El trípode de Helena es un blog personal, es decir, yo soy el único que escribe en él. En la parte superior de la columna derecha, verán mi retrato y debajo una descripción fantástica (curiosamente muy real) de mi carácter. Todo junto es Bisutería barata... A continuación, en Oropel imperial están organizadas las entradas según los temas recurrentes. Lo que hay es simplemente el fichero del blog. Siguen dos listas: Cinefilia y Bibliomanía, cuyos fines son fáciles de suponer. Luego, otras dos secciones Hits del blog y De uno en uno cuyas funciones están (para variar) demás definir.
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jueves, 2 de junio de 2016

El "Lenz" de Büchner: una descripción novelada de la locura



Uno de los representantes menos conocidos -al menos para mí- del Sturm und Drang (digamos que su desarrollo comprende de 1767 a 1785) es Jakob Michael Reinhold Lenz (1751-1792), el “poeta fracasado”, cuarto hijo de un pastor de Livonia, lector apasionado de Shakespeare en inglés, eterna sombra de Goethe y sepultado por la nieve en una sórdida calle de Moscú, borracho y loco.

En 1776, F. Klinger había dado su nombre al movimiento con una obra de teatro. La juventud alemana, así, iniciaba una revolución cultural que se anticipaba a la revolución social y política de Francia. En ese clima intelectual, Lenz publica, dos años antes, una pequeña pieza teatral que criticaba el sistema educativo de las clases privilegiadas y, especialmente, la hipocresía sexual de la época: El preceptor (1774), la cual luego sería adaptada por Bertolt Brecht. En ella, un joven preceptor llamado Läuffer -Lenz también había sido preceptor de la familia Hofmeister en Estrasburgo- se enamora de su pupila Augustica, pero cuando se entera de su embarazo, huye a casa de un maestro rural, no sin antes castrarse. Augustica da a luz al niño y, luego de una serie de eventos infortunados, es perdonada por su padre y se reconcilia con su prometido Fritz, quien acepta al hijo de Läuffer, no sin antes decir: “Este niño es ahora también mío; una triste prenda de la debilidades de tu sexo y de las locuras del nuestro, pero, sobre todo, de la ventajosa educación de muchachas jóvenes por preceptores”. Una frase que agria el final feliz de cualquier comedia. 

Sin embargo, en esta ocasión, mi interés no es centrarme en la obra literaria de Lenz, aunque el párrafo anterior puede darnos un perfil bastante claro de su carácter; sino en el proceso de enajenación mental que sufrió durante los últimos quince años de su vida. 

Después de ser expulsado de la compañía de Charlotte Von Stein por el duque de Weimar, debido a los celos de Goethe -una historia muy deliciosa sobre eso que Choderlos de Laclos llamaba las “amistades peligrosas”-, lo que implicaba la ruina económica y social del dramaturgo, Lenz empezó a sufrir de alucinaciones y raptos de violencia que lo llevarían, finalmente, a la locura y la idiocia. La traición de aquel al que consideraba su “hermano” y la muerte, durante el parto, de uno de sus amores platónicos, Cornelia Schlosser, hermana -esta sí real- de Goethe, hicieron que tuviera su primer rapto de esquizofrenia en la casa de uno de sus amigos, C. Kauffmann, y, a inicios de 1778, fuera enviado por él a Waldersbach, en Alsacia, para ser tratado por el pastor J. F. Oberlin.

En 1835, un escritor de veintidós años, antiguo correligionario desencantado de la Joven Alemania, se ocupó de los diarios de Oberlin y escribió una novela corta que tituló Lenz. El nombre de este autor fue Georg Büchner (1813-1837) y completaría, antes de morir súbitamente de tifoidea dos años después de este librito, esa otra obra hermosa y terrible sobre un pobre soldado -que Herzog llevó tan bien al cine-: Woyzeck

Büchner decidió centrarse en la estancia de Lenz con Oberlin y transcribió, en su nouvelle, muchos de los diálogos anotados por el pastor como el siguiente:

- ¿Su nombre, por favor?
- Lenz.
 - ¡Ah, ah, ah! ¿No es usted escritor? ¿No he leído algunos dramas que se atribuyen a un señor de este nombre?
- Sí, pero tenga a bien no juzgarme por ellos.

Pues bien, esta entrada tenía como justificación el transcribir uno de esos sentidos pasajes, en los que se describe de forma bastante clara, la derrota de Lenz ante una fuerza que no puede contener, pero de la que es consciente en todo momento, hasta el final:

Entretanto su estado se había puesto cada vez más desolado, había desaparecido todo lo que obtuvo de la cercanía de Oberlin y de la paz del valle; el mundo que había querido aprovechar tenía una grieta monstruosa, no sentía odio ni amor ni esperanza, un vacío tremendo y sin embargo un torturante desasosiego por llenarlo. No tenía nada. Lo que hacía, lo hacía con conciencia y sin embargo lo obligaba un instinto interior. Cuando estaba solo se sentía tan horrorosamente solitario que hablaba constantemente en voz alta consigo mismo, llamaba y luego volvía a aterrarse y le parecía como si una voz extraña hubiera hablado con él. En la conversación vacilaba frecuentemente, lo sobrecogía un miedo indescriptible, había perdido el final de una frase; entonces creía que debía retener y decir siempre la última palabra hablada, solo con gran esfuerzo reprimía esos caprichos. […] A veces sentía un impulso irresistible de hacer las cosas que tenía en mientes en el momento y entonces hacía muecas terribles. 

No hay nada de poético en este estado y Büchner, al describir al “poeta fracasado”, lo sabe. Tal vez, porque sus proyectos políticos para Alemania también habían fracasado. Él, como Lenz, había transado, no con la locura, pero sí con una vida más respetable, menos revolucionaria. Por eso, creo que podía suscribir para sí mismo, las últimas palabras que le dedica al hijo de un pastor de Livonia: «Parecía muy lúcido, hablaba con la gente, pero había en él un vacío atroz, ya no sentía angustia ni anhelo; su existencia le era una carga necesaria. Así siguió viviendo».

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