El trípode de Helena es un blog personal, es decir, yo soy el único que escribe en él. En la parte superior de la columna derecha, verán mi retrato y debajo una descripción fantástica (curiosamente muy real) de mi carácter. Todo junto es Bisutería barata... A continuación, en Oropel imperial están organizadas las entradas según los temas recurrentes. Lo que hay es simplemente el fichero del blog. Siguen dos listas: Cinefilia y Bibliomanía, cuyos fines son fáciles de suponer. Luego, otras dos secciones Hits del blog y De uno en uno cuyas funciones están (para variar) demás definir.
Si a alguno de ustedes le intriga el título del blog, de click aquí o busque la respuesta en el "oropel" de Relatos. Si están interesados en descubrir más acerca de la sugerente imagén del encabezado, entren aquí o revise la primera entrada del "oropel" Pintura.
En fin, los saludo y les exijo que si tienen algo que decir, sea para bien o para mal, háganlo escribiendo algún comentario.

martes, 29 de julio de 2008

Primer Manifiesto Decadente

"Lo más importante para un verdadero decadente es estar al margen de todo, siendo anacrónico y afectado en lo demás. Desde el caminar hasta el hablar, pensar o escribir porque la decadencia se nutre de tales señales de desarraigo. En el desarraigo el decadente se encuentra en su medio, fuera de la ley y la protesta, porque la protesta es vulgar y vulgariza al decadente. El decadente no debe ser un ser social, debe despreciar a la sociedad, pero sin odiarla porque no es un ser apasionado. En las almas comunes el desprecio se puede transformar en odio y generalmente así sucede, sin embargo en el espíritu refinado del decadente, el odio no tiene cabida por ser una pasión verdadera y el decadente se aleja de cualquier cosa verdadera del mundo. El decadente vive en su propio paraíso artificial pero, a diferencia de baudelaire, este estado del alma no debe ser inducido de ninguna manera. Ya que el mundo es una farsa, los espacios apócrifos son muy fáciles de encontrar. La primera muestra de decadentismo esta en la negación de la existencia de la verdad. La verdad no existe. Ni siquiera es posible dudar de esto porque el ser humano la termina tergiversando de una forma u otra al final. Por eso el decadente se convierte en el demiurgo capaz de manejar la farsa de la realidad. Él esta seguro únicamente de que todo es mentira, incluso esto que esta afirmando; por lo que el decadente no se puede ufanar de su sabiduría como lo hacía sócrates de su ignorancia: son vocablos equivalentes. Para el decadente, lo que sabe no sirve de nada, excepto para buscar la belleza. Pero como la belleza no existe, la belleza que busca debe crearla. Así, el decadente crea todo lo que para él existe: se torna su propio dios y, por lo tanto, no le queda más remedio que creer en él mismo. Él por él y para él. Al auto-idolatrarse se enfrenta con un terrible dilema: como es producto de otros seres y no de sí mismo debe rechazar su naturaleza creada por otros (e increada por sí), esos irresponsables dioses que lo lanzaron al mundo. Esos dioses que no creó y que por tanto no existieron. Por eso el decadente es un auténtico asesino, un parricida que elimina a sus progenitores espirituales, a toda aquella divinidad que halla contribuido a su formación natural. La rebelión mental y no física, el homicidio intelectual que despedaza los vínculos de la sociedad como la familia, la escuela o el país: el mundo. El decadente es un ser único que probablemente termine solo. En la soledad, ese dios que tiene adentro comenzara a crear los modales, giros y palabras propios de su nueva esencia, lo suficientemente artificiales como para alejarlas de la simplicidad del mundo. La realidad le repugna en grado sumo, pero no la odia, jamás. Esto es importante ya que sino se volvería un terrorista y eso es lo último a lo que aspira un decadente cabal. El decadente puede destruir todo lo que su mente haya construido, pero la realidad al ser una construcción impersonal no merece el honor de ser destruida y siquiera modificada por un decadente. Un decadente no quiere cambiar el mundo ni mucho menos convertir a otras personas; un decadente debe, más bien, mostrarlos sin hacer nada porque se alegren o se extingan. Eso afectaría su objetividad. Sin embargo, en las obras de arte, que son la única manera de ver el mundo que tiene un decadente, en ellas puede hacer lo que desee, de lo contrario, moriría."
Abril de 2006, de triste tarde...
Miguel Páladin Muro

2 comentarios:

vizconde dijo...

es interesante lo k escribes sobre el decadente, me parecio un buen analisis pero hay una duda k tengo respecto a esto, por ejenplo cuando dices: ¨las obras de arte, que son la única manera de ver el mundo que tiene un decadente, en ellas puede hacer lo que desee, de lo contrario, moriría.¨ no crees que la manera de ver y estar al margen del mundo ya sea de un decadente o de alguna persona cualkiera seria ¿k lo k ve y siente es pork todo lo asocia a simbolismos?

El signorello Cesarino d'Aprile, dijo...

Esto va más allá de todo eso... es un discurso estúpido y arrogante pronunciado por uno de mis personajes (un alter ego mio) cuando todavía creía en todo lo que le caía en las manos.