El trípode de Helena es un blog personal, es decir, yo soy el único que escribe en él. En la parte superior de la columna derecha, verán mi retrato y debajo una descripción fantástica (curiosamente muy real) de mi carácter. Todo junto es Bisutería barata... A continuación, en Oropel imperial están organizadas las entradas según los temas recurrentes. Lo que hay es simplemente el fichero del blog. Siguen dos listas: Cinefilia y Bibliomanía, cuyos fines son fáciles de suponer. Luego, otras dos secciones Hits del blog y De uno en uno cuyas funciones están (para variar) demás definir.
Si a alguno de ustedes le intriga el título del blog, de click aquí o busque la respuesta en el "oropel" de Relatos. Si están interesados en descubrir más acerca de la sugerente imagén del encabezado, entren aquí o revise la primera entrada del "oropel" Pintura.
En fin, los saludo y les exijo que si tienen algo que decir, sea para bien o para mal, háganlo escribiendo algún comentario.

jueves, 2 de junio de 2011

Ética

Hoy fui atacado y ataqué (no en ese orden), fui alabado y alabé (sí en ese orden) y todas esas cosas me hicieron sentir sucio, tanto como para pedirle a las hormigas que no se bajen de mi cuerpo.

[Lo que sigue fue escrito en el carro de camino a casa, dado que mis materiales de lectura estaban mojados].

Se ha dicho injustamente que soy un posmoderno.

Pues bien, mi postura no ha podido ser más contraria.

Creo haber demostrado que mi compromiso con el lenguaje va más allá de los límites discursivos. Desde que pisé por primera vez la Facultad, avejentado por una madurez incompleta y andrógina, no he cesado de actuar políticamente. Entiendo este actuar como una crítica constante de mi entorno. Incapacitado por mi temperamento para hacer algo mejor, más amplio y colectivo, he renunciado a toda empresa generacional a costa de mantener inalterable mi propia línea de pensamiento. Y eso me ha costado algo peor que el rencor: el desprecio.

Se me pidió tolerancia, fidelidad y ceguera. Yo en cambio he tenido los ojos insomnes. Se me rogó mutismo y poesía. Yo les he respondido con el aire caliente de mi bajo vientre.

Personalmente, no tengo nada que ofrecerle al mundo. Vivo cohibido ante el umbral de una prisión o un asilo. Pero vivo. Y con cada una de mis palabras reafirmo el derecho de permanecer así, dentro de mí, en medio de los (re)pliegues que -repito- son los míos.

Se podrá decir que soy un egocéntrico.

Un arruinado descendiente de plebeyos leguleyos. De dos prelados imberbes y un presidente de repuesto. Sea, no lo niego. Que mi carácter reaccionario es apócrifo, una impostura intelectual de monaguillo. En fin, que estudio latín y griego para preservar un estatus ajeno.

Entonces, desde mi posición precaria, continuaré escribiendo, pensando, vituperando por cada cosa mala, defectuosa y abyecta que huela, por cada trozo de mierda que cocinen los que no puedo nombrar.

Si su intención es vejarme, aquí estoy, véjenme. Declinen mi nombre con el apodo que más se acomode a su medianía.

Yo no he construido nada en la vida. Sin embargo, ostento un record de demoliciones. La más sonada fue la que ejecuté sobre el terreno -ahora baldío- de un homónimo. El sujeto perfecto: cascarón y vacío.

Es momento de pasar a la acción, de empeñar en el esfuerzo a las palabras. He balbuceado durante demasiado tiempo en la penumbra del centro. Oculto bajo cientos de miradas. Adrede. He soltado a la feroz jauría de mi lengua sin abrir la puerta de la cerca. Tras ella, las antipersonales de guerras pretéritas se prolongan como la sombra de literatos frustrados.

Voy a levantar la cerca con una pala. Voy a construir una pared tan blanca como una sábana. Cantaré lo que haga falta para que crezcan presurosas las enredaderas. Y, entre las balas y las flores, dejaré el cuerpo de un posmoderno como el escudo acribillado que mantenga inmaculado mi Papel.

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