El trípode de Helena es un blog personal, es decir, yo soy el único que escribe en él. En la parte superior de la columna derecha, verán mi retrato y debajo una descripción fantástica (curiosamente muy real) de mi carácter. Todo junto es Bisutería barata... A continuación, en Oropel imperial están organizadas las entradas según los temas recurrentes. Lo que hay es simplemente el fichero del blog. Siguen dos listas: Cinefilia y Bibliomanía, cuyos fines son fáciles de suponer. Luego, otras dos secciones Hits del blog y De uno en uno cuyas funciones están (para variar) demás definir.
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domingo, 3 de julio de 2016

"La perspectiva como forma simbólica" (1924-5) de Erwin Panofsky


El concepto de “forma simbólica”, es decir, de la representación sensible de una visión del mundo, que E. Panofsky toma de E. Cassirer, permite abordar el tema, fundamental en el arte, de la perspectiva. Para Panofsky, este descubrimiento “técnico” del arte pictórico encierra un componente ideológico y corre paralelo al pensamiento filosófico y científico de cada época. 

Panofsky se pregunta si es que la Antigüedad conoció este modo de representación. Su respuesta, en primer término, es afirmativa; pero el tipo de perspectiva de la pintura helenístico-romana es distinto al utilizado en el Renacimiento. A partir de esta hipótesis, lo que podría ser, simplemente, la aplicación imperfecta y anterior de un modo de representación moderno es entendido por el autor como la constatación de un sistema distinto de comprensión de la realidad. 

En la Antigüedad, Panofsky distingue cuatro etapas diferentes en el modo de representación. En todas ellas, a excepción de la última (helenístico-romana), la corporalidad prima sobre la espacialidad. Es decir, la representación en cerámicas y esculturas privilegia la reproducción de la figura humana. Poco a poco, la representación plana cede terreno a una que va incorporando, a través de la superposición de cuerpos o el escorzo, la espacialidad. Sin embargo, es solo durante la época tardía que se comienza a dotar de profundidad al espacio abierto, recientemente, entre los cuerpos. 

Cabe agregar que aún en este periodo, aquellos siguen siendo los elementos preponderantes, ya que la figura humana era dibujada al inicio (como en el arte con seudo-perspectiva de la Baja Edad Media) u ocupaba una posición central en los frescos (como en la pintura pompeyana). Otra de las razones por las cuales solía estar en el eje central del cuadro era para ocultar la “incorrección” del tipo de perspectiva utilizado por los artistas del Helenismo. Esta es denominada por Panofsky como “eje de fuga” o “espina de pez”, porque las diagonales de profundidad corren paralelas y se encuentran en un punto ubicado sobre una línea imaginaria y vertical que divide al cuadro por la mitad. No obstante, no se encuentra con otras similares en un punto de convergencia único que forme una horizontal. Según Panofsky, esto revela una constante muy importante de la cosmovisión grecolatina: la imposibilidad de pensar el universo (cosmos) como infinito.





El autor señala que, a diferencia del Renacimiento, la Antigüedad es mucho más cercana a una perspectiva naturalis de las cosas, es decir, que los artistas y filósofos, entre los que destaca Euclides, entendieron que el ojo humano, al presentar una curvatura, proyecta la imagen retínica sobre esta superficie y dispone los tamaños, formas y distancias de los objetos no de forma geométrica y progresiva, sino angular (prospectiva). Esta visión angular es palpable en la arquitectura griega cuando se repara en las técnicas empleadas por los constructores para atenuar las “alteraciones marginales” que los edificios presentan a la vista en los extremos y en la parte superior e inferior.



Contrariamente a este modo de representación, y después del largo paréntesis que representó el Arte tardorromano, bizantino y medieval (carolingio, románico y gótico), la perspectiva, como técnica y como ideología, reapareció durante el Renacimiento, pero con otro sentido. 

Los descubrimientos de Galileo, Copérnico y Kepler, acompañadas por las teorías filosóficas y esotéricas de Giordano Bruno en el s. XVI, terminaron por quebrar la idea pitagórico-aristotélica de la finitud del universo. Así, la Tierra dejó de ser el centro del cosmos y se pensó, por primera vez, en la posibilidad de que este fuera muchos más extenso de lo que suponía el sistema ptolemaico.  Sin embargo, sus aportes no significaron más que la racionalización científica de una intuición que los artistas italianos habían tenido desde inicios del s. XV. Esto les había permitido imaginar que dos rectas paralelas, proyectadas hacia el infinito, se pueden juntar en un punto, en el cual convergen todas las demás líneas, aunque para hacerlo habían tenido que presuponer un único punto de vista inmóvil y, por lo tanto, no humano. 


A este descubrimiento lo llama Panofsky perspectiva artificiale o “matemática”, y la define como la intersección de la pirámide visual por una superficie plana. La pretensión fuerte de este modo de representación es la captura de la realidad en el cuadro, por lo que el plano rompe su bidimensionalidad y se torna un objeto item perspectiva (“para mirar a través”): una ventana.
  

La teoría artística durante el Renacimiento (Alberti) propondrá la representación matemática como una ley para captar la naturaleza, según una progresión constante (quantum continuum) de la distancias entre los objetos respeto al observador, y subrayará que estos se encuentran en un espacio cuya existencia los antecede y los contiene. De esta manera, para ella, tres serán sus variables fundamentales: la horizontalidad o planta, la verticalidad o alzado, y el volumen o profundidad. Con estas coordenadas se conseguirá la ilusión de tridimensionalidad, a costa de su paradójica artificialidad perceptiva.
 


Solo los movimientos artísticos posteriores, como el Manierismo y el Barroco, volverán a descentrarla, pero sin escapar a sus rigurosos límites del todo. No hasta que su fundamentación filosófica -la objetiva visión del hombre sobre la naturaleza- empiece, de nuevo, a ser socavada por el Romanticismo, primero, y, luego, por las Vanguardias.

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