No soy lo que parezco. O mejor dicho, no soy nada más allá de lo que parezco. Un mocoso con una deficiente educación sentimental.
Fuera los edulcorados.
Que se mueran bien lejos, allá donde la miel de sus vidas no me empalague y me de nauseas.
El fin de semana pasado salí de viaje. Partí de Lima el viernes en la noche, después de un largo día de trabajo (felizmente no me inscribí en ninguna clase para ese día). Llegué a Oxapampa el sábado en la madrugada y no dormí hasta las 9:00 a.m.: estuve poniéndome al día con las clases. El sábado lo dediqué a conocer la ciudad. La madera, los techos de calamina a dos aguas y una vegetación abundante pero no caótica fueron las constantes. El domingo fui a Pozuzo. La ciudad más ordenada y limpia de la Selva Central. El lunes retrocedí hasta Villa Rica. Lo más “paja” del lugar era la laguna. Con remos y todo eso. Para la tarde ya estaba en La Merced, desde donde tomaría el bus de regreso a la capital. Lástima que no fui a San Ramón. Eso será para la próxima.
A la vuelta, me enteré de que una entrevista que le había hecho a un investigador de literatura fantástica peruana, hacia un año, había sido publicada en una web especializada en el género.
El cherry: http://cifiperu.blogspot.com/2010/09/literatura-fantastica-en-el-peru-una_01.html
Por otro lado, una sensación casi olvidada renació en mí: la agónica. En el sentido etimológico del término. El combate, la pelea oral, el espectáculo retórico, el desafío verbal. Ya voy dos, y me quedan tres más. Como me dijo alguien: no discutas con los “profes” viejos porque son tercos. Pues la juventud tampoco es signo de flaqueza de convicciones.
Fuera los edulcorados.
Que se mueran bien lejos, allá donde la miel de sus vidas no me empalague y me de nauseas.
El fin de semana pasado salí de viaje. Partí de Lima el viernes en la noche, después de un largo día de trabajo (felizmente no me inscribí en ninguna clase para ese día). Llegué a Oxapampa el sábado en la madrugada y no dormí hasta las 9:00 a.m.: estuve poniéndome al día con las clases. El sábado lo dediqué a conocer la ciudad. La madera, los techos de calamina a dos aguas y una vegetación abundante pero no caótica fueron las constantes. El domingo fui a Pozuzo. La ciudad más ordenada y limpia de la Selva Central. El lunes retrocedí hasta Villa Rica. Lo más “paja” del lugar era la laguna. Con remos y todo eso. Para la tarde ya estaba en La Merced, desde donde tomaría el bus de regreso a la capital. Lástima que no fui a San Ramón. Eso será para la próxima.
A la vuelta, me enteré de que una entrevista que le había hecho a un investigador de literatura fantástica peruana, hacia un año, había sido publicada en una web especializada en el género.
El cherry: http://cifiperu.blogspot.com/2010/09/literatura-fantastica-en-el-peru-una_01.html
Por otro lado, una sensación casi olvidada renació en mí: la agónica. En el sentido etimológico del término. El combate, la pelea oral, el espectáculo retórico, el desafío verbal. Ya voy dos, y me quedan tres más. Como me dijo alguien: no discutas con los “profes” viejos porque son tercos. Pues la juventud tampoco es signo de flaqueza de convicciones.
Para colmo, voy al cine el martes y un chasco: The last Airbender (2010) resulta ser una película estúpida e insulsa. Editada por un imberbe. La decadencia de Shyamalan.
Como escribí al inicio: No soy lo que parezco. O mejor dicho, no soy nada más allá de lo que parezco. Un mocoso con una deficiente educación sentimental.
Fuera los edulcorados.
Y los desencantados por culpa de aquel terrón de azúcar que, como a Oliveira, se les deshizo entre los dedos bajo la mesa de un vulgar restaurante.
Como escribí al inicio: No soy lo que parezco. O mejor dicho, no soy nada más allá de lo que parezco. Un mocoso con una deficiente educación sentimental.
Fuera los edulcorados.
Y los desencantados por culpa de aquel terrón de azúcar que, como a Oliveira, se les deshizo entre los dedos bajo la mesa de un vulgar restaurante.
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