El trípode de Helena es un blog personal, es decir, yo soy el único que escribe en él. En la parte superior de la columna derecha, verán mi retrato y debajo una descripción fantástica (curiosamente muy real) de mi carácter. Todo junto es Bisutería barata... A continuación, en Oropel imperial están organizadas las entradas según los temas recurrentes. Lo que hay es simplemente el fichero del blog. Siguen dos listas: Cinefilia y Bibliomanía, cuyos fines son fáciles de suponer. Luego, otras dos secciones Hits del blog y De uno en uno cuyas funciones están (para variar) demás definir.
Si a alguno de ustedes le intriga el título del blog, de click aquí o busque la respuesta en el "oropel" de Relatos. Si están interesados en descubrir más acerca de la sugerente imagén del encabezado, entren aquí o revise la primera entrada del "oropel" Pintura.
En fin, los saludo y les exijo que si tienen algo que decir, sea para bien o para mal, háganlo escribiendo algún comentario.

viernes, 26 de diciembre de 2014

Tres historias ajenas



Una historia real

Roberto, que era un imbécil -no clínica, pero sí socialmente-, estudiaba en un colegio estatal ubicado a unas cuadras del mar.

En las mañanas, salía de su casa atestada de gente, al frente de sus tres hermanos, rumbo a la escuela. Como el dinero era lo único que no sobraba, los refrigerios solían ser gregarios. Básicamente, fruta y alguna infusión. Roberto odiaba las frutas, porque le recordaban su condición de hijo no reconocido y pobre. Por eso, abusaba de sus compañeros, aprovechándose de su contextura robusta y su voz de barrista. Les quitaba las galletas y gaseosas que se compraban en el quiosco del patio.

Sin embargo, con el tiempo descubrió que era mejor arrebatarles el dinero.

Después de cometer sus fechorías, Roberto se acodaba en una de las barandas que daban a una estrecha calle. Desde el pasillo del segundo piso de su colegio se ponía a mirar hacia afuera, hacia el azul plomizo del mar. “Nada de lo que me enseñan aquí sirve para algo”, pensaba.

Uno de esos mediodías, vio venir a un tipo muy sucio, que cargaba una inmensa bolsa de yute sobre el hombro, desde uno de los extremos de la calle. Caminaba zigzagueando por el filo de las veredas, deteniéndose cada cierta distancia. Se inclinaba y rebuscaba en las bolsas negras que estaban depositas al frente de las casas. Sacaba botellas de plástico y de vidrio, o cajas de cartón, y las ponía en su saco; luego, cerraba las bolsas y seguía su camino. Al pasar a la altura donde estaba Roberto, escuchó un silbido y se detuvo:

- Hey, ¿quieres una manzana?

El reciclador asintió con la cabeza, soltó su bolsa y extendió los brazos mugrientos.

- ¡Lávate las manos primero! -contestó Roberto y le hizo un gesto obsceno.

El tipo lo miró con odio, con un odio que impresionó a Roberto, pero no le dijo nada. Agachó la cabeza, recogió su atado y continuó su marcha con paso lento, infinito, hasta perderse tras una esquina.

Varios años más tarde, convertido en el brazo derecho de un dirigente político y padre de una familia que salía en las fotos de las revistas sociales, Roberto seguía guardando viva la impresión de esa mirada.

Los medios de comunicación lo acusaban de haber intervenido en favor de una multinacional privada en la licitación de la remodelación de un puerto del norte del país, y su esposa había descubierto su infidelidad con una de sus asesoras del ministerio, gracias a los servicios de un detective privado. Su amante lo había dejado para evitar que su carrera se viera afectada por el escándalo. Uno de sus hijos había huido de su casa, después de que él amenazará con matar al maricón que vivía con él; y su otra hija estaba embarazada de un desconocido a quién había mandado buscar.

“El poder tiene sus bemoles”, se repitió esa mañana de verano en la que maneja rumbo a un condominio privado en las playas ubicadas varios kilómetros al sur de la capital. “El poder tiene sus bemoles”. Subió el volumen de la radio donde sonaba Es mi vida de Salvatore Adamo y pisó a fondo el acelerador. La carretera resplandecía con el brillo del sol. Comer un ceviche, tirarse a un par de putitas y nadar en las aguas limpias del mar. Con eso podría afrontar el pedido de vacancia que interpuesto en su contra el Congreso y el juicio del divorcio que había iniciado su mujer para quitarle la plata e irse a revolcar con alguno de esos chibolos inflados de esteroides de la televisión que habían abusado de su hijita.

- ¡La gran puta!

Un peatón imprudente había cruzado la carretera e impactado contra el parabrisas de su convertible. Roberto frenó en seco y se aferró muy fuerte al timón. Estaba cansado de ser un hijo de puta. Esa era la cereza de una torta insípida y ya vencida. Bajó el parabrisas y asomó su cabeza. El tipo estaba tumbado en medio de la pista. Tomó su celular de la guantera y salió del vehículo. Vestía un jipijapa, una guayabera de mangas cortas, bermudas a cuadros y unos mocasines comprados en Ibiza.

El sol era una mierda.

Roberto marcó un número por teléfono. “Sí, a la altura del kilómetro 72… Rápido, carajo… No sé si está muerto… Me crees imbécil, no lo voy a tocar… Te espero”. Se desabotonó los botones superiores de la guayabera crema. Estaba sudando. Se acercó al cuerpo y flexionó las piernas para ver su rostro más de cerca. Sus facciones le resultaron familiares. No era posible. Este sujeto tenía la apariencia de un muerto de hambre. Por el accidente, se había quedado sin zapatos. Sus pies, desnudos, estaban mugrosos. Sus manos también. El cabello lo tenía descuidado y lleno de liendres. Una buena noticia: se trataba de un loco.

Colocó dos dedos cerca de la nariz del pordiosero para percatarse si aún respiraba. El viento del desierto no le permitió notarlo enseguida. Le pareció que sí. Se tranquilizó. De pronto, sintió una fuerte presión en su muñeca. El loco había despertado. Levantó el rostro y les escupió un par de dientes ensangrentados, mientras chillaba histérico:

- ¡Lávate las manos que apestan! ¡Lávate las manos! ¡Lávate las manos!

Roberto jaló de su brazo, pero no logró zafarse. Estiró una pierna hacia atrás y lanzó una patada sin mirar a dónde. Uno de los dedos del miserable se había enganchado en la correa de su Rolex. Se lo quitó y se alejó de la carretera rumbo a la playa.

En el camino, no dejaba de olerse las manos.


Una anécdota familiar

- ¿Por qué es así el tío Mateo?

- Es un opa. Un tonto bueno.

- ¿Siempre fue un tonto bueno el tío Mateo?

- No. Es una historia muy larga y triste.

- ¡Cuéntamela!

- Está bien, pero prométeme que te irás a dormir.

- …

- Tu bisabuelo Cornelio tenía una casa grande de dos pisos, allá en las montañas. Allí vivía junto con su esposa y sus cinco hijos, incluida mi mamá, Carmela, que era la mayor de las mujeres. Una noche, la bisabuela Marcelina despertó al viejo porque había escuchado unos sonidos que venían de la planta baja. El bisabuelo, que era medio sordo, le gritó a mamá Marcelina que cogiera el mazo de madera con el que sacudía la ropa en el río. La bisabuela lo sacó del armario del cuarto, mientras Cornelio buscaba el cuchillo que usaba para destazar a los carneros. Armados, los dos descendieron por las escaleras, tratando de hacer el menor ruido. Cuando llegaron al zaguán, tu bisabuelo vio un resplandor que provenía de las ventanas del comedor. Vivo, le propuso a la abuelita Marcelina que fuera adelante, ya que ella no había notado el brillo porque estaba perdiendo la vista, y él se puso detrás de ella, para “cuidar su espalda”. Tú le das un mazazo y yo un piquetazo, le dijo. Con esas, entraron al comedor.

- ¿Y qué pasó?

- La bisabuela empujó la puerta del comedor y alcanzó a ver la espalda de un hombre, sentado en el extremo más cercano de la mesa de roble, frente a una vela que iluminaba apenas ese rincón de la habitación. Corrió hacia él con el palo en alto y lo descargó con todas sus fuerzas sobre su cabeza. El extraño calló al suelo, desmayado y con el cráneo roto y ensangrentado. El bisabuelo se acercó para felicitar a su esposa y se arrodilló en el suelo de tierra para darle la vuelta al rostro del intruso.

- ¿Quién era?

- Era su hijo menor, el tío Mateo, que era ancho de huesos a pesar de su corta edad. Se había despertado en la madrugada para estudiar matemáticas, porque quería ser ingeniero. Cuando se dio cuenta de lo que había hecho, la bisabuela soltó un gritó terrible de espanto. Cornelio llevó a Mateo a la asistencia, donde lograron reacomodarle los huesos del cráneo y le cosieron el pellejo de la cabeza, pero tu tío abuelo no quedó igual.

- ¿Se volvió un opa?

- Así fue. Perdió toda su inteligencia y, como castigo por ese acto, se convirtió en una carga más para la vejez de los bisabuelos, quienes murieron sin poderse perdonar el uno al otro.

- ¿Y cómo murieron?

- Esa es otra historia.

- Me dijiste que era una historia larga.

- Y tú que te dormirías ya.


Un sueño personal

Inexpugnable. Adriana me había parecido, desde el colegio, inexpugnable. Una torre al pie del acantilado. Una villa rodeada de pantanos. Bella, pulcra, cruel.

Yo había entrado a una especie de institución educativa a trabajar con niños pequeños para dictarles no sé qué. Estaba a prueba o algo así. Corría por los pasillos, de un salón a otro, para hablar, cinco minutos en cada uno, de cosas que no recuerdo y que seguramente eran en extremo ridículas y banales, porque los chicos parecían pasarla bien. Hasta que llegó el gran día. El día en el que los supervisores, hombres muy serios, vestidos con ternos y sombreros como los agentes Smith de Matrix, se sentaron al fondo de uno de esos salones infinitos, en los que se repetían las carpetas y los rostros como en un cuarto de espejos.

Estaba de pie, con la pizarra en mi espalda, reflejado en sus lentes oscuros. A mi izquierda había un micrófono como los que usan los comediantes neoyorquinos o los cantantes de jazz. Acaricié con ambas manos el tubo de metal pulido que lo sostenía y me puse a cantar como un profesional. Cuando terminé, recibí una ovación de aplausos. Pero no me quedé hasta que terminara, porque sabía que en ese mismo instante, en otro salón, Adriana también estaría afrontando su prueba definitiva.

Corrí por corredores atiborrados de puertas hasta que me detuve frente a una por instinto. La abrí. Tenía suerte, todavía no había llegado. Vi un pupitre vacío y me oculté debajo de él. Adriana y dos secuaces -siempre iba escoltada por ellas- atravesaron la puerta y dejaron sus libros sobre el escritorio del profesor. Ella miró a los niños con dureza, casi con asco. Tenía unas gafas circulares, el cabello recogido en un moño alto y la piel tersa, como una muñeca.

Los supervisores entraron al aula. Adriana abrió la boca y salieron unos gruñidos extraños, metálicos. Entonces, yo, desde el hueco donde estaba escondido, empecé a berrear fuerte, como un niño de pecho al que lo hubiera abandonado su mamá. Adriana guardo silencio, para escuchar de dónde venía el berrinche de ese mocoso impertinente. Mi corazón se detuvo por un momento. Sabía que me encontraría. Pronto tendría su rostro sobre el mío, cubriendo el horizonte de mi mirada con esos ojos de fuego. Mis gritos se volvieron verdaderos. Estaba asustado, quería escapar.

- ¿Qué te pasa? -me encontró inclinado la cabeza por encima del pupitre.

- Tengo miedo. Quiero a mi mamá.

- No, tú me quieres a mí.

Guardo silencio por un instante y me besó. Fue el beso más sentido que me han dado en la vida.

domingo, 21 de diciembre de 2014

Haneke: una singular belleza



Hacia el año 1241, después de haber arrasado Hungría, hordas de jinetes tártaros  golpearon los muros de una villa apenas convertida en ciudad. Durante su infancia, el pequeño Michael escuchaba ensimismado la historia de la defensa desesperada de su patria adoptiva, Wienner Neustadt, por un grupo improvisado de artesanos, burgueses y nobles católicos llenos de pavor con quienes no podía dejar de identificarse. (“Nueva Austria” era el poblado principal del desaparecido ducado de Estiria y había sido fundada por el duque Leopoldo V de Babenberg en 1194 con el dinero pagado por el rey Ricardo I de Inglaterra, capturado cuando volvía de sus aventuras en Tierra Santa). Puerta de entrada a Europa Central, Haneke debía saber que la antigua urbe fronteriza había conocido su momento de esplendor allá en las postrimerías del Medioevo, cuando Federico III de Habsburgo se había instalado en ella, después de haber convertido a Austria en un archiducado.

El recuerdo de todo esto quedó grabado en su memoria por una sencilla razón: la ciudad de su niñez era la que amaba su madre. Durante el largo invierno nazi, Beatrix había iluminado sus noches con la narración vívida de aquellos acontecimientos. Y las palabras de la actriz seguían sonando, con la misma mezcla de angustia, en sus adormecidos oídos: “Querido Micha, no olvides esto nunca; cada cierto tiempo los bárbaros retornan a las puertas de este rincón hermoso de nuestra espiritual Europa como un castigo por aquel nacimiento espurio, producto de tan deshonroso rescate”.

La trascendencia de Michael Haneke (Munich, 1942) para el cine finisecular de Occidente radica en que, quizás, convirtió esta probable escena en una vocación. Una de singular belleza.

Resumir la obra de Haneke sería reducir su importancia. Su fracaso temprano en la música clásica, su incursión en el teatro que lo tornó tan meticuloso en la dirección de actores, sus inicios audiovisuales en la televisión, la teatralidad de su cinematografía, el disturbio que consigue en la sensibilidad de los espectadores, el tratamiento de la belleza de forma “pura y dura”, la defensa de los valores de la alta cultura europea, Austria y ese afán políglota de sus últimas cintas, son solo unas pincelas del universo de este interesante creador.

Para conocer más del mismo, los dejo con una entrevista realizada por Serge Toubiana en el 2005 sobre una de sus más polémicas películas, Funny Games (1997), cuya versión norteamericana salió en el 2007 con Naomi Watts. 

sábado, 13 de diciembre de 2014

La angustia de contratransferencia en la relación profesor-alumno



Obra de Gottfried Mind (1768-1814), el "Rafael de los gatos", pintor autista suizo


Cuando estudiaba en la universidad, llevé un curso sobre psicoanálisis aplicado a la literatura. Recuerdo que ese semestre, nos dedicamos a leer y comentar con detenimiento el Seminario 10 (1962-1963) de Lacan dedicado a la angustia. Ese fue mi primer acercamiento académico al tema. Digo esto porque yo ya había experimentado, como muchas otras personas a lo largo de sus vidas, el sobrecogimiento característico de dicho estado. La última vez que había tenido un cuadro similar había sido después de apuntar a mi hermana con la pistola de mi papá, pensando que estaba descargada. Me había asegurado de quitarle la cacerina. A pesar de esto, no llegué a dispararle, pero sí apreté el gatillo hacia mi escritorio y perforé la madera y varios papeles con la bala que había quedado alojada en el interior del arma. Después de eso se presentó el ataque de angustia que me dejó extenuado y con el ánimo hecho pedazos.

Psicoanálisis de la angustia

Lacan decía, con uno de esos giros propios de su estilo, que la angustia se producía por la "falta de una falta", es decir, por la ausencia de aquello que cubre al "objeto". Yo asumí -y aún lo hago- que se trataba de aquello conocido por los lacanianos como el "fantasma", la pantalla que separa al sujeto de la verdadera causa de su deseo: la cosa, el resto. La angustia es una especie de develamiento. Para explicarlo no se me ocurre nada mejor que recurrir a un ilustrativo ejemplo: Edipo arrancándose los ojos frente al espectáculo del incesto y parricidio cometidos.

El seminario de Lacan es un extenso comentario del artículo “Inhibición, síntoma y angustia” (1926) de Freud. El vienés había escrito este texto en respuesta al libro de Otto Rank, El trauma del nacimiento (1924). En él, Rank planteaba que las crisis de angustia son una repetición del “primer trauma” producido durante el parto. El discípulo no hacía más que desarrollar las ideas iniciales de Freud sobre el particular, las cuales estaban centradas en el carácter somático de la angustia, y no incluían una explicación psíquica. Sin embargo, en su artículo, Freud propone un origen distinto para este fenómeno. Antes de ello, distingue los conceptos de “inhibición” y “síntoma”. El primero es una disminución de una de las “funciones del yo” (sexual, alimenticia, motriz, profesional) y el segundo hace referencia a una modificación desacostumbrada de dichas funciones. Solo la última corresponde a la señal de un proceso patológico. El síntoma, como la inhibición, oculta lo reprimido; pero lo tramita ineficazmente. Conviene en este punto revisar otro texto.

En el año 1919, Freud publica un artículo, muy literario, sobre “Lo ominoso” (Das Unheimliche). Parte de un análisis etimológico simple: Heim, en alemán, significa ‘hogar’; Heimlich, por lo tanto, es ‘familiar’ u ‘hogareño’; y Unheimlich es lo lejano, exótico y esotérico, lo que nos produce temor; en una palabra, lo ‘siniestro’. Lo temible está en el seno de la casa, de la propia casa que es también el cuerpo. Y cuando despierta, nos afecta de forma significativa. La separación del vientre materno, el corte por el lenguaje de la función paterna, el amor caníbal de la madre, el miedo al descuartizamiento debido a la perdida de las secreciones, la castración; todo apunta a un temor originario: reducirse a objeto del deseo del Otro, desaparecer. Ese miedo, como Nietzsche lo había intuido, retorna eternamente y, eternamente, es ocultado del plano simbólico, es reprimido; y su determinante es separada de nuestra vida como un momento “no-biográfico” o, como diría Lacan, es forcluido. Cuesta recordarlo porque no quisiéramos haberlo sufrido.

Freud, en el artículo de 1926, asigna como causante de la represión a la angustia, con lo que cambia su enfoque anterior que la entendía como consecuencia o efecto de lo reprimido. Las represiones -como ya es conocido- tienen una raíz sexual para él. Pero, ¿por qué las produce la angustia? Porque la angustia es una defensa que nos protege del “trauma de la castración”, que no es más que el miedo al desmembramiento, a la separación, al corte. (El nacimiento es un hecho traumático, pero no es el único; por lo tanto, debe ser tomado en cuenta por su valor metafórico y no referencial respecto a las sensaciones angustiantes.) La angustia es productiva. Crea al fantasma, elabora las inhibiciones y desplaza los síntomas. Queda pendiente entonces analizar un punto: ¿Cuál es el mecanismo de la represión? ¿Cómo lo activa la angustia?

Este es el último texto de Freud que comentaré: La interpretación de los sueños (1899). En el último capítulo de este libro, Freud presenta su primera tópica, es decir, un esquema tentativo del funcionamiento de la psique humana que no modificaría hasta 1923. Con fines pedagógicos, establece como modelo el circuito de estímulo-respuesta, propio del sistema nervioso. En el polo del estímulo se encuentran las “percepciones” (internas y externas) y en el polo de la respuesta se ubican las reacciones motrices. Este último extremo, la “motilidad” que modifica el mundo que rodea al sujeto, va perfeccionando sus respuestas debido a que las percepciones son almacenadas a lo largo del tiempo en un conjunto de sistemas, llamados por Freud, “mnémicos”. Los sistemas mnémicos asociación las percepciones a reacciones motoras y almacenan estas asociaciones en la memoria. Mejor dicho, construyen así la memoria. Lo que la fija es su relación con algo que Freud nombraba como la “economía libidinal” del yo, que es básicamente la relación entre el placer y el displacer que produce una percepción y la acción motriz que puede conseguirlo o prolongarlo. Sin embargo, existen percepciones placenteras que son censuradas por una instancia que gobierna la motilidad voluntaria del sujeto conocida como el “preconciente”. Esta es la puerta de acceso a la motilidad y, sin su aprobación, nada es llevado al plano de la realidad. Esos sistemas que fijaron asociaciones prohibidas forman un sustrato y, por lo general, se remontan a la infancia de la persona. Ellas conforman el “inconciente”.

Pues bien, ¿cuál es el papel de la angustia? Freud intuyó que, durante el día, los deseos incocientes emergen constantemente y son sometidos a la censura del preconciente. Los que escapan alcanzan la motilidad y producen los olvidos, las fantasías diurnas, las equivocaciones, la tartamudez, y demás psicopatologías de la vida cotidiana. Los otros son desfigurados (condensación y desplazamiento) y retornan al polo perceptivo para ser “investidos” visualmente con recuerdos recientes (miramiento por figurabilidad). Durante la noche, intentan sorprender al preconciente, pero solo logran captar su atención y son detenidos en las puertas de la motilidad e investidos con cierto sentido narrativo (miramiento por la coherencia y la inteligibilidad), lo que termina por producir el sueño. La elaboración del sueño excede así los límites del dormir. ¿Y la angustia? Cerca. Existen tres tipos de sueños: los infantiles, cuyos deseos no están reprimidos y, por lo tanto, no son desfigurados; los adultos, sometidos a la censura, reprimidos y desfigurados; y los de angustia, que nos muestran deseos reprimidos, pero no desfigurados. Es decir, sin fantasmas, sin pantallas, sin máscaras; como el rostro de la Gorgona, nos petrifican y espantan.

La identidad es una instancia sumamente precaria que sufre la amenaza de su aniquilación inminente a cada segundo. Pero el enemigo vive en casa. Por eso, existen mecanismos establecidos para ejercer la represión, una actividad constante que implica un gran desgaste psíquico. Eventualmente, al dormir o con alguna distracción, la censura se relaja, emergen los deseos ocultos y ponen en peligro al yo del sujeto. Emerge la angustia, detecta a los “intrusos familiares” y elabora un nuevo compromiso: Perseo usando la cabeza de la Medusa para salvar a Andrómeda. Se modifican los mecanismos de la represión y la identidad sale fortalecida de este impacto con lo Real. Hasta el próximo ataque, claro.

Una relación terapéutica

Hans Zulliger fue un pedagogo y psicoterapeuta suizo que intentó aplicar los alcances del psicoanálisis freudiano para su trabajo como docente. Acabo de leer de él un interesante libro titulado El niño normal y su entorno (1979), el cual reúne cinco ensayos, escritos en los años 50, sobre los problemas y algunas soluciones desde la clínica para enfrentar las dificultades en el aprendizaje escolar de los niños. Uno de los artículos está centrado en la angustia infantil. Al respecto, Zulliger dice:

Así como la vida prehistórica de la humanidad está plagada de temores, la vida de nuestros niños se halla también bajo el filo de la angustia. Tan solo, más adelante, con el pasó de los años, recordamos, embelleciéndola, nuestra infancia como una época libre de preocupaciones y un manantial de felicidad: nos hemos distanciado con respecto a las penas y angustias infantiles, que nos parecen desprovistas de importancia desde nuestro punto de vista de adultos. Olvidamos que en su tiempo nos parecían gigantescas [p. 11, cursivas mías].

El suizo coincide con lo que venimos señalando cuando afirma que “la angustia es producida y sentida por el Yo”, es decir, la conciencia. El peligro que la detona puede ser de tres tipos: i) la irrupción pulsional o “angustia-del-Ello”; ii) el castigo o “angustia-del-Super-Yo”; y iii) el displacer próximo o “angustia ante la angustia”. La última ocurre cuando se prevé la emergencia de cualquiera de las anteriores, por lo que no resulta determinante para explicar este fenómeno; las otras dos, en realidad, son complementarias. El retorno de lo prohibido avergüenza al sujeto, lo hace sentir culpable porque teme la mirada del Otro, quien lo juzgará con dureza por haber sucumbido momentáneamente a su deseo. Hasta aquí, nada nuevo.

El aporte de Zulliger se encuentra en otro aspecto. Para él, la relación entre el profesor y el alumno es una relación terapéutica. La angustia infantil nace en el hogar y se desplaza de dicho lugar hacia la escuela. La matriz familiar no siempre brinda el soporte adecuado para la estabilidad emocional del pequeño. A esto agregaría que casi nunca lo hace. Por desplazamiento y condensación, como ocurre en el sueño, las figuras opresoras y castradoras de la casa son superpuestas sobre la imagen del docente. Entonces, es el propio docente, sin que lo sepa, el detonador de la angustia del niño. Por ello, antes de enfrentar su labor pedagógica, debe salvar un escollo invisible: las posibles transferencias negativas de sus alumnos hacia su persona. Se torna necesario que descontaminé su imagen a través de la psicoterapia. Solo de esa manera se logrará una conexión afectiva positiva, que permita el aprendizaje normal de sus estudiantes. El problema es que realizar un trabajo de este tipo requiere capacitación y tiempo; factores que nuestro sistema educativo “industrializado” no privilegia. Sin embargo, incluso superado este obstáculo, queda otro pendiente: la contratransferencia.

La vocación imposible

Yo estuve trabajando durante dos años en una institución educativa particular de mediano reconocimiento en la capital. Dicha corporación, y sus franquicias, aplican un modelo educativo seudo-especializado que busca entrenar al alumno en la asimilación de la información necesaria para ingresar a la universidad. Es decir, es un colegio preuniversitario. Aunque sus directivos han ideado un soporte de acompañamiento al alumnado, conocido como “sistema de tutorías”; no es efectivo ni está bien diseñado. Además, los profesores son personas que manejan de forma empírica las herramientas pedagógicas necesarias para el dictado. En realidad, pocos son docentes formados profesionalmente. Yo era uno de esos improvisados.

En junio, por diversos motivos, fui despedido de dicha institución. Sentí un gran alivio, no estaba hecho para la docencia escolar. Un par de semanas después, escribí este párrafo:

Ignacio dio un paso hacia atrás en mitad del aire. Los vidrios dispersos de la ventana se reencontraron con su rostro. Sus extremidades se contrajeron para atravesar la abertura que estaba a sus espaldas. Puso un pie sobre los mosaicos del piso y retrocedió a grandes zancadas. Esquivó las carpetas vacías y los bultos regados por el suelo. Llegó de un brinco hasta el taburete de madera ubicado al fondo del salón. Con gracia, cayó sobre sus dos pies juntos. Miró a ambos lados por un instante. La preocupación de su rostro desapareció en un gesto de alivio. El arma salió del tacho que estaba a su izquierda y, atraída por una fuerza invisible, se posó en la palma abierta de una de sus manos que había subido diagonalmente a su encuentro. La otra la tomó por debajo para asegurar su posesión. Apuntó hacia adelante. Entraron algunos niños por la puerta que estaba a su derecha. No hubo gritos. Varios uniformados se levantaron del suelo y se acomodaron en sus asientos. La sangre retrocedió de las paredes. Pequeñas partículas metálicas salieron de los cuerpos recién despertados. Desde las cabezas, brazos y pechos, escondidas, avanzaban en línea recta en dirección a la boca del arma. Con cada descarga, un chispazo iluminaba el sonriente rostro de Ignacio.

Al inicio, sentí que era una pequeña vendetta. Mi objetivo era más atacar al colegio y no a los niños. (No padezco, todavía, una psicopatología.) Luego, olvidé estás líneas y seguí viviendo, más tranquilo y reposado. Hay dos características del texto que atraen mi atención ahora. La primera es el modo en el que está narrado. Al inició, creí que la elección de la forma de un cuento de Carpentier, “Viaje a la semilla” (1944), era arbitraria; después, me percaté de que era una excusa, el tema calzaba con el estilo porque se trataba de una regresión hacia lo antiguo, lo primitivo, lo reprimido: mi infancia. Lo segundo fue el nombre del protagonista. Ignacio proviene de la palabra latina ignĕus, ‘fuego’. El iluminado es una manera plástica de traducir su nombre. Ha alcanzado a ver algo que los demás no. La identificación se refuerza conmigo por mi pasado vinculado a la figura de Ignacio de Loyola; y porque, unos meses más tarde, se despertó en mí una gran curiosidad por investigar a San Ignacio de Antioquía, quien se solía presentar en sus cartas como el Teóforo o “portador de Dios”. Este santo murió devorado por las fieras en Roma.

Un salón de clase puede convertirse en el circo romano y eso lo saben todos los que alguna vez han ingresado a uno para enseñar por primera vez. Yo, alguna vez, como un profesor inexperto, había entrado para saciar el hambre de los leones. La directora había sido Trajano. Mi vida pendía de la posición de su pulgar. Recuerdo que quedó en alto, pero el trauma se instauró para siempre en mi interior. Aunque después tuve más éxito, no olvidé, reprimí y seguí temiendo. La angustia había hecho su trabajo. Pero a cambio, había anudado el nuevo trauma a un complejo anterior, más antiguo; y este emergió con la escritura. El arma de fuego, las detonaciones. Yo ya me había enfrentado a eso antes. Eran el arma paterna, el fratricidio frustrado de casualidad, la autoinculpación siguiente y el retorno de lo reprimido. Lo que me mostró la escritura fue que yo había hecho contratransferencia en los alumnos.

Zulliger afirma que, a veces, el maestro ve en el niño pequeño a su hermano, a su hijo, a su nieto y, en el peor de los casos, a sí mismo. Yo condensé un par de esas imágenes e ideé una fantasía diurna, una ficción, para fijarla en mi aparato psíquico de manera inofensiva. Cada disparo cumple un deseo prohibido del inconciente, matar a mi hermana; y un deseo censurador del preconciente, suicidarme con el arma como castigo por la acción anterior. Como en el sueño, emerge una narrativa que satisface a ambos sistemas. Por ello, intuyo que no existe una vocación más difícil que la del pedagogo. Se enfrenta a un pasado que ha olvidado adrede y que emerge por contratransferencia, todo el tiempo, frente a él. La puerilidad lo desequilibra, corroe las amarras y quema los barcos que lo trajeron desde la patria de la adultez. Un profesor es un náufrago en medio de la selva salvaje de la niñez, de su niñez.

Apéndice: Interacciones riesgosas

En el 2009, la Universidad de Lima publicó un librito del semiólogo Eric Landowski, Interacciones arriesgadas. En este, el autor propone cuatro formas distintas en las que el sujeto se relaciona con los demás:

1.       El rol accidental: el sujeto es lanzado al mundo, indefenso y desprotegido.
2.       La modalidad de la manipulación: el sujeto pacta con el mundo, lo cosifica y trata como un objeto subordinado a él.
3.       El rol programático: se produce la desubjetivación del yo que lo vuelve un objeto rodeado de otros objetos.
4.       La modalidad del ajuste: el sujeto recupera su condición y se relaciona con otras subjetividades adecuándose a ellas, sorprendiéndose y aprendiendo constantemente.

Tres de estas interacciones son psicopatológicas. Lo accidental está vincula con la reacción histérica, repulsiva y letal; lo manipulador con la psicopatía maquiavélica; la programación con la depresión neurótica. Solo el ajuste es señal de una resolución adecuada del trabajo de la angustia.

Existen muchos docente accidentales, los improvisados, los arrojados a las fieras; otros son calculadores, están entrenados y conocen las herramientas pertinentes, pero carecen de flexibilidad, fuerzan al niño y su educación, pecan de no mirar el contexto y aplicar modelos universales de enseñanza; un tercer grupo aglutina a los que han tirado la toalla, los aburridos, los docentes-muebles, los faltos de motivación e ideas, los que van solo por cumplir; finalmente, escasos pero significativos, a veces nos cruzamos con un profesor que no evade la angustia de contratransferencia con ninguna táctica, que se enfrenta a ella sin cerrar los ojos, aunque implique su aniquilamiento y el del niño, aunque queden ambos petrificados y sin palabras. Ellos nos marcan. Se trata de personas que nos conducen de la mano, cuando entran al aula cada mañana, en ese viaje necesario que debemos hacer al corazón nuestras propias tinieblas.