…él
planteó mediante la palabra algunas
de las bellezas de la naturaleza y el hombre
de las bellezas de la naturaleza y el hombre
con
la habilidad artística y claridad que pocos
escritores han igualado; proporcionó apreciaciones
sobre cuadros y edificios que los especialistas
del arte raramente logran; dejó constancia de
la historia social de las artes de su época; creó
escritores han igualado; proporcionó apreciaciones
sobre cuadros y edificios que los especialistas
del arte raramente logran; dejó constancia de
la historia social de las artes de su época; creó
a Elstir, y desparramó por su novela muchas
observaciones
y pensamientos sobre el arte que
son
originales y estimulantes.
I. E. Dunlop
(«Proust y la pintura»)
Proust creó un triángulo perfecto
para representar, no el arte de su tiempo, sino la idea que él tenía de dicho
arte, un triángulo cuyas aristas fueron tres personajes complejos y
cambiantes, nacidos de la aglutinación de muchos otros artistas reales:
Bergotte (literatura), Ventuil (música) y Elstir (pintura)[1].
Así, Bergotte ha sido asimilado
por Elizabeth Bowen («Bergotte») a los novelistas franceses Paul Bourget
(1852-1935), Auguste-Maurice Barrès (1862-1923) y, especialmente, Anatole France
(1844-1924); sin dejar de lado, en menor medida y no solo por la admiración de
las catedrales góticas, al prosista inglés John Ruskin (1819-1900).
Por otro lado, podemos
identificar en el viejo Vintuil, autor de la célebre frase musical con la que
se enamora Charles Swann de Odette de Crecy, a Georges Bizet (1838-1875), Charles
de Saint-Säens (1835-1921), Éric Satie (1866-1925) y, apenas tal vez, a Claude
Debussy (1862-1918). Sin embargo, aunque ajeno a la representación del músico,
no se puede dejar de mencionar a Richard Wagner (1813-1883), tan preocupado de
la arquitectura de la obra total como
el propio Proust.
Pero, es en el terreno de las
artes plásticas en el cual la novela muestra una deuda mayor. Así, según Victor
Graham (The Imagery of Proust), de 4
578 imágenes creadas por el autor, 203 proceden de la pintura, a comparación de
las 171 que vienen de la música; y aunque el mayor número provenga de la
descripción de la naturaleza (944); de estas, 326 están relacionadas con el
agua y el mar, tema de muchos cuadros impresionistas. Por eso, quiero mostrar
algunas de las obras que, probablemente, formaron parte de la imaginería del
autor. Acercarnos a ellas, y a sus autores, pueden contribuir a superar los
escollos propios de la lectura y animar con sus colores y estilo a los
personajes, los paisajes y las situaciones narrados con esa ternura
inmisericorde que tantas veces ha sido resaltada como la mayor virtud de À la recherche du temps perdu y que, sin
duda, encarna Elstir.
1. James Whistler (1834-1903)
A Proust no le gusta oír ninguna
opinión en contra de este pintor de origen norteamericano, incluso si provenía de su adorado Ruskin. De él se puede decir lo mismo que de cualquier impresionista:
sus pinceladas rápidas y aparentemente descuidadas son una muestra de la
expresión de la personalidad del artista, su firma. Solía llamar graciosamente
a sus cuadros como “sinfonías de color”.
2. Jacques-Émile Blanche (1861-1942)
Al igual que Proust, Blanche
venía de una familia de la alta burguesía, había estudiado en el Liceo
Condorcet y su padre había sido un médico de éxito. Gran retratista, pinto a
James Joyce (1882-1941), al conde Robert de Montesquiou (1855-1921, modelo del
barón de Charlus) y al mismo Proust a los 21 años.
3. Edgar Degas (1834-1917)
Irritable y mordaz, renegó hasta
del propio movimiento que había creado con su obra. Hacia fines del siglo XIX,
era respetado por el mundo artístico parisino mientras se iba quedando ciego. Proust
y él se cruzaron en los salones de la judía Madame Strauss. En dicho lugar, se
cuenta que el pintor de las bailarinas y los bebedores de absenta comentó sobre
Gustave Moreau (1826-1898): “Nos ha enseñado que los dioses llevaban cadenas de
reloj”.
4. Claude Monet (1840-1926)
Impresionismo: amaneceres,
catedrales y vida al sol. Proust dijo de él que había fijado para siempre el
exterior de la catedral de Rouen. Sin embargo, el retiro del pintor a Giverny hacia
su vejez hace difícil suponer que se conocieran.
5. Paul Helleu (1859-1927)
Padre y abuelo de los directores
artísticos de la perfumería Chanel, había alcanzado la cumbre de su carrera
artística entre 1885 y 1895, los años en los que se iniciaba la vida mundana
del joven Proust. Era respetado por pintores que la historia ha colocado en
mejor lugar como Édouard Manet (1832-1883), Monet y Auguste Renoir (1841-1919).
Su especialidad eran los peinados de las mujeres y los yates.
6. Giovanni Boldini (1842-1931)
Este italiano se movía en los
mismos círculos que nuestro autor y llegó a retratar a la célebre princesa
franco-rumana Marthe Bibesco (1886-1973), cuya aristocrática familia fue el
modelo de los Guermantes. Boldoni se dedicó casi en exclusiva al retrato de
mujeres (excepto Verdi) en los que, como señala Umberto Eco (Historia de la fealdad), hipersexualizaba
los labios y hombros de la modelo con su estilo kitsch impresionista.
7. Édouard Vuillard (1868-1940)
De él, Elstir sacó su gusto por
la costa normanda y ese modo de hablar de grandes pintores de la antigüedad como
si fueran compañeros de francachela. Era el más serio del grupo de los Nabis,
aquellos que estaban obsesionados con el color, última vanguardia pictórica que
Proust realmente siguió, ya que nunca entendió a Picasso.
Queda pendiente analizar la obra
de otros artistas, no contemporáneos de Proust, pero para ello habría que
volver a revisar en detalle la extensa novela. Ese placer lo concedo como una
tarea individual para cada lector curioso y como incentivo, solo les dejo la
célebre Vista de Delft de Johannes
Vermeer (1632-1675), cuadro que admiraban tanto el infortunado Swann como le petit Proust por esa luminosa «pared
amarilla».
[1]
Debo agregar que en el medio de esta construcción estaba el teatro,
representado por la Berma, quién es probablemente, una transfiguración de Sarah
Bernhardt (1844-1923). El profundo interés de Proust por el siglo XVII, por encima del Renacimiento y la Ilustración, representado en el mito de Phèdre y la obra completa de Jean Racine
(1639-1699) implicaría una entrada nueva para su discusión.