El trípode de Helena es un blog personal, es decir, yo soy el único que escribe en él. En la parte superior de la columna derecha, verán mi retrato y debajo una descripción fantástica (curiosamente muy real) de mi carácter. Todo junto es Bisutería barata... A continuación, en Oropel imperial están organizadas las entradas según los temas recurrentes. Lo que hay es simplemente el fichero del blog. Siguen dos listas: Cinefilia y Bibliomanía, cuyos fines son fáciles de suponer. Luego, otras dos secciones Hits del blog y De uno en uno cuyas funciones están (para variar) demás definir.
Si a alguno de ustedes le intriga el título del blog, de click aquí o busque la respuesta en el "oropel" de Relatos. Si están interesados en descubrir más acerca de la sugerente imagén del encabezado, entren aquí o revise la primera entrada del "oropel" Pintura.
En fin, los saludo y les exijo que si tienen algo que decir, sea para bien o para mal, háganlo escribiendo algún comentario.

viernes, 26 de octubre de 2012

Estéticas personales: Valle-Inclán



Parafraseándose a sí mismo, Ramón del Valle-Inclán (1866-1936) afirmaba que «[u]n artista debe imponer las normas que tenga. Y si no tiene público, crearlo. Ese es mi gran orgullo… Hay que imponerse con lo que uno tiene y da. Y si no se logra es que no se tiene personalidad» (260). Pero esta afirmación tan contundente debe ser tomada con cierta reticencia por el lector que ha seguido la trayectoria literaria de dicho autor.

Él es consciente de cierta claudicación de sus escritos iniciales ante los patrones hegemónicos del estilo finisecular. Y esta constatación produce una extrañeza tal en el propio Valle-Inclán que el procedimiento retórico al que tiene que recurrir es el desdoblamiento: «Yo soy el de hoy, y el otro yo el que escribió historias en un estilo acusado de decadentismo» (258). Mientras el ego-del-pasado es descrito como un Arcipreste al servicio del Campeador (Modernismo) dado que sus «primeras novelas tienen ese ritmo porque más que mías, personalmente mías, son obras de colaboración…» (ibídem); el ego-del-presente considera a sus personajes como seres inferiores, rescatando los ecos de la tradición picaresca tan hispánica: «Me manifiesto libremente, con toda la crueldad y la soberbia de un autor español de pura cepa» (ibídem).

Y es que Valle-Inclán mantiene una relación particular con su obra, relación que puede ser resumida en tres alternativas: 1) «el personaje es superior al autor» (Homero), 2) «el autor que se desdobla» (Shakespeare), y 3) «el autor es superior a sus personajes» (Quevedo). Como vimos, la opción del gallego es la última; aunque haya comulgado en algún momento con las otras dos. Con la primera, cuando se iniciaba con la pluma. Con la segunda, en su dramaturgia («En mis tragedias hay mucho de lo que yo, pájaro alicortado, hubiese querido hacer»; 259). Pero el escritor maduro ha renunciado a los excesos del adornamiento –de allí su reclamo de “impasibilidad” en la obra literaria– y a la tentación de la esquizofrenia: «Quiero que mis personajes se presenten siempre solos y sean en todo momento ellos, sin el comentario, sin la explicación del autor. Que todo sea la acción misma» (ibídem). Aquí hay una denuncia de la “forma comentada” a favor de la “forma dialogada” en la novela; una condena de obras como la de los impresionistas franceses (France y Proust) e incluso de la de Unamuno y su conocido intervencionismo nivolesco.

El siguiente paso es el esperpento. «Las acciones, las inquietudes, las coronas, son las de ayer y las de siempre. Los hombros son distintos, minúsculos para sostener ese gran peso. De ahí nace el contraste, la desproporción, lo ridículo» (260). Si la peripecia sigue siendo inalterable –hecho que ha comprobado la tematología– son los actores los que han cambiado porque se ha producido una desacralización del mundo, una reducción: de dioses a héroes y de héroes a hombres. Sin embargo, de todas esas tramas, la mayoría de origen clásico, España no ha legado más que una fundamental: el mito del Don Juan. Pero esto no puede ser comprendido a la luz de la literatura, sino a la del habla popular. Para Valle-Inclán: «El estilo sustituye al tono, a la ironía, al gesto» (261), es decir, a la palabra hablada. De ahí la cercanía de su obra con el fenómeno de la carnavalización como lo notó Iris Zavala. 

En Castilla se fermentó un estilo particular, un realismo espiritual, cristalizado en la figura del Don Juan, reactualizada por Valle-Inclán en sus Sonatas (1902-1905), obras en las que se reconoce por primera vez la creación de ese público del que se enorgullece. El círculo se cierra. Como «la capacidad del español es para el teatro» (262), entonces fue Tirso el que inauguró la fase artística de dicha lengua al subir a escena a quien encarna la triada que «domina el arte español de todos los tiempos»: el mundo, el demonio y la carne.

* Nota: Los números entre paréntesis dan cuenta de las páginas de una estúpida antología de los miembros de la Generación del 98.

martes, 16 de octubre de 2012

El Insípido (apunte para un cuento)


I

César cogió intencionalmente el libro en busca de una cita memorable. Apenas lo abrió, encontró la hoja de un árbol cuyo nombre no conocía. Aquellos arranques de lector romántico dibujaron una compasiva sonrisa en sus labios. «La Naturaleza es un impostura de los seres urbanos». Lanzó el separador de materia orgánica por la ventana de la custer. La insoportable, página 13, segundo párrafo: «Pero si el eterno retorno es la carga más pesada, entonces nuestras vidas pueden aparecer, sobre ese telón de fondo, en toda su maravillosa levedad». Tanto para él como para el autor como para Parménides: Lomismo. «Es inútil empezar a escribir sin tener nada que contar». César pensó en una larga lista de contraejemplos; aunque -por el momento- solo recordó dos: Beckett. «Es que Beckett es como dos autores en realidad» había dicho en uno de los bares que pululan por los extramuros de San Marcos. Nunca aclaró si su distinción partía de aspectos genéricos -correctos por su onanismo estructural- (un Beckett dramaturgo y un Beckett narrador), lingüísticos -en los que no tenía ninguna competencia- (uno escritor en inglés y otro en francés) o biográficos -incorrectos por estar demasiado demodé- (el polígamo heterosexual y el “secretario” particular de Joyce). Sin embargo, César no recordaba nada de esto; y, así lo hiciera, sería intrascendente para el propósito que perseguimos el héroe, el narrador y yo.

II

Al cruzar Venezuela, tuvo que cerrar el libro. Pero al hacerlo lo embargó una terrible convicción:
- Mañana o pasado (pero antes de morir), cuando vuelva a tomarlo entre mis manos, encontraré, en la misma página y con el mismo significado, esa hoja de un árbol cuyo nombre no conocía. Y al Insípido también, esperándome.
Impaciente, sin que el vehículo dejara de estar en movimiento, saltó hacia la acera. Temerario, cruzó la pista y obvió el reclamo del portero. Liviano, flotó en dirección a la facultad en busca de algún fanático de Kundera. Insípido ya, recordó que en aquel lugar no tenía ningún amigo. 


(Por el contrario, la ausencia absoluta de carga
hace que el hombre se vuelva más ligero que 
el aire, vuele hacia lo alto, se distancie de la 
tierra, de su ser terreno, que sea real sólo a 
medias y sus movimientos sean tan libres 
como insignificantes).