El trípode de Helena es un blog personal, es decir, yo soy el único que escribe en él. En la parte superior de la columna derecha, verán mi retrato y debajo una descripción fantástica (curiosamente muy real) de mi carácter. Todo junto es Bisutería barata... A continuación, en Oropel imperial están organizadas las entradas según los temas recurrentes. Lo que hay es simplemente el fichero del blog. Siguen dos listas: Cinefilia y Bibliomanía, cuyos fines son fáciles de suponer. Luego, otras dos secciones Hits del blog y De uno en uno cuyas funciones están (para variar) demás definir.
Si a alguno de ustedes le intriga el título del blog, de click aquí o busque la respuesta en el "oropel" de Relatos. Si están interesados en descubrir más acerca de la sugerente imagén del encabezado, entren aquí o revise la primera entrada del "oropel" Pintura.
En fin, los saludo y les exijo que si tienen algo que decir, sea para bien o para mal, háganlo escribiendo algún comentario.

lunes, 5 de mayo de 2014

La chica que vendía galletas (Parte III de III)


Si me hubieras mirado, me habrías amado.
Sé que me habrías amado, y el misterio
del amor es más profundo que el misterio de la muerte.
Oscar Wilde

¿Confías en ti? Porque si no lo haces más te vale no intentarlo. Sería un error. Como arrojarte de cabeza a un pozo negro. Muy negro.

Y si se queja. Y si se amarga como un fruto demasiado maduro por tu culpa. Y si se lo comen las moscas y de sus poros brotan gusanos apestosos. Y si te colma de ellos hasta podrirte por dentro. Y terminas agria, enamorada de él. ¿Qué harás? Llorar. Llorarás hasta que las lágrimas sean tan espesas que alejen de ti cualquier luz. ¿Y la verdad? ¿Te importará la verdad? ¿Te importarás tú?

Eres paciente. Piensas que tu paciencia lo calmará. Serenidad. Solo deseas apaciguarlo. Hacer que deje de correr. Que se siente un momento y coma algo. Que coma algo que tú hayas preparado. Y se recueste a tu lado. Tú le dejarás hacer. Eres muy fácil. No te resistirás. Que descubra que contigo no tiene que fingir. Que puede acariciarte con ambas manos. Y desnudarse por completo para levantar los brazos.

Tú no le pedirás nada a cambio. Tú no envenenas tu amor.

¿Confías en él? No. Jamás lo hiciste. Jamás lo harás. Y sin embargo, quieres fundirte con él –¿para qué?–, ser uno –Dios me libre–, compartir cosas –es mejor que no–, identificarte –ojalá siempre seamos distintos–, tener un lenguaje común –ya lo tenemos: el castellano– y, en resumen, amar a otro –eso es imposible, uno solo ama la imagen de sí mismo que se refleja en los demás– como te ocurrió antes.

Primer error: suponer que la incompatibilidad no es más que un estado circunstancial de la relación. Segundo error: pensar que amar hace bien al corazón.

¿Crees en el amor?

¿A quién ama el amor? ¿Al hombre, a la mujer, a los niños, a los ancianos, a los padres, a los hijos, a las prostitutas, a los sátiros, a las monjas, a Dios? Ese es otro error. El amor no tiene amor. Comparte con la gravedad esa ambigua responsabilidad de sujetarnos a la Tierra y de arrojarnos por los acantilados.

Una paradoja. No quieres cambiarlo. Entonces debes cambiar tú o aceptar la derrota.

(¿Estabilidad? Una vez dejaste a alguien. Un tiempo. Lo dejaste. Una vez engañaste a alguien. Fueron tres veces. Ella se lo merecía. Era una intrusa. Él se lo contó. Ella lo perdonó. Tú querías que lo dejara. Tú querías que retornará a ti).

Hasta llevó a su perro a la veterinaria. Y le presentó a sus amigos. ¿Cómo quedas tú? Otra tuvo que calmar sus ataques. Por eso llegaba siempre temprano a casa. Por eso no quería estar más tiempo contigo. No eran los dos trabajos. Ni la tesis. Y volverá a ocurrir. Tú sabes que volverá a ocurrir. Disperso. Qué excusa es esa de la dispersión.

Dispersa estás tú por su culpa.

Es su culpa que busques a otro. Y que ese otro sea como él. Repetición. Una droga dura. Él solo se burló de ti. En el mismo parque, hace varios años, se burló de ti.

Juré que nunca volvería a decir que sí.

Yo te maldigo. Te maldigo a ti, a tu Asperger, a tus galletas y a tu perro de mierda. Así como yo, no podrás desprenderte de él. Será una piedra en tu zapato. Y de tanto cojear, perderás el rumbo, te sentarás al borde del camino y el dolor te hará morir lejos del mar.

Y basta ya. A otra cosa. 

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