suponían que el crecimiento de la oferta generaría una mayor demanda. La consolidación del capitalismo –o el “libre mercado”- por las dos Revoluciones industriales, acaecidas entre la Revolución Francesa (1789-1799) y la República de Weimar (1919-1933), no careció de una oposición en el seno de las sociedades modernizadas. Así, hacia el final de este período aparece un nuevo modelo, basado en la propaganda, en el marco del auge de los fascismos y el comunismo totalitario.

Segunda etapa

La perspectiva cambia después del Holocausto. Con el inicio de la Guerra Fría y el nacimiento de las Naciones Unidas (1945), el mundo postbélico vive en un tenso equilibrio entre dos paradigmas distintos: el soviético y el american way. El “modelo Goebbels” expande su dominio con su lógica basada en la eficacia, es decir, en aminorar el costo de la inversión a través de la validación constante de la oferta en la mente del consumidor. Aparecen la publicidad, los estudios de mercado y los focus groups (1956). El estado asume la responsabilidad derivada de las exigencias reclamadas por los ciudadanos: educación, salud y demás servicios básicos. De este lado de la “cortina de hierro”, el Estado de Bienestar aparece constantemente en nuestros sueños.

Tercera etapa

Estado Neoliberal (década de los ochenta): reducción del estado y políticas económicas ortodoxas cimentadas en los indicadores económicos (riqueza material). La crisis del Estado de Bienestar marca una escisión en el seno de la comunidad europea; se apartan los países nórdicos quienes mantienen sistemas económicos protegidos y un estado fuerte. En el resto de Occidente, la consolidación del neoliberalismo (Tatcher, Reagan, Juan Pablo II, Pinochet o Fujimori) trajo consigo la implantación del “modelo Clausewitz”, en el cual la guerra por controlar el mercado se centra en estrategias destinadas a desestimar la oferta de los competidores. La mercadotecnia también se aplica a la forma de conducir las políticas públicas, que son encargadas a tecnócratas para quienes el sistema de gobierno es irrelevante: “gobernanza sin democracia”. La competitividad construye nuevos parámetros de éxito: ya no la satisfacción de los deseos del consumidor o ciudadano; sino el aumento de las ventas y el rating.

Cuarta etapa

Desde el seno de las Naciones Unidas y su famosa Declaración (1948) –documento algo olvidado- se hace hincapié en la construcción de un modelo alternativo centrado en el “desarrollo humano” (Amartya Sen). El Estado de Derecho (duramente criticado por Rancière), se fundamenta en el concepto de Gobernabilidad democrática. Con el cambio de siglo, la sostenibilidad es el indicador priorizado, tanto en el contexto económico (Responsabilidad social empresarial y la visibilización de los stakeholders), político (tecnocracia ética), medioambiental (“responsabilidad intergeneracional” debido al Cambio climático) y religioso (consagración de la Teología de la Liberación en el seno de la ortodoxia católica y recuperación del espíritu del Vaticano II). El modelo al cual parece virar el mundo -o los que más nobles intenciones con respecto a él tienen- es el de la “ética del desarrollo” (Kliksberg, Nussbaum).

jueves, 25 de julio de 2013

Dos trilogías frustradas


[Corría el año 2010 y yo escribí este artículo para el primer número de una revista que nunca salió].
 
 
Después de haber asistido al pálido ejercicio de suspenso en Un cuerpo desnudo (2008), Francisco Lombardi pretende embelezar la vista del espectador con la contemplación macabra de otra figura inerte. Ella (2010), segunda parte de una trilogía sobre el mismo tópico que el director ha descartado completar no es, por mucho, una superación en la indagación cinematográfica sobre el tema pretendida por Lombardi.
Un guión elemental, narrativamente interesante pero saturado de diálogos que apelan a los clichés propios de los personajes representados, agota rápidamente la paciencia del más benévolo. Las actuaciones de Paul Vega (Alfredo) y Rómulo Assereto (Hombre) como el artista atormentado y el amante, respectivamente, son insípidas y acartonadas, pecando de esa teatralidad que tanto le criticaba Bresson al cine industrializado. Por otro lado, el melodramático papel de Patricia Garza (Luna) tampoco podría ser soportado de no ser por su necesaria muerte a los pocos minutos de iniciada la película. Es, sin embargo, en la lectura modelizada de la película donde se encuentra algún tipo de compensación. La relación que existe entre la perdida del objeto deseado y la fecundidad creativa debida al duelo del pintor bien podría darnos varias páginas de análisis lacanianos. Aunque tal vez estos sean más mérito del contemplador que de la obra.

El caso de Augusto Tamayo es aun más grave. A una eficiente y prometedora primera entrega, El bien esquivo (2001), en la cual sus dotes en la dirección de arte no opacaban por contraste su capacidad como director, siguió la poco consistente Una sombra al frente (2007), en la que no superó con solvencia el reto de aumentar el espesor de la trama al manejar un elenco mayor, lo que le hizo perder unidad a la historia principal. Al parecer, curado de la experiencia, La vigilia (2010), centra la narración en una pareja protagónica formada por Gianfranco Brero (Edgardo Chocano) y Stephanie Orúe (Jessica), que a modo de figuras alegóricas, representan dos imaginarios disímiles de la sociedad limeña actual.
Pero, a diferencia de antes, Tamayo ha pretendido hacer un estilo de lo recargado y abigarrado, de la acumulación obscena de elementos ornamentales, que recuerdan a esas iglesias derruidas en las que se ocultan sus personajes. Por eso el espacio vació del centro de Lima, en la madruga, resulta liberador de la opresión barroca de la casa del filósofo. Los puritanos gestos de este contrastan con los groseros e impúdicos de la intrusa que lo agrede en su casa, pero su propio contexto es menos escandaloso que el museo de cera desde donde el primero fabrica sus fútiles disquisiciones, de similar manera a como otro cine más interesante es al de Tamayo.


miércoles, 26 de junio de 2013

Sin ensalada


Caminito que el tiempo ha borrado
que juntos un día nos viste pasar
he venido por última vez
he venido a contarte mi mal.

A mi madre nunca le gusto el tango. Recuerdo que a mí tampoco me gustaba. Alegre pereza la del corazón. Recordar cosas que ya no importan. Debo haber leído eso en algún libro. Hace tanto que no leo. Me fatiga. Y me hace pensar en tonterías. El corazón y sus sentimientos. La Nausée y L’Étranger. Libros, los libros. Una tapia que nos encierra en los sanatorios. Por eso la gente lee cuando está enferma. No me sorprende. ¿Por qué canto mi retorno por un camino si viajo sobre los rieles de un tren? Todo aquí es tan negro y amarillo. Este país no cambia con el siglo. Sufre de un anacronismo crónico. Sufre y eso es más que suficiente. Un camino de travesaños bicolores. Siento como si avanzara sobre el lomo de una descomunal abeja. De pequeña, junto al huerto de guisantes, se asomó una vez. Debajo de mi oreja izquierda, clavó su purulento aguijón y se deshizo al instante en mi palma. Abuela me dijo, después, que perdida su escalofriante arma, mueren. Maldita su naturaleza suicida. Un acto vano y un oído sordo. Estaba cantado sola. Sola en un vagón que viaja hacia el mediodía. Del aeropuerto al pueblo, dos horas, en taxi. En tren, una. Detesto las paradas. Y el servicio de las azafatas que lucen groseras minifaldas. No dejan nada para la imaginación del atendido. Excitadas con cínica despreocupación. Mujeres jóvenes de cuerpos jóvenes. Carne lozana, piel tersa. Desde sus rincones, hilan telarañas. Pletóricas en todos los sentidos. Envidia. No pueden escucharla. Una mujer de treinta años, levemente recostada en la resina enmohecida de la ventana. Elegancia. Una mezcla artificial para reemplazar al vidrio, al cristal, a mí. Algún familiar cercano. Más transparente y con pésimo olor. Yo sí puedo escucharlas. Mi dedo sin alianza. Una solterona tonta y ojerosa. Una mujerzuela. O, lo que les repulsaría aun más, una artista. Lástima que no nacieran antes. Por lo menos serían hippies. Tísica o sidosa. Porque si es poeta o bailarina ha de ser homosexual. Solo aprendieron algo. La isla de Lesbos y punto. Triste conciencia del mundo que chorreas tus simiente en cuerpos tan voluptuosos. Dime, oh, gran conglomerado de mentiras, ¿es que a Dios lo gobierna su fálico miembro? Dime o he de renegar de ti. Por supuesto, el silencio es sinónimo de asentimiento. Como no pueden negarlo, los ángeles callan y no me responden. Respóndanle a una mujer que susurra contra el plástico de un compartimento caldeado. Y vacío. Háblenle a esta solitaria viajera que retorna. No me perviertan con su indiferencia. Díganme, ¿por qué estoy volviendo? ¿Por qué esas estúpidas agazapadas en los pasillos hacen escarnio de mi patética condición?  Rameras de oropel. Todas y cada una de ellas. ¿Para qué sondear en esas nimiedades del pasado? Está lloviendo. Extraño. Vamos, cálmate. Respira despacio y saca un pañuelo. Limpia esos húmedos ojos. Los cementerios son lugares deprimentes. No aumentes su condición con tus lágrimas. Parece responderme el cielo y he aquí lo que dice: «mis gotas son saladas». El cielo de esta ciudad es gris. Pero las nubes tomaban esa tonalidad ambarina al final de la tarde en el estío. Y en primavera, aunque no fuera tan luminosa. El cascarón de proa que se perfila entre ellas. La canción de una pequeña que, a determinada hora del día, adquiere en los ojos aquella coloración violeta. Una novela alemana. Una balada argentina. No, no era una balada; era una marcha. Por eso me asustaba tanto esa tonada. Era un réquiem. ¡Qué oportuno! Una misa para los muertos. Para los que voy persiguiendo. Abuela, la madre de mi madre. La madre de una ausente. La ausencia de una madre. «Los que se fueron», otra canción. Y ahora se me ocurre cantar otro tango. Tango 4, un disco.


Pero el viajero que huye
tarde o temprano detiene su andar
y aunque el olvido que todo destruye
haya matado mi vieja ilusión
guardo escondida una esperanza humilde
que es toda la fortuna de mi corazón.

De mi pobre cœur. No se acongoje. Relájese. Salga de esa melancolía. Qué título aquel. Melancolía y nostalgia. El viejo que se apoyaba contra la puerta abierta de una fonda. Quién creería que tenía el alma de un adolescente. No me creo eso de que la historia es real. El nombre de un arcángel. Mierda, de nuevo estoy llorando. Lo hago sin sentirlo. Sin darme cuenta, por lo menos. Eso quiere decir que no sufro. Inercia. Estar apenada porque se va a un entierro. Mi congoja debe parecer auténtica. Sin verlos doce años. Terminé el pregrado y me largué. Ni siquiera vine cuando el veterano se enfermó. Nunca me llevé bien con la madrastra. En el fondo, su cariño no ocultaba el deseo de haber tenido un varón. Una vida difícil. Los viajes, los contratos. Ir y venir. Ser una sombra. Los reclamos de mi madre. Celos. Como me irritaban sus peleas. Ni gritos ni lamentos ni súplicas. Asépticos. Eran enfrentamientos fríos, sin violencia. Sin amor. Pero el aire de la casa, las habitaciones, el jardín, la cochera y la terraza, se cargaban de una especie de electricidad estática. Como si la mínima chispa pudiera generar una explosión. Tenía miedo de los objetos que mi madre tocaba. Pensaba en ellos como en bombas de tiempo. Dispuestos a estallar al más ligero roce. Esos días adelgazaba. Y si ella tocaba mi cama al tenderla, yo dormía en el suelo. Y si cogía mi ropa, no la usaba; y si los cubiertos, no comía; y si el retrete, me aguantaba. Sudaba por la presión de los intestinos, de la vejiga; gemía, como hace un rato, en silencio. Mis sollozos no rompía la calma de la casa. Así, los signos de hostilidad eran las muecas. Mi madre tenía el alma de un mimo. Su rostro podía doler más que una bofetada. Y su cuerpo. Su cuerpo entero era una lanza. Vivía como una herida abierta en la familia. Sus habilidades de malabarista. Recuerdo esas épocas de guerra. Ella se despertaba tarde, cuando mi padre ya se había ido, y permanecía unos minutos con los ojos en blanco, recostada. Luego hacía todo. Me cambiaba, me peinaba, alistaba mi refrigerio, preparaba el desayuno y se arreglaba para llevarme a la escuela, sin pronunciar palabra. Yo creía que tenía poderes mágicos, poderes de hechicera. Que había encantado a mi padre para alejarlo de mí. Al regresar de las clases, por lo general sin compañía, la encontraba picando la ensalada. Partía los tomates, las cebollas, las betarragas, las lechugas, los huevos cocidos, el pepino y otros ingredientes con singular maestría. Pero en esos días, ella no solo preparaba la ensalada. Entre cada verdura, legumbre o fruta, hacía una pausa. Ponía la mano derecha sobre la tabla de madera y cogía el cuchillo con la otra. Era zurda. E iniciaba su intimidante acción. Abiertos sus dedos al máximo, contenida la respiración, secas las palmas y los labios. Hacía saltar la afilada hoja por entre los canales pálidos y largos de sus dedos. Y sabía que yo la estaba viendo. Era tan blanca. Mi padre me decía que eso era lo que la había atraído desde el principio. Una bailarina esbelta y alta. Con modales delicados y piel de porcelana. Él era un hombre grueso y acanelado, bruñido por las inclemencias del temple de su infancia, allá en las montañas. La hacienda. Lo imagino mirando desde su cuarto austero hacia el ocaso sin saber que hacia allá estaba la capital. El progreso y la existencia cómoda, sin apuros, con televisión y radio en cada casa. Con carros y mujeres blancas, blancas como la escasa leche de las vacas anémicas. Como los copos de algodón del campo. Puros como las nubes que ocultan las puertas del Paraíso. Empezaba lento, tentando a su certera puntería y envidiable pulso. No vacilaba. Al entrar en confianza, aumentaba paulatinamente la velocidad del ataque. Yo me escondía detrás de la refrigeradora. Asomaba mi asustada cabeza. Jamás fallaba, aunque parecía intentarlo. Entonces corría, corría a mi habitación y me encerraba hasta cuando ella me llamara a almorzar. Lávate las manos y baja rápido. Con qué naturalidad. Negando toda significación al pequeño tormento. Como si recién hubiera llegado y encontrado la comida preparada por otra persona. Alguien ajeno a nosotros pero que no podía hacernos daño. Alguien como ella. De noche, no sabía qué le hacía a mi padre. Cómo se vengaba de él. Lo supe cuando se fue. Él me lo contó por teléfono antes de perder el habla. Los días en que algo la incomodaba se dormía de cabeza, sin almohada. Apoyaba un pie en el respaldar de caoba de la cama matrimonial y el otro, el izquierdo, lo cruzaba perpendicularmente con el que estaba extendido, formando una cruz con sus piernas y un triángulo con sus muslos. El ángulo más agudo era el de su pubis; el recto, el de la intersección de la cruz. Mucho tiempo después, muerto ya mi padre y yo en el extranjero, tuve que descubrir su significado. Una de las cartas del tarot, un arcano mayor del juego. La figura era antigua: un hombre colgado de un tobillo que con la pierna libre forma una cruz. El sujeto, de cabeza, tenía dibujada una sonrisa. Una sonrisa como la de mi madre, que no mostraba los dientes. Burlesca. Como si la que tuviese problemas no fuera ella, sino yo. Seguramente, cubierta por la sábana, con la respiración entrecortada y los ojos de sibila, sonreía de la misma manera que la carta, a los pies de su victima que protegidos con las medias se extendían a su lado. Porque mi padre jamás dormía sin ellas.


Tú, mi ilusión eres tú
una estrella que alumbra el corazón.
Vi la magia en tus ojos y
es caricia en mi piel
es locura el deseo
en tu boca de miel.


Ya está. Ayer mientras venía tuve un sueño. Soñé que, en el féretro, ella tendría esa misma sonrisa. Esa mueca espantosa con la que nos maldijo a todos. Y que si era así, yo debía detenerla. Por eso vuelvo. Por eso no traigo más equipaje que mi bolso y en él, una sola cosa. La soga. Voy a izarla del primer árbol que encuentre cerca. De cabeza, como El Colgado. Y antes de volver al aeropuerto, entraré a un restaurante, me acercaré al mozo sin aguardar a que me atienda y le pediré el mejor plato del chef. El mejor plato, claro, sin ensalada.

domingo, 16 de junio de 2013

Género y discriminación en el Perú




Introducción

A mediados del 2010, la Asamblea General de las Naciones Unidas creó ONU Mujeres, la Entidad de la ONU para la Igualdad de Género y el Empoderamiento de la Mujer. Este fue un avance significativo de los países miembros para alcanzar uno de los Objetivos del Milenio: Promover la igualdad entre los géneros y la autonomía de la mujer.

Una distinción fundamental

Cabe distinguir dos conceptos para poder entender la labor de este organismo en el contexto actual.
A partir de las investigaciones en la Polinesia de la antropóloga estadounidense Margaret Meed (Adolescencia, sexo y cultura en Samoa, 1928 y Sexo y temperamento en tres sociedades primitivas, 1972) se inició el debate en torno a la relación entre sexo y género, a través del estudio de roles, como la maternidad, que respondían más a factores culturales que biológicos.
En primer lugar, el género es «el modo de ser hombre­/mujer dentro de una cultura determinada», se trata de patrones de comportamiento aprehendidos socialmente, construidos culturalmente y respaldados históricamente. Por otro lado, el sexo se refiere a «las características fisiológicas propias de hombres y mujeres»; sin embargo, algunos aspectos vinculados tradicionalmente al sexo pueden ser moldeados por razones de género.

Brechas y discriminación

Existe en el país cuatro dimensiones en las que es evidente la distancia que separa, por razones de género, a la población: educación, violencia, ciudadanía y trabajo. Las cifras en ese sentido son claras.
La tasa de analfabetismo en el Perú hacia el 2001 era de 6,1% en los hombres y 17,9% en las mujeres.
Según el Ministerio Público (2010) el 38,4% de las mujeres ha sufrido algún tipo de violencia de parte de su pareja y existen 10 casos de feminicidio al mes. De las 4910 denuncias de violación a nivel mundial al año, 93% fueron sufridas por mujeres y en 55% se empleó la violencia física, lo que hace de esta problemática una pandemia global.
El uso del lenguaje también reproduce la discriminación al connotar negativamente la apertura a la vida ciudadana de la mujer (“mujer pública”=prostituta) circunscrita tradicionalmente a la vida privada del hogar.
Por último, en cuanto al campo laboral, el 67% de las mujeres trabaja en el sector informal (a diferencia del 53% en el caso de los hombres) y tienen un ingreso promedio de S/. 828,8, lo que representa un 65% del sueldo promedio de los hombres (S/. 1323,3). Además, trabajan semanalmente unas 9 horas más que estos.
Todo lo anterior demuestra que existe una discriminación por género en el Perú, debido a una concepción de la mujer como  objeto y no como sujeto autónomo.

Herramientas de análisis

El análisis de género permite identificar las condiciones de vida, según esta variable, en cada sociedad y representa una superación de la perspectiva anterior que afrontaba está situación como una “problemática” exclusiva de la mujer.
Existe una distribución disímil del conocimiento, la propiedad, los ingresos, las responsabilidades y los derechos entre los hombres y las mujeres. Esto afecta a la población marginada en dos dimensiones.
La dimensión de la distribución que implica la división sexual del trabajo (reproductivo/productivo) y los roles tradicionales (mantenedor/proveedor) con problemáticas propias como la segregación ocupacional y salarial (feminización de una profesión) y el uso inequitativo del tiempo.
Y la dimensión del reconocimiento en la que existe una diferente valorización de lo masculino y lo femenino vinculados simbólicamente a lo civilizado y la naturaleza, respectivamente. Las principales problemáticas de género en este caso son las relaciones de poder-violencia y el control de la sexualidad de las mujeres.

Perspectiva de cambio

La perspectiva de género asume un papel importante, porque se trata de  «un proceso de cambio estructural en las instituciones, la cultura y hasta la forma de pensar y vivir diariamente».
El Gobierno debe ahondar, a la hora de elaborar las Políticas Públicas, en la transversalidad de género (mainstreaming), un proceso técnico y político que engloba tanto a los objetivos como a las estrategias para conseguirlos (“normalización”).
Para eso, debe analizar si sus propios proyectos de desarrollo asumen o no una perspectiva de género, y así evitar caer en el esencialismo, el cuantitativismo, la masculización, el familismo, la falsa igualdad de las oportunidades o el enfoque limitado en la mujer sin considerar sus relaciones sociales.

Conclusiones


La solución a esta situación de exclusión y marginalidad de la mujer en nuestro país debe plantearse desde la búsqueda de nuevas formas de construcción de la masculinidad y la feminidad, combatiendo los roles establecidos tradicionalmente para crear relaciones igualitarias que atiendan a identificar las necesidades de cada colectivo. 

Nota: Todas las citas pertenecen a la conferencia sobre Igualdad de género dictada por la Mg. Bethsabé Andía Pérez del PNUD-Perú.