El Trípode de Helena es un blog personal. En la parte superior de la columna izquierda, verán mi retrato y debajo una breve biodata. A continuación, están organizadas las entradas según los temas recurrentes y según la fecha en la que fueron publicadas. Si a alguno de ustedes le intriga el título del blog, de click aquí. Si están interesados en descubrir más acerca de la imagen del encabezado, entren aquí.

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viernes, 4 de octubre de 2013

Géneros literarios

Alfan alfiles a adherirse…

La conocí en un congreso de literatura que organizaba la Católica el año pasado.

Recuerdo que me había encontrado con mi viejo amigo, Juji, a quien no veía desde las reuniones en la casa de Diego. (Era la época en la que jugábamos Risk mientras cantábamos canciones de Drexler). Compartíamos una mesa en la tarde del último día del Coloquio. Nuestras ponencias giraban en torno a la poesía de Vallejo. Ambos éramos demasiado pretenciosos y eso era algo que nos quedaba bien. Marco, el verdadero nombre de Juji, estaba presentando el avance de su tesis, algo relacionado con el ultraísmo en el autor de Los heraldos negros. Yo ya había escuchado esa idea antes en el artículo de un crítico italiano. Pero me gustó oír repetir a Juji esos argumentos con la misma fragilidad en la voz con la que se declaraba derrotado en una partida. El efecto que me producía era similar: la pena.

Yo hablaba sobre la rítmica en Trilce.

Comencé diciendo algo así como que «para destruir algo tienes que conocerlo bien» y saqué a colación la tesina que escribió Vallejo para obtener su título de bachiller en Trujillo. Algo sobre el romanticismo en la poesía castellana. O española, da igual. Por ser el invitado sanmarquino, al menos eso quise creer, fui colocado al centro. A mis costados estaban los dueños de casa y, como los tipos esos del Calvario, cada uno me había robado algo: Juji, el tiempo; Alejandra, la concentración.

Cuando acabé de leer, ella me felicitó.

Esa misma noche la busqué en el Facebook y le envié una solicitud. Tenía el apellido de un dramaturgo barroco que había escrito una pieza que sabía de memoria. (Desde tercero de secundaria). Estaba enganchado. Un par de días después aceptó mi invitación de amistad y durante los siguientes tres meses hablamos esporádicamente de literatura colonial. A ella le encantaban los sermones de Juan Espinosa Medrano.

Llegaron las fiestas de fin de año, Ale se fue de vacaciones a Tacna y yo me quedé colgado porque la chica con la que salía me abandonó a las pocas semanas, a mediados de enero. Inestable, me fui de viaje un par de veces y volví a masturbarme. Cerca de Semana Santa, tropecé con alguien a quien no veía desde el colegio. (La chica que había hecho de Rosaura, claro). Pensé que sería un “amor de verano”; sin embargo, cedí y estaba en medio de un nuevo melodrama. Y así llegó abril.

Abril siempre ha sido mi mes favorito del año.

Una noche me enteré de que estaba en Lima y la invité a tomar un “par de chelas” a Miraflores. Ella aceptó. Me dio su número y quedamos en ir a Berlín un viernes. Nos encontramos en el MacDonalds del óvalo. Hacía calor. Era más alta y más delgada que yo. Y tenía una sonrisa peculiar. Caminamos. Me gustaba como flotaba su camisa de jean a cada paso que daba a mi lado. Cruzamos imprudentemente una pista. Llegamos a un bar y pedimos un piqueo y varias Pilsen.

Ale jugaba con las etiquetas mientras declaraba que odiaba a la gente. Le respondí que no era necesario que habláramos, que podíamos hacer gestos. «Ten cuidado, no suelo ser muy expresiva», respondió. Y puso la misma expresión pueril que Topollillo.

Tres horas después íbamos rumbo a su departamento.

Al bajar de la couster, me di cuenta de que había caminado cientos de veces por ahí. Ale entró primero al edificio, saludó al portero y me hizo pasar rápidamente. En el ascensor me contó que su hermano, el dueño del depa, se había ido fuera del país. No entendí si temporal o definitivamente. Tampoco insistí en el asunto. Sus padres seguían en el sur. Entramos por la cocina y nos sentamos alrededor de una mesa circular. Se parecía mucho a la cocina de mi abuela. Me inspiraba ese mismo aire de recato y crueldad. Ale sacó una botella de un vidrio bastante grueso que contenía una sustancia espesa y carmesí.

Era un Fernet.

Nunca en mi vida había probado ese trago. La boca se me llenó de saliva y los ojos, estoy seguro, debieron haberme chispeado groseramente. La anfitriona se percató en el acto y me sirvió de ese licor en una copita cuya confección se tornó para mí superior a las elaboradas con el cristal de Bohemia. Repetí varias veces hasta que mis codos se deslizaron libremente por la superficie blanca y circular. Uno de ellos se desbarrancó y me caí del banco de madera. Ale me llevo a la sala. Decidí respirar algo de aire. En el balcón, mirando desde el sexto piso el tráfico de la avenida Arequipa, perdí el conocimiento.

De las siguientes horas solo me quedan impresiones vagas.

Mis piernas columpiándose temerariamente en el vacío.

Un cuello blanco y una mano conteniendo mis muslos.

Los gritos del portero.

Las luces de algún vehículo del serenazgo de San Isidro.

El cruce del Sanjón con la Bajada de Playas en Barranco.

Un amanecer.

El parque.

Mi cama.

Cuando desperté me di cuenta que estaba completo. Había perdido mi tarjeta y la resina derecha de mis anteojos tenía un par de rasguños. Era lo de menos. Sabía que eran las consecuencias naturales de haber sido, por una noche, un completo imbécil.

La mala noticia: me dolía un poco la cabeza y la rodilla izquierda. La buena: el perfume de Ale estaba impregnado en mi ropa.

Durante los siguientes días traté de llamarla. Nunca me contestó. Le escribí unos cuantos inbox. Los leía pero no decía nada. Hasta que una semana después de ocurridos estos acontecimientos, escribió en su muro:
Las mujeres feas necesitan del alcohol para tirarse a alguien.

Estuve a punto de hacer un pequeño escándalo por internet. Me controlé y lo dejé pasar. Le escribí un mensaje a mi flaca y tuvimos sexo en la madrugada. Cada vez que yo frotaba su clítoris recordaba lo que más me había jodido de todo lo anterior: no era el hecho de que me hubiese acusado de aprovecharme de ella; sino el de que no se había dado cuenta de quién era yo. (Quien era en verdad). Su error no era ético sino cognitivo.


Y Dios sabe que yo puedo perdonar a las mojigatas, pero a las estúpidas no.

miércoles, 26 de junio de 2013

Sin ensalada


Caminito que el tiempo ha borrado
que juntos un día nos viste pasar
he venido por última vez
he venido a contarte mi mal.

A mi madre nunca le gusto el tango. Recuerdo que a mí tampoco me gustaba. Alegre pereza la del corazón. Recordar cosas que ya no importan. Debo haber leído eso en algún libro. Hace tanto que no leo. Me fatiga. Y me hace pensar en tonterías. El corazón y sus sentimientos. La Nausée y L’Étranger. Libros, los libros. Una tapia que nos encierra en los sanatorios. Por eso la gente lee cuando está enferma. No me sorprende. ¿Por qué canto mi retorno por un camino si viajo sobre los rieles de un tren? Todo aquí es tan negro y amarillo. Este país no cambia con el siglo. Sufre de un anacronismo crónico. Sufre y eso es más que suficiente. Un camino de travesaños bicolores. Siento como si avanzara sobre el lomo de una descomunal abeja. De pequeña, junto al huerto de guisantes, se asomó una vez. Debajo de mi oreja izquierda, clavó su purulento aguijón y se deshizo al instante en mi palma. Abuela me dijo, después, que perdida su escalofriante arma, mueren. Maldita su naturaleza suicida. Un acto vano y un oído sordo. Estaba cantado sola. Sola en un vagón que viaja hacia el mediodía. Del aeropuerto al pueblo, dos horas, en taxi. En tren, una. Detesto las paradas. Y el servicio de las azafatas que lucen groseras minifaldas. No dejan nada para la imaginación del atendido. Excitadas con cínica despreocupación. Mujeres jóvenes de cuerpos jóvenes. Carne lozana, piel tersa. Desde sus rincones, hilan telarañas. Pletóricas en todos los sentidos. Envidia. No pueden escucharla. Una mujer de treinta años, levemente recostada en la resina enmohecida de la ventana. Elegancia. Una mezcla artificial para reemplazar al vidrio, al cristal, a mí. Algún familiar cercano. Más transparente y con pésimo olor. Yo sí puedo escucharlas. Mi dedo sin alianza. Una solterona tonta y ojerosa. Una mujerzuela. O, lo que les repulsaría aun más, una artista. Lástima que no nacieran antes. Por lo menos serían hippies. Tísica o sidosa. Porque si es poeta o bailarina ha de ser homosexual. Solo aprendieron algo. La isla de Lesbos y punto. Triste conciencia del mundo que chorreas tus simiente en cuerpos tan voluptuosos. Dime, oh, gran conglomerado de mentiras, ¿es que a Dios lo gobierna su fálico miembro? Dime o he de renegar de ti. Por supuesto, el silencio es sinónimo de asentimiento. Como no pueden negarlo, los ángeles callan y no me responden. Respóndanle a una mujer que susurra contra el plástico de un compartimento caldeado. Y vacío. Háblenle a esta solitaria viajera que retorna. No me perviertan con su indiferencia. Díganme, ¿por qué estoy volviendo? ¿Por qué esas estúpidas agazapadas en los pasillos hacen escarnio de mi patética condición?  Rameras de oropel. Todas y cada una de ellas. ¿Para qué sondear en esas nimiedades del pasado? Está lloviendo. Extraño. Vamos, cálmate. Respira despacio y saca un pañuelo. Limpia esos húmedos ojos. Los cementerios son lugares deprimentes. No aumentes su condición con tus lágrimas. Parece responderme el cielo y he aquí lo que dice: «mis gotas son saladas». El cielo de esta ciudad es gris. Pero las nubes tomaban esa tonalidad ambarina al final de la tarde en el estío. Y en primavera, aunque no fuera tan luminosa. El cascarón de proa que se perfila entre ellas. La canción de una pequeña que, a determinada hora del día, adquiere en los ojos aquella coloración violeta. Una novela alemana. Una balada argentina. No, no era una balada; era una marcha. Por eso me asustaba tanto esa tonada. Era un réquiem. ¡Qué oportuno! Una misa para los muertos. Para los que voy persiguiendo. Abuela, la madre de mi madre. La madre de una ausente. La ausencia de una madre. «Los que se fueron», otra canción. Y ahora se me ocurre cantar otro tango. Tango 4, un disco.


Pero el viajero que huye
tarde o temprano detiene su andar
y aunque el olvido que todo destruye
haya matado mi vieja ilusión
guardo escondida una esperanza humilde
que es toda la fortuna de mi corazón.

De mi pobre cœur. No se acongoje. Relájese. Salga de esa melancolía. Qué título aquel. Melancolía y nostalgia. El viejo que se apoyaba contra la puerta abierta de una fonda. Quién creería que tenía el alma de un adolescente. No me creo eso de que la historia es real. El nombre de un arcángel. Mierda, de nuevo estoy llorando. Lo hago sin sentirlo. Sin darme cuenta, por lo menos. Eso quiere decir que no sufro. Inercia. Estar apenada porque se va a un entierro. Mi congoja debe parecer auténtica. Sin verlos doce años. Terminé el pregrado y me largué. Ni siquiera vine cuando el veterano se enfermó. Nunca me llevé bien con la madrastra. En el fondo, su cariño no ocultaba el deseo de haber tenido un varón. Una vida difícil. Los viajes, los contratos. Ir y venir. Ser una sombra. Los reclamos de mi madre. Celos. Como me irritaban sus peleas. Ni gritos ni lamentos ni súplicas. Asépticos. Eran enfrentamientos fríos, sin violencia. Sin amor. Pero el aire de la casa, las habitaciones, el jardín, la cochera y la terraza, se cargaban de una especie de electricidad estática. Como si la mínima chispa pudiera generar una explosión. Tenía miedo de los objetos que mi madre tocaba. Pensaba en ellos como en bombas de tiempo. Dispuestos a estallar al más ligero roce. Esos días adelgazaba. Y si ella tocaba mi cama al tenderla, yo dormía en el suelo. Y si cogía mi ropa, no la usaba; y si los cubiertos, no comía; y si el retrete, me aguantaba. Sudaba por la presión de los intestinos, de la vejiga; gemía, como hace un rato, en silencio. Mis sollozos no rompía la calma de la casa. Así, los signos de hostilidad eran las muecas. Mi madre tenía el alma de un mimo. Su rostro podía doler más que una bofetada. Y su cuerpo. Su cuerpo entero era una lanza. Vivía como una herida abierta en la familia. Sus habilidades de malabarista. Recuerdo esas épocas de guerra. Ella se despertaba tarde, cuando mi padre ya se había ido, y permanecía unos minutos con los ojos en blanco, recostada. Luego hacía todo. Me cambiaba, me peinaba, alistaba mi refrigerio, preparaba el desayuno y se arreglaba para llevarme a la escuela, sin pronunciar palabra. Yo creía que tenía poderes mágicos, poderes de hechicera. Que había encantado a mi padre para alejarlo de mí. Al regresar de las clases, por lo general sin compañía, la encontraba picando la ensalada. Partía los tomates, las cebollas, las betarragas, las lechugas, los huevos cocidos, el pepino y otros ingredientes con singular maestría. Pero en esos días, ella no solo preparaba la ensalada. Entre cada verdura, legumbre o fruta, hacía una pausa. Ponía la mano derecha sobre la tabla de madera y cogía el cuchillo con la otra. Era zurda. E iniciaba su intimidante acción. Abiertos sus dedos al máximo, contenida la respiración, secas las palmas y los labios. Hacía saltar la afilada hoja por entre los canales pálidos y largos de sus dedos. Y sabía que yo la estaba viendo. Era tan blanca. Mi padre me decía que eso era lo que la había atraído desde el principio. Una bailarina esbelta y alta. Con modales delicados y piel de porcelana. Él era un hombre grueso y acanelado, bruñido por las inclemencias del temple de su infancia, allá en las montañas. La hacienda. Lo imagino mirando desde su cuarto austero hacia el ocaso sin saber que hacia allá estaba la capital. El progreso y la existencia cómoda, sin apuros, con televisión y radio en cada casa. Con carros y mujeres blancas, blancas como la escasa leche de las vacas anémicas. Como los copos de algodón del campo. Puros como las nubes que ocultan las puertas del Paraíso. Empezaba lento, tentando a su certera puntería y envidiable pulso. No vacilaba. Al entrar en confianza, aumentaba paulatinamente la velocidad del ataque. Yo me escondía detrás de la refrigeradora. Asomaba mi asustada cabeza. Jamás fallaba, aunque parecía intentarlo. Entonces corría, corría a mi habitación y me encerraba hasta cuando ella me llamara a almorzar. Lávate las manos y baja rápido. Con qué naturalidad. Negando toda significación al pequeño tormento. Como si recién hubiera llegado y encontrado la comida preparada por otra persona. Alguien ajeno a nosotros pero que no podía hacernos daño. Alguien como ella. De noche, no sabía qué le hacía a mi padre. Cómo se vengaba de él. Lo supe cuando se fue. Él me lo contó por teléfono antes de perder el habla. Los días en que algo la incomodaba se dormía de cabeza, sin almohada. Apoyaba un pie en el respaldar de caoba de la cama matrimonial y el otro, el izquierdo, lo cruzaba perpendicularmente con el que estaba extendido, formando una cruz con sus piernas y un triángulo con sus muslos. El ángulo más agudo era el de su pubis; el recto, el de la intersección de la cruz. Mucho tiempo después, muerto ya mi padre y yo en el extranjero, tuve que descubrir su significado. Una de las cartas del tarot, un arcano mayor del juego. La figura era antigua: un hombre colgado de un tobillo que con la pierna libre forma una cruz. El sujeto, de cabeza, tenía dibujada una sonrisa. Una sonrisa como la de mi madre, que no mostraba los dientes. Burlesca. Como si la que tuviese problemas no fuera ella, sino yo. Seguramente, cubierta por la sábana, con la respiración entrecortada y los ojos de sibila, sonreía de la misma manera que la carta, a los pies de su victima que protegidos con las medias se extendían a su lado. Porque mi padre jamás dormía sin ellas.


Tú, mi ilusión eres tú
una estrella que alumbra el corazón.
Vi la magia en tus ojos y
es caricia en mi piel
es locura el deseo
en tu boca de miel.


Ya está. Ayer mientras venía tuve un sueño. Soñé que, en el féretro, ella tendría esa misma sonrisa. Esa mueca espantosa con la que nos maldijo a todos. Y que si era así, yo debía detenerla. Por eso vuelvo. Por eso no traigo más equipaje que mi bolso y en él, una sola cosa. La soga. Voy a izarla del primer árbol que encuentre cerca. De cabeza, como El Colgado. Y antes de volver al aeropuerto, entraré a un restaurante, me acercaré al mozo sin aguardar a que me atienda y le pediré el mejor plato del chef. El mejor plato, claro, sin ensalada.

jueves, 27 de octubre de 2011

Nadia* (o De la repetición)



uno nunca sabe
uno buscará, lleno de esperanzas
los caminos del azar
uno normal I siempre volverá
si uno se mirase desde afuera sin piedad...
Normal I, Fito Páez
I
Gonzalo levantó la mirada y la encontró agazapada detrás de unas enormes gafas. No había duda, acababa de tropezar con un fantasma.
II
Decir que Nadia era una chica cualquiera sería decir una mentira. Tenía el cabello ensortijado, corto y almendrado. Batido por el viento, lo traía sujeto con una banda elástica que cambiaba de color según su estado de ánimo.
Nadia odiaba los pantalones estrechos y los jeans de sus amigas. Usaba siempre faldas largas con estampados que recordaban el forro de los cojines de los casas de las abuelas. De hecho, cuando uno ponía la cabeza entre sus muslos, sabía que podía quedarse dormido sin preocuparse por nada.
Nadia tenía una respiración imperceptible, un olor a shampoo de bebé en el cabello y una piel tan sin marcas que cuando uno abría los ojos, su cuello, apoyado en la corteza de algún árbol, semejaba una pendiente de nieve no hollada.
III
Una de las grandes teorías de Gonzalo consistía en lo siguiente:
- Cada uno carga con alguien siempre. Nadie llega solo.
Entonces se ponía melancólico y pensaba en Nadia, su peso muerto, su propia carga. Nadia lo había dejado después de que él la dejará primero para escribir una novela. Pero, en realidad, no extrañaba a esa, la segunda Nadia, a la que le había reprochado su ninfomanía y sus arranques de histeria, sino a la otra, la anterior, la que tenía los frenos y el cerquillo, la chica a la que una vez también había visto, una mañana en el paradero, al levantar la mirada.
IV
«Cada uno trae una carga siempre. Nadie llega solo».
Nadia Cero era el modelo de todas las Nadias.
Pero, como estructura modélica no había nada de original en ella.
Si uno indaga con paciencia y lee muchos libros se tropezara con algo valioso: Hace mucho tiempo, en un lugar muy remoto, al pie de la costa bretona, esperaba Isolda el retorno de Tristán.
Y sin embargo, ¿qué Isolda? ¿Era la de las blancas manos o la de la rubia cabellera?
Nadia Cero quedó como sustrato, como remanente, dispuesta a no dejarse vencer por las demás.
V
Hace cinco años, Gonzalo decidió escribir una novela.
(Es decir, hace cinco años que Gonzalo existe).
Imagino que su resolución no había sido producto de una detenida cavilación. Tampoco, el resultado de una necesidad expresiva particular. Por el contrario, me resulta fácil pensar en ella como en un gesto espontáneo. Algo que no podía explicar satisfactoriamente a los curiosos.
- No sabía que escribías.
- Hasta donde yo sé, no lo hago.
- Entonces.
- Nada… Escribo.
Lamentablemente, cada vez que pienso en la primera Nadia recuerdo unos inquisitivos ojos pardos, agazapados detrás de unas enormes gafas, y el insólito rocío de flores estampadas.
VI
Al notar la diferencia sin notarla, uno busca una excusa para alejarse de ella.
Nadia Dos fue un paréntesis. Pensó que funcionaría porque le producía reminiscencias de Nadia Uno, pero no fue así porque su modelo era Nadia Cero, con quien era incompatible.
Nadia Dos fue el primer fantasma. Por eso la engañó dos veces:
1) Con una desconocida.
2) Con Nadia Uno, pero no funcionó. Ella también había dejado de ser Nadia.
VIII
Si la señora que dormitaba en la butaca de al lado le hubiera dicho a Gonzalo, como un avatar de Heráclito, «que nadie se baña en el mismo río dos veces»; él no hubiera tenido más remedio que atribuir su error al sueño, y responder cual Tristán:
- Puede que los griegos hayan sido más higiénicos que las mujeres con las que me suelo acostar.
IX
Acaso no te has dado cuenta de que eso a lo que llamamos nuestra vida no es más que el imaginario desvarío de una conciencia ajena y cruel que se empecina en sostener nuestro amor sobre el endeble fantasma de sus deseos insatisfechos y pueriles y que esta voz con la que pretendo romper el hechizo que nos ata a su discurrir enfermo es también por completo otra de sus emanaciones pestilentes el execrable amor que nos tenemos no representa para tal engendro nada más que un eructo un fastidioso tintinear de su cerebro no lo entiendes nadia o es que tú como los otros ya estás sorda a toda luz a toda pasión a todo sueño
un momento
o es que tú no te llamas nadia.
X
Cuando la vio, se enamoró de ella. O mejor dicho, recordó que estaba enamorado desde hacía mucho tiempo.
El reencuentro y el fin de la búsqueda. La felicidad principia… Free hugs time again.
XI
Gonzalo se pasó el verano descansado en casa. Leía por las mañanas, escribía un rato por las tarde y salía exclusivamente por las noches. Los fines de semana cocinaba y limpiaba las habitaciones. No dejaba de salir por las noches. A los pocos meses, Nadia Dos le volvió a hablar. Todos sus mensajes eran insultos que Gonzalo respondía con un eterno «ok».
Con el transcurso del año, dejó de contestar los mensajes; conoció a una tal Ana; volvió a sus antiguas distracciones: pasear por los balnearios, ver películas en los cineclubes y escuchar respiraciones imperceptibles.
XII
En el devenir de Gonzalo, ¿qué fue primero?; ¿su deseo de escritor o su deseo de amante?
XIII
Gonzalo conoció a Nadia Tres en una sala de cine. Iban a pasar una película de la nouvelle vague y Ana lo había dejado plantado porque una reacción alérgica a las fresas del helado del día anterior la había postrado en cama. En aquella salida, Gonzalo había descubierto que Ana podía cambiar de color como la banda elástica de una de las Nadias. La irrupción de aquel recuerdo lo puso melancólico.
Sacudió su cabeza y se topó con una figura conocida. La había visto antes. Era un sujeto de aspecto desaliñado, vestido con una camisa ridícula, que se sonaba la nariz con un pañuelo muy viejo. Asiduo a las salas de arte como se había vuelto, se había encontrado con él varias veces al finalizar las proyecciones. Dicho tipo solía salir al final.
Una vez le había comentado a Ana sus sospechas:
- Creo que lo hace para revisar si algún imbécil se olvidó algo debajo de las butacas.
- ¿En serio?
Casi por reflejo, desplazó su mirada hacia el otro lado de la sala. Se quedo fija en el umbral de la puerta. Su deseo había entrado en escena.
XIV
[John Cage, uno de los más importantes representantes de la música concreta norteamericana, hizo un experimento a mediados del siglo XX. Grabó su voz en una cinta magnetofónica y, a continuación, la reprodujo en un cuarto vacío. La emisión fue grabada en otra cinta y se procedió a repetir la operación reproduciéndola en el mismo ambiente y grabándola de nuevo. Esta secuencia se ejecutó hasta que las palabras articuladas por Cage terminaron convirtiéndose en un murmullo, un ruido indescifrable que parecía no significar nada].
XV
¿Cómo explicar a Gonzalo?
Gonzalo es la parte de otro personaje que quiere escribir una novela.
Ese personaje se resiste a perderlo y le entrega a Nadia, su experiencia de Nadia.
Gonzalo pierde al amor de su vida como si nunca hubiera existido: «Una tal Ana».
¿En qué momento nace Gonzalo?
Cuando el otro personaje se enamora de Abril, y se rehúsa a aceptar su destino.
Uno de los tantos nombres del joven Abril es Nadia Cero.
Por eso, cuando Gonzalo levantó la mirada y la encontró agazapada detrás de unas enormes gafas: «No hay duda, acabo de tropezar con otro fantasma».
El mismo, el de siempre.
Tampoco había ninguna incertidumbre en el hecho de que la chica con la que se besaba Nadia Cero, aprovechando la oscuridad del espacio, era su imagen invertida. Su doble femenino. Ni de que el sujeto repugnante lo estaría esperando a la salida de la sala, porque ahora él era un sustrato, un remanente, dispuesto a dejarse vencer.
Un objeto, una cosa, un algo. Debajo de cualquier butaca, olvidado por los demás.

* En la onomástica de la Europa occidental, existen dos fuentes para este nombre. La primera, derivada del árabe, la emparenta con Nadiyya, que significa “la anunciadora”, “la intermediaria de Dios”; a la vez que “delicado” o “tierno”. La variación persa del mismo nombre en fārsī significa “rocío”. Por otro lado, en las lenguas de la Europa oriental, proviene del antiguo eslavo eclesiástico usado por los evangelizadores bizantinos como traducción de la palabra griega ελπίς cuyo significado es “esperanza”. De este procede el nombre ruso y bulgaro Надежда. Del antiguo eslavo oriental, derivado de la matriz anterior, se originan los nombres Надзея (bielorruso) y Надія (ucraniano). También el polaco Nadzieja. Todos con idéntico significado.