
NO, ninguna teoría posmoderna salvará al mundo (tampoco es el caso que alguna se lo haya propuesto en serio). Ningún postulado antifundacionalista (pobre Descartes) ni ninguna hipótesis postestructuralista (ay de ti, Saussure) nos dirá qué hacer ante la ruina y la desesperanza que se cierne en torno nuestro. Porque el principal aporte de todo ese cúmulo de producción intelectual con el que han atiborrado los estantes de humanidades los "poshumanistas" sólo sirve para una cosa: para quemarnos inútilmente las pestañas.
Nunca, en mucho tiempo, se verá a una raza tan tímida de vivir y de expresar la vida; de sentir sin desmenuzar aquello que siente en absurdos juegos de palabras. Porque bien se sabe que lo mejor de esta nueva "apertura de la razón" no es más que la asombrosa destreza con la que sus profetas (para beneplácito de las huestes de fanáticos) logran acumular prefijos y sufijos en cadenas de eufónicas (y a veces ni siquiera eso) sandeces de inocuo valor práctico.
La falta de comprobación empírica, la superficialidad de las conexiones lógicas, la arbitrariedad de las interpretaciones, la irrelevancia de los asuntos tratados, la estupidez de los "investigadores", la naturaleza profiláctica de sus resultados banales (e incluso falsos) nos demuestran que estamos alimentando a un monstruo sin cabeza, sin corazón y sin testículos.
Un engendro castrado y sin futuro.
Así como el sano afán por la unión total y plena del conocimiento nos condujo a uno de los momentos más altos de la historia del pensamiento occidental, durante el Renacimiento; así también otro afán perfidamente similar nos arrastra ahora a la multidisciplinariedad y a los enfoques no-hemónicos o marginales que supuestamente fueron ignorados por el vetusto paradigma de la modernidad, inagurado por el reaccionario pensamiento de las Luces (la culpa la tiene Voltaire).
Felizmente, el rechazo por el mundo tangible que caracteriza a este humanismo trasnochado y frankesteiniano está siendo superado por enfoques recientes que han aparecido en el seno de esta misma cultura (mejor sería decir "moda") intelectual. Eso que se ha dado en llamar "exoinmanentismo" no es más que el retorno a la sensatez y a la honradez de los críticos de la sociedad de masas, los filósofos relativistas y los epistemólogos anarquistas. Pero aún así se mantiene muy lejos de nuestras expectativas y deseos.
Al menos nos resta el consuelo de saber que todo discurso, todo corpus ideológico o religioso, muere proclamando el fin del mundo; y las humanidades ya lo han venido haciendo desde hace más de dos siglos. Tal vez porque la Modernidad represento para ellas el inicio de su trágica agonía. Desde el Fin de la historia como teleología de la filosofía con Hegel hasta la Historia sin fin como consecuencia desastrosa y no-coherente de los desarrollos en el campo de la física de Einstein, extrapolados por unos cuantos desquiciados científicos sociales desde mediados del siglo pasado (que como Bergson antes no comprendieron ni un comino de la Teoría de la relatividad). Por eso no nos queda más que afirmar el fin de esos mismos intelectuales, de su pensamiento y de todo lo que nos recuerde a alguno de los dos.
Nunca, en mucho tiempo, se verá a una raza tan tímida de vivir y de expresar la vida; de sentir sin desmenuzar aquello que siente en absurdos juegos de palabras. Porque bien se sabe que lo mejor de esta nueva "apertura de la razón" no es más que la asombrosa destreza con la que sus profetas (para beneplácito de las huestes de fanáticos) logran acumular prefijos y sufijos en cadenas de eufónicas (y a veces ni siquiera eso) sandeces de inocuo valor práctico.
La falta de comprobación empírica, la superficialidad de las conexiones lógicas, la arbitrariedad de las interpretaciones, la irrelevancia de los asuntos tratados, la estupidez de los "investigadores", la naturaleza profiláctica de sus resultados banales (e incluso falsos) nos demuestran que estamos alimentando a un monstruo sin cabeza, sin corazón y sin testículos.
Un engendro castrado y sin futuro.
Así como el sano afán por la unión total y plena del conocimiento nos condujo a uno de los momentos más altos de la historia del pensamiento occidental, durante el Renacimiento; así también otro afán perfidamente similar nos arrastra ahora a la multidisciplinariedad y a los enfoques no-hemónicos o marginales que supuestamente fueron ignorados por el vetusto paradigma de la modernidad, inagurado por el reaccionario pensamiento de las Luces (la culpa la tiene Voltaire).
Felizmente, el rechazo por el mundo tangible que caracteriza a este humanismo trasnochado y frankesteiniano está siendo superado por enfoques recientes que han aparecido en el seno de esta misma cultura (mejor sería decir "moda") intelectual. Eso que se ha dado en llamar "exoinmanentismo" no es más que el retorno a la sensatez y a la honradez de los críticos de la sociedad de masas, los filósofos relativistas y los epistemólogos anarquistas. Pero aún así se mantiene muy lejos de nuestras expectativas y deseos.
Al menos nos resta el consuelo de saber que todo discurso, todo corpus ideológico o religioso, muere proclamando el fin del mundo; y las humanidades ya lo han venido haciendo desde hace más de dos siglos. Tal vez porque la Modernidad represento para ellas el inicio de su trágica agonía. Desde el Fin de la historia como teleología de la filosofía con Hegel hasta la Historia sin fin como consecuencia desastrosa y no-coherente de los desarrollos en el campo de la física de Einstein, extrapolados por unos cuantos desquiciados científicos sociales desde mediados del siglo pasado (que como Bergson antes no comprendieron ni un comino de la Teoría de la relatividad). Por eso no nos queda más que afirmar el fin de esos mismos intelectuales, de su pensamiento y de todo lo que nos recuerde a alguno de los dos.
Las humanidades están muriendo, pronto se descubrirá que lo que hace humano al hombre no es algo que este fuera del mundo físico; tal vez sea un compuesto intrascendente, una fibra invisible o una inusitada propiedad de las cortezas cerebrales de nuestra especie. No lo sé, y no debería importarnos a nosotros (que aún creemos en la inconfundible humanidad de la poesía [¡]), pero lo que sí deberiamos aprender a hacer es a morir en paz, bien, casi en silencio y no como mujerzuelas impúdicas y revoltosas.
Una BUENA MUERTE, eso les deseo a todos ustedes y, por supuesto, a mí mismo también .