El trípode de Helena es un blog personal, es decir, yo soy el único que escribe en él. En la parte superior de la columna derecha, verán mi retrato y debajo una descripción fantástica (curiosamente muy real) de mi carácter. Todo junto es Bisutería barata... A continuación, en Oropel imperial están organizadas las entradas según los temas recurrentes. Lo que hay es simplemente el fichero del blog. Siguen dos listas: Cinefilia y Bibliomanía, cuyos fines son fáciles de suponer. Luego, otras dos secciones Hits del blog y De uno en uno cuyas funciones están (para variar) demás definir.
Si a alguno de ustedes le intriga el título del blog, de click aquí o busque la respuesta en el "oropel" de Relatos. Si están interesados en descubrir más acerca de la sugerente imagén del encabezado, entren aquí o revise la primera entrada del "oropel" Pintura.
En fin, los saludo y les exijo que si tienen algo que decir, sea para bien o para mal, háganlo escribiendo algún comentario.

viernes, 26 de diciembre de 2014

Tres historias ajenas



Una historia real

Roberto, que era un imbécil -no clínica, pero sí socialmente-, estudiaba en un colegio estatal ubicado a unas cuadras del mar.

En las mañanas, salía de su casa atestada de gente, al frente de sus tres hermanos, rumbo a la escuela. Como el dinero era lo único que no sobraba, los refrigerios solían ser gregarios. Básicamente, fruta y alguna infusión. Roberto odiaba las frutas, porque le recordaban su condición de hijo no reconocido y pobre. Por eso, abusaba de sus compañeros, aprovechándose de su contextura robusta y su voz de barrista. Les quitaba las galletas y gaseosas que se compraban en el quiosco del patio.

Sin embargo, con el tiempo descubrió que era mejor arrebatarles el dinero.

Después de cometer sus fechorías, Roberto se acodaba en una de las barandas que daban a una estrecha calle. Desde el pasillo del segundo piso de su colegio se ponía a mirar hacia afuera, hacia el azul plomizo del mar. “Nada de lo que me enseñan aquí sirve para algo”, pensaba.

Uno de esos mediodías, vio venir a un tipo muy sucio, que cargaba una inmensa bolsa de yute sobre el hombro, desde uno de los extremos de la calle. Caminaba zigzagueando por el filo de las veredas, deteniéndose cada cierta distancia. Se inclinaba y rebuscaba en las bolsas negras que estaban depositas al frente de las casas. Sacaba botellas de plástico y de vidrio, o cajas de cartón, y las ponía en su saco; luego, cerraba las bolsas y seguía su camino. Al pasar a la altura donde estaba Roberto, escuchó un silbido y se detuvo:

- Hey, ¿quieres una manzana?

El reciclador asintió con la cabeza, soltó su bolsa y extendió los brazos mugrientos.

- ¡Lávate las manos primero! -contestó Roberto y le hizo un gesto obsceno.

El tipo lo miró con odio, con un odio que impresionó a Roberto, pero no le dijo nada. Agachó la cabeza, recogió su atado y continuó su marcha con paso lento, infinito, hasta perderse tras una esquina.

Varios años más tarde, convertido en el brazo derecho de un dirigente político y padre de una familia que salía en las fotos de las revistas sociales, Roberto seguía guardando viva la impresión de esa mirada.

Los medios de comunicación lo acusaban de haber intervenido en favor de una multinacional privada en la licitación de la remodelación de un puerto del norte del país, y su esposa había descubierto su infidelidad con una de sus asesoras del ministerio, gracias a los servicios de un detective privado. Su amante lo había dejado para evitar que su carrera se viera afectada por el escándalo. Uno de sus hijos había huido de su casa, después de que él amenazará con matar al maricón que vivía con él; y su otra hija estaba embarazada de un desconocido a quién había mandado buscar.

“El poder tiene sus bemoles”, se repitió esa mañana de verano en la que maneja rumbo a un condominio privado en las playas ubicadas varios kilómetros al sur de la capital. “El poder tiene sus bemoles”. Subió el volumen de la radio donde sonaba Es mi vida de Salvatore Adamo y pisó a fondo el acelerador. La carretera resplandecía con el brillo del sol. Comer un ceviche, tirarse a un par de putitas y nadar en las aguas limpias del mar. Con eso podría afrontar el pedido de vacancia que interpuesto en su contra el Congreso y el juicio del divorcio que había iniciado su mujer para quitarle la plata e irse a revolcar con alguno de esos chibolos inflados de esteroides de la televisión que habían abusado de su hijita.

- ¡La gran puta!

Un peatón imprudente había cruzado la carretera e impactado contra el parabrisas de su convertible. Roberto frenó en seco y se aferró muy fuerte al timón. Estaba cansado de ser un hijo de puta. Esa era la cereza de una torta insípida y ya vencida. Bajó el parabrisas y asomó su cabeza. El tipo estaba tumbado en medio de la pista. Tomó su celular de la guantera y salió del vehículo. Vestía un jipijapa, una guayabera de mangas cortas, bermudas a cuadros y unos mocasines comprados en Ibiza.

El sol era una mierda.

Roberto marcó un número por teléfono. “Sí, a la altura del kilómetro 72… Rápido, carajo… No sé si está muerto… Me crees imbécil, no lo voy a tocar… Te espero”. Se desabotonó los botones superiores de la guayabera crema. Estaba sudando. Se acercó al cuerpo y flexionó las piernas para ver su rostro más de cerca. Sus facciones le resultaron familiares. No era posible. Este sujeto tenía la apariencia de un muerto de hambre. Por el accidente, se había quedado sin zapatos. Sus pies, desnudos, estaban mugrosos. Sus manos también. El cabello lo tenía descuidado y lleno de liendres. Una buena noticia: se trataba de un loco.

Colocó dos dedos cerca de la nariz del pordiosero para percatarse si aún respiraba. El viento del desierto no le permitió notarlo enseguida. Le pareció que sí. Se tranquilizó. De pronto, sintió una fuerte presión en su muñeca. El loco había despertado. Levantó el rostro y les escupió un par de dientes ensangrentados, mientras chillaba histérico:

- ¡Lávate las manos que apestan! ¡Lávate las manos! ¡Lávate las manos!

Roberto jaló de su brazo, pero no logró zafarse. Estiró una pierna hacia atrás y lanzó una patada sin mirar a dónde. Uno de los dedos del miserable se había enganchado en la correa de su Rolex. Se lo quitó y se alejó de la carretera rumbo a la playa.

En el camino, no dejaba de olerse las manos.


Una anécdota familiar

- ¿Por qué es así el tío Mateo?

- Es un opa. Un tonto bueno.

- ¿Siempre fue un tonto bueno el tío Mateo?

- No. Es una historia muy larga y triste.

- ¡Cuéntamela!

- Está bien, pero prométeme que te irás a dormir.

- …

- Tu bisabuelo Cornelio tenía una casa grande de dos pisos, allá en las montañas. Allí vivía junto con su esposa y sus cinco hijos, incluida mi mamá, Carmela, que era la mayor de las mujeres. Una noche, la bisabuela Marcelina despertó al viejo porque había escuchado unos sonidos que venían de la planta baja. El bisabuelo, que era medio sordo, le gritó a mamá Marcelina que cogiera el mazo de madera con el que sacudía la ropa en el río. La bisabuela lo sacó del armario del cuarto, mientras Cornelio buscaba el cuchillo que usaba para destazar a los carneros. Armados, los dos descendieron por las escaleras, tratando de hacer el menor ruido. Cuando llegaron al zaguán, tu bisabuelo vio un resplandor que provenía de las ventanas del comedor. Vivo, le propuso a la abuelita Marcelina que fuera adelante, ya que ella no había notado el brillo porque estaba perdiendo la vista, y él se puso detrás de ella, para “cuidar su espalda”. Tú le das un mazazo y yo un piquetazo, le dijo. Con esas, entraron al comedor.

- ¿Y qué pasó?

- La bisabuela empujó la puerta del comedor y alcanzó a ver la espalda de un hombre, sentado en el extremo más cercano de la mesa de roble, frente a una vela que iluminaba apenas ese rincón de la habitación. Corrió hacia él con el palo en alto y lo descargó con todas sus fuerzas sobre su cabeza. El extraño calló al suelo, desmayado y con el cráneo roto y ensangrentado. El bisabuelo se acercó para felicitar a su esposa y se arrodilló en el suelo de tierra para darle la vuelta al rostro del intruso.

- ¿Quién era?

- Era su hijo menor, el tío Mateo, que era ancho de huesos a pesar de su corta edad. Se había despertado en la madrugada para estudiar matemáticas, porque quería ser ingeniero. Cuando se dio cuenta de lo que había hecho, la bisabuela soltó un gritó terrible de espanto. Cornelio llevó a Mateo a la asistencia, donde lograron reacomodarle los huesos del cráneo y le cosieron el pellejo de la cabeza, pero tu tío abuelo no quedó igual.

- ¿Se volvió un opa?

- Así fue. Perdió toda su inteligencia y, como castigo por ese acto, se convirtió en una carga más para la vejez de los bisabuelos, quienes murieron sin poderse perdonar el uno al otro.

- ¿Y cómo murieron?

- Esa es otra historia.

- Me dijiste que era una historia larga.

- Y tú que te dormirías ya.


Un sueño personal

Inexpugnable. Adriana me había parecido, desde el colegio, inexpugnable. Una torre al pie del acantilado. Una villa rodeada de pantanos. Bella, pulcra, cruel.

Yo había entrado a una especie de institución educativa a trabajar con niños pequeños para dictarles no sé qué. Estaba a prueba o algo así. Corría por los pasillos, de un salón a otro, para hablar, cinco minutos en cada uno, de cosas que no recuerdo y que seguramente eran en extremo ridículas y banales, porque los chicos parecían pasarla bien. Hasta que llegó el gran día. El día en el que los supervisores, hombres muy serios, vestidos con ternos y sombreros como los agentes Smith de Matrix, se sentaron al fondo de uno de esos salones infinitos, en los que se repetían las carpetas y los rostros como en un cuarto de espejos.

Estaba de pie, con la pizarra en mi espalda, reflejado en sus lentes oscuros. A mi izquierda había un micrófono como los que usan los comediantes neoyorquinos o los cantantes de jazz. Acaricié con ambas manos el tubo de metal pulido que lo sostenía y me puse a cantar como un profesional. Cuando terminé, recibí una ovación de aplausos. Pero no me quedé hasta que terminara, porque sabía que en ese mismo instante, en otro salón, Adriana también estaría afrontando su prueba definitiva.

Corrí por corredores atiborrados de puertas hasta que me detuve frente a una por instinto. La abrí. Tenía suerte, todavía no había llegado. Vi un pupitre vacío y me oculté debajo de él. Adriana y dos secuaces -siempre iba escoltada por ellas- atravesaron la puerta y dejaron sus libros sobre el escritorio del profesor. Ella miró a los niños con dureza, casi con asco. Tenía unas gafas circulares, el cabello recogido en un moño alto y la piel tersa, como una muñeca.

Los supervisores entraron al aula. Adriana abrió la boca y salieron unos gruñidos extraños, metálicos. Entonces, yo, desde el hueco donde estaba escondido, empecé a berrear fuerte, como un niño de pecho al que lo hubiera abandonado su mamá. Adriana guardo silencio, para escuchar de dónde venía el berrinche de ese mocoso impertinente. Mi corazón se detuvo por un momento. Sabía que me encontraría. Pronto tendría su rostro sobre el mío, cubriendo el horizonte de mi mirada con esos ojos de fuego. Mis gritos se volvieron verdaderos. Estaba asustado, quería escapar.

- ¿Qué te pasa? -me encontró inclinado la cabeza por encima del pupitre.

- Tengo miedo. Quiero a mi mamá.

- No, tú me quieres a mí.

Guardo silencio por un instante y me besó. Fue el beso más sentido que me han dado en la vida.

domingo, 21 de diciembre de 2014

Haneke: una singular belleza



Hacia el año 1241, después de haber arrasado Hungría, hordas de jinetes tártaros  golpearon los muros de una villa apenas convertida en ciudad. Durante su infancia, el pequeño Michael escuchaba ensimismado la historia de la defensa desesperada de su patria adoptiva, Wienner Neustadt, por un grupo improvisado de artesanos, burgueses y nobles católicos llenos de pavor con quienes no podía dejar de identificarse. (“Nueva Austria” era el poblado principal del desaparecido ducado de Estiria y había sido fundada por el duque Leopoldo V de Babenberg en 1194 con el dinero pagado por el rey Ricardo I de Inglaterra, capturado cuando volvía de sus aventuras en Tierra Santa). Puerta de entrada a Europa Central, Haneke debía saber que la antigua urbe fronteriza había conocido su momento de esplendor allá en las postrimerías del Medioevo, cuando Federico III de Habsburgo se había instalado en ella, después de haber convertido a Austria en un archiducado.

El recuerdo de todo esto quedó grabado en su memoria por una sencilla razón: la ciudad de su niñez era la que amaba su madre. Durante el largo invierno nazi, Beatrix había iluminado sus noches con la narración vívida de aquellos acontecimientos. Y las palabras de la actriz seguían sonando, con la misma mezcla de angustia, en sus adormecidos oídos: “Querido Micha, no olvides esto nunca; cada cierto tiempo los bárbaros retornan a las puertas de este rincón hermoso de nuestra espiritual Europa como un castigo por aquel nacimiento espurio, producto de tan deshonroso rescate”.

La trascendencia de Michael Haneke (Munich, 1942) para el cine finisecular de Occidente radica en que, quizás, convirtió esta probable escena en una vocación. Una de singular belleza.

Resumir la obra de Haneke sería reducir su importancia. Su fracaso temprano en la música clásica, su incursión en el teatro que lo tornó tan meticuloso en la dirección de actores, sus inicios audiovisuales en la televisión, la teatralidad de su cinematografía, el disturbio que consigue en la sensibilidad de los espectadores, el tratamiento de la belleza de forma “pura y dura”, la defensa de los valores de la alta cultura europea, Austria y ese afán políglota de sus últimas cintas, son solo unas pincelas del universo de este interesante creador.

Para conocer más del mismo, los dejo con una entrevista realizada por Serge Toubiana en el 2005 sobre una de sus más polémicas películas, Funny Games (1997), cuya versión norteamericana salió en el 2007 con Naomi Watts. 

sábado, 13 de diciembre de 2014

La angustia de contratransferencia en la relación profesor-alumno



Obra de Gottfried Mind (1768-1814), el "Rafael de los gatos", pintor autista suizo


Cuando estudiaba en la universidad, llevé un curso sobre psicoanálisis aplicado a la literatura. Recuerdo que ese semestre, nos dedicamos a leer y comentar con detenimiento el Seminario 10 (1962-1963) de Lacan dedicado a la angustia. Ese fue mi primer acercamiento académico al tema. Digo esto porque yo ya había experimentado, como muchas otras personas a lo largo de sus vidas, el sobrecogimiento característico de dicho estado. La última vez que había tenido un cuadro similar había sido después de apuntar a mi hermana con la pistola de mi papá, pensando que estaba descargada. Me había asegurado de quitarle la cacerina. A pesar de esto, no llegué a dispararle, pero sí apreté el gatillo hacia mi escritorio y perforé la madera y varios papeles con la bala que había quedado alojada en el interior del arma. Después de eso se presentó el ataque de angustia que me dejó extenuado y con el ánimo hecho pedazos.

Psicoanálisis de la angustia

Lacan decía, con uno de esos giros propios de su estilo, que la angustia se producía por la "falta de una falta", es decir, por la ausencia de aquello que cubre al "objeto". Yo asumí -y aún lo hago- que se trataba de aquello conocido por los lacanianos como el "fantasma", la pantalla que separa al sujeto de la verdadera causa de su deseo: la cosa, el resto. La angustia es una especie de develamiento. Para explicarlo no se me ocurre nada mejor que recurrir a un ilustrativo ejemplo: Edipo arrancándose los ojos frente al espectáculo del incesto y parricidio cometidos.

El seminario de Lacan es un extenso comentario del artículo “Inhibición, síntoma y angustia” (1926) de Freud. El vienés había escrito este texto en respuesta al libro de Otto Rank, El trauma del nacimiento (1924). En él, Rank planteaba que las crisis de angustia son una repetición del “primer trauma” producido durante el parto. El discípulo no hacía más que desarrollar las ideas iniciales de Freud sobre el particular, las cuales estaban centradas en el carácter somático de la angustia, y no incluían una explicación psíquica. Sin embargo, en su artículo, Freud propone un origen distinto para este fenómeno. Antes de ello, distingue los conceptos de “inhibición” y “síntoma”. El primero es una disminución de una de las “funciones del yo” (sexual, alimenticia, motriz, profesional) y el segundo hace referencia a una modificación desacostumbrada de dichas funciones. Solo la última corresponde a la señal de un proceso patológico. El síntoma, como la inhibición, oculta lo reprimido; pero lo tramita ineficazmente. Conviene en este punto revisar otro texto.

En el año 1919, Freud publica un artículo, muy literario, sobre “Lo ominoso” (Das Unheimliche). Parte de un análisis etimológico simple: Heim, en alemán, significa ‘hogar’; Heimlich, por lo tanto, es ‘familiar’ u ‘hogareño’; y Unheimlich es lo lejano, exótico y esotérico, lo que nos produce temor; en una palabra, lo ‘siniestro’. Lo temible está en el seno de la casa, de la propia casa que es también el cuerpo. Y cuando despierta, nos afecta de forma significativa. La separación del vientre materno, el corte por el lenguaje de la función paterna, el amor caníbal de la madre, el miedo al descuartizamiento debido a la perdida de las secreciones, la castración; todo apunta a un temor originario: reducirse a objeto del deseo del Otro, desaparecer. Ese miedo, como Nietzsche lo había intuido, retorna eternamente y, eternamente, es ocultado del plano simbólico, es reprimido; y su determinante es separada de nuestra vida como un momento “no-biográfico” o, como diría Lacan, es forcluido. Cuesta recordarlo porque no quisiéramos haberlo sufrido.

Freud, en el artículo de 1926, asigna como causante de la represión a la angustia, con lo que cambia su enfoque anterior que la entendía como consecuencia o efecto de lo reprimido. Las represiones -como ya es conocido- tienen una raíz sexual para él. Pero, ¿por qué las produce la angustia? Porque la angustia es una defensa que nos protege del “trauma de la castración”, que no es más que el miedo al desmembramiento, a la separación, al corte. (El nacimiento es un hecho traumático, pero no es el único; por lo tanto, debe ser tomado en cuenta por su valor metafórico y no referencial respecto a las sensaciones angustiantes.) La angustia es productiva. Crea al fantasma, elabora las inhibiciones y desplaza los síntomas. Queda pendiente entonces analizar un punto: ¿Cuál es el mecanismo de la represión? ¿Cómo lo activa la angustia?

Este es el último texto de Freud que comentaré: La interpretación de los sueños (1899). En el último capítulo de este libro, Freud presenta su primera tópica, es decir, un esquema tentativo del funcionamiento de la psique humana que no modificaría hasta 1923. Con fines pedagógicos, establece como modelo el circuito de estímulo-respuesta, propio del sistema nervioso. En el polo del estímulo se encuentran las “percepciones” (internas y externas) y en el polo de la respuesta se ubican las reacciones motrices. Este último extremo, la “motilidad” que modifica el mundo que rodea al sujeto, va perfeccionando sus respuestas debido a que las percepciones son almacenadas a lo largo del tiempo en un conjunto de sistemas, llamados por Freud, “mnémicos”. Los sistemas mnémicos asociación las percepciones a reacciones motoras y almacenan estas asociaciones en la memoria. Mejor dicho, construyen así la memoria. Lo que la fija es su relación con algo que Freud nombraba como la “economía libidinal” del yo, que es básicamente la relación entre el placer y el displacer que produce una percepción y la acción motriz que puede conseguirlo o prolongarlo. Sin embargo, existen percepciones placenteras que son censuradas por una instancia que gobierna la motilidad voluntaria del sujeto conocida como el “preconciente”. Esta es la puerta de acceso a la motilidad y, sin su aprobación, nada es llevado al plano de la realidad. Esos sistemas que fijaron asociaciones prohibidas forman un sustrato y, por lo general, se remontan a la infancia de la persona. Ellas conforman el “inconciente”.

Pues bien, ¿cuál es el papel de la angustia? Freud intuyó que, durante el día, los deseos incocientes emergen constantemente y son sometidos a la censura del preconciente. Los que escapan alcanzan la motilidad y producen los olvidos, las fantasías diurnas, las equivocaciones, la tartamudez, y demás psicopatologías de la vida cotidiana. Los otros son desfigurados (condensación y desplazamiento) y retornan al polo perceptivo para ser “investidos” visualmente con recuerdos recientes (miramiento por figurabilidad). Durante la noche, intentan sorprender al preconciente, pero solo logran captar su atención y son detenidos en las puertas de la motilidad e investidos con cierto sentido narrativo (miramiento por la coherencia y la inteligibilidad), lo que termina por producir el sueño. La elaboración del sueño excede así los límites del dormir. ¿Y la angustia? Cerca. Existen tres tipos de sueños: los infantiles, cuyos deseos no están reprimidos y, por lo tanto, no son desfigurados; los adultos, sometidos a la censura, reprimidos y desfigurados; y los de angustia, que nos muestran deseos reprimidos, pero no desfigurados. Es decir, sin fantasmas, sin pantallas, sin máscaras; como el rostro de la Gorgona, nos petrifican y espantan.

La identidad es una instancia sumamente precaria que sufre la amenaza de su aniquilación inminente a cada segundo. Pero el enemigo vive en casa. Por eso, existen mecanismos establecidos para ejercer la represión, una actividad constante que implica un gran desgaste psíquico. Eventualmente, al dormir o con alguna distracción, la censura se relaja, emergen los deseos ocultos y ponen en peligro al yo del sujeto. Emerge la angustia, detecta a los “intrusos familiares” y elabora un nuevo compromiso: Perseo usando la cabeza de la Medusa para salvar a Andrómeda. Se modifican los mecanismos de la represión y la identidad sale fortalecida de este impacto con lo Real. Hasta el próximo ataque, claro.

Una relación terapéutica

Hans Zulliger fue un pedagogo y psicoterapeuta suizo que intentó aplicar los alcances del psicoanálisis freudiano para su trabajo como docente. Acabo de leer de él un interesante libro titulado El niño normal y su entorno (1979), el cual reúne cinco ensayos, escritos en los años 50, sobre los problemas y algunas soluciones desde la clínica para enfrentar las dificultades en el aprendizaje escolar de los niños. Uno de los artículos está centrado en la angustia infantil. Al respecto, Zulliger dice:

Así como la vida prehistórica de la humanidad está plagada de temores, la vida de nuestros niños se halla también bajo el filo de la angustia. Tan solo, más adelante, con el pasó de los años, recordamos, embelleciéndola, nuestra infancia como una época libre de preocupaciones y un manantial de felicidad: nos hemos distanciado con respecto a las penas y angustias infantiles, que nos parecen desprovistas de importancia desde nuestro punto de vista de adultos. Olvidamos que en su tiempo nos parecían gigantescas [p. 11, cursivas mías].

El suizo coincide con lo que venimos señalando cuando afirma que “la angustia es producida y sentida por el Yo”, es decir, la conciencia. El peligro que la detona puede ser de tres tipos: i) la irrupción pulsional o “angustia-del-Ello”; ii) el castigo o “angustia-del-Super-Yo”; y iii) el displacer próximo o “angustia ante la angustia”. La última ocurre cuando se prevé la emergencia de cualquiera de las anteriores, por lo que no resulta determinante para explicar este fenómeno; las otras dos, en realidad, son complementarias. El retorno de lo prohibido avergüenza al sujeto, lo hace sentir culpable porque teme la mirada del Otro, quien lo juzgará con dureza por haber sucumbido momentáneamente a su deseo. Hasta aquí, nada nuevo.

El aporte de Zulliger se encuentra en otro aspecto. Para él, la relación entre el profesor y el alumno es una relación terapéutica. La angustia infantil nace en el hogar y se desplaza de dicho lugar hacia la escuela. La matriz familiar no siempre brinda el soporte adecuado para la estabilidad emocional del pequeño. A esto agregaría que casi nunca lo hace. Por desplazamiento y condensación, como ocurre en el sueño, las figuras opresoras y castradoras de la casa son superpuestas sobre la imagen del docente. Entonces, es el propio docente, sin que lo sepa, el detonador de la angustia del niño. Por ello, antes de enfrentar su labor pedagógica, debe salvar un escollo invisible: las posibles transferencias negativas de sus alumnos hacia su persona. Se torna necesario que descontaminé su imagen a través de la psicoterapia. Solo de esa manera se logrará una conexión afectiva positiva, que permita el aprendizaje normal de sus estudiantes. El problema es que realizar un trabajo de este tipo requiere capacitación y tiempo; factores que nuestro sistema educativo “industrializado” no privilegia. Sin embargo, incluso superado este obstáculo, queda otro pendiente: la contratransferencia.

La vocación imposible

Yo estuve trabajando durante dos años en una institución educativa particular de mediano reconocimiento en la capital. Dicha corporación, y sus franquicias, aplican un modelo educativo seudo-especializado que busca entrenar al alumno en la asimilación de la información necesaria para ingresar a la universidad. Es decir, es un colegio preuniversitario. Aunque sus directivos han ideado un soporte de acompañamiento al alumnado, conocido como “sistema de tutorías”; no es efectivo ni está bien diseñado. Además, los profesores son personas que manejan de forma empírica las herramientas pedagógicas necesarias para el dictado. En realidad, pocos son docentes formados profesionalmente. Yo era uno de esos improvisados.

En junio, por diversos motivos, fui despedido de dicha institución. Sentí un gran alivio, no estaba hecho para la docencia escolar. Un par de semanas después, escribí este párrafo:

Ignacio dio un paso hacia atrás en mitad del aire. Los vidrios dispersos de la ventana se reencontraron con su rostro. Sus extremidades se contrajeron para atravesar la abertura que estaba a sus espaldas. Puso un pie sobre los mosaicos del piso y retrocedió a grandes zancadas. Esquivó las carpetas vacías y los bultos regados por el suelo. Llegó de un brinco hasta el taburete de madera ubicado al fondo del salón. Con gracia, cayó sobre sus dos pies juntos. Miró a ambos lados por un instante. La preocupación de su rostro desapareció en un gesto de alivio. El arma salió del tacho que estaba a su izquierda y, atraída por una fuerza invisible, se posó en la palma abierta de una de sus manos que había subido diagonalmente a su encuentro. La otra la tomó por debajo para asegurar su posesión. Apuntó hacia adelante. Entraron algunos niños por la puerta que estaba a su derecha. No hubo gritos. Varios uniformados se levantaron del suelo y se acomodaron en sus asientos. La sangre retrocedió de las paredes. Pequeñas partículas metálicas salieron de los cuerpos recién despertados. Desde las cabezas, brazos y pechos, escondidas, avanzaban en línea recta en dirección a la boca del arma. Con cada descarga, un chispazo iluminaba el sonriente rostro de Ignacio.

Al inicio, sentí que era una pequeña vendetta. Mi objetivo era más atacar al colegio y no a los niños. (No padezco, todavía, una psicopatología.) Luego, olvidé estás líneas y seguí viviendo, más tranquilo y reposado. Hay dos características del texto que atraen mi atención ahora. La primera es el modo en el que está narrado. Al inició, creí que la elección de la forma de un cuento de Carpentier, “Viaje a la semilla” (1944), era arbitraria; después, me percaté de que era una excusa, el tema calzaba con el estilo porque se trataba de una regresión hacia lo antiguo, lo primitivo, lo reprimido: mi infancia. Lo segundo fue el nombre del protagonista. Ignacio proviene de la palabra latina ignĕus, ‘fuego’. El iluminado es una manera plástica de traducir su nombre. Ha alcanzado a ver algo que los demás no. La identificación se refuerza conmigo por mi pasado vinculado a la figura de Ignacio de Loyola; y porque, unos meses más tarde, se despertó en mí una gran curiosidad por investigar a San Ignacio de Antioquía, quien se solía presentar en sus cartas como el Teóforo o “portador de Dios”. Este santo murió devorado por las fieras en Roma.

Un salón de clase puede convertirse en el circo romano y eso lo saben todos los que alguna vez han ingresado a uno para enseñar por primera vez. Yo, alguna vez, como un profesor inexperto, había entrado para saciar el hambre de los leones. La directora había sido Trajano. Mi vida pendía de la posición de su pulgar. Recuerdo que quedó en alto, pero el trauma se instauró para siempre en mi interior. Aunque después tuve más éxito, no olvidé, reprimí y seguí temiendo. La angustia había hecho su trabajo. Pero a cambio, había anudado el nuevo trauma a un complejo anterior, más antiguo; y este emergió con la escritura. El arma de fuego, las detonaciones. Yo ya me había enfrentado a eso antes. Eran el arma paterna, el fratricidio frustrado de casualidad, la autoinculpación siguiente y el retorno de lo reprimido. Lo que me mostró la escritura fue que yo había hecho contratransferencia en los alumnos.

Zulliger afirma que, a veces, el maestro ve en el niño pequeño a su hermano, a su hijo, a su nieto y, en el peor de los casos, a sí mismo. Yo condensé un par de esas imágenes e ideé una fantasía diurna, una ficción, para fijarla en mi aparato psíquico de manera inofensiva. Cada disparo cumple un deseo prohibido del inconciente, matar a mi hermana; y un deseo censurador del preconciente, suicidarme con el arma como castigo por la acción anterior. Como en el sueño, emerge una narrativa que satisface a ambos sistemas. Por ello, intuyo que no existe una vocación más difícil que la del pedagogo. Se enfrenta a un pasado que ha olvidado adrede y que emerge por contratransferencia, todo el tiempo, frente a él. La puerilidad lo desequilibra, corroe las amarras y quema los barcos que lo trajeron desde la patria de la adultez. Un profesor es un náufrago en medio de la selva salvaje de la niñez, de su niñez.

Apéndice: Interacciones riesgosas

En el 2009, la Universidad de Lima publicó un librito del semiólogo Eric Landowski, Interacciones arriesgadas. En este, el autor propone cuatro formas distintas en las que el sujeto se relaciona con los demás:

1.       El rol accidental: el sujeto es lanzado al mundo, indefenso y desprotegido.
2.       La modalidad de la manipulación: el sujeto pacta con el mundo, lo cosifica y trata como un objeto subordinado a él.
3.       El rol programático: se produce la desubjetivación del yo que lo vuelve un objeto rodeado de otros objetos.
4.       La modalidad del ajuste: el sujeto recupera su condición y se relaciona con otras subjetividades adecuándose a ellas, sorprendiéndose y aprendiendo constantemente.

Tres de estas interacciones son psicopatológicas. Lo accidental está vincula con la reacción histérica, repulsiva y letal; lo manipulador con la psicopatía maquiavélica; la programación con la depresión neurótica. Solo el ajuste es señal de una resolución adecuada del trabajo de la angustia.

Existen muchos docente accidentales, los improvisados, los arrojados a las fieras; otros son calculadores, están entrenados y conocen las herramientas pertinentes, pero carecen de flexibilidad, fuerzan al niño y su educación, pecan de no mirar el contexto y aplicar modelos universales de enseñanza; un tercer grupo aglutina a los que han tirado la toalla, los aburridos, los docentes-muebles, los faltos de motivación e ideas, los que van solo por cumplir; finalmente, escasos pero significativos, a veces nos cruzamos con un profesor que no evade la angustia de contratransferencia con ninguna táctica, que se enfrenta a ella sin cerrar los ojos, aunque implique su aniquilamiento y el del niño, aunque queden ambos petrificados y sin palabras. Ellos nos marcan. Se trata de personas que nos conducen de la mano, cuando entran al aula cada mañana, en ese viaje necesario que debemos hacer al corazón nuestras propias tinieblas. 

lunes, 17 de noviembre de 2014

Algunas consideraciones sobre los (propios) sueños



El sueño es el guardia del dormir, no su perturbador.

Freud

¿Dónde hallar la oscura huella de la antigua culpa?

Sófocles

Sigmund Freud, en su célebre tratado sobre los sueños (1900), hace un repaso, bastante desordenado, de la bibliografía disponible acerca de este tema y esclarece tres de sus principales aspectos. En primer lugar, descarta dos ideas radicalmente opuestas que circulaban, desde la antigüedad, respecto a la función del sueño: su valor profético, relacionado con la divinidad; y su no-finalidad, es decir, su accidentalidad pura. El sueño no es ni lo uno ni lo otro para Freud. No nos revela el futuro ni tampoco es un simple accidente somático. En todo caso, se relaciona con el pasado y está emparentado con la memoria y el recuerdo. En segundo lugar, restringe las fuentes del sueño, ubicadas en el pasado del durmiente, a dos tipos de experiencias. Son, por lo general, impresiones recientes, inadvertidas o insignificantes, que encubren, en la mayoría de los casos, vivencias de nuestra infancia. Es decir, son vivencias no reflexionadas y, por lo tanto, conservadas en estado primitivo en nuestra memoria. Además, su carácter es plenamente egoísta. Por último, aclara que dichas imágenes manifiestas ocultan un contenido latente problemático, el cual ha ocupado parte de nuestras actividades psíquicas de la vigilia y cuya ponderación continúa durante el sueño, y cumple la ley de la desfiguración onírica con el objetivo de evadir la censura del propio durmiente.

[Agregado posterior. 1. Existen cuatro mecanismos por los que opera el sueño: la condensación, el desplazamiento, el miramiento por figurabilidad y la elaboración secundaria. 2. Los efectos de la represión no solo se restringen a la desfiguración del contenido del suelo; además, incluyen la sofocación de los afectos que despiertan en el durmiente sus propios pensamientos oníricos]. 

Pues bien, hace unos días tuve un sueño cuyo contenido me dejo hondamente impresionado. Antes de describirlo debo aclarar dos cosas. Por un lado, yo no suelo recordar mis sueños, por eso me resulta extraño que haya podido guardar tantas imágenes de este último. Por el otro, me reservaré a describir y comentar aquellos fragmentos que consideré relevantes, mientras que mantendré en privado aquellos que no.

Sueño del lunes 9 de noviembre

Me encontraba echado boca abajo en mi cama. Había dormido con el rostro volteado hacia la derecha donde se encontraba la pared. De pronto, oí ruido hacia izquierda, donde se encontraba la puerta de mi cuarto. Alguien caminaba de un lado para el otro. Imágenes confusas de piernas se sucedían sin concierto en mi mente. Entonces, quise voltear el rostro, pero me di cuenta que no podía. Mi cuello estaba duro. Abrí mis ojos y me percaté que mi párpado izquierdo no respondía. Estaba muerto. Cuando intenté apoyarme en el brazo izquierdo para girar, tampoco pude. Estaba paralizado en toda esa área de mi cuerpo como un hemipléjico. Desesperado, me empecé a ahogar. Cuando logré darme la vuelta, desperté.

Antecedentes

La tarde anterior había estado conversando con una persona muy querida para mí acerca de la exclusividad de mi aprecio hacia ella. También, le había brindado razones para que confiará en la sinceridad de aquel afecto. Fueron momentos de tranquilidad y grata compañía. Cuando llegó la noche, dormí boca abajo. Ahora recuerdo que el día anterior, el sábado, había ido al circo. Digo esto porque fui con esta misma persona y vi muchos cuerpos fragmentados debido a las acrobacias circenses. Así, los gimnastas disfrazados de zíngaros eran puros brazos; o las equilibristas, piernas. Retomó el punto en el que me quedé. Esa noche, dormí boca abajo, como en la posición del sueño, mirando hacia la pared del mismo lado.

Interpretación

Es, por gran parte de la gente que me conoce, sabido que la movilidad de mi lado izquierdo es mayor que la del derecho. Aunque no naturalmente, soy zurdo y he aprendido a convivir con ello de manera óptima. Sin embargo, existe en mí una inclinación hacia la racionalidad y el pragmatismo ético que bien puede ser un reflejo de mi real naturaleza diestra. En fin, sea como fuere, el punto es que esas cualidades han sido influenciadas por un repliegue reflexivo y diletante, acentuado en los últimos diez años. Esto coincide con el inicio de mi vida social. (Debo confesar que antes de esa edad yo era un adolescente bastante mustio y retraído). Es decir, con el desequilibrio en el uso de ambos lados de mi cuerpo. Menciono esto porque el sueño contrapone dos estados: el estatismo y la movilidad. Mi yo petrificado es la imagen radicalmente contraria a los cuerpos elásticos y armónicos de los artistas circenses. Dicho esto, procedo a esclarecer algunos puntos rápidamente. En mi temprana juventud pasé por una fase expansiva que me llevo a conocer a muchas personas de variada índole y, luego, a renunciar a su trato por considerarlas demasiado alejadas de mí. Me encerré en la piedad y los libros con ardor durante un par de años. Terminado ese interregno, volvió a gobernarme un ansía desmesurada por la vida mundana que me encontró muy bien preparado. Si antes era soberbio y arisco, ahora era ingenioso y divertido. Esto me granjeó nuevas amistades y algunos encuentros galantes. Sin embargo, siento, otra vez en mí, la inmovilidad de espíritu, la ataraxia social que me había embargado durante esos años oscuros de confesionario y estudio. Pero las razones son otras. Ya no es un movimiento libre de mi personalidad, sino un deber autoimpuesto. Una forma de enclaustramiento que está relacionada con esa exclusividad de mis sentimientos de la que hablé unas líneas más arriba. Y, a pesar de que no me siento incómodo o acorralado, hay algo de disconformidad en una parte de mi personalidad, la cual se resiste y confiesa su resistencia a través de la existencia onírica que comparte conmigo. Por eso, el grado de desfiguración del sueño es casi nulo, lo que permite que emerja su efecto angustiante (Freud propone una relación inversa entre ambos factores).

A esto puedo agregar, como lo noté en las charlas que mantuve en los días siguientes con otras personas, una especie de insatisfacción religiosa y laboral que ha empezado a cernirse sobre mí y que no deja de preocuparme. Noto que me es cada vez más difícil justificar las cosas en las que creo, las que siento y las que hago, y entiendo que una misma raíz puede conectar estos tres procesos. Tal vez, se trata de esa anticipada sensación del duelo, que algunas personas tienen cuando intuyen que va a morir alguien cercano y amado. Una angustia personal por saber qué sucederá cuando una de las tantas vidas de esa subjetividad en la que me reconozco, muera y dejé paso a otra, desconocida y nueva, y con nuevos sueños.

lunes, 29 de septiembre de 2014

"Opus nigrum" o ¿por quién votar?




Una de mis escritoras favoritas, Marguerite Yourcenar, publicó en aquel convulso año de 1968, la novela L'oeuvre au noir (traducida al castellano como Opus nigrum). La historia está centrada en la vida del alquimista flamenco Zenón, durante otro periodo convulso de la historia europea, el reformista siglo XVI. Yourcenar, nacida en Bélgica, quería retratar una época en la que el deseo de investigar en los pasajes secretos de la naturaleza y la curiosidad intelectual, mezclada con  ciertos rezagos del pensamiento mágico de finales de la Edad Media, eran castigados y perseguidos por la iglesia tridentina. Después de treinta años dándole vueltas al proyecto, lo concretó a través de una extensa ficción. Inventó a un compatriota (anacronismo mío) y lo hizo peregrinar por una Alemania arruinada debido a las guerras de religión hasta que, cansado, retorna a casa para trabajar en eso que los tipos como él solían llamar Opus magnum, es decir, la Gran obra. Esta consistía en la trasmutación de los metales sencillos, como el plomo, en sustancias valiosas y poderosas, como el oro o la plata. Las propiedades especiales de estos metales se conseguían mediante una técnica cuidadosa y secreta de separación química llamada, precisamente, nigredo. El objetivo de tales prácticas era conseguir la célebre piedra filosofal, un objeto capaz de preservar la juventud de los seres vivos y hacerlos inmortales.

Pues bien, aunque Lima no es Innsbruck ni París, y no está dividida entre luteranos y católicos o radicales maoístas y conservadores nacionalistas, nuestra situación también se ha tornado tensa y polarizada. Las elecciones municipales que se realizarán el próximo fin de semana han generado un clima de enfrentamiento entre una mitad de la población que no quiere la reelección de la actual alcaldesa de Lima y otra que se debate en medio de un mar de propuestas plagadas de generalidades e improvisaciones, y en las que se extraña una conexión entre los planes de gobierno municipal y los ofrecimientos de última hora dictados por el afán de obtener algunos puntos porcentuales a costa de los otros liliputienses candidatos. Así, el voto de los ciudadanos se mueve pendularmente entre una seguridad negativa y una dispersión vacilante. El problema, es obvio, es que no existe un grupo del electorado que conozca conscientemente las razones por las que marcará alguno de los, en muchos casos jocosos, símbolos que adornarán las cartillas de la ONPE el próximo 5 de octubre. Pero lo que sí ha revelado una reciente encuesta es que a todos parece importarles, incluso por encima de las  probadas prácticas poco éticas de algunos competidores, una misma palabra, casi tan mágica como el objeto que quitaba el sueño a los alquimistas, las “obras”.

Según el DRAE, el vocablo ‘obra’ (del lat. opus, operis) posee doce acepciones. Sin embargo, la mayoría de los electores parece haber concentrado su atención (y esto es responsabilidad de nuestras propias autoridades municipales) únicamente en tres de ellas: 4. Edificio en construcción; 5. Lugar donde se está construyendo algo, o arreglando el pavimento; y 6. Compostura o innovación que se hace en un edificio. Las tres están relacionadas con aspectos materiales, y específicamente, con infraestructuras. Lo curioso es que aunque se ha restringido la polisemia del término, nuestros candidatos, al menos algunos de ellos, pretenden conseguir, con esas pálidos objetos de acero y concreto, los mismos fines que los barbudos y solitarios investigadores del Renacimiento retratados por Yourcenar: la vida eterna, la inmortalidad del nombre propio, la Fama. Castañeda, Villarán, Heresi, Cornejo y tantos otros no han seguido el ejemplo de nuestro amigo Zenón, probablemente por falta de instrucción adecuada o porque, como empiezo a creer, los políticos han dejado de ser políticos, enfocados en la reflexión sobre la res publica, y se han convertido en técnicos, expertos en el hacer puro e, incluso, demagogos cuando pierden todo sentido común, se mecanizan y empiezan a hacer por hacer (los meses anteriores a los comicios son un claro ejemplo de esto). Han olvidado que cualquier obra, es decir, cualquier cosa hecha o producida por un agente, como reza la primera definición del diccionario, atraviesa por un momento inicial de concentración y planificación, por un opus nigrum, que se realiza en silencio y a oscuras. En toda gran tarea, antes de la proliferación en cantidad (multiplicación), debe existir la multiplicación en virtud (exaltación). Por eso rescato la décima acepción de esta palabra, la que entiende “obra” como “acción moral”. Pero para ello debe haber un sujeto que responda por esa acción, un agente pleno y no vacío; alguien a quien se le pueda juzgar por lo que dijo o hizo (he aquí porque la palabra gestor es más débil que la de gobernante, porque hace referencia más a un mediador que a un autor) y que no zafe tan penosamente como hemos visto que hicieron nuestros candidatos en el debate del pasado domingo.

Opus nigrum, señores, porque de lo contrario preferiría convertirme en un perseguido por la Inquisición o en un argelino colonizado a vivir en Lima durante los próximos cuatro años.

martes, 2 de septiembre de 2014

Bosquejo testimonial


Monólogo

El día en que, por cuarta vez consecutiva durante una semana, almorcé arroz con huevo, me di cuenta de que algo extraño estaba pasando en casa.
Mi padre, que llegaba tarde del trabajo, no se había percatado de nada. Así que mi hermana y yo fuimos los primeros en notar que nuestra madre no era la misma. Por aquellos días, yo grababa muchos casetes de música con una radio y me había enganchado con las canciones de los trovadores catalanes y rosarinos. Recuerdo que no paraba de escuchar una canción que llegué a identificar con esa época de mi vida y que hablaba de una niña a la que le había crecido un cuerno bajo el corazón. Antes del anochecer, a esa hora en la comienza el día para los judíos, yo solía imaginarla de pie e inmóvil en el umbral de la puerta de mi cuarto con los ojos pintados de un raro ámbar violeta. La última vez que observé a mi madre de frente, noté que ella guardaba la misma mirada, enfebrecida por el ocaso. Entonces supe que eso que estábamos esperando ya había pasado y algo se había instalado en casa en reemplazo de la mujer que nos había abandonado. Convencí a mi hermana para que habláramos con mi papá esa noche. Cuando llegó, lo retuvimos un rato en la cocina, antes de que saludara a su esposa, y le dijimos:
-          Hombre, o mamá ha perdido el sentido del gusto o se ha vuelto fanática del sabor a huevo.
A lo que él respondió:
-          Queda otra opción: puede que, simplemente, haya dejado de querernos.
Sin embargo, con el transcurrir sincero del tiempo, los tres descubrimos que nuestras hipótesis habían fallado y que a ella, al igual que a la niña de los ojos incendiados por la memoria de una insólita visión, un cuerno le había detenido el corazón.

Diálogo
      
  
-          ¿Cuando fue la primera vez que copiaste un texto?
      Escribir es repetir.
-          No te hagas el pendejo.
-          ¿Qué edad tienes?
-          Un cuarto de siglo.
-          No, como lector, que es la que vale y marca, realmente, nuestro nacimiento.
-          Un cuarto de siglo.
-          Estás aprendiendo.
-          Siempre se aprende de los viejos.

Monodiálogo

Esa tarde estábamos solos porque mamá ya se había ido de casa y papá trabajaba más de la cuenta para cubrir con su sueldo los recibos. Pero, en realidad, siempre pensamos que el verdadero motivo por el que trabajaba tanto era para llegar exhausto y olvidar que faltaba alguien en su cama. El Hombre –así siempre lo hemos llamado– había dejado el arma en esa cómoda que ahora está en tu habitación. En ese cajón que tenía una chapa y que solo se podía abrir con una llave pequeñita que llevaba al final de la delgada cadena que pendía de su placa. Pero, esa medida de precaución se había vuelto inútil, porque él mismo había roto la chapa cuando se enteró de que lo que le pasaba a Madre era irreversible. Huyó de casa con la pistola bajo el brazo, sin decir a dónde ni dejar una nota en la refrigeradora, como siempre hacía para avisarnos de algo. ¿Te acuerdas? La abuela pensaba que encontrarían su cuerpo frío e hinchado en los acantilados de la Costa Verde y tú, que le dispararía a mamá para que no lo pasase tan mal, sola, lejos de casa. A los tres días apareció. Estaba un poco ojeroso, pero no había hecho nada malo. Al menos, eso es lo que siempre hemos querido creer. Desde aquella vez, cesó de preocuparse por esa cosa que dejaba todas las mañanas a merced de un par de niños. Pues bien, esa tarde, una tarde usual como todas, yo la saqué y te apunté con ella a la cara. Tú pensaste que estaba jugando, me creíste cuando te dije que la cacerina estaba vacía y que solo te estaba asustando. Pero debes de saber que cuando giré la boca de la pistola para apuntar al escritorio y presioné el gatillo con calma y sonó la detonación y mi brazo se dobló un poco y fingí sorprenderme y tú me miraste aterrada como si el azar te hubiera librado de la muerte. Debes de saber, querida hermana, que estaba seguro, tan seguro como cuando te eché la culpa de que mamá se fuera de casa, de que en todo momento, el arma tenía una bala. 

jueves, 28 de agosto de 2014

Control de lectura

[Hace unos cuatro años era asistente de cátedra en San Marcos, en el curso de Teoría literaria IV, cuyo silabo estaba enfocado en críticos latinoamericanos. Ahora lo soy, en una universidad particular, de los cursos de redacción básica. A veces, elaboro material de clase que debo explicar y compartir con los alumnos. Recientemente me mudé y tuve que vaciar varios archivos de la computadora de mi antigua casa a mi laptop. Así, descubrí este viejo examen de mis épocas sanmarquinas. Muchas de esas preguntas me siguen cuestionando en los momentos de ocio. Está claro que nunca las usaré en las clases de la universidad en la que trabajo actualmente. O tal vez sí, encubiertas. Comparto mi examen personal].

Temas:

-          Literatura  y cultura: hibridismo y diglosia cultural
-          La traducción como interpretación. La traducción cultural. Manipulación ideológica de los campos retóricos.
-          La teoría de los polisistemas y la heterogeneidad cultural.
-          Literatura y antropología: el etnotexto, la transculturación.

Contestar:

1.- Simulacro/Cambio estructural: Se puede observar cómo existe una diferencia entre lo perceptivo y lo conceptual, es decir, entre la captación de la mezcla de formas prestadas, de lo que permite comprender la existencia de nuevos contenidos y configuraciones estructurales dentro de una cultura. La hibridación, como concepto que marca el umbral en los sujetos a los procesos de transformación cultural afectados por la incorporación de la urbanización y la tecnología, adquiere así diversos significados. Por lo tanto, ¿es posible realizar una distinción entre la hibridación relacionada a los debates sobre el multiculturalismo y la globalización; otra, en relación a la teoría cultural y literaria como categoría descriptiva, analítica o crítica; y, por último, como uno de los modelos disponibles en la actualidad para dar cuenta de redes, corrientes y flujos de capital cultural?

2.- Inclusión/Exclusión: Aunque en varias oportunidades se buscó incluir lo indígena y lo africano en las sociedades del Tercer Mundo, las luchas étnicas y los movimientos sociales demuestran cómo se produce una disparidad entre la idea de mestizaje asumida por los estados nacionales y la realidad social en la que se continuó excluyendo a los sujetos y a las sociedades diversas, a las otras lenguas, culturas y religiones, y formas de pensar no-occidentales. En ese sentido, ¿De qué forma el resurgir del concepto en términos de mezclas, mestizajes de la imagen, creación mestiza, pensamiento mestizo como «idioma planetario» e inclusive como historia general de la globalización/mundialización representa una deconstrucción y no una prolongación del fenómeno?

3.- Lo colectivo/Lo subjetivo: El concepto de sociedad se construye a partir de rasgos físicos diferenciados (raza) y estructuras grupales pensadas desde el punto de vista de la alteridad y exterioridad (etnia) y se piensa el mestizaje como síntesis social en miras unas veces a la europeización y occidentalización, y otras de afirmación nacional, dentro del paradigma de lo homogéneo. Desde este punto de vista, ¿la configuración del etnotexto como objeto de estudio, que es irreductible a los cánones y que es, además, portador de un conjunto de propiedades temáticas, materiales, técnicas, estéticas y éticas, a la par que una alternativa a los modelos de la pragmática social y cultural de las naciones-estado, que incluye al medio ambiente natural y cultural (comunidad) de la producción discursiva, no apela en parte a dicho paradigma?

4.- Descentramiento ontológico: Si se sitúa el momento de la imposición del mestizaje como síntesis superior y armónica de América Latina; y su posterior cuestionamiento a partir del ascenso de la categoría de la heterogeneidad en el último tercio del siglo XX, entonces el concepto de identidad para la creación y comprensión de lo colectivo queda en cuestión. La pregunta por lo colectivo queda abierta, así como la cuestión de la unidad en la diversidad o heterogeneidad y también las preguntas por lo que une a las diversas comunidades y las formas o estrategias de las uniones. Siguiendo este planteamiento, ¿se puede afirmar que aunque las nociones de sociedad, identidad, nación y cultura han entrado en crisis, la pulsión unitaria no ha logrado desprenderse de categorías que parecen reificar los elementos que ponen en relación como la heterogeneidad y la transculturación?

5.- Teoría aplicativa: ¿Qué implica la predominancia de una producción teórico-descriptiva basada en la introducción de metáforas-conceptos como los que estudiamos, en la medida en que permiten establecer vínculos con el campo fenomenológico en el cual se incluye la instancia del cuerpo y de la mediación como productores de conocimiento? ¿Cuál sería el paso que habría que dar para poder sobrepasar el estadio de lo “deconstruible” o perceptible para entender el tipo de comprensión que nos permiten categorías como hibridismo, pensamiento mestizo, heterogeneidad cultural, polisistemas o transculturación? Y, ¿Por qué razones se han expandido en nuestro momento actual?


Nota: Cada pregunta debe ser desarrollada en máximo 1 página (recomendable: media página). Las aseveraciones del inicio no tienen carácter de infalibles, son puntos de partida y, como tales, pueden ser sometidas a crítica y discusión. No es necesario transcribirlas. Los exámenes deben ser entregados en la fotocopiadora de Mary hasta el lunes 10 de octubre a las 6 pm.

[Si alguien quiere responder a estas preguntas, prometo que pasaré a recogerlas en la fecha indicada].


lunes, 25 de agosto de 2014

Instrucciones para freír un pescado


Primero debes separar un día de la semana.
Luego, calza un par de botas de caucho, enciende el carro que se empolva en el garaje y maneja rumbo al mar.
Cuando estés en la orilla, observa las aguas en silencio.
(Solo el silencio atrae a los peces).
Apenas veas uno, zambúllete con las manos extendidas hacia adelante.
Sonríe. Eres un hombre honrado que trabaja para obtener su pan.
Vuelve a casa. Detente en mitad de la carretera y compra un cuchillo de acero con el borde muy afilado.
Extiende el pescado sobre una tabla de madera, coloca una de tus manos encima y pasa la hoja por la línea que divide su vientre en dos pedazos.
Deja el cuchillo ensangrentado a un lado y extrae las vísceras con delicadeza.
Sé tierno.
Sumerge los restos del animal muerto en un recipiente con agua y purifícalos como si fueran los de un bebé abortado.
Vierte aceita en una sartén y ponla en el fuego.
Arroja el cadáver con pena. Escucha el sonido de la carne crepitando bajo la tapa de vidrio.
Espera. (Seguro te sentirás mal).
Saca la fritura con la espátula y sírvela en un plato blanco.

Prepara la mesa.

Siéntate.
Míralo.
Ten nauseas.
Vuélvelo a mirar.
Cubre su cuerpo con una servilleta de tela.
Sal de la casa.
Vomita.
Busca un árbol.

Ya sabes cómo terminar.

jueves, 31 de julio de 2014

Permanecer en la mirada: Un apunte sobre la vida y obra de Marcel Proust


"Marcel Proust iba a entrar en la literatura como otros en una orden religiosa".
Hay libros a los que uno suele volver cada cierto tiempo. Sin ánimo de pontificar a nadie, los volúmenes de Proust son de ese tipo. Eso que llamaba Flaubert la “educación sentimental” de los hombres, se formó en mí À l’ombre des jeunes filles en fleurs (1919). Y, particularmente, de la experiencia del cambio constante –propio de la Modernidad–, no únicamente de lo que nos rodea, sino de aquella dimensión interior, a la que Marcel bautizó como “las intermitencias del corazón”. Así, la voz de ese narrador tan introspectivo que recuerda su distanciamiento voluntario y doloroso de Gilberte Swann, la obsesión de su amor por Albertine o su contacto con la misteriosa especie de los “invertidos”, suplieron de seguro inútiles, y poco poéticas, charlas de sobremesa.



Los pequeños dramas de la vida íntima fueron tocados con delicadeza como nunca antes.



Paralelamente a las vicisitudes del joven Dedalus, que Joyce describiera en A portrait of the artist as a young man (1916), Proust construía una subjetividad atormentada por los mismos temores pero con un estilo más sutil, más tierno: «Mi padre sentía por una clase de inteligencia como la mía un desprecio suficientemente corregido por el cariño como para que, en resumidas cuentas, su sentimiento sobre todo lo que yo hacía fuera una indulgencia ciega». Nuestro autor no dejó de ser un niño hasta que su madre, Jeanne Weill, y su abuela murieron. Para él, representaban una parte de su alma, la judía, por la que se había indignado durante el escándalo Dreyfus, y que lo había conducido del lado de un espíritu tan tosco y opuesto como el de Zola.



Es un escritor moral que esperó a que sus seres queridos no lo pudieran leer para testimoniar literariamente su interior.



Proust reformula el género de la confesión, creado por San Agustín, que pasa por la novela picaresca y termina en la novela de aprendizaje. Su Bildungsroman era un homenaje sentido al esteta inglés John Ruskin, padre de los prerrafaelistas, que inoculó en él ese gusto por Venecia y las catedrales góticas, y a quien tradujo con ayuda de Jeanne. Marcel persistió en una forma de escribir vaporosa, pero reflexiva, plagada de símiles, que dejaba el sentido del periodo suspendido y apto para que surgieran todo tipo de comparaciones y reminiscencias. Despreciado por Anatole France y André Gide, a quienes amaba y respetaba, no pudo sufrir un mayor daño.



Su obra es una prueba para la “memoria sensible” de los lectores.



Muchos han calificado a Proust de “impresionista”. En cierto sentido tienen razón, la percepción es un elemento clave para sumergirse en su universo. Como en aquella escena en la que el protagonista está reposando en su habitación de Balbec, antes de dormir, y entra el barón de Charlus –inspirado en el célebre Robert de Montesquiou– a preguntarle por sus gustos literarios y ofrecerle libros de Bergotte. Habría que esperar hasta Sodome et Gomorrhe (1922-3) para que Marcel nos develara que ese armatoste vetusto y atildado pertenecía a una “secta secreta” y que ese episodio en el hotel del balneario había sido una vulgar insinuación. Pero el lector sensible lo intuye desde que conoció la singular atracción que ejercía sobre las turistas el tío de Saint-Loup.



Solo cuando sospechamos que un personaje ficticio nos oculta algo es que dejamos de pensar en él como en un personaje.



El mérito de Proust no consiste en haber creado un mundo tan vasto como el de Balzac o tan profundo como el de Dostoievski. Su destreza se encuentra en otro lado. Tal vez, en el hecho de que hace cien años, escribió una muy personal historia de la mirada, de esa que cotidianamente nos muestra que nadie es el mismo a lo largo de los años, en los distintos escenarios de su vida, rodeado por ese carrusel de figuras al que solemos referirnos con displicencia como “nuestras amistades”. También nos enseñó a amar la variedad pero deteniéndonos en cada aspecto, con ese tempo lento tan caro a Bergson, para apreciar con ternura y crueldad la exposición universal de la humanidad. Convirtió sus múltiples pasiones amorosas por jóvenes bellos, como Lucien Daudet o el pianista venezolano Reynaldo Hahn o el lacayo Albert Le Cuziat, en una sola figura, la ciclista Albertine para el narrador y Odette de Crecy para Charles Swann, y nos entregó un díptico conformado por La prissonière (1925) y Albertine disparue (1927) que demuestra, como el Der Tod in Venedig (1912) de Thomas Mann, que el objeto amado escapa a las convenciones morales de cualquier tiempo.

Edificó una toponimia del recuerdo y una onomástica del gusto.



Combray, basado en sus recuerdos infantiles en el pueblo rural de su padre (Adrien, “el mejor epidemiólogo de su tiempo” como escribió García Márquez), Illiers; el liceo Condorcet y París, con la experiencia literaria de su juventud en la revista Le Banquet y el ingreso en la vida mundana de la aristocracia y la recatada de la burguesía, a ambas orillas del Sena, de una ciudad que se transformaba al paso de las reformas del barón de Haussmann; y los paseos por la costa normanda de Cabourg-Balbec que se convertiría en la residencia de Elstir, su pintor querido; como Bergotte representaba la literatura, la Berma el teatro y Venteuil la música.



Su vida se inicia con una convulsión, nació unos meses después de la Comuna de París (1871), y finaliza con otra, la Gran Guerra (1914-8). El resto de años que sobrevivió ya no le pertenecían, no eran suyos porque la sensibilidad de su época se había perdido.



En 1928, André Bretón, denostaba en su novela Nadja, sobre el valor moral del trabajo; sin reparar en que Proust ya lo había hecho con su propio ejemplo y no en palabras. El servicio militar de un año y su corta labor en la biblioteca Mazarine son la única suma de trabajo práctico que registra la biografía de nuestro autor. El gesto surrealista estaba consumado en él, que había comenzado su carrera literaria con un libro misceláneo de título sugerente, Les plaisirs et les jours (1896), una declaración de principios esteticista y decadente. Un tomo carísimo con partituras e ilustraciones, encuadernado finamente y con hojas tan delicadas como la seda, que lo convirtió en la quintaescencia de los diletantes franceses.



La fama mundana enterró su carrera literaria por casi dos décadas. El resultado fue un lamentable aborto: Jean Santeuil.



Detengamos en este momento y escuchemos lo que dice de él, uno de sus biógrafos, André Maurois: «La muerte de su padre lo había aislado del paraíso de su infancia; llegaba, pues, el momento de reconstruirlo. Y para ello estaba Proust maravillosamente preparado. […] Poseía estilo, cultura y conocimiento de la música, la pintura y la arquitectura. Había adquirido un vocabulario rico y precioso. Mostraba una inteligencia “incapaz de consuelo” e hipertrofiada por la soledad. Sobre todo, había cultivado una memoria prodigiosa, poblada de imágenes y conversaciones». Es en el confinamiento de la habitación donde murió el mujeriego de su tío materno, cuyas paredes estaban tapizadas con corcho para frenar el ataque de la humedad, la luz y el ruido, que Marcel se convence a sí mismo de su talento y emprende, con ayuda de su secretaria Yvonne Albaret y de la ama de llaves Félicie, el proyecto literario más ambicioso del siglo pasado: detener el paso del tiempo, vencer a Cronos.

La estética de Proust es fragmentaria y acumulativa.

Como si fuese el trazado de una catedral, su obra está formada por dos bóvedas: la principal, extensa,  longitudinal y austera de la burguesía; y la otra corta, horizontal y recargada de la aristocracia. Ambas se cruzan en la cúpula formada por las dos mitades del artista: la cristiana del narrador y la hebrea de Swann. Como si se tratara de una manifestación palpable de sus preferencias estilísticas, su narrativa está formada por un conjunto de párrafos de una enorme belleza plástica que pueden ser desmontados de cada capítulo como las esculturas de una fachada gótica y de las que cualquiera puede notar su belleza formal, sin conocer los intrincados misterios de la fe, como no es necesario seguir el curso de la anécdota para disfrutar de las frases eufónicas y los hallazgos psicológicos de Proust.

 

Cabe pensar entonces que si tuviéramos el coraje de consumirnos con vehemencia y tan rápido como Proust, podríamos –paradójicamente– evaluar el tiempo, y hacer una investigación y una búsqueda (recherche) para aceptarlo, para recobrarlo.



Y permanecer en él.