El trípode de Helena es un blog personal, es decir, yo soy el único que escribe en él. En la parte superior de la columna derecha, verán mi retrato y debajo una descripción fantástica (curiosamente muy real) de mi carácter. Todo junto es Bisutería barata... A continuación, en Oropel imperial están organizadas las entradas según los temas recurrentes. Lo que hay es simplemente el fichero del blog. Siguen dos listas: Cinefilia y Bibliomanía, cuyos fines son fáciles de suponer. Luego, otras dos secciones Hits del blog y De uno en uno cuyas funciones están (para variar) demás definir.
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miércoles, 16 de diciembre de 2015

Proust, otra vez. (Breve apunte pictórico)



…él planteó mediante la palabra algunas
de las bellezas de la naturaleza y el hombre
con la habilidad artística y claridad que pocos
escritores han igualado; proporcionó apreciaciones
sobre cuadros y edificios que los especialistas
del arte raramente logran; dejó constancia de
la historia social de las artes de su época; creó

a Elstir, y desparramó por su novela muchas
observaciones y pensamientos sobre el arte que
son originales y estimulantes.

I. E. Dunlop («Proust y la pintura»)





Proust creó un triángulo perfecto para representar, no el arte de su tiempo, sino la idea que él tenía de dicho arte, un triángulo cuyas aristas fueron tres personajes complejos y cambiantes, nacidos de la aglutinación de muchos otros artistas reales: Bergotte (literatura), Ventuil (música) y Elstir (pintura)[1].

Así, Bergotte ha sido asimilado por Elizabeth Bowen («Bergotte») a los novelistas franceses Paul Bourget (1852-1935), Auguste-Maurice Barrès (1862-1923) y, especialmente, Anatole France (1844-1924); sin dejar de lado, en menor medida y no solo por la admiración de las catedrales góticas, al prosista inglés John Ruskin (1819-1900).

Por otro lado, podemos identificar en el viejo Vintuil, autor de la célebre frase musical con la que se enamora Charles Swann de Odette de Crecy, a Georges Bizet (1838-1875), Charles de Saint-Säens (1835-1921), Éric Satie (1866-1925) y, apenas tal vez, a Claude Debussy (1862-1918). Sin embargo, aunque ajeno a la representación del músico, no se puede dejar de mencionar a Richard Wagner (1813-1883), tan preocupado de la arquitectura de la obra total como el propio Proust.

Pero, es en el terreno de las artes plásticas en el cual la novela muestra una deuda mayor. Así, según Victor Graham (The Imagery of Proust), de 4 578 imágenes creadas por el autor, 203 proceden de la pintura, a comparación de las 171 que vienen de la música; y aunque el mayor número provenga de la descripción de la naturaleza (944); de estas, 326 están relacionadas con el agua y el mar, tema de muchos cuadros impresionistas. Por eso, quiero mostrar algunas de las obras que, probablemente, formaron parte de la imaginería del autor. Acercarnos a ellas, y a sus autores, pueden contribuir a superar los escollos propios de la lectura y animar con sus colores y estilo a los personajes, los paisajes y las situaciones narrados con esa ternura inmisericorde que tantas veces ha sido resaltada como la mayor virtud de À la recherche du temps perdu y que, sin duda, encarna Elstir.   

1. James Whistler (1834-1903)

A Proust no le gusta oír ninguna opinión en contra de este pintor de origen norteamericano, incluso si provenía de su adorado Ruskin. De él se puede decir lo mismo que de cualquier impresionista: sus pinceladas rápidas y aparentemente descuidadas son una muestra de la expresión de la personalidad del artista, su firma. Solía llamar graciosamente a sus cuadros como “sinfonías de color”.





2. Jacques-Émile Blanche (1861-1942)

Al igual que Proust, Blanche venía de una familia de la alta burguesía, había estudiado en el Liceo Condorcet y su padre había sido un médico de éxito. Gran retratista, pinto a James Joyce (1882-1941), al conde Robert de Montesquiou (1855-1921, modelo del barón de Charlus) y al mismo Proust a los 21 años.




3. Edgar Degas (1834-1917)

Irritable y mordaz, renegó hasta del propio movimiento que había creado con su obra. Hacia fines del siglo XIX, era respetado por el mundo artístico parisino mientras se iba quedando ciego. Proust y él se cruzaron en los salones de la judía Madame Strauss. En dicho lugar, se cuenta que el pintor de las bailarinas y los bebedores de absenta comentó sobre Gustave Moreau (1826-1898): “Nos ha enseñado que los dioses llevaban cadenas de reloj”.




4. Claude Monet (1840-1926)

Impresionismo: amaneceres, catedrales y vida al sol. Proust dijo de él que había fijado para siempre el exterior de la catedral de Rouen. Sin embargo, el retiro del pintor a Giverny hacia su vejez hace difícil suponer que se conocieran.




5. Paul Helleu (1859-1927)

Padre y abuelo de los directores artísticos de la perfumería Chanel, había alcanzado la cumbre de su carrera artística entre 1885 y 1895, los años en los que se iniciaba la vida mundana del joven Proust. Era respetado por pintores que la historia ha colocado en mejor lugar como Édouard Manet (1832-1883), Monet y Auguste Renoir (1841-1919). Su especialidad eran los peinados de las mujeres y los yates.




6. Giovanni Boldoni (1842-1931)

Este italiano se movía en los mismos círculos que nuestro autor y llegó a retratar a la célebre princesa franco-rumana Marthe Bibesco (1886-1973), cuya aristocrática familia fue el modelo de los Guermantes. Boldoni se dedicó casi en exclusiva al retrato de mujeres (excepto Verdi) en los que, como señala Umberto Eco (Historia de la fealdad), hipersexualizaba los labios y hombros de la modelo con su estilo kitsch impresionista.




7. Édouard Vuillard (1868-1940)

De él, Elstir sacó su gusto por la costa normanda y ese modo de hablar de grandes pintores de la antigüedad como si fueran compañeros de francachela. Era el más serio del grupo de los Nabis, aquellos que estaban obsesionados con el color, última vanguardia pictórica que Proust realmente siguió, ya que nunca entendió a Picasso.



Queda pendiente analizar la obra de otros artistas, no contemporáneos de Proust, pero para ello habría que volver a revisar en detalle la extensa novela. Ese placer lo concedo como una tarea individual para cada lector curioso y como incentivo, solo les dejo la célebre Vista de Delft de Johannes Vermeer (1632-1675), cuadro que admiraban tanto el infortunado Swann como le petit Proust por esa luminosa «pared amarilla».


[1] Debo agregar que en el medio de esta construcción estaba el teatro, representado por la Berma, quién es probablemente, una transfiguración de Sarah Bernhardt (1844-1923). El profundo interés de Proust por el siglo XVII, por encima del Renacimiento y la Ilustración, representado en el mito de Phèdre y la obra completa de Jean Racine (1639-1699) implicaría una entrada nueva para su discusión.

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