El trípode de Helena es un blog personal, es decir, yo soy el único que escribe en él. En la parte superior de la columna derecha, verán mi retrato y debajo una descripción fantástica (curiosamente muy real) de mi carácter. Todo junto es Bisutería barata... A continuación, en Oropel imperial están organizadas las entradas según los temas recurrentes. Lo que hay es simplemente el fichero del blog. Siguen dos listas: Cinefilia y Bibliomanía, cuyos fines son fáciles de suponer. Luego, otras dos secciones Hits del blog y De uno en uno cuyas funciones están (para variar) demás definir.
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miércoles, 4 de mayo de 2016

Un apunte sobre "Lo sublime" de Pseudo-Longino



En un libro excepcional sobre el arte del siglo XX, Arthur Danto se pregunta: «¿Cómo se distingue un objeto que resulta ser discontinuo con la realidad, y como tal, reconocido por un público, de un nuevo elemento de la realidad?» (2002: 57). En otras palabras, en qué momento aparece la propiedad que separa a esos objetos que denominamos “artísticos” del resto. Para responder a esta interrogante, Danto se vale de la filosofía de la acción de Wittgenstein: «La diferencia entre una acción básica y un mero movimiento corporal tiene muchos paralelismos en las diferencias entre obra de arte y mera cosa […] Una acción sería un movimiento del cuerpo más x […] una obra de arte sería un objeto material más y. Y el problema, en cada caso, es resolver x e y de un modo filosóficamente aceptable» (2002: 25-26). Sin embargo, la propuesta de una perspectiva institucional[1] de su validación no satisface a Danto como tampoco lo hacía, hace casi dos mil años, al autor de Sobre lo sublime.   
Como sabemos, el texto que nos ocupa es una de esas respuestas epistolares[2] que intercambiaban los filósofos en la Antigüedad, en el marco de lo que Cicerón llamaba la humanitas, y que no era otra cosa que la «telecomunicación fundadora de amistades que se realiza en medio del lenguaje escrito» (Sloterdijk 2006: 19). Aunque el emisor concreto de la epístola no ha sido identificado, en el libellus sí se menciona explícitamente al destinatario, Postumio Terenciano, y el motivo: un comentario complementario de una obra de Cecilio, posiblemente de Caleacte, un liberto de origen judío[3]. Este Cecilio pertenecía a una de las corrientes retóricas más importantes del primer siglo de nuestra era, la aticista, que pregonaba una imitación de los modelos de oratoria clásicos (fundados por Lisias en el s. V a.C.) y de cierta propensión intelectual en el modo de argumentar. Contraria a esta escuela estaba la de los oradores asiáticos, cuyo estilo florido había sido iniciado por Hegesias de Magnesia (s. III a.C.) y que, para la época en que fue escrito nuestro tratado, gozaba de gran popularidad.
En esta coyuntura, el texto es una toma de posición frente a ambas tradiciones retóricas, una tercera vía que señala sus defectos y excesos, respectivamente, y que, a partir del método comparativo, establece un canon o tradición propia (Homero, los trágicos, Platón, Demóstenes) para, desde un estoicismo platonizante[4], proponer un arte de lo sublime o, como el autor mismo lo define, “elevado y excelente en el lenguaje”. Para ello, opone la técnica a las cualidades del poeta, un giro innovador en la formulación del acto creativo. Su tono polémico radica en que privilegia la “grandeza de los conceptos” a la “materialidad de la expresión”, con lo que termina por colocar las disposiciones innatas (talento o la pasión) por encima de las adquiridas por el oficio (la figuración, la dicción y la composición). Además, hace del artista el ente catalizador de una vocación humana universal, pero impensada para él con anterioridad: «un amor invencible por lo que es siempre grande y sobrenatural» (fol. 35, par. 2, 10). Es decir, la constante superación de los límites de su naturaleza: lo sobrehumano.
Desde esta perspectiva, parecería que Sobre lo sublime puede ser interpretado como un alegato contra la técnica artística. Sin embargo, el propio autor llama “técnico” a su tratado, es decir, hecho mediante determinadas fórmulas, pero no para persuadir al lector, como lo harían aticistas y asiáticos, sino para moverlo al éxtasis. Así, su ataque no está dirigido hacia las fórmulas -que describe y aprueba con ciertas salvedades-, sino hacia su uso no-sublime o “convencional”. Contra la sanción institucional del arte y sus excesos, representados por las escuelas retóricas del siglo I y por los mercaderes del arte en el siglo XXI, aquella de la que desconfiaba tanto Danto, parece haber sido escrito este tratado.

Bibliografía

Danto, A.
2002    La transfiguración del lugar común: una filosofía del arte. Barcelona: Paidós.

Longino.
1979    Sobre lo sublime. Madrid: Gredos.

Sloterdijk, P.
2006    Normas para el parque humano. Madrid: Siruela.



[1] «Un objeto material (o artefacto) se dice obra de arte cuando así se considera desde el marco institucional del mundo del arte» (Danto 2002: 26).
[2] Peter Sloterdijk llama así a las obras de este tipo: «Desde que existe como género literario, la filosofía recluta a sus adeptos escribiendo de manera contagiosa acerca del amor y la amistad» (2006 :19).
[3] Esto hecho parece justificar la inclusión de los pasajes del Génesis en el tratado y no el origen del autor.
[4] Especialmente patente en la sección final, en la cual se condena la esclavitud moral de la época, especialmente, la codicia y la lujuria. 

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