miércoles, 5 de agosto de 2026
martes, 30 de julio de 2024
Lola Arias, Ibsen y la aceleración
En 1926, el hidroavión Plus Ultra fue el primero en conectar vía aérea Europa con Sudamérica. Partió de Palos de la Frontera (el mismo puerto al sur de España de donde había zarpado Cristóbal Colón en 1492) y aterrizó en Buenos Aires después de diecinueve días de viaje transatlántico. Aunque en un inicio este acontecimiento no pareció significar un cambio importante (la travesía en barco duraba el mismo tiempo), fue un momento crucial en la aceleración de ese largo intercambio de cuerpos e ideas entre dos territorios con varios siglos de historia común. Los últimos cien años son testimonio de esa aceleración.
Así, por ejemplo, la argentina Lola Arias se ha convertido en la primera teatrista latinoamericana (y la segunda mujer) en ganar el International Ibsen Award. El premio, creado en el 2007 por el gobierno noruego, es entregado a individuos u organizaciones que han “aportado una nueva dimensión artística al mundo de la dramaturgia o del teatro”. Entre los ganadores anteriores destacan los europeos Peter Brook (2008), Ariane Mnouchkine (2009), Jon Fosse (2010) y Christoph Marthaler (2018), el estadounidense Taylor Mac (2020), y los australianos de Back to Back Theatre (2022). La ceremonia de premiación tendrá lugar durante el International Ibsen Festival (octubre), en el National Theatret de Oslo. Sin embargo, el premio recibido por Arias no es únicamente el reconocimiento a una artista multidisciplinaria (escritora, performer, cantante, directora de teatro y cine), sino a la entera tradición teatral de una ciudad, Buenos Aires, incorporada plenamente al circuito económico y cultural occidental desde el s. XVIII debido al comercio de esclavos africanos.
Desde aquel lejano 1926, los teatristas nacidos en el Gran Buenos Aires (denominación que abarca a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y varios municipios cercanos de la provincia homónima) pueden ser agrupados en cinco grandes generaciones. La primera creció bajo la sombra de la Gran Depresión (1929), durante la llamada Década Infame (1930-1943), en la que varios gobiernos conservadores accedieron al poder a través de golpes de estado y fraudes electorales. Fueron los años en los que nacieron artistas como Juan Carlos Gené, Jorge Lavelli, Eduardo Pavlosvsky y Raúl Damonte Botana (Copi). En los años sucesivos, muchos de ellos abandonaron el país y se exiliaron en Europa, en particular en Francia. Una segunda generación corresponde a los nacidos durante la presidencia de Juan Domingo Perón (1946-1955), gobierno de corte nacionalista-industrializador. De estos años son los maestros Mauricio Kartún, Ricardo Bartis, Vivi Tellas, Daniel Veronese, César Brie y Manuel Ferreira (los dos últimos han trabajado por varias décadas en Italia). Un tercer grupo de teatristas creció durante la autodenominada Revolución Argentina (1966-1973), dictadura cívico-militar que se enfrentó a diversos grupos guerrilleros de izquierda. En esta época se formaron artistas como Alejandro Tantanian, Rafael Spregelburd, Mariano Pensotti y Claudio Tolcachir, los cuales han podido ser reconocidos internacionalmente sin abandonar su propio país. El cuarto periodo, uno de los más sangrientos de la historia argentina, coincidió con el Proceso de Reorganización Nacional (1976-1983), otra dictadura militar caracterizada por el terrorismo de Estado (torturas, desapariciones y robo de bebés), y la desastrosa guerra de las Malvinas (1982). En medio de toda esta violencia nacieron dramaturgas y directoras de teatro como Maruja Bustamante, Romina Paula y Lola Arias. Por último, una quinta generación incluye a los teatristas nacidos en los noventa, durante el gobierno neoliberal de Carlos Menem que desembocó en la crisis económica conocida como el Cacerolazo (2001), pero mencionar los nombres más significativos es aún prematuro. En resumen, un siglo convulso como el de tantos otros países de América Latina.
“Creo que es un reconocimiento al arte que se hace en esta región. El arte latinoamericano tiene una potencia inédita. Que un premio escandinavo mayormente otorgado a hombres europeos y estadounidenses ponga la mirada sobre una mujer de Latinoamérica habla de un cambio de foco”, declaró Arias en una reciente entrevista. Y tiene razón. El interés por el teatro de artistas sudamericanas es cada vez mayor como lo demuestra el caso de su compañera de generación, la chilena Manuela Infante (nacida durante la dictadura militar de Augusto Pinochet, periodo sobre el que Arias hizo un espectáculo: El año en que nací). Pero, ¿qué cosa motiva este interés? “Su principal contribución a la creación teatral radica en su obra de repercusión internacional en el género que ella denomina teatro documental: la creación de espectáculos con (y no simplemente sobre) las personas cuyas vidas y experiencias se presentan en escena. Este trabajo tiene una fuerte dimensión ética, ya que se desarrolla durante un largo periodo de tiempo con personas que pueden optar por no participar en el proceso durante la fase preparatoria”. Estas son las palabras de los miembros del comité que le otorgó el premio. Y añaden: “Arias hace un teatro democrático, diverso y arraigado en la experiencia vivida. Su teatro se relaciona con la sociedad contemporánea sin arrogancia ni dominación intelectual”. Un buen resumen de su propuesta artística: un teatro radicalmente democrático, es decir no solo representativo sino participativo, no solo estético sino político.
Y bien, ¿cómo se manifiesta esta consigna en el trabajo de Arias? Este no es el espacio para describir cada uno de sus espectáculos, por lo que solo mencionaremos un par de casos ilustrativos. Después de estudiar Letras en la Universidad de Buenos Aires y Dramaturgia en la Escuela de Artes Dramáticas de la misma ciudad, y escribir y dirigir seis obras de ficción, Arias estrenó Mi vida después (2009), su primera obra de teatro documental. En ella, seis actores nacidos en la década del setenta y principios del ochenta reconstruyen la juventud de sus padres a través de fotos, cartas, videos, ropa y otros objetos. Cada actor se convierte en un doble de sus progenitores y pone en escena la propia historia familiar. El espectáculo transita así entre la realidad y el simulacro, lo colectivo y lo personal, el pasado y el presente. “Mi vida después es un retrato de mi generación. Una generación nacida bajo la nube de la dictadura militar, cuyos padres lucharon, se exiliaron, desaparecieron, fueron torturados o fueron indiferentes a la política. Una generación poblada por los relatos -a veces épicos, a veces poblados de secretos- de lo que hicieron nuestros padres en ese tiempo del que casi no tenemos recuerdos”, ha escrito Arias sobre dicho espectáculo.
Una obra más reciente que sigue la misma línea, pero con un respiro transnacional y sobre una problemática contemporánea, fue Lengua Madre (2021-2022). Debido a la aparición de corrientes conservadoras en varias partes del globo que ponen en riesgo algunos derechos conquistados como el aborto, Arias decidió hacer un espectáculo sobre ese territorio en pugna actual que es la maternidad. A partir de las historias de madres adolescentes, migrantes, lesbianas, trans, que recurrieron a la fertilización asistida, que adoptaron o de mujeres que abortaron o no quieren tener hijos, la directora argentina construyó una especie de wunderkammer escénico que puso en relación el deseo y la política. La obra tuvo tres versiones, cada una fruto de procesos laboratoriales con performers no profesionales llevados a cabo en Bolonia, Madrid y Berlín. “Lengua Madre es un territorio para pensar la institución de la maternidad presente, pasada y futura. Como un diccionario que se escribe en el escenario, cada entrada le da un nuevo sentido a una palabra muy vieja”, ha comentado la directora. Tal vez sea exactamente eso lo que intenta hacer Arias con el teatro, otra institución antigua que muchas veces se resiste a cambiar: “La potencia del teatro es increíble, es un arte político, es un arte que transforma la vida de las personas, de las que están en el escenario y de los que están abajo, genera comunidad”. De nuevo, emerge en las palabras de Arias la concepción de la práctica teatral como instrumento de democratización y no solo de entretenimiento. Una vocación que parece constante en tantos teatristas latinoamericanos.
¿E Ibsen? Basta decir que la primera traducción directa del noruego al español de sus principales obras ha sido publicada solo en 2019, por lo que seguramente Lola Arias (como muchos otros hispanoamericanos) ha leído sus textos en traducciones de dudosa calidad y llenas de equívocos. Después de todo, hay cosas que se resisten siempre a ser aceleradas. Y eso también está bien.
jueves, 16 de mayo de 2024
La venganza de Francisco I
Bruno tiene 50 años, está divorciado, tiene dos hijas que no viven con él y no tiene mascotas. Está solo. Además, es el alcalde de la ciudad. Abogado de clase media, fue elegido por un partido de derecha. No ha sido reelegido. Su trabajo como alcalde terminará en un mes. Pero antes ha logrado organizar un gran evento para conmemorar una batalla importante ocurrida 500 años atrás en las afueras de su ciudad. Se trata de una semana entera de conferencias, recreaciones históricas y una obra de teatro. La primera función del espectáculo es esa misma noche, pero él llega tarde. (La reunión con el nuevo alcalde, de extrema derecha, duró más de lo esperado). Cuando entra al teatro, la gente lo recibe entre gritos y pifias. A los vecinos no les gusta lo que ocurre sobre el escenario. La única cosa que ve Bruno, sentado en primera fila, es a una mujer desnuda que despotrica contra todas las guerras y afirma que los italianos deberían comprender a los palestinos porque ellos también fueron conquistados por potencias extranjeras que no les dejaron formar un país propio en el pasado. Tienen razón. Es todo culpa suya. No debió confiar en los profesores de la universidad que le recomendaron a ese dramaturgo extranjero, interesado en participar en las celebraciones. Bruno se pone de pie y sale de la sala. Está cansado. Esta ya no es su lucha. En casa, se da cuenta que ha terminado los somníferos. Esa noche no duerme más que un par de horas. A la mañana siguiente, a primera hora, el teléfono comienza a sonar. Sabe que son los ciudadanos ilustres, burgueses y nacionalistas que no votaron por él. Sin ganas, se prepara un café. Sin embargo, mientras espera a que hierva el agua en la cafetera, se da cuenta de algo. No les debe nada. Ellos no confiaron en él. Siente que ese dramaturgo extranjero lo ha vengado. Decide que no cancelará las siguientes funciones de la obra de teatro. Serán su regalo para la ciudad. El café está listo. Apaga el celular y sonríe. Hoy es un buen día.
sábado, 18 de diciembre de 2021
Esiste un imperialismo cinese?
Poco prima di tornare in Russia dall'esilio, Lenin
pubblicò L'imperialismo, fase suprema del capitalismo (1916). In questo libro, il futuro leader della
rivoluzione bolscevica prediceva la fine del liberalismo economico nelle
nazioni più industrializzate, cioè della dottrina del libero scambio e della
concorrenza tra imprese. E non aveva torto. Sebbene nel decennio successivo (i “ruggenti
anni Venti”) si sia verificata una graduale liberalizzazione degli scambi in
Europa, la Grande Depressione (1929) ha portato Paesi come gli Stati Uniti
d'America ad attuare misure protezionistiche per evitare squilibri commerciali
(Legge Smoot-Hawley del 1930). Mezzo secolo prima, in quello stesso Paese, era
stato creato il primo monopolio al mondo, lo Standard Oil Trust (1982), le cui
operazioni riguardavano l'estrazione, la trasformazione, la distribuzione e la
vendita del 90% del petrolio statunitense. Sebbene pochi anni dopo, il
presidente Harrison approvò lo Sherman Act (1890) per combattere pratiche
monopolistiche e concorrenza sleale, la sua efficacia fu notevolmente inferiore
fino all'inizio della Prima guerra mondiale.
Finita la parentesi “dell'economia di guerra” (controllo
della politica monetaria, autarchia produttiva, risparmio energetico, aumento
dell'industria pesante, diminuzione dei salari, razionamento, ecc.), culminata
con la sconfitta dei fascismi europei e il consolidamento degli USA come prima
potenza industriale e militare del pianeta (egemonia contesa solo dall'Unione
Sovietica, intrappolata nel miraggio riformista staliniano del “socialismo in
un solo paese”), le idee di Lenin furono riprese dal comunista italiano Arrigo
Cervetto che coniò, nella prima metà degli anni Cinquanta, il termine imperialismo
unitario. Per Cervetto, nel nuovo ordine mondiale, quasi nessun Paese poteva
vantarsi di essere economicamente indipendente dal sistema capitalista. La
competizione tra capitalismi “nazionali” che aveva portato in passato alle due
guerre mondiali, si risolveva ora nel rafforzamento di una borghesia
internazionale che era l'unica beneficiaria dell'apparente divisione del globo
tra un blocco democratico-capitalista e un altro dittatoriale-comunista. In
definitiva, non c'era una vera scelta e i sistemi politici avevano poca
influenza sulla determinazione strutturale del quadro generale: il capitalismo
era diventato l'unico sistema-mondo.
La caduta del muro di Berlino (1989) e del “socialismo
reale”, lungi dal modificare questa situazione, l'ha solo rivelata, poiché ha
significato la convergenza di un sistema economico (capitalismo) e di un
sistema politico (democrazia liberale) come ricetta esclusiva per lo sviluppo
di una nazione. In questo mondo apparentemente senza ideologie (“fine della
storia”), il primato degli USA era dovuto solo alla sua maggiore partecipazione
al complesso produttivo-finanziario dell'imperialismo unitario, assecondato dal
suo relativamente nuovo satellite transatlantico, l'Unione Europea (1993).
Tuttavia, la situazione privilegiata del binomio USA-UE (la cui continuità è
stata messa in pericolo durante la presidenza Trump) ha iniziato a essere
minacciata, da diversi anni, dalla rapida ascesa della Repubblica Popolare Cinese.
Analizzare come questo Paese sia passato dalla feudalità a essere la seconda
economia mondiale, in meno di mezzo secolo (Mao morì nel 1976) e senza adottare
la ricetta politica della democrazia liberale, sarebbe oggetto di un altro
articolo. Ma una cosa deve essere chiara: ancora una volta, come nel caso della
defunta Unione Sovietica post-Lenin, la Cina non si presenta come
un'alternativa al capitalismo, ma come una nuova protagonista nel dramma del
suo sviluppo storico.
Il miglior esempio del futuro strategico della Cina sulla
scena internazionale è il progetto della Nuova via della seta. È un corridoio
terrestre e marittimo che mira a collegare l'Asia e il Medio Oriente con
l'Europa. Mentre la rotta terrestre sembra essere assicurata dai suoi partner
Russia e Turchia, e dai paesi dell'ex Unione Sovietica, la rotta marittima è
quella che ha meglio messo in funzione la potenza economica di Pechino. Ne è un
esempio l'acquisto del 51% della società Porto Il Pireo (il più grande in
Grecia) da parte della compagnia di stato cinese Cosco nel 2016. La Grecia (afflitta
dalla crisi del debito sovrano dal 2009) è diventata così il punto di arrivo
per navi mercantili cinesi che attraversano il Canale di Suez dall'Oceano
Indiano. Inoltre, il colosso asiatico non ha nascosto l'intenzione di acquisire
il controllo di altri porti europei come Trieste, in Italia. Quest'ultimo
Paese, infatti, è stato il primo del G-7 a firmare un accordo (2019) per far
parte della grande rete infrastrutturale che la Cina vuole finanziare.
Un altro luogo su cui Pechino ha puntato gli occhi, dal
2012, sono i Balcani. Gli asiatici hanno stabilito accordi commerciali con la
Serbia (la azienda semipubblica Huawei ha collaborato con il Ministero
dell'Interno di quel paese per l'installazione di oltre 1000 telecamere di
videosorveglianza a Belgrado), il Montenegro (dove lo stato cinese sta
finanziando le infrastrutture stradali), Bosnia-Erzegovina (che ha ricevuto un
prestito di 680 milioni di dollari per la ristrutturazione di una centrale elettrica
a carbone) e l'Ungheria (primo Paese UE dove il governo di Xi Jinping sta
realizzando direttamente una rete ferroviaria). Infatti, la futura linea
Belgrado-Budapest, iniziata nel 2018 e classificata come “segreto di Stato” dal
Parlamento ungherese, è la chiave per l'ingresso delle merci cinesi nell'Europa
centrale e occidentale dal suo porto greco.
Non a caso, la sostenuta politica di riavvicinamento e
collaborazione con il governo di Xi Jinping dell'ex cancelliera tedesca Angela
Merkel (che si è recata più volte a Pechino per firmare importanti accordi
bilaterali) e la crisi del Covid-19 (che ha mostrato i limiti del
multilateralismo occidentale) hanno finito per fare del Paese asiatico, nel
2020, il primo partner commerciale dell'UE, al di sopra degli USA; nonostante
le innumerevoli denunce che lo Stato cinese ha di violazioni dei diritti umani
di dissidenti politici e popolazioni minoritarie come gli uiguri o i tibetani.
Questo mostra l'ipocrisia delle democrazie liberali. Quanto sopra conferma che
la “guerra commerciale” tra Washington e Pechino per l'egemonia nel Vecchio Continente
è stata risolta in favore di quest'ultimo. In questo senso, l'uscita del Regno
Unito dall'UE (Brexit 2020) e la formazione di un'alleanza militare strategica
tra tale Paese, gli USA e l'Australia (AUKUS, istituita nel 2021 e che ha
sollevato le proteste del governo Macron per l'annullamento di un contratto per
l'acquisizione di sottomarini nucleari francesi da parte di Canberra) non fanno
altro che dimostrare che il destino di Londra era di rimanere fedele alla sua
solidarietà anglosassone e transatlantica, contro il filo dell'asse
Parigi-Bruxelles-Berlino.
Il destino della Cina si giocherà nei prossimi anni, anni
in cui assisteremo ad un riarmo militare ed energetico nei paesi più
industrializzati (l'UE sta cercando, attraverso una “rivoluzione ecologica”, di
raggiungere l'autonomia energetica, mentre Cina e gli USA sembrano continuare a
scommettere sulle energie inquinanti, almeno per un altro paio di decenni). Ma
qualunque cosa accada, possiamo solo osare sostenere la seguente tesi: l'ascesa
del gigante asiatico non significa l'apparizione di una nuova potenza
imperialista; al contrario, si tratta del consolidamento del solido edificio
dell'imperialismo unitario, quello che comincia ad abbandonare l'ornamento
retorico del liberalismo politico e si mostra, finalmente, così com'è, come una
perfetta “società di controllo” (Deleuze) senza gli antiquati “valori” delle rivoluzioni
borghesi.
Vignola, dicembre 2021
domingo, 10 de enero de 2021
lunes, 14 de diciembre de 2020
Paul B. Preciado, el último antifilósofo
![]() |
| Vista aérea de Burgos |
Cada vez que pienso en el
filósofo Paul Preciado, me es difícil no confrontar su figura con la
de otro español -disculparán el anacronismo- célebre: Rodrigo Díaz,
protagonista del incompleto Cantar del Mio Cid.
En apariencia, no podría haber dos
trayectorias vitales más opuestas; pero creo que una observación más atenta de
las mismas devela algunos puntos en común que no dejan de ser sugestivos.
Ambos nacieron en el municipio
septentrional de Burgos (o muy cerca de él). Debo confesar que, en mi
imaginación, el que se haya conservado gran parte de la arquitectura medieval
de dicha ciudad aminora esa distancia de casi mil años que separa sus partos.
Pueblo pequeño en época de Rodrigo, urbe conservadora en la de Paul; los dos
sintieron desde muy jóvenes que los muros de sus iglesias eran demasiado
estrechos para lo que querían hacer.
Así, por ejemplo, antes de
cumplir los quince años, Díaz ya acompañaba al futuro rey Sancho II de Castilla
en sus escaramuzas contra el reino de Aragón. En tanto Preciado, a los veinte, estaba
en Madrid, estudiando filosofía con los jesuitas. Para ambos, la migración se convertiría
en una constante de sus destinos.
De Madrid a Nueva York y de ahí a
París, a Barcelona, a Atenas; Preciado ha vivido en las principales metrópolis
de Occidente, paseando su militancia lesbiana, primero, y, luego, mutante,
transexual; sin dejar de pensar, comisariar o escribir sobre la transformación
de Beatriz en Paul. Rodrigo, por su parte, tanto como armiger regis de Sancho, aliado/enemigo de Alfonso VI o mercenario
del rey moro de Zaragoza, recorrió gran parte del Levante español hasta
conquistar Valencia, ciudad en la que moriría convertido en el
famoso Cid Campeador.
Y este es el tercer factor que
los hermana: el haber operado sobre su propia identidad hasta devenir-otros. De
oscuro hidalgo a príncipe, de mujer a trans; ninguno de los dos se conformó con
lo que la sociedad o los discursos feudales/médicos quisieron hacer de ellos. A
esa maniobra deconstructiva la podemos llamar acto. Tanto Paul B. Preciado como Rodrigo Díaz de Vivar son los
nombres propios de dos actos específicos.
El filósofo francés Alain Badiou designa
a aquellos que se oponen a la defensa cerrada de las verdades metafísicas con la
singularidad de un acto creador como antifilósofos. Yo creo que un precursor de
esta estirpe entre los españoles -sin saberlo- fue el Cid, y su último eslabón
es Paul. La pregunta es a qué verdad se opusieron cada uno. La respuesta que
ensayo es, por un lado, a la epistemología medieval europea que dividía a los
cristianos en clases estamentales rígidas, todas ellas opuestas al mundo
salvaje de los infieles; y, por el otro, a la epistemología de la diferencia
sexual de la modernidad occidental que divide los cuerpos en machos y hembras,
y la práctica sexual en homo y hetero.
Tal vez estoy yendo demasiado
lejos con mi reivindicación del Cid, el héroe más anómalo de los cantares de
gesta -un anciano para la esperanza de vida de la época-; pero creo que no se me
echará en cara lo mismo con Preciado.
Y con eso me doy ya por
satisfecho.
jueves, 1 de diciembre de 2016
Baltasar Gavilán: comentario sobre un apunte (seudo)biográfico de Ricardo Palma

Otro aspecto importante tiene que ver con la concepción de la obra que está detrás de los juicios estéticos de Palma. Para él, se trata de un objeto artístico, es decir, de una manifestación de “las Bellas Artes”, antes que de un producto cuya finalidad no sea la contemplación. Con un sesgo de este tipo, su acercamiento a la intencionalidad de la obra cae en el anacronismo. Finalmente, tal vez la discrepancia más importante sea la más obvia: la descripción de la obra a la que Palma llama una “imagen de la Muerte” no es la misma que se conserva en la antesacristía del Convento de San Agustín, ya que para él porta “una guadaña y demás menesteres” (Palma 1958: 109, cursivas nuestras), lo que nos deja a medio camino entre dos alternativas: o se trata de una obra distinta a la que accedió Palma o el tradicionalista nunca la contempló en persona y solo hizo eco de la tradición popular.




