El trípode de Helena es un blog personal, es decir, yo soy el único que escribe en él. En la parte superior de la columna derecha, verán mi retrato y debajo una descripción fantástica (curiosamente muy real) de mi carácter. Todo junto es Bisutería barata... A continuación, en Oropel imperial están organizadas las entradas según los temas recurrentes. Lo que hay es simplemente el fichero del blog. Siguen dos listas: Cinefilia y Bibliomanía, cuyos fines son fáciles de suponer. Luego, otras dos secciones Hits del blog y De uno en uno cuyas funciones están (para variar) demás definir.
Si a alguno de ustedes le intriga el título del blog, de click aquí o busque la respuesta en el "oropel" de Relatos. Si están interesados en descubrir más acerca de la sugerente imagén del encabezado, entren aquí o revise la primera entrada del "oropel" Pintura.
En fin, los saludo y les exijo que si tienen algo que decir, sea para bien o para mal, háganlo escribiendo algún comentario.

lunes, 29 de noviembre de 2010

Cosas que me pasan cuando no hago nada

[Nota: En esta foto en Los Faroles aparezco después de lo que voy a narrar en un momento].

El día sábado 27 tuve que ir a San Marcos. En realidad van varios sábados que tengo que ir por allá. Lo bueno es que esos días no hay mucho tráfico. Así que sólo me demoré una hora. Salí a las 8:30 a.m. de mi casa en el paradero que hay para el lado de Barranco y quince minutos antes de las diez ya estaba escuchando a Marcel hablar sobre Caviedes. Después tuve que articular mi trabajo final para Teoría Literaria IV. Mondoñedo estaba afónico y eso le daba un tono susurrante a su voz. Mis conclusiones en está clase me han dado material para un futuro post. En fin, luego vinieron un par de chelas en el Sky. Ahí vi con los Alcoxolics algo de la revista. El machote debe estar para esta semana. Entonces me dio hambre y comí en el tradicional Chaufa Asesino. Estuvo rico y me estabilizó. Aparecí a las 4:30 p.m. por la oficina del Relit. Los encontré en la puerta esperando al resto. Casi a las cinco subimos todos. Se repartieron las responsabilidades y la reunión empezó a agonizar. Decidí partir porque había un evento del Magis, y dado que les había fallado el día anterior, pensé en encontrármelos y compensar mi ausencia. Además los planes de los literatos no me empilaron mucho (un cumple, plof). Bajé las escaleras con José y en eso comenzó la parte que motivó esta crónica.

Como tenía ganas de ir al baño, mi pata me dijo que al salir cerrara la puerta y se subió al segundo piso del depa. Yo entré despreocupado y prendí la luz. Para esto deben de saber que ese baño es el de servicio y se encuentra un poco aislado del resto del piso. Para ingresar se pasa por una habitación oscura que parece un corredor. Cuando estuve dentro empuje la puerta desde el borde hacia adentro. Esta se cerró. Oriné, me lavé las manos y me enjuagué la cara. Estaba un poco cansado por el día largo que había tendido y que aún no terminaba. Entonces volteé para abrir y me topé con una pequeña sorpresa: la manija estaba rota. No había forma de accionar el gatillo y abrir la puerta por dentro. Excepto, claro, con la llave. Otro punto: hace unas semanas había perdido mi celular y todavía no me compro un reemplazo porque estoy esperando la Navidad. El cuarto era estrecho y blanco pero por la luz cálida del foco parecía amarillo o crema. Era imposible correr para impulsarme y arremeter contra la puerta. Atiné a patearla con fuerza. Pero el picaporte no se rompió. En eso, escuché unos pasos de gente por afuera, y una puerta que se cerraba. Deduje que estaba solo. Me descubrí impotente. Pero en ese momento rememoré una conversa que había tenido mientras tomaba con Omar. Era sobre lo-ya-sentido. Estaba preso y recordé esa pela de Bresson: Un condenado a muerte se ha escapado (1956). No lo pensé. Volteé y vi un marco de madera sobre el inodoro. Era la entrada al tragaluz del edificio. Lo palpé y noté que estaba suelto. Lo desmonté, estaba unido con una soga a una tubería gruesa que corría de arriba abajo por el ducto. Lo puse lentamente a un lado. Metí mi cabeza hacia el interior del tragaluz y distinguí un corredor vertical de un metro por dos. Supe lo que tenía que hacer. Me quite la chompa y entre apoyado en el tanque del inodoro. Una vez dentro pisé una cañería horizontal más delgada que felizmente soportó mi peso. Levanté la cabeza. Hacia arriba se veía el cielo. Comencé a trepar y caí en la cuenta de que mi abdomen no era tan liso. Sumido estuve durante casi diez minutos. Sin saber cómo alcancé el techo. Había subido un piso escalando. Pero me topé con un problema, unas finas rejas que no había visto desde abajo impedían que saque mi cuerpo entero. Tuve un momento de desesperación, como cuando el prisionero no sabe si pasar o no con la soga y salir de la cárcel. Y la Fortuna se hizo presente. Pateé con el pie izquierdo y escuche el sonido de la madera. Era otro rectángulo como el del baño de servicio. Volví a patear con fuerza y sentí que la madera cedió y cayó sobre algo de porcelana. Me escurrí un poco para bajar y logré entrar al baño del segundo piso del depa. Me miré en el espejo. Mi polo de rayas blancas y negras era monocromo. Puse mi cabeza sobre la ducha y cogí la regadera. Me lavé el pelo durante un par de minutos. A continuación sacudí mi ropa y me alisté para bajar. Cuando llegué a la cocina me topé con dos chicos de Estruendomudo. Los saludé y pasé de largo. No había más que hacer. Otra vez, ante la puerta, bajé la manija, ahora por afuera. Pero al parecer había malogrado el mecanismo (o tal vez ya estaba así). No se activó el gatillo. Y mis cosas seguían adentro. Volví a la cocina y busqué una cuchara. Habían subido. La introdujé en la ranura de la puerta y palanqueé con ella. Cuando sentí que ya estaba dentro simplemente empujé. Y se abrió. Me quité el polo, me vestí con la chompa azul y guardé la prenda sucia en el bolso verde. Apagué la luz y salí del cuarto. Caminé un poco ido hasta la puerta principal, y me fui.

Cuando bajé eran las 6:50 p.m. Habían sido los cuarenta minutos más largos de mi vida. A las siete estaba en el paradero. Era un desastre. Pero igual tomé el carro y fui a donde tenía que ir. Mi vida siguió como siempre. De nuevo a tomar y a bailar. Y que bonito que me quedé encerrado. De verdad.




Nota de 06/12/2010: Supe que Diana escuchó mis gritos destemplados cuando entró al baño del segundo piso. Eso es ser vengativa. Por otro lado, ya repuse la toalla que había estropeado. Así que se acabó.

Mensaje del Face del 08/12/2010: "Hola. No sé cómo le has podido creer a José. Efectivamente yo escuché unos gritos, pero nunca supe que eran tuyos, pensé que era de gente de la Villarreal que llamaban a José desde el primer piso, nunca dije nada por que pensé que José también los había escuchado y que ya bajaría a atenderlas. Diana".

Correo del 09/12/2010: "César, Diana no te escuchó, mejor dicho, te escucho pero no pensó que eras tú encerrado en el baño del primer piso. Ella pensó que eran chicas que estaban afuera del depa. Yo te jodí como siempre al decir que ella lo hizo a propósito. Quita eso de tu blog. PS: Tampoco publiques esto, exhibicionista".

Nota de 10/12/2010: Como ven nada terminó. Me retracto, no eres vengativa. Y sí soy exhibicionista.

jueves, 25 de noviembre de 2010

El meollo del tráfico

No más, es imposible. Entre las columnas lisérgicas que Caviedes dedica a Sor Juana (y que son más burla que alabanza), anoté estos versos que le deben mucho a su tono. Y tenía en mente está canción de Bunbury, pero en la versión de Ariel Rot, que es más un grito; y menos, lamento.

Voy de Este a Oeste
Por la Javier Prado
Terco incontinente
De dolor insano

Sírvame la fiebre
De cruel aliciente
Y romper el vidrio
En pos del suicidio

Más si no me mato
Esta gente enferma
Que huele a meato
Mi sudor la ceba

La sombra del tren
Antes del metro
Solemne cartel
Del vasto infierno

Voy de Este a Oeste
Por la Javier Prado
Me subí sin dientes
Bajo amortajado

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Moral musical

Hace casi dos semanas tuve un fin bastante movido. Pero mi vida en el trabajo y en la universidad no importan tanto como para hacer un post de eso. Lo que me mueve a escribir es la música. En ambos tonos escuché mucho de ella. Y reflexionando ayer mientras hacía el viaje interprovincial entre los dos polos de mi vida actual, caí en la cuenta de algo. O al menos creo que caí. Me refiero a la relación que existe entre mi personalidad y la música. Y creo que es muy parecida a la que hay entre el mismo ente y la literatura, el cine, la televisión, los videojuegos, el alcohol, etc.
Cuando tenía doce años terminé la primaria. Era el 2000. Vaya promoción. Escuchaba a West Life, Robbie Williams y Linkin Park. Es decir, música de mierda.
Pero algo irrumpió de pronto. Una apertura: el piano. Quede prendado de los cantautores argentinos y de los virtuosos románticos. Así aparecieron Calamaro, Charly y Fito. Chopin, Listz y Mendelssohn (el músico más feliz del que tenga noticia).
Todo esto me llevó a un nuevo descubrimiento, en el Taller de Audición Musical del colegio del 2005, el de la melodía. Y mi encuentro con el máximo exponente del Clasicismo musical: Wolfgang Amadeus Mozart. Curiosamente de Beethoven no supe nada hasta finales de ese mismo año. Él me mostró lo que desde ese momento he calificado como la antítesis melódica: la armonía.
Aquí un resumen: el espíritu del dieciocho, el de la ilustración austriaca, el de la línea de notas es el de Mozart; el alma del diecinueve, el del romanticismo alemán, el de la superposición de varios temas es el de Beethoven. Esto lo dice un simple aficionado. El develamiento de la variación y la aparición del tema contrapuesto. El devenir y la idea. Dos formas de moral distinta.
Digo dos formas de moral porque eso me parecen representar: la moral deontológica (del deber ser), por lo tanto, superativa; y la moral teleológica (del fin del ser), en otras palabras, jerárquica. Pero ambas ascendentes debido a su modernidad, al Renacimiento, a los Bach, y a Descartes. Porque antes de eso está el ritmo. El modelo rítmico es el de las rondas de fines de la Edad Media, del cual derivará la forma sonata con Mozart y que serán culminadas en las sinfonías de Beethoven.
Curiosamente, el romanticismo propio y el tardío son más melódicos. Como la trova rosarina. Pero hay mucho de prerrenacimiento, de premoderno en la música actual. Algo de lo rítmico y de lo armónico en sus dos principales representantes: la cumbia y la salsa. Son ritmos, más que melodías, que se juntan en armonías para evitar la disonancia pura. Por eso, la palabra clave en ellas es orquestación. La orquesta (la banda) es una especie de tribu musical. Y los que la bailan lo hacen en grupos o por parejas como en el Medioevo, sobre un tablado de madera. He ahí porque la base melódica de este tipo de música es la voz. El verdadero orquestador de cada instrumento independiente. Somos bailarines teleológicos, jerárquicos, inmóviles. Nuestros cuerpos se mueven pero adentro no hay nada. Sin letra, esa música no suena, es ruido. Y cuando adolece de la voz se refugia en el ritmo, se va más atrás; o, en un atisbo de modernidad, adquiere un ligero temple melódico. Lo primero es usual en la salsa; lo segundo, en la cumbia.
Yo soy un melómano. Es decir, un degustador de melodías. Yo escucho la música, no la uso para bailar. Me incomoda lo acumulado, lo superpuesto, lo impuro. He ahí porque me basta un violín y un tema. Un piano y un intérprete. Una voz sola. Mi moral es deontológico, moderna, superativa.
Y vivo feliz, como Mendelssohn, sin saber que ser distinto (judío) se vería como un gesto de soberbia, y no una auténtica inclinación natural.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Mala canción

Estoy cantando está canción
Sin ningún consuelo
Estoy perdiendo la razón
Por tus ojos negros
Estoy pidiéndote perdón
Porque te quiero

Estoy viviendo sin amor
Y sin amor me muero
Tengo herido el corazón
Y es letal veneno
Para mi condición
Uno solo de tus besos

Estoy sufriendo sin dolor
Y sin dolor me quejo
Tal vez sea lo mejor
Poner al mundo entre los dos
Pasión que arde al interior
No la consume el tiempo

Estoy pidiéndote perdón
Porque te quiero
Porque te quiero