El trípode de Helena es un blog personal, es decir, yo soy el único que escribe en él. En la parte superior de la columna derecha, verán mi retrato y debajo una descripción fantástica (curiosamente muy real) de mi carácter. Todo junto es Bisutería barata... A continuación, en Oropel imperial están organizadas las entradas según los temas recurrentes. Lo que hay es simplemente el fichero del blog. Siguen dos listas: Cinefilia y Bibliomanía, cuyos fines son fáciles de suponer. Luego, otras dos secciones Hits del blog y De uno en uno cuyas funciones están (para variar) demás definir.
Si a alguno de ustedes le intriga el título del blog, de click aquí o busque la respuesta en el "oropel" de Relatos. Si están interesados en descubrir más acerca de la sugerente imagén del encabezado, entren aquí o revise la primera entrada del "oropel" Pintura.
En fin, los saludo y les exijo que si tienen algo que decir, sea para bien o para mal, háganlo escribiendo algún comentario.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

"Actio in distans": Humanismo, colonización, totalitarismo y Literatura comparada


Desde sus orígenes a finales del siglo XIX, los representantes de la Literatura comparada han apelado a reconstruir el horizonte del humanismo europeo medieval en un afán por superar las divisiones territoriales y lingüísticas que sus propios antepasados, los letrados cortesanos y burgueses de los siglos XV, XVI y XVII habían determinado para la constitución de las literaturas vernáculas y su fijación mediante procesos de canonización, llevados a cabo por instituciones religiosas (Iglesias reformistas) y artísticas (Academias), auspiciados por los proyectos absolutistas de las grandes monarquías. En ese sentido, la patria grande de la Cristiandad medieval, cuya lengua franca era el latín tardío, fue desmembrada hasta convertirse en un mosaico de pequeños Estados nacionales con lenguas propias. Hacia mediados del siglo XVII, este proceso se encontraba terminado, por lo que los antirretóricos humanistas y el clero católico eran los únicos que mantenían en vigencia la utilización de un latín, científico y eclesiástico, respectivamente; alejado en gran medida de la antigua lengua común.
Sobre este panorama, los intentos por superar el impase de la comunicación y trasmisión del saber tuvieron como primer intento la creación de una lengua universal de carácter matemático. La formalización del lenguaje se ha desarrollado de manera continúa desde hace tres siglos y sus resultados han constituido un campo específico dentro del terreno de la filosofía, especialmente influyente en los territorios de lengua anglosajona: la filosofía analítica.
Sin embargo, al terminar el siglo XVIII, los postulados sobre la razón trascendental de Kant, determinaron un punto de inflexión en el panorama de la filosofía continental. Sus ideas sobre el sujeto racional, y su doble naturaleza cognitiva y sensitiva, fueron adaptadas en moldes sociohistóricos por Hegel (y luego Marx), lo que determinó la aparición del humanismo de Goethe, el cual, como señala Auerbach, trataba de reconstruir la «historia interna de la humanidad, para la consecución de una idea del hombre homogénea en su diversidad»[1]. En ese sentido, la afirmación del mismo Auerbach de que la tierra, y no la nación, es la patria filológica, no es más que una actualización del pensamiento goethiano.
Durante el siglo XIX, el florecimiento de este pensamiento dio pie para que se consolidara la escuela hermenéutica, con su preocupación constante por el lenguaje. Sobre esta base pueden rastrearse los postulados metodológicos de la mayoría de los grandes maestros de la crítica literaria de entre guerras del siglo siguiente: Auerbach, Spizer o Curtius. En todos estos casos, la imagen del sabio es elemental para comprender su forma de trabajo, como extensión creativa de una conciencia singular y artística:
La síntesis histórica […] aunque sólo puede encontrar su sentido sobre la base de una compenetración científica con el material, es resultado de una intuición personal y, por tanto, sólo se puede esperar de una individualidad. Allí donde se consigue de forma plena, se habría obtenido a un tiempo un trabajo científico y una obra de arte.[2]
Descartado el trabajo grupal por resultar innecesario, la especialización deja de ser una preocupación del intérprete humanista, o mejor dicho cambia de sentido ya que «[s]e trata […] de una especialización; pero no […] conforme a las habituales compartimentaciones de la materia, sino una adecuada al asunto, y que, por eso, se puede reformular constantemente».[3]
Sin embargo, las constantes luchas expansionistas entre las potencias coloniales europeas y los procesos de modernización producidos dentro de ellas, desestabilizaron el modelo establecido por las sociedades cortesanas del siglo XVIII, en el que la diplomacia y los códigos de la aristocracia permitieron una convivencia «pacífica» hasta la Revolución francesa. Las constantes revoluciones burguesas impulsadas por los sectores liberales y letrados fueron sofocadas en muchos casos a un coste muy alto para la unidad de los imperios. Las grandes literaturas establecidas durante el internacionalismo del Siglo de las Luces, fueron rápidamente superadas como centros de articulación y cohesión con la aparición de pequeños núcleos que basados en reivindicaciones étnicas construían un nacionalismo desde abajo, alejado del aparato estatal y de sus mecanismos de validación. Una respuesta para reabsorber las iniciativas de escisión fue la aparición del comparatismo, sobre la base del pensamiento evolucionista de Darwin, que mediante las ideas de la lucha de especies y la supervivencia del más apto, justificaba los regímenes de dominación a los que estaban sometidas las culturas subalternas de Europa del Este y de los territorios colonizados.
En 1893, Texte sustenta estas mismas premisas cuando aborda un balance de la literatura comparada europea:
Si el nacionalismo ha surgido de la crítica comparativa, también ha surgido el cosmopolitismo y el internacionalismo.
El día en el que se forme la nueva literatura europea, toda crítica literaria será necesariamente internacional. Ese día, por encima de las fronteras políticas –si todavía quedase alguna­– ­­­se habría tendido y anudado los lazos invisibles que unirán los pueblos con los pueblos y­ que construirán, como en la edad media, el alma colectiva de Europa.[4]
La negación de la independencia de las literaturas nacionales, mediante el cosmopolitismo, era una forma de invalidar las reivindicaciones sociales que dicha autonomía reclamaba. Su propuesta de formar los «Estados Unidos de Europa» se entronca con el deseo de los comparatistas decimonónicos de mantener un centro unificador del saber que subordine a la periferia toda propuesta alternativa.
La respuesta de esta corriente al planteamiento metodológico del humanismo romántico es inversa. Si la individualidad del intérprete es condición indispensable en Auerbach, para Gayley, por el contrario:
Ningún individuo puede tomar de nuestras muchas literatura los materiales requeridos para establecer, por inducción, uno solo de los tipos literarios; pero una asociación colegiada cuyos miembros se dediquen al estudio de un tipo, género, movimiento o tema dados […] puede acometer adecuadamente una investigación comparativa sobre la naturaleza de la literatura, parte por parte.[5]
La premisa operativa de Gayley en 1903 estaba basada en una concepción reduccionista del acto creativo: «la literatura […] está alentada por las necesidades y aspiraciones comunes del hombre: nace y surge de facultades comunes, tanto psicológicas como fisiológicas, y obedece a leyes comunes de materia y modo de la humanidad individual y social».[6] Su reivindicación de la filología, disciplina encargada del estudio de las lenguas muertas de la antigüedad clásica y, por expansión de la lingüística comparada, de los dialectos y culturas indoeuropeos hasta el sánscrito, demuestra la visión estática de la lengua que tenían los comparatistas de fin de siglo. No es casualidad que un evento de profunda matriz colonial como el «Congrès d’histoire comparée des littératures, que se celebró en plena Exposición universal de 1900 en la VI sección de los congresos celebrados en Paris» sea, según Baldensperger, el «que ha señalado la alianza fraternal»[7] entre los comparatistas europeos en el momento en que su disciplina atravesaba un periodo de crisis. En 1921, después de la Gran guerra, la labor del comparatista desde la cátedra universitaria adoptó la forma de una misión profética: el rescate de la barbarie. Así, para Baldensperger
la práctica extendida de la literatura comparada dará lugar [...] a la preparación de un nuevo humanismo, ya en el día después de la crisis que todavía nos domina: una especie de arbitraje, de clearing, en el que culminaría el esfuerzo del «comparatismo», abriría la vía a nuevas certidumbres, humanas, vitales, civilizadoras, en las que pudiera de nuevo reposar el siglo en el que estamos.[8]
La elaboración más teórica de las aspiraciones filantrópicas de los comparatistas de entreguerras fue realizada por Van Tieghem, tres años después. Su distinción disciplinaria entre literatura nacional, comparada y general pretendió estratificar el estudio del fenómeno en niveles jerárquicos que planteaban metodologías propias. Si por un lado, el comparatismo permanece atrapado en el estudio de relaciones binarias; por el otro, la «historia general de la literatura o literatura general, tiene como propósito dar a conocer los elementos internacionales del pensamiento y del arte que, en un período dado, han conferido una tonalidad particular a las producciones de varias literaturas».[9] De este modo, la literatura comparada se convierte en una historia ordenada de repertorios. La acusación temprana de Croce, contra esta investigación de fuentes y no de causas resulta de una clarividencia contundente, porque desde este punto de vista «la literatura comparada […] examina únicamente la tradición literaria y descuida los elementos sociales que tienen igual e incluso mayor importancia en la génesis de la obra».[10] Sloterdijk lo dirá de otra manera: «Todo indica que los archiveros y los archivistas han asumido la sucesión de los humanistas».[11]
La preponderancia que irá adquiriendo la universidad en el debate sobre el humanismo, y la reacción temprana de los críticos ante el modernismo literario, cristalizará en el humanismo elitista de la academia norteamericana. Como dice Said,
La teoría que presidió los departamentos de humanidades hasta que provocó los ataques y los rechazos de la revolución antihumanista de las décadas de 1960 y 1970 se vio poderosamente influida por T.S. Eliot y, posteriormente por los Southern Agrarians y por los nuevos críticos: su tesis principal consistía en que el humanismo era una conquista especial que exigía el cultivo o la lectura de determinados textos difíciles y , en ese proceso, el abandono de determinadas cosas, como la diversión, el placer, la relevancia de las circunstancias mundanas, etcétera.[12]
Pero, a pesar de la impugnación del estructuralismo, este humanismo antimodernista permaneció anclado en la academia con la figura de Harold Bloom y su humanismo canónico. La New criticism, su antagonista, fue el nombre que adoptó el estructuralismo en los Estados Unidos. La preocupación de los nuevos críticos fue delimitar el campo de estudio de la literatura como disciplina independiente. Para esto, esbozaron una definición restrictiva de su alcance dado que «[e]l estudio de todo lo relacionado con la historia de la civilización desborda realmente los estudios estrictamente literarios […] Identificar la literatura con la historia de la civilización equivale a negar el campo y métodos propios de los estudios literarios».[13] Desde su palco al otro lado del Atlántico, los estudiosos de la literatura vieron como se producía el ocaso de los maestros hermenéuticos y su desarraigo o exilio en medio del escenario de la Guerra fría. Por eso Wellek, en 1958, puede proclamar el fin de la disciplina comparatista:
La literatura comparada surgió como una reacción contra el estrecho nacionalismo de la mayor parte de la investigación del siglo XIX […] A menudo fue cultivada por hombres que se situaron a sí mismos en los caminos cruzados de dos naciones o, al menos, en las fronteras de una. […] Pero este genuino deseo de servir de mediadora y conciliadora entre las naciones fue a menudo sobrepasado y deformado por el vehemente nacionalismo de la época y las circunstancias.[14]
La respuesta a este autotelismo de los estudios literarios encuentra un correlato mayor en el proyecto de destronamiento de las ciencias humanas llevado a cabo por los filósofos y pensadores estructuralistas franceses, y en primer lugar por Foucault. Al colocar a la humanidades en una posición incierta dentro de su triedro de los saberes, debido al acontecimiento que representó en la episteme occidental moderna la adjudicación como objeto de estudio del «hombre en lo que tiene de empírico», y definirla como un conjunto de discursos sin método propio, la condenó a ser un auxiliar de las otras tres aristas de su formulación epistemológica: las ciencias deductivas, las ciencias empíricas y la reflexión filosófica.[15]
Sin embargo, el giro hermenéutico, impulsado por Heidegger, quien reconoció tempranamente que el nuevo humanismo de Baldensperger, «se basa[ba] en una metafísica»[16] y que era justamente el responsable indirecto de los fascismos europeos[17], parecio revitalizar la herencia de los grandes maestros. En efecto, la hermenéutica de la facticidad de Heidegger, revelaba que «quien conoce […] no es un sujeto universal y absoluto, ahistórico, tal como se lo pensó tradicionalmente, sino un ser finito –Daseín, “ser-ahí”- situado, sujeto a condiciones específicas –económicas, sociales y culturales en general […] como un hecho (factum) con el que se encuentra, sin habérsele permitido otra opción».[18] En ese sentido, las categorías abstractas de la teoría literaria, disociadas del estudio histórico de la cultura se descubren como una especie de solipsismo hermenéutico. La falta de preocupación por los problemas de la traducción y la creencia inconsciente en la trasparencia del lenguaje han producido esa paradoja, notada por Steiner, en el terreno anglosajón: «el status del inglés como lengua planetaria, como el único esperanto en funciones de la ciencia, el comercio y las finanzas, ha aislado más a Inglaterra [y por extensión a EE.UU.], separándola de la herencia latina y germánica del continente europeo».[19]
Ante un escenario de este tipo, en el que «[e]l tema latente del humanismo es, pues, la domesticación del hombre» y «su tesis latente: una lectura adecuada amansa»[20], como dice polémicamente Sloterdijk, y en la que sus implicaciones reivindicativas buscan ser «dicho en el lenguaje de la antigua magia europea: una actio in distans»[21]de los nuevos sistemas de colonización imperialista, en los que como en otros tiempos «cabria definir a los hombres […] como aquellos animales de los cuales unos leen y saben escribir, y otros no»[22], conviene repensar la labor de la literatura comparada y su reedificación dentro de otro modelo de humanismo, uno impugnador como el propuesto por Said, para quien
el humanismo no es un modo de consolidar y afirmar lo que «nosotros» siempre hemos sabido y sentido, sino más bien un medio para cuestionar, impugnar y reformular gran parte de lo que se nos presenta como certezas ya mercantilizadas, envasadas, incontrovertibles y acríticamente codificadas, incluyendo las contenidas en las obras maestras agrupadas bajo la rúbrica de «clásicos».[23]



[1] Auerbach, Erich. «Filología de la literatura universal». En: Teorías literarias del siglo XX. Una antología. Cuesta Abad, José Manuel [y] Julián Jiménez Heffernan (eds.), Madrid, Akal Ediciones, 2005, p. 810.
[2] Ibídem., p. 815.
[3] Ibídem., p. 818.
[4] Texte, Joseph. «Los estudios de literatura comparada en el extranjero y en Francia» En: Literatura comparada: principios y métodos. Vega, María Jose [y] Neus Carbonell, Madrid, Gredos, 1988, p. 24.
[5] Gayley, C. M. «¿Qué es la literatura comparada?» En: Literatura comparada: principios y métodos. Vega, María Jose [y] Neus Carbonell, Madrid, Gredos, 1988, p. 36.
[6] Ibídem., p. 37. Subrayado nuestro.
[7] Baldensperger, Fernand. «Literatura comparada: la palabra y la cosa». En: Literatura comparada: principios y métodos. Vega, María Jose [y] Neus Carbonell, Madrid, Gredos, 1988, p. 56.
[8] Ibídem., p. 62.
[9] Tieghem, Paul Van. «La literatura general». En: Literatura comparada: principios y métodos. Vega, María Jose [y] Neus Carbonell, Madrid, Gredos, 1988, p. 64.
[10] Croce, Benedetto «La literatura comparada». En: Literatura comparada: principios y métodos. Vega, María Jose [y] Neus Carbonell, Madrid, Gredos, 1988, p. 34.
[11] Sloterdijk, Peter. Normas para el parque humano. Madrid, Siruela, 2006, p. 85.
[12] Said, Edward W. Humanismo y crítica democrática. La responsabilidad de escritores e intelectuales. Barcelona, Debate, 2006, pp. 36-7.
[13] Wellek, René [y] Austin Warren. Teoría literaria. Madrid, Gredos, 1981, p. 25.
[14] Wellek, René. «La crisis de la literatura comparada». En: Conceptos de crítica literaria. Caracas, Universidad Central de Venezuela, 1968, p. 215.
[15] Foucault, Michel. Las palabras y las cosas. Una arqueología de las ciencias humanas. México, Siglo XXI, 1968. Ver el cápitulo X, pp. 336-337: «Las ciencias humanas»: Es necesario representarse más bien el dominio de la episteme moderna como un espacio voluminoso y abierto de acuerdo con tres dimensiones. Sobre una de ellas se colocarían las ciencias matemáticas y físicas, para las cuales el orden es siempre un encadenamiento deductivo y lineal de proposiciones evidentes o comprobadas; en otra dimensión, estarían las ciencias (como las del lenguaje, de la vida, de la producción y de la distribución de las riquezas) que proceden a poner en relación elementos discontinuos pero análogos de tal modo que pueden establecer entre ellos relaciones causales y constantes. […] En cuanto a la tercera dimensión, se trataría de la reflexión filosófica que se desarrolla como pensamiento de lo Mismo […] Las ciencias humanas están excluidas de este triedro epistemológico. […] Pero de igual manera puede decirse que están incluidas en él, ya es en el intersticio de esos saberes […] donde encuentran su lugar».
[16] Heidegger, Martin. Carta sobre el Humanismo. Madrid, Alianza Editorial, 2001, p. 24.
[17] Ibídem, p. 36: «Todo nacionalismo es, metafísicamente, un antropologismo y, como tal, un subjetivismo. El nacionalismo no es superado por el mero internacionalismo, sino que simplemente se amplía y se eleva a sistema».
[18] Moralejo, Enrique. «La problemática de las humanidades y la hermenéutica». En: La posciencia. El conociemtno científico en las postrimerías de la modernidad, Esther Díaz (editora). Buenos Aires, Editorial Biblos, 2000, p. 262.
[19] Steiner, George. «¿Qué es literatura comparada?». En: Pasión intacta. Ensayos 1978-1995. Madrid, Siruela, 1997, p. 144.
[20] Sloterdijk, Peter. Op. cit., p. 32.
[21] Ibídem., p. 23.
[22] Ibídem., p. 69.
[23] Said, Edward W. Op. cit., p. 49.
Nota: Agradezco las correcciones del profesor Javier Morales Mena por las fallas de estilo. En cierto sentido, el artículo peca de fragmentario debido a la ordenación cronológica que persigue. Por otro lado, se acerca a los cuestionamientos del llamado "poshumanismo".


No hay comentarios: