El trípode de Helena es un blog personal, es decir, yo soy el único que escribe en él. En la parte superior de la columna derecha, verán mi retrato y debajo una descripción fantástica (curiosamente muy real) de mi carácter. Todo junto es Bisutería barata... A continuación, en Oropel imperial están organizadas las entradas según los temas recurrentes. Lo que hay es simplemente el fichero del blog. Siguen dos listas: Cinefilia y Bibliomanía, cuyos fines son fáciles de suponer. Luego, otras dos secciones Hits del blog y De uno en uno cuyas funciones están (para variar) demás definir.
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viernes, 22 de noviembre de 2013

Senectud

«Además, en el anciano la comunicación entre los centros que coordinan los movimientos y los que los realizan es lenta; se realiza con la velocidad de un tren de carga, por así decir, con dudas y paradas. Por eso el ritmo y el tempo[1] del movimiento en el anciano es lento, perezoso» (p. 208), dice Constantin Stanislavski en un capítulo de El trabajo del actor sobre sí mismo dedicado a la caracterización de un viejo. Y es conocido que el teórico ruso fue un gran observador de los comportamientos humanos. Por eso, el siguiente consejo tamiza la afirmación inicial, al sugerir a un actor que ha logrado “reencarnarse” en un viejo, el paso siguiente: «Lo más difícil ya está hecho. Ahora puede rejuvenecerse enseguida. Puede volverse más dinámico, enérgico, flexible; casi como un joven. Pero… sólo dentro de los límites de los quince o veinte grados de su gesto habitual. No pase nunca de estos límites, y si lo hace, debe ser con mucho cuidado, en otro ritmo, porque en el caso contrario sentirá calambres» (p. 210).

Europa es un continente de ancianos. Y no es necesario recurrir a las estadísticas de Wikipedia para saber eso. Basta con ver sus películas. Las mejores al menos. Y será porque estuve un par de años visitando a muchos de ellos en un asilo en el Rímac cada domingo. Será porque vivo con una desde que nací. O será porque me gusta ese tempo perezoso del que habla Stanislavski. El punto es que quiero compartir unas cuantas de mis pelas favoritas sobre gente que “puede rejuvenecerse enseguida” ante la mirada de un -debo reconocerlo- no tan joven espectador.

Una tragedia (marzo)

La pela de Michael Haneke es inapelable. Es un alegato a favor de las prerrogativas éticas del amor. En sus películas siempre suena desde algún rincón Schubert, y Amour (2012) no podía ser la excepción. Nadie es mejor que él para dirigir a sus actores. Y su reciente deconstrucción de dos rostros emblemáticos de la nouvelle vague -Emmanuelle Riva y Jean-Louis Trintignant- no hace más que confirmar lo anterior. Porque al saber que un rostro querido ha perdido toda esperanza no queda más que privarlo de su sufrimiento y naufragar a su lado.



Una comedia dramática (julio)

El reparto es de primera: Jean Horton (la diva), Reginald Paget (el esposo engañado), Wilf Bond (el cáustico libidinoso), Cissy Robson (la cándida) y Cedric Livingston (el director musical). Dustin Hoffman se luce en la dirección de Quartet (2012) al entregarnos un film con tan bellos detalles. Un asilo para antiguos músicos y cantantes líricos ingleses. Todos decadentes pero contentos, como los músicos del Titanic que no quieren abandonar el barco. En este caso, lo que se está hundiendo es su cuerpo marchito. Citando a Hemingway: «Un hombre puede ser destruido, pero no…»


Una animada (noviembre)

Arrugas (2011), del español Ignacio Ferrera, fue toda una sorpresa. La llegada a un asilo de un viejo empleado de banco y su lucha contra el Alzheimer. Su encuentro con un argentino divertido e irónico. La repetición de las palabras, el olvido de los significados, el terror del segundo piso donde van los que ya están muertos pero siguen respirando. Basado en el exitoso comic de Pablo Roca. Humor para enfrentar el vacío, nada mejor.


Como solía decir el maestro de teatro: «Es difícil conocer y hallar las circunstancias dadas de la vejez. Pero una vez halladas, no es difícil fijarlas mediante la técnica». 

Y quien diga que el invierno no puede darnos imágenes dinámicas, enérgicas y flexibles, está equivocado y no merece llegar a viejo.



[1] Stanislavski entendía el tempo-ritmo como la expresión verbal del texto; a diferencia del sentimiento, espontáneo e interno, relacionado con la experiencia emotiva, es decir, el subtexto. Ambos eran elementos complementarios para la caracterización de un personaje y la reencarnación de un papel; aunque reconocía la primacía del segundo porque «cuando el sentimiento no responde por sí mismo y tiene que recurrir al ritmo para estimularlo, se encuentran [los actores] en un absoluto desamparo» (p. 180). 

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