El trípode de Helena es un blog personal, es decir, yo soy el único que escribe en él. En la parte superior de la columna derecha, verán mi retrato y debajo una descripción fantástica (curiosamente muy real) de mi carácter. Todo junto es Bisutería barata... A continuación, en Oropel imperial están organizadas las entradas según los temas recurrentes. Lo que hay es simplemente el fichero del blog. Siguen dos listas: Cinefilia y Bibliomanía, cuyos fines son fáciles de suponer. Luego, otras dos secciones Hits del blog y De uno en uno cuyas funciones están (para variar) demás definir.
Si a alguno de ustedes le intriga el título del blog, de click aquí o busque la respuesta en el "oropel" de Relatos. Si están interesados en descubrir más acerca de la sugerente imagén del encabezado, entren aquí o revise la primera entrada del "oropel" Pintura.
En fin, los saludo y les exijo que si tienen algo que decir, sea para bien o para mal, háganlo escribiendo algún comentario.

viernes, 22 de noviembre de 2013

Malsano (Antitradición)

UNO
I
La primera historia que inventé la hice para violar a mi hermana.
II
Cuando tenía nueve años, una mañana, después de masturbarme en la ducha, mientras me jabonaba el pene con culpa, introduje de casualidad uno de los pulgares en mi ano. La espuma y el jabón lo habían dilatado y la fricción de mis dedos para limpiarlo había producido una ligera inflamación del borde que parecía el aro gelatinoso de una gomita.
Desde aquel día, cada vez que iba a bañarme, no dejaba de llevar algún objeto cilíndrico para metérmelo en el culo.
Comencé con lapiceros sin tinta que encontraba en el cementerio de uno de los cajones de mi escritorio. Luego vinieron los plumones gruesos y los palos de escoba. Recuerdo que sentía una inclinación irrefrenable por la madera. Aprendía a distinguir su textura rugosa, sus líneas imperceptibles al tacto de los dedos pero no al de las paredes del ano.
El plástico, en cambio, me irritaba.
Mi orificio se fue volviendo exigente y mi deseo insaciable.
No había nada que esperará con mayor entusiasmo que esos minutos antes de ir al colegio, cuando bajo el vapor que despedía la terma, mi reflejo empañado me miraba desde el espejo con aquella expresión de gozo adolorido que tiene todo hombre que se masturba estando empalado.
III
Poco a poco me fui volviendo un adolescente excesivamente aseado.
IV
Dos años antes, a los siete, una tarde en la que mis padres no estaban en casa, coloqué a mi hermana de tres años, boca arriba, sobre la cama matrimonial y me eché encima. Me froté contra su cuerpecito durante unos diez minutos y al terminar estaba todo húmedo entre las piernas.
Me había orinado.
A partir de ese día, repetí la operación regularmente dejando una tarde. La excusa que inventé para que se quedará quieta y en silencio fue, sin ánimo de hablar de un talento precoz, el inicio de mi carrera literaria:
V
«Había una vez un reino llamado ChickenLand. En él vivía yo, Littlehand, y tú, Roncesvalles. Ambos éramos felices porque habíamos jurado estar juntos para siempre. Lo habíamos hecho una noche, bajo la inmensa palmera que había plantado nuestro padre en honor a nuestra madre. El amor de ambos había hecho crecer la sombra del árbol hasta ocultar a todos los hombres y mujeres de aquel país. Incluyendo sus pecados. Pero la felicidad de aquellas tierras fue hurtada abruptamente por un leñador que cortó el asta de aquel navío enterrado y enrolló sus velas de penumbra. Entonces los habitantes, nosotros, vimos el sol por primera vez y quedamos ciegos, sin poder mirarnos. Tú temiste perderme, yo temí lo mismo. Nos sujetamos fuerte de la mano y prometimos confiar en otro sentido dado que nuestros ojos habían perdido su luz. El sentido que elegimos fue el tacto».
Sin querer, había dado con la acepción bíblica de un término problemático: conocer.
VI
Cumplidos los doce años, a mediados de setiembre, olvidé cerrar con seguro la puerta del baño.
Roncesvalles me miró asustada.
Nunca comentó el incidente.
Nunca más estuvo en una habitación a solas conmigo.
Nunca más me dejó que le contará una historia.
Nunca más nunca.
VII
El verano siguiente, estudiando como un imbécil, me volví aficionado al futbolín y conseguí una “novia”.

DOS
Un consejero del rey, de nombre soviético como Rasputín e impulsado por la ambición, hizo un acto de magia.
Importó cientos de bobinas y las hizo desaparecer por la boca de los ciudadanos más ilustres de ChickenLand. El objetivo de esta proeza digna de faquires era develar su interior. Para ello, los citaba en un cuarto estrecho, y les decía que una gran plaga se acercaba. Esto les producía temor porque su riqueza y fama dependían de los numerosos vasallos que habitaban el reino.
- Sin el capital humano, de ínfima calidad pero numeroso, estamos perdidos.
Entonces les propuso un antídoto a la epidemia.
- Ustedes deben hablarles, deben contarles una historia.
- Pero nosotros no somos poetas.
- Pues yo les daré el argumento, lo he filmado y he preparado un rollo para cada uno. ¡Tráguenselo!
- ¡Gracias, oh, Gran Tecnócrata!
Y aunque no hubo tal epidemia, funcionó: le hicieron un altar al consejero.
Pero un día, uno de los altos funcionarios, uno de los comedores de acetato, fue al baño y defecó una larga tira en blanco cuyos bordes afilados desgarraron su recto hasta abrirlo como una hermosa boca de anciano, sin dientes y con encías descarnadas.
Era una lámina de plata.
El rey, un pobre eunuco que había perdido a su primogénita en la guerra y a su hijo menor en un prostíbulo, mandó encarcelar a todos los implicados y acumuló las cintas en unos inmensos vestíbulos. Así se fundó la primera filmoteca de ChickenLand.
Tiempo después, tuvieron que traer a un experto francés de apellido Mèrde para revelar las filigranas argentinas. Al parecer, por tratarse de un material poco convencional para grabar una película, tuvo que recurrir a una técnica que no se usaba desde la época de los daguerrotipos. Por eso, caído en desgracia el tirano y su consorte varego, cuando se exhibieron públicamente las cintas en una versión resumida que duraba apenas tres horas en cada plaza, cada esquina, cada fonda o burdel del territorio vejado por el anterior gobierno, la fotografía tenía un tono melancólico y triste que invitaba al suicidio colectivo de los espectadores.
Era el sepia que caracteriza a las fotos que nuestros abuelos les tomaban a los niños que nacían muertos.
Debido a las contraindicaciones, se prohibieron las funciones.
Narraré a continuación la sucesión de imágenes de uno de estos films a los que se hicieron tan aficionados los pequeños masoquistas y las lesbianas posestructuralistas.

TRES
Celuloide
Apenas llegaste, tu cuerpo fue intervenido.
Varias y dolorosas veces. Y comprendiste que nunca más querrías que alguien se metiera con él. Que renunciar a la fisicidad era un pequeño himno para cantar en silencio.
Pero encarnaste en otros cuerpos que te sometieron a su control y que te volvieron a manipular:
«La operación a la que he sido sometido es muy delicada. Me han vaciado los órganos. Soy una cáscara. Cada cierto tiempo, un cirujano de frías manos y duro paladar me anunciaba la pérdida de un tejido nuevo con las mismas palabras:
- Hemos terminado».
Como no podías vivir alejado de los hombres, decidiste permanecer tan cerca de ellos que no pudieran verte con claridad.
Eres un cuerpo amputado. Avergonzado. Idealizado.
Construiste una imagen de ti mismo a la que le faltaba un miembro. Y todos los demás se volvieron prótesis de él. Al querer ocultar una ausencia, sucedió lo de siempre, la acentuaste más.
Cuando naciste, te habías clavado el puño en el pecho como buscando tu corazón. Pero te equivocaste de lado y, en lugar del suicidio, encontraste el esperpento.
Con el brazo libre, te hiciste tu primer nudo de corbata: pero no supiste tirar de él a tiempo y lograron sacarte azul del útero, con el cordón umbilical acariciando tus hombros, como un collar de sangre. Y sentiste, con pesar, la delicadeza de la muerte.
La luz del día te dejó ciego.
La oscuridad de la noche te dio miedo.
Mataste a tu madre a los pocos días y, con ella, el afán de originalidad. Tu padre se convirtió en una historia oída entre sueños. Una maravilla destruida como aquel coloso que en Rodas guiaba a los barcos de los piratas para que saquearan la ciudad.
Todo resulto insulso y agotador.
Renunciaste a la primogenitura como se renuncia a ser coronado rey de una tierra sin súbditos.
Y te volviste enfermizo a propósito.
De alguna forma, era una compensación morbosa al desapego.
Hiciste un manifiesto; tu brazo izquierdo se convirtió en el índice. Tu cabeza en el pulgar. Mostraste tu palma herida, con esa línea de la vida que se corta a la mitad… y vuelve a comenzar.
Tu corazón seguía latiendo, pero era un músculo cansado y flácido.
Tu corazón seguía latiendo, pero su ritmo era irregular (taquicardia).
Tu corazón seguía latiendo, pero dejo de ser una marcha.
Tu corazón seguía latiendo, pero lo que nadie sabía
era que no habías errado el golpe
y que en lugar de ventrículos y aortas
estaban cinco dedos diminutos
abriendo y cerrando un gesto extraño
ajustando los nudillos
en medio de un charco de sangre
con el movimiento que tienen los peces
cuando están fuera del mar.

Pizarra
Las palabras bailan y el polvo de la tiza asfixia tu mirada. Tienes las manos blancas. Podrías caer al suelo muerto y nadie se daría cuenta. Ese mismo polvo que te ahoga serviría para marcar los límites de tu cuerpo. Cuando vieran lo que ocultas en el bolsillo nadie se sorprendería. Todos ya lo habían deducido pero te querían tanto que nunca te hicieron el más mínimo comentario. Eres afortunado y quieres morir. Porque nadie se daría cuenta. Porque nadie.
Tu mano hace un ejercicio coreográfico. ¿Qué estás dibujando? ¿A quién? Recuerdas cuando hacías hermosos íconos griegos en medio de la selva de Jaén. Recuerdas cuando te desplomabas sobre una hamaca y oías el ritmo de la lluvia y sentías los piquetazos de los insectos mientras esperabas el café de las cinco que las monjas de clausura dejaban del otro lado de la cancela. En la ciudad es imposible comprar ese tipo paz.
Si vas a hablar de un padre que maltrata a su hijo sería mejor que no lo compararás con uno que es como un faro ausente. Con uno como el tuyo. La historia fue lo único que los vinculaba. Siempre tuvo miedo del momento en que tú pudieras recitar de memoria a los reyes merovingios y él solo se acordara del estúpido de Carlos Martel. Paradójicamente, tú fuiste el mayordomo y él, el holgazán.
Sacas a un alumno, lo pones al frente y le dices: Gregorio. Y toda la clase se ríe, encima de los pupitres, hasta orinarse y, con su fetidez, infecta el salón. La burla siempre huele mal. Es malsana. La burla es malsana y mórbida. Después tantos rechazos crueles, insultos gratuitos y una mota que cae al suelo como la mala imitación de una manzana; después, dices, de todo eso, no queda más que ese chico humillado e imbécil te miré a los ojos con un dolor muy hondo y negro, y se vaya corriendo a llorar sus renovados traumas junto a una muchachita insulsa, de voz ronca, a quién no le importan ni Kafka, ni “sus chicos”; sino lo que hará en la noche, cuando esté mirando sus tobillos.
Y sabes que eres coherente, que gozas como un entomólogo destripando a los bichos. Sabes que la Literatura es una cosa perversa: ese “gozo adolorido” e implícito en las relaciones incestuosas y la sodomía.

Un par de años después, una chica de doce años me llamó a una esquina sombría del aula y me dijo:
- Profe, yo también estuve en ChickenLand y un hombre disfrazado me capturó dentro de su traje sudoroso y fornico conmigo mientras estaba presa en sus plumas amarillas.
Yo le pregunté si había visto, durante la operación, un lacrimógeno drama en sepia proyectado contra las paredes de su cabeza. Era la historia de un chico que en lugar de un corazón albergaba el agónico ritual de un pez sin agua.
- No, pero vi a un boyardo engañar a un monarca.
Satisfecha mi curiosidad, y calmados mis temores, le ofrecí el consuelo cristiano como una fruta oxidada y le rogué que me dejará seguir con la clase. Pero antes de que me fuera hacia adelante, ella me sujetó del borde de la manga. Volví el rostro. Abrió la boca. Sacó la lengua. Entre sus dientes cariados, sombreada por una mirada lasciva, se proyectó en el músculo una “G” tan nítida y brillante que parecía un letrero de neón.
Entonces corrí violentamente hacia la pizarra. Cogí un puñado inmenso de tizas blancas. Di un portazo al salir del salón. Bajé dos pisos. Atravesé el patio. Cerré con seguro el baño y recordé con los dedos -es decir, con todo el cuerpo, porque era una inmensa palma que se doblaba- aquellos tiempos en los que inventaba historias para violar a mi hermana… 

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