El trípode de Helena es un blog personal, es decir, yo soy el único que escribe en él. En la parte superior de la columna derecha, verán mi retrato y debajo una descripción fantástica (curiosamente muy real) de mi carácter. Todo junto es Bisutería barata... A continuación, en Oropel imperial están organizadas las entradas según los temas recurrentes. Lo que hay es simplemente el fichero del blog. Siguen dos listas: Cinefilia y Bibliomanía, cuyos fines son fáciles de suponer. Luego, otras dos secciones Hits del blog y De uno en uno cuyas funciones están (para variar) demás definir.
Si a alguno de ustedes le intriga el título del blog, de click aquí o busque la respuesta en el "oropel" de Relatos. Si están interesados en descubrir más acerca de la sugerente imagén del encabezado, entren aquí o revise la primera entrada del "oropel" Pintura.
En fin, los saludo y les exijo que si tienen algo que decir, sea para bien o para mal, háganlo escribiendo algún comentario.

lunes, 30 de diciembre de 2013

Prólogo para una novela sobre mi familia

Cada vez que escuchaba hablar a los demás sobre las penurias económicas de las agentes del orden, de su vida sacrificada y arriesgada, de sus contribuciones miserables y de su exclusión social de las elites instruidas y bien nacidas, de sus excesos y corrupciones, de su salvajismo represivo y de sus maneras draconianas y autoritarias; comprobaba que tan lejos había estado yo de todo eso.
Para mí, la Policía era el chofer de mi abuelo que me entretenía poniendo caras graciosas mientras esperábamos al general en el estacionamiento del Ministerio, los cocineros del hotel de turistas en Huaraz que se afanaban por atender a la familia del jefe policial de la región, los atardeceres cromados de verano en el club de Santa María, la puerta blindada del tercer piso de la avenida España, los cumpleaños de mi hermana en Las Casuarinas, el no tener que portar documentos para salir de casa, las vacaciones de invierno pasadas en Chosica.
Todo eso me hacía pensar en un mundo campechano, algo rústico en su simpleza de modales y su jerarquía cordial; ese mundo de agentes no uniformados, callejeros y presumidos, detectives con maneras criollas, de lenguas siempre prestas a lanzar insultos y humedecer besos. Una especie de aristocracia dentro de la Institución que, amparada en sus prerrogativas propias, llevaba una vida cómoda y regalada.
Y la familia Arenas, mezcla de un zambo de Barrios Altos y una chola blancona de Jauja, había conseguido una ciudadanía excepcional en ese espacio, en esa tierra prometida de los descastados, vinculada a la administración práctica de la paz del Estado, y en dicha función y a su servicio, había adquirido sus títulos de nobleza, acumulado vasallos y conquistado la posesión de otros saberes, tal vez más refinados, pero a la larga, menos útiles y heroicos.

La historia de mi familia es un ciclo completo de esa épica de las instituciones sociales que modelan la forma de una Nación: la alta oficialidad policial. Y yo, como su descendiente menos preclaro, excesivamente puntilloso, artificial y magro, me reconocí desde muy joven como el contrapunto adecuado para narrar sus grandes hazañas y sus pequeños vicios, particularmente estos últimos, porque son los que conozco más de cerca y porque, en el saldo de los años, se han convertido en la única herencia verdadera que me ha dejado.