El Trípode de Helena es un blog personal. En la parte superior de la columna izquierda, verán mi retrato y debajo una breve biodata. A continuación, están organizadas las entradas según los temas recurrentes y según la fecha en la que fueron publicadas. Si a alguno de ustedes le intriga el título del blog, de click aquí. Si están interesados en descubrir más acerca de la imagen del encabezado, entren aquí.

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lunes, 18 de mayo de 2026

Rituales


Christoph Wulf

 

  1. Los rituales crean comunidades performativas y producen vínculos colectivos mediante acciones compartidas.
  2. La performatividad ritual genera nuevas realidades sociales y transforma las relaciones entre las personas.
  3. La eficacia del ritual surge de su representación y de la disposición performativa de quienes participan.
  4. En el ritual, el cuerpo participa plenamente: se expone, se transforma y deviene otra cosa.
  5. Los rituales legitiman, reproducen y subvierten jerarquías sociales y estructuras de poder.
  6. Cada ritual produce un espacio performativo cargado de memoria cultural y experiencia compartida.
  7. La experiencia del tiempo sagrado se aprende culturalmente a través de prácticas rituales repetidas.
  8. Los rituales articulan secuencias de acciones diversas dentro de una estructura organizada y significativa.
  9. Los rituales regulan la relación con la alteridad y gestionan las diferencias entre sujetos y grupos.
  10. El ritual produce y fortalece lo sagrado, sosteniendo el sentimiento religioso y las imágenes colectivas.
  11. Los procesos imitativos articulan transmisión sincrónica de gestos y continuidad diacrónica mediante repetición histórica.
  12. La imitación permite adquirir el saber práctico necesario para ejecutar correctamente la acción ritual.

domingo, 23 de febrero de 2025

Filoxenia


A propósito de una noticia que leí hace unos días en Internet, le pedí a ChatGPT, una red neuronal desarrollada por OpenAI, organización dirigida por Sam Altman, con sede en San Francisco, California, EE.UU., de escribir un resumen del hecho:


Tragedia frente al Ufficio Immigrazione en Roma

En la noche del 27 al 28 de enero de este año, un hombre fue encontrado muerto frente al Ufficio Immigrazione de la Questura de Roma. Según los testigos, se trataba de una persona de avanzada edad que había estado esperando en la fila para realizar un trámite de solicitud de asilo.

La Unione Sindacale di Base-Migranti denunció que el fallecido era una de las muchas personas que deben hacer largas colas a la intemperie para gestionar documentos esenciales. Asimismo, atribuyó su muerte a la atención inhumana que reciben los migrantes por parte de las autoridades.

En cambio, la Questura sostuvo que el fallecido no era un solicitante de asilo, sino un ciudadano rumano con una orden de alejamiento del territorio italiano, y que su muerte ocurrió mientras dormía en un refugio improvisado cerca del lugar.

Varias organizaciones convocaron una manifestación el 29 de enero en Piazza Santi Apostoli para exigir justicia y mejores condiciones para los ciudadanos extranjeros. Por su parte, la senadora Cecilia D’Elia (Partito Democratico) relacionó el incidente con el decreto-ley 133/2023 (Disposizioni urgenti in materia di immigrazione e protezione internazionale) que ha restringido la concesión de permisos de residencia. La asociación Nonna Roma criticó la falta de respuesta institucional y consideró el suceso como un reflejo de las prácticas que fuerzan a los migrantes a la irregularidad.

Este trágico hecho pone en evidencia una problemática estructural en las oficinas de inmigración de Italia, no solo en Roma, sino en otras grandes ciudades, donde se reportan condiciones indignas y prácticas burocráticas que dificultan la regularización de los migrantes. Mientras tanto, diversas organizaciones sociales piden reformas urgentes para garantizar el respeto a los derechos de las personas extranjeras en el país.


Luego, le pedí a ChatGPT que escribiera un poema en base a esta noticia. Le di solo tres indicaciones: que fuera breve, que estuviera escrito en cuartetos y que imitara el estilo de la poesía de Martín Adán (Ramón Rafael de la Fuente Benavides) muerto en un hospital de Lima, en la noche del 29 de enero de 1985, exactamente cuarenta años antes del migrante en Roma. 


Filoxenia

¿Qué sabes tú de un animal en Roma?

¿Un animal sin más que su fila,

que espera, como otros,

bajo la luna de enero?


¿Te has informado, alguna vez,

desde tu cálido asiento,

de su soledad tan mortal 

como el puñal de un carnicero?


¿Acaso has muerto, tú también,

en una calle exhausto,

sin apelar la sentencia

de un forzado descanso?


El Otro, el Prójimo, no existe ya,

es un fantasma,

un ruido que se pierde,

entre gritos ahogados.


En París, en Madrid, 

en Berlín, en Washington,

los burócratas se preparan

para lavarse las manos.


Pavía, 30 de enero de 2025

sábado, 12 de noviembre de 2022

El cine de terror sobre la violencia de género


No existen géneros más violentos que el de las películas bélicas, las de vaqueros y de samuráis, y el cine de terror. Ahí es donde se manifiesta ese poder que solo tiene el cine para mostrar lo que más queremos ocultar (además obviamente del sexo, pero para eso está el cine erótico y la pornografía): el cuerpo, los instintos y el dolor. No quiero proseguir en esta línea mi reflexión, sino más bien centrarme en el último de estos géneros, que en los últimos años ha vivido un renacimiento en los Estados Unidos con directores como Jordan Peele (1979), Robert Eggers (n. 1983) o Ari Aster (n. 1986), quienes han decidido ampliar el espectro de los temas usuales del mismo (leyendas urbanas y conflictos adolescentes) con otros nuevos como los provenientes del folclore, el racismo y los problemas intergeneracionales. Sin embargo, en el seno mismo de la rica tradición cinematográfica de ese país ha comenzado a despuntar otros nombres que han apostado por el terror para expresar preocupaciones de una generación con una fuerte militancia feminista desde el destape de movimientos como Ni una menos (2015) y Me Too (2017). En este texto, quisiera recomendar tres películas que se encuadran en ese horizonte, es decir, que abordan el problema de la violencia de género desde el punto de vista de las mujeres (aunque solo heterosexuales y con patrones de belleza hegemónicos). 


La primera película es Ready or Not (2019) de la dupla formada por Matt Bettinelli-Olpin (n. 1978) y Tyler Gillett (n. 1982). A continuación, copio la primera sinopsis que encuentro en internet: “Durante la noche de su boda, una mujer recibe la invitación por parte de la rica y excéntrica familia de su marido para participar en una tradición ancestral que se convierte en un juego letal de supervivencia”. La razón de la cacería se debe a que un tiempo atrás, el viejo patriarca hizo un pacto con un ser demoniaco y, a cambio de la prosperidad económica de su descendencia, le prometió el sacrificio de aquellos que ingresarán a su familia. Más allá de la cuestión sobrenatural, la verdadera denuncia de la película radica en el sadismo de los parientes del novio y en la mentira de este, quien no informa a su prometida de dicha “costumbre”. Aquí, la violencia contra la protagonista es de género y de clase: una combinación bastante común. 


El segundo trabajo es Watcher (2022) de Chloe Okuno (n. 1987). Procedo de la misma manera que en el caso anterior: “El film sigue a Julia, una actriz que recientemente se mudó a Bucarest con su esposo Francis, quien descubre que un vecino la está observando del otro lado de la calle, al mismo tiempo que se declara a un asesino serial suelto por el barrio”. En este caso, el aislamiento de la protagonista se debe a su condición migrante (ella es estadounidense, mientras el esposo tiene ascendencia rumana), una experiencia traumática sobre todo si se pasa a un contexto en el cual no se conoce el idioma ni las costumbres. Así, lo que realmente es un acto de acoso no es tomado en serio ni por su pareja ni por las autoridades locales, mientras su única amiga le aconseja llevar un arma consigo. Como en muchos casos, se termina responsabilizando a la victima a la que se acusa de distorsionar los hechos debido a una emotividad exacerbada o a un cuadro depresivo. 


Finalmente, no me gustaría cerrar este recuento sin mencionar Fresh (2022) de Mimi Cave (n. 1984). El argumento, bastante general, es el siguiente: “Los horrores de las citas durante la modernidad se examinan a través de los ojos de una joven mujer que debe luchas contra los inusuales antojos de su nuevo novio”. Pero, en este caso, la película es más que una crítica del “amor líquido”. De lo que se trata es del secuestro, tortura y intento de asesinato de la protagonista por parte de un psicópata caníbal que además lucra con la carne de las mujeres que captura vendiéndolas a través de internet a un selecto grupo de acaudaladas personas que comparten su misma “debilidad” por el sexo femenino. La película es una sutil alegoría del proxenetismo. Pero, además de eso, afirma claramente que la salvación no vendrá del sexo masculino sino de la solidaridad entre las propias mujeres y, por ello, condena la complicidad de personas como la esposa del feminicida.


P.D.: A esta lista debería agregar una película: The Wind (2018) de Emma Tammi (n. 1982).

miércoles, 13 de mayo de 2020

Una excusa para operar (en) la subjetividad


(9 de abril)

El neoliberalismo es la ideología del hombre común: antipolítica y antiintelectual por partes iguales, y por eso popular, contestataria. Enfrente está no solo el Estado, sino los funcionarios, la clase política, los expertos, los académicos, los pedantes que pretenden saber más que la gente común, y que por eso quieren poner reglas y límites.

Fernando Escalante




(Advertencia: Este no es un texto sobre el Covid-19. Es decir, no es principalmente sobre eso).

En la actualidad, en mi país, el Perú, la discusión en la precaria esfera pública (autoridades, medios de comunicación, academia, sociedad civil informada o no) se ha concentrado en dos ámbitos: la salud pública y la economía de la población. (Existen otros temas que han salido a la luz como los límites de la actuación de las FF.AA. y policía, los retos de la educación a distancia, la continuidad de algunas actividades económicas como la minería, la reforma del sistema de pensiones público y privado, el recrudecimiento de la violencia contra las mujeres, niños y adolescentes encerrados con sus agresores, la posibilidad de liberar a los presos vulnerables debido al hacinamiento en las cárceles o el reconocimiento por parte del Estado de la población LGTBI, pero son marginales mediáticamente respecto a los dos ya mencionados). Dentro de ambos, a su vez, la atención de los interlocutores se ha centrado en dos problemas concretos: la pandemia del Covid-19 y la recesión que, según todos los pronósticos, inevitablemente la sucederá.

Como ante un tablero de ajedrez, la controversia ha girado en torno a cuáles son las estrategias más adecuadas para ganar sendas partidas, lo que ha convertido el debate en una simple disputa táctica, con apenas la resistencia de algunos grupos de ciudadanos que se han quejado por ese reduccionismo.

Yo soy uno de ellos.

Si hacemos un resumen de las disputas con mayor peso mediático, podemos comenzar por aquellas que giran en torno a las estrategias propuestas por el nuevo Ministro de Salud (un militante de izquierdista que asumió el cargo ya declarada la emergencia sanitaria), las cuales se basan en dos pilares: el distanciamiento social y la vigilancia epidemiológica. En términos estrictos, dichas medidas han sido (de nuevo) reducidas por la prensa y la población a dos acciones concretas: la cuarentena obligatoria, cada vez más estricta, y las pruebas de descarte. Valdría la pena tratar de explicar por qué ha ocurrido de esta manera. Por un lado, el aislamiento social afecta, en particular, el modo de vida de más del 70% de la PEA que es informal (subempleada o independiente). Aunque una encuesta publicada a fines de marzo mostró que el 94% de los peruanos estaba de acuerdo con dicha medida, en veinticinco días, más de 50 000 personas han sido detenidas por incumplir con las disposiciones gubernamentales. Por otro lado, la experiencia exitosa de otros países, como Corea del Sur, que testearon en gran porcentaje a su población para tener un mapa preciso del contagio ha puesto en entredicho la idoneidad de las pruebas adquiridas por el Estado peruano (en mayor número serológicas que moleculares) y ha marcado la pauta de una discusión que ha trascendido el círculo estrecho de epidemiólogos y salubristas quienes, ante una oferta internacional cada vez más escaza y una demanda competitiva (e, incluso, abusiva como la de EE.UU.), han terminado por reconciliarse aceptando su uso complementario.

En segundo lugar, se ha suscitado, con menor intensidad, un par de debates en el plano económico. Podríamos afirmar que la preocupación del Poder Ejecutivo en sostener la famosa “cadena de pagos”, tanto durante la fase de contención del virus como después, en la fase de reactivación de la economía, ha generado un amplio consenso. En resumen, la estrategia de la “ortodoxa” y “pragmática” Ministra del sector (millennial como su homólogo argentino, aunque ideológicamente situada en la orilla opuesta como lo remarcó la nota de un diario internacional), para la primera mitad de su partida de ajedrez, consiste en tres movimientos: atención a la emergencia sanitaria, soporte económico a personas y empresas a través de bonos a población pobre y trabajadores independientes, e inyección de liquidez a hogares y negocios por medio de la liberalización de parte de fondos que no representa un gasto para el Estado (como las CTS y el aporte a las AFP). Esto, más un plan de impulso a la inversión, el apoyo a los sectores más afectados (como el turismo y de entretenimiento en general) y una serie de beneficios tributarios, medidas que se implementarán en la fase de reactivación, representará la movilización de recursos equivalente al 12% del PBI, en un esfuerzo que, como señala la mayoría de especialistas que defienden el modelo económico actual, es posible gracias a la “disciplina fiscal” de casi tres décadas instaurada durante la dictadura de Alberto Fujimori. De todo este paquete descrito, es curioso que la única medida que ha generado polémica, además de la continuidad del funcionamiento de algunos sectores y los deseos por parte de las gremios empresariales como la Confiep de resolver unilateralmente contratos de trabajo, haya sido (y sea aún) el retiro de los fondos de las AFP, y no en su aprobación sino en la amplitud de su aplicación. Mientras la búsqueda de protagonismo de un recientemente instalado parlamento (y de algunos sectores de los que apoyan sinceramente la reforma integral del sistema) pretende que se trate de un beneficio universal, el Ejecutivo propone su circunscripción a los desempleados y a los que tienen invertidos montos que no les servirán para sostener una jubilación digna.  

Hasta aquí, he tratado de trazar un panorama sucinto de los motivos principales del “disenso” (por usar un término de Jacques Rancière) local. Ahora pasemos a las interpretaciones globales.

En un reciente artículo titulado “Aprendiendo del virus”, el filósofo español Paul Preciado señala que “la curación y la recuperación no pueden ser un simple gesto inmunológico negativo de retirada de lo social, de cierre de  la comunidad”, sino que, en cambio, “solo pueden surgir de un proceso de transformación política”. Los temores de Preciado se dirigen a Europa y Estados Unidos, donde la pandemia puede producir eso que autores como Patricia Manrique han llamado el retorno de una “inmunidad viciosa”, es decir, el repliegue de las comunidades sobre sí mismas, expresado ya en el uso de metáforas bélicas (también presentes en mi país) para hablar sobre las estrategias gubernamentales; lo que podría estar acompañado, como señala Judith Butler, del recrudecimiento de la “desigualdad radical” en Occidente (nacionalismo, racismo, patriarcado, xenofobia, capitalismo). Creo que, de tener un correlato en América Latina (y lo tendrá), no marcará un cambio en la orientación de la región (tampoco, en el fondo, en la de los desmantelados Estados de Bienestar), en donde se ha implantado el modelo económico neoliberal sin anestesias desde hace varias décadas; sino que solo será la culminación de un proceso casi consolidado (y que para el caso del componente faltante hasta hace unos años, la xenofobia, añadido por la crisis migratoria venezolana).

Pero volvamos a las ideas de Preciado. Si como plantea, la cura de la crisis desencadenada por la propagación del Covid-19 a nivel mundial debe emerger de una discusión y reestructuración de la “cosa” pública (plano político), es porque la causa del mal, de la cual la pandemia no sería más que un síntoma, debe hallarse en su configuración actual. Esta es, al menos, la hipótesis sobre la que se basa su argumentación. Una que me parece sumamente atractiva. Y que despierta en mí una interrogante difícil de silenciar. Si como he tratado de dejar en claro en la primera parte de este texto, la discusión en la esfera pública peruana apenas toca esa dimensión, la política, entonces, ¿qué impide que emerja ese debate aquí?

Quiero ensayar una respuesta.

En un interesante libro que podría decir marcó mi propio giro hacia la izquierda (así como El genio del cristianismo de Chateaubriand sentó las bases de mi reconciliación con el catolicismo), Historia mínima del neoliberalismo (2015), el sociólogo mexicano Fernando Escalante señala que vivimos, si no en una civilización, al menos en un “momento neoliberal”, el cual comprende “un orden social, un sistema institucional, pero también un conjunto de ideas, valores, y lo que se puede llamar un ‘imaginario social’: un modo de entender la vida cotidiana, los avatares del trabajo, las relaciones sociales, un modo de interpretar nuestras propias aspiraciones”. Y dicho modo es, como está escrito en la cita del inicio de este texto, el sensus communis de las mayorías que, aunque lo ignoren (como un “saber no sabido”, diría Jacques Lacan), se caracteriza por un profundo rechazo de la política y del pensamiento intelectual.

En el pasado, la aparición de estas actitudes ha sido explicada por el populismo. En realidad, como afirma Nicolás Lynch en su libro Populismo: ¿dictadura o democracia? (2017), los fenómenos “nacional-populares” latinoamericanos, aunque sin respetar la estructura formal de las democracias liberales occidentales (sistema de partidos, instituciones estatales independientes), durante sus tres grandes apariciones en el siglo XX e inicios del XXI, cumplieron con ampliar la base de la ciudadanía, restringida por la élite oligárquica cuya decadencia se inició hace poco más de una centuria, a través de la masificación de los derechos civiles, políticos y económicos que alcanzara a los grupos sociales antes excluidos (pobres, mujeres, analfabetos, pueblos originarios). Así, contrariamente a lo que se piensa, la conquista de estos derechos no se logró solo como premio por la adhesión a un líder carismático, sino a través de la articulación y la agencia de ciudadanías corporativas o colectivas que, aunque no acordes con el modelo individualista de la Modernidad, lograron articular reclamos concretos para mejorar su propia situación. Además, estos procesos fueron acompañados, para el caso peruano, de una vigorosa tradición crítica (cuyo antecedente está en Manuel Gonzales Prada) que incluye a polemistas agudos como José Carlos Mariátegui, Sebastián Salazar Bondy o César Hilderbrandt.

No, no había nada de antiintelectualismo o antipolítica en aquellos fenómenos.

Retomemos el hilo de la argumentación de Escalante, si es el neoliberalismo el causante de este modo despolitizado de pensar lo común, ¿cuáles son sus efectos? Como lo señalan varios autores en una recopilación de artículos reciente (Sopa de Wuhan, 2020), entre ellos el uruguayo Raúl Zibechi, dos son los más nocivos: un “vaciamiento de las democracias” y un “fascismo social difuso”. Es obvio que las democracias están dejando de ser un conjunto de contenidos cuyos ideales estaban inspirados en las revoluciones burguesas del largo siglo XIX (igualdad, fraternidad y libertad), y se están convirtiendo, cada vez más, en un mero conglomerado de procedimientos (elecciones periódicas, estabilidad jurídica, transparencia del gasto estatal) que ha dado pie, en los últimos años, a la aparición de “democracias iliberales” en la antigua Europa comunista. Asimismo, esto ha significado el ascenso de una élite nueva, los tecnócratas, quienes de facto son los que han sostenido la continuidad de las políticas públicas en el Perú desde el retorno de la democracia (fallida, debido a que no se firmó un nuevo pacto social, una nueva Constitución) hace dos décadas. Esto ha motivado la aparición de varios movimientos en la región que proponen sistemas más participativos y directos que los representativos y mediatos. De hecho, la consolidación en el poder del presidente Martín Vizcarra (vice del renunciante Pedro Pablo Kuczynski, quien está directamente conectado al mercado de capitales internacional como Sebastián Piñera, Mauricio Macri o Donald Trump), se debió a la victoria de sus propuesta de reforma política y judicial del Estado, en el referéndum de diciembre de 2018, el cual canalizó, en parte, dicho malestar. Por último, todavía sin peso en la esfera pública, el reclamo se ha radicalizado convirtiéndose en una condena abierta del régimen democrático por considerarlo subordinado a la lógica del capitalismo.

Tanto más peligrosa que esta formalización y descrédito de la democracia es el otro fenómeno que apunta Zibechi, el fascismo difuso. Desde el inicio de la propagación europea de la pandemia, ha sido probablemente el filósofo italiano Giorgio Agamben (en más de un texto) el primero en llamar la atención sobre su aparición. Lo que ha movido su pluma ha sido el temor que le produjo la facilidad con la que los ciudadanos han aceptado el “estado de excepción” que las autoridades de su país habían implantado para combatir al Covid-19. Más allá de la eficacia o no de este tipo de medidas (el francés Jean-Luc Nancy ha escrito un artículo breve en el que las justifica calificándolas como una “excepción vital de la civilización actual” y las noticias sobre el colapso de los sistemas de salud de Italia, España y Francia parecen haberle dado la razón), Agamben, en la misma línea que han seguido otros autores como el propio Preciado, sostiene que bajo la figura de la “peste” se esconde un proceso de criminalización del ciudadano, el cual busca transformarlo en un “untador”, gente de mala fe que buscaba propagar la peste en la Milán de la novela Los novios (1827, 1840) de Alessandro Manzoni.

Preciado, aunque acorde con esta lectura, hace una distinción nada sutil entre la manera de gestionar las pestes durante la Modernidad temprana y la coyuntura actual. Siguiendo a Michel Foucault, denomina a las antiguas estrategias como “disciplinarias”, ya que consisten en el control de la población a través del internamiento de sus cuerpos en instituciones de normalización (hospital, colegio, fabrica, prisión). En cambio, para él, las respuestas gubernamentales de hoy están motivadas por otro paradigma, el del “tecnopatriarcado neoliberal”, por lo que ha dado en llamarlas “farmacopornográficas”. Se trata de la “prisión blanda” cuyo modelo es la mansión de Hugh Hefner, pero que yo encuentro ya anticipada en novelas decadentistas como Al revés (1884) de Joris-Karl Huysmans, cuyo protagonista, un aristócrata completamente alienado, se enclaustra para vivir una existencia artificial que es copia de su rutina social, pero que está “controlada” por él mismo. Sobreexcitados (en algunos casos, drogados) y conectados todo el tiempo gracias a las prótesis tecnológicas que ya son parte de nosotros, es verdad que un sector considerable de la población, sostenemos el ritmo anterior de trabajo/entretenimiento para cuya suspensión tendríamos, por fin, una excusa.

Y esto, se preguntarán, ¿qué tiene que ver con el Perú? La respuesta es todo.


Partamos del hecho de que en el ámbito rural de nuestro país, las condiciones de vida son muy distintas de las urbanas. Es cierto. Incluso, las dinámicas en las ciudades del interior o aquí mismo, en Lima, varían de distrito en distrito y, desde luego, al interior de cada uno de ellos según las zonas o barrios; ya que la capital reproduce la marcada desigualdad de la sociedad peruana. Esa heterogeneidad nos podría llevar a pensar que las estrategias para frenar la propagación del virus también deberían ser heterogéneas. Nada más alejado de la práctica estatal. Como reclama con tono abiertamente beligerante la feminista boliviana María Galindo, la colonialidad de muchos de nuestros gobernantes los ha conducido a trasplantar soluciones (y discursos, sobre todo, discursos, incluso los negacionistas como es palmario en el trinomio Johnson-Trump-Bolsonaro) aplicadas en las metrópolis occidentales, sin atender a las condiciones específicas de las sociedades latinoamericanas y, en el caso concreto del Perú, andinas. Galindo sostiene que la pandemia es una excusa perfecta para “poner entre paréntesis” otros problemas igual o más graves de la región. Si partimos solo del ámbito sanitario, otras enfermedades como la tuberculosis o el dengue han matado a un número mayor de personas en esta parte del mundo en lo que va del año. Pero, en el contexto peruano, al afectar en particular a poblaciones sin participación en el debate mediático al que se ha reducido la política, como los pobres o los que habitan zonas periféricas del país y de la capital, su padecimiento no ha motivado la respuesta estatal del Covid-19 que, como ha repetido hasta la saciedad Vizcarra, es, en ese sentido, un “virus democrático”.

El problema es que esta última afirmación es una falacia.

Me ayudo de Butler para pensar en cómo el aislamiento social, entendido como el triunfo de la inmunidad viciosa (el derecho a la vida a costa de los demás) y no el de la comunidad  “virtuosa” (la obligación de cuidar a los demás) como lo plantea Manrique, puede ser responsable de una acentuación de la desigualdad radical en el Perú. Los ejemplos aparecen delante de mí sin ningún esfuerzo. Tomaré dos. El primero está relacionado con el funcionamiento del capitalismo. El mismo día que se anunció la cuarentena, el domingo 15 de marzo, una cadena de cines perteneciente a uno de los grupos económicos de mayor peso en el país, Intercorp, despidió a varios de sus “colaboradores”, muchos de ellos jóvenes universitarios que trabajan en la modalidad part time. La razón era que al verse obligados a cerrar sus instalaciones, no querían seguir pagándoles durante el incierto tiempo que duren las restricciones impuestas por el Ejecutivo, ya que lo interpretaban como una pérdida financiera. En un caso bastante poco común, la presión de la esfera pública logró que la empresa diera un paso atrás y se comprometiera a cumplir con sus obligaciones “virtuosas”. No obstante, se calcula que más de un millón de peruanos perderán sus puestos de trabajo al finalizar el Estado de Emergencia, lo que los sumergirá, a varios de ellos, de nuevo en la pobreza.

El otro ejemplo es uno más reciente y está relacionado con la variable patriarcado. En el Perú, según datos de hace una década, la mujer trabaja, en promedio, casi diez horas más semanalmente que los hombres. La razón es sencilla, aunque su inserción en el mercado laboral es menor (en el que además perciben un salario 30% por debajo del masculino), asumen muchos de los roles del cuidado (crianza, alimentación, limpieza, etc.) en el interior de los hogares. Esta situación no fue tomada en cuenta por los miembros del equipo de Prospectiva del gobierno quienes recomendaron aplicar un segundo “martillazo”, en la terminología del Imperial College de Londres, para aplanar la curva de contagios. Al toque de queda nocturno que pasó a iniciarse dos horas más temprano (y cuatro en los departamentos “desobedientes” del norte), a partir del jueves 2 de abril, se le agregó la prohibición de salir los domingos y la segregación por sexo (y no, explícitamente, por identidad de género, lo que hubiera salvaguardado a la población transgénero e implicado a una reeducación de las fuerzas del orden) para el resto de la semana. Así, tres días terminaron correspondiendo a los hombres y tres a las mujeres. En una sociedad ideal con equidad de género, esto no debía de traer aparejado ningún contratiempo. Al contrario, se convertía en un mecanismo de más fácil control que el del último dígito del DNI aplicado, por ejemplo, en Honduras. Sin embargo, esta disposición ha revelado, como una radiografía, uno de los males crónicos de la sociedad peruana: la desigualdad en la distribución de los roles familiares. Miles de mujeres se han aglomerado en bodegas, mercados y supermercados en los dos días en los que hasta ahora les ha tocado salir, exponiéndose al contagio; mientras que en los que hemos ido de compras nosotros, aunque he tenido que hacer colas, no podría decir que me he demorado más de lo “normal” dado el estado de excepción. Sumado al claro error que ha cometido el gobierno por aplicar una medida sin responder a esa realidad heterogénea que es la nuestra, como enfatiza Galindo, otra lección importante es la que nos brinda la reacción de la población, especialmente en las redes sociales. Como bien ha señalado una periodista local, lo ha hecho desde la falta de empatía y el escarnio de su condición privilegiada o su machismo. En otras palabras, desde su inmunidad viciosa.

Con este horizonte sin aparente salida por delante, ¿está todo perdido? Creo sinceramente que no.

Comenzaré por los pesimistas. Mucho más célebre que la polémica Agamben-Nancy, la agria respuesta del filósofo surcoreano Byung-Chul Han a su par esloveno Slavoj Žižek ha circulado bastante por internet y ha desatado un número considerable de comentarios en varios países de Sudamérica. Con una prosa insípida, Han ha atacado la esperanza cifrada en un retorno del multilateralismo presente en la prédica de ese Séneca de la contemporaneidad que es Žižek, igual de inconsecuente que el cordobés entre su decir y su hacer. Como un conocido me comentó hace unos días, es cierto que Žižek no pretende ser un “intelectual orgánico” como lo entendía Antonio Gramsci, pero eso no lo justifica para elaborar, cada vez con mayor frecuencia, comparaciones efectistas sin ningún valor heurístico. En ese sentido, Han lo ha desenmascarado. Pero sus méritos terminan ahí. La tendencia autoritaria hacia la subordinación del individuo frente al Estado que el diagnostica en los países asiáticos que están sorteando con éxito la pandemia (que él acusa como una herencia del confucionismo), la cual podría propagarse, merced al nuevo imperialismo chino de la ayuda humanitaria, a territorio europeo, es una hipótesis que revela una lectura anacrónica de su contexto: Han vive en Alemania desde hace varios años. El virus chino del “tecnototalitarismo”, como lo denomina el italiano Franco Berardi, ya llegó y no fue importado de Asia hacia Occidente sino de Occidente hacia el mundo como lo sostiene Preciado y, con mayor detalle, el holandés Rob Riemen en un hermoso ensayo titulado Para combatir esta era, publicado el 2018. (Incluso, en un país con las limitaciones del mío, el gobierno ha anunciado el reemplazo del segundo martillazo por un martillazo “tecnológico” a través del monitoreo de las aglomeraciones gracias a las señales enviadas por los celulares). En síntesis, el retorno de la soberanía que pronostica Han no representa la “caída del paradigma inmunológico”, sino su consolidación y la “psicopolítica”, al igual que la “biopolítica” antes, contribuirá a tal fin.

Han tampoco es el único que sostiene que la pandemia no traerá abajo, por sí sola, al capitalismo. El francés Alain Badiou también lo ha señalado en un artículo titulado “Sobre la situación epidémica”, en el que se refiere a cómo las naciones europeas están afrontando la crisis atrapados en la paradoja de los conflictos bélicos: Soluciones locales (políticas) para problemas globales (económicos). Badiou afirma que en ningún país del Viejo Mundo, la guerra (tomada ahora como modelo) ha provocado una revolución. Y es que, como complementa el filósofo español Santiago López Petit en otro artículo, la propaganda de la muerte (y a eso es a lo que hemos asistido en los últimos meses conforme se ha ido expandiendo la pandemia) cancela el pensamiento crítico, suspende lo fundamental a cambio de lo urgente (“sentido de urgencia” ha reclamado hace poco la doctora responsable del Comando Covid-19 en el Perú). Y ¿qué es lo urgente? Recurro una vez más a Agamben (al único texto que voy a citar como se debe: “Reflexiones sobre la peste”), para decir que es lo que impone la religión de la ciencia, la ciencia, claro está, sometida a la maquinaria del capitalismo: la “tiranía de salvar la vida”.

Llego a este punto y me doy cuenta de que debo hilar fino para no ser confundido con un genocida.

Estoy hablando de lo que Badiou conceptualiza en otros textos como el predominio de una “antropología animal” y que tan bien parece hacer juego con el antiintelectualismo y la antipolítica impuestas por el neoliberalismo. A grandes rasgos, se trata de una forma de concebir al sujeto más allá de la formula cartesiana, que lo reducía a una “sustancia pensante”, reemplazándolo por el nihilismo somático de la “sustancia extensa”, operada por la reducción de la existencia a lo biológico, a lo carnal, a mi cuerpo que encierra y es lo que realmente soy. Y por cuya salvaguarda estoy dispuesto a dejar que el mundo arda. De hecho, es esta misma tendencia la ha inundado nuestra época de múltiples verdades relativas y ha encumbrado un género, el testimonio, que es nieto directo de otro, la memoria (de nuevo, Chateaubriand), que gozó de una popularidad similar dos siglos atrás.

Pero creo que ya he destilado demasiada amargura. Es tiempo de un poco de optimismo.

Tengo la impresión de que si la pandemia es, como sostiene Berardi, de naturaleza “semiótica” y, por lo tanto, un discurso, habría que trascender el plano de las elucubraciones genéticas (que tanto Han como yo en este texto hemos ensayado solo para mostrar cuánto sabemos), y plantearnos la interrogante sobre cuál es su sentido. Esto nos obliga a todas y todes y todos a hacer un ejercicio de lectura serena (serena, pero no indolente) y en conjunto, dialógico, porque como sabe cualquiera que ha tenido un libro entre las manos, su mensaje no es algo que preexiste al acto de su desciframiento, sino un fruto siempre fresco del mismo.   

Un fruto que tenemos la obligación de compartir.

He partido de una serie de ideas que he ordenado a través de la escritura en mi pensamiento y en las líneas anteriores. (Me) He contado una historia. De los hechos narrados, hay uno solo sobre el que me gustaría volver: Gran parte de los peruanos (al igual que casi un tercio de la población mundial) hemos visto recortada una parte significativa de nuestra “soberanía sobre el futuro”, como nombra eufemísticamente el filósofo chileno Gustavo Yáñez a este acecho de la muerte que siempre ha estado ahí, al lado, pero que volvemos a notar. Me gustaría que este sintagma, la pérdida de soberanía, fuese arrancado del orden convencional de una causalidad lógica, para que pudiéramos jugar con él más allá de las reglas de lo posible (y de lo plausible aristotélicas). Porque dentro de esas reglas, el asunto ya está determinado: Una pandemia era una causa del todo posible para lo ocurrido y fue advertida como tal (aunque era tan poco plausible para la mayoría de la gente que se había convertido en el plot de películas de escaso interés) y la crisis económica será su efecto altamente posible (y altamente plausible en el imaginario colectivo actual). Sin embargo, este no es el único entrelazamiento que existe.

No es tan escasa nuestra imaginación.

En ella también cabe la cadena del fascismo social difuso, el cual puede ser ubicado como causa de la pérdida de soberanía y cuyo efecto es el triunfo de los tecnototalitarismos. O la cadena de la inmunidad viciosa (yo me protejo), antecedente inmediato de una amputación de cualquier gesto comunitario (el futuro) y que termina justificando el darwinismo social de la “necropolítica” (hay un libro titulado así del filósofo camerunés Achille Mbembe que recomiendo leer en estos tiempos de cuarentena). Y, sin embargo, a pesar de estas dos alternativas nefastas, es factible suponer otro entrelazamiento, el de las comunidades virtuosas (nosotrxs protegemos a los demás), sujetos colectivos que eligen, no por miedo al castigo o a la muerte, restringir su libertad sin cercenar su autonomía y, por lo tanto, logran extirpar de sí mismos el nihilismo somático de lo individual y permiten el retorno, no de una pulsión, sino de un pensar, un decir y un hacer que cumpla el sueño frustrado de los que esta epidemia va a matar.

Lamentablemente, este ejercicio discursivo al que los he sometido, este “juego de palabras” como algunos lo llaman con desprecio, no tiene visos de llegar a producirse, ni en el corto ni en el mediano plazo, en mi país, el Perú, tan atareado por el peso de lo urgente (la salud pública, la economía), que parece haber olvidado definitivamente la política, lo fundamental.

sábado, 3 de agosto de 2013

Periodificación preliminar del último siglo


“... este argumento, como el mío, persigue un equilibrio sutil
entre la percepción de lo particular y el reconocimiento de lo común”.
Martha Nussbaum


Primera etapa

En las postrimerías del Estado Liberal (antes del crack financiero del 29 y de la Segunda Guerra Mundial), convulsionado por las luchas sociales de los obreros, mujeres y otros sectores marginados de la sociedad que buscaban mejor sus condiciones de vida -en muchos casos infrahumanas-, se consolidó el “modelo Ford” que acentuaba su preocupación en el aumento de la producción aminorando el costo para generar una mayor rentabilidad. Los seguidores de este modelo suponían que el crecimiento de la oferta generaría una mayor demanda. La consolidación del capitalismo –o el “libre mercado”- por las dos Revoluciones industriales, acaecidas entre la Revolución Francesa (1789-1799) y la República de Weimar (1919-1933), no careció de una oposición en el seno de las sociedades modernizadas. Así, hacia el final de este período aparece un nuevo modelo, basado en la propaganda, en el marco del auge de los fascismos y el comunismo totalitario.

Segunda etapa

La perspectiva cambia después del Holocausto. Con el inicio de la Guerra Fría y el nacimiento de las Naciones Unidas (1945), el mundo postbélico vive en un tenso equilibrio entre dos paradigmas distintos: el soviético y el american way. El “modelo Goebbels” expande su dominio con su lógica basada en la eficacia, es decir, en aminorar el costo de la inversión a través de la validación constante de la oferta en la mente del consumidor. Aparecen la publicidad, los estudios de mercado y los focus groups (1956). El estado asume la responsabilidad derivada de las exigencias reclamadas por los ciudadanos: educación, salud y demás servicios básicos. De este lado de la “cortina de hierro”, el Estado de Bienestar aparece constantemente en nuestros sueños.

Tercera etapa

Estado Neoliberal (década de los ochenta): reducción del estado y políticas económicas ortodoxas cimentadas en los indicadores económicos (riqueza material). La crisis del Estado de Bienestar marca una escisión en el seno de la comunidad europea; se apartan los países nórdicos quienes mantienen sistemas económicos protegidos y un estado fuerte. En el resto de Occidente, la consolidación del neoliberalismo (Tatcher, Reagan, Juan Pablo II, Pinochet o Fujimori) trajo consigo la implantación del “modelo Clausewitz”, en el cual la guerra por controlar el mercado se centra en estrategias destinadas a desestimar la oferta de los competidores. La mercadotecnia también se aplica a la forma de conducir las políticas públicas, que son encargadas a tecnócratas para quienes el sistema de gobierno es irrelevante: “gobernanza sin democracia”. La competitividad construye nuevos parámetros de éxito: ya no la satisfacción de los deseos del consumidor o ciudadano; sino el aumento de las ventas y el rating.

Cuarta etapa

Desde el seno de las Naciones Unidas y su famosa Declaración (1948) –documento algo olvidado- se hace hincapié en la construcción de un modelo alternativo centrado en el “desarrollo humano” (Amartya Sen). El Estado de Derecho (duramente criticado por Rancière), se fundamenta en el concepto de Gobernabilidad democrática. Con el cambio de siglo, la sostenibilidad es el indicador priorizado, tanto en el contexto económico (Responsabilidad social empresarial y la visibilización de los stakeholders), político (tecnocracia ética), medioambiental (“responsabilidad intergeneracional” debido al Cambio climático) y religioso (consagración de la Teología de la Liberación en el seno de la ortodoxia católica y recuperación del espíritu del Vaticano II). El modelo al cual parece virar el mundo -o los que más nobles intenciones con respecto a él tienen- es el de la “ética del desarrollo” (Kliksberg, Nussbaum).

domingo, 16 de junio de 2013

Género y discriminación en el Perú




Introducción

A mediados del 2010, la Asamblea General de las Naciones Unidas creó ONU Mujeres, la Entidad de la ONU para la Igualdad de Género y el Empoderamiento de la Mujer. Este fue un avance significativo de los países miembros para alcanzar uno de los Objetivos del Milenio: Promover la igualdad entre los géneros y la autonomía de la mujer.

Una distinción fundamental

Cabe distinguir dos conceptos para poder entender la labor de este organismo en el contexto actual.
A partir de las investigaciones en la Polinesia de la antropóloga estadounidense Margaret Meed (Adolescencia, sexo y cultura en Samoa, 1928 y Sexo y temperamento en tres sociedades primitivas, 1972) se inició el debate en torno a la relación entre sexo y género, a través del estudio de roles, como la maternidad, que respondían más a factores culturales que biológicos.
En primer lugar, el género es «el modo de ser hombre­/mujer dentro de una cultura determinada», se trata de patrones de comportamiento aprehendidos socialmente, construidos culturalmente y respaldados históricamente. Por otro lado, el sexo se refiere a «las características fisiológicas propias de hombres y mujeres»; sin embargo, algunos aspectos vinculados tradicionalmente al sexo pueden ser moldeados por razones de género.

Brechas y discriminación

Existe en el país cuatro dimensiones en las que es evidente la distancia que separa, por razones de género, a la población: educación, violencia, ciudadanía y trabajo. Las cifras en ese sentido son claras.
La tasa de analfabetismo en el Perú hacia el 2001 era de 6,1% en los hombres y 17,9% en las mujeres.
Según el Ministerio Público (2010) el 38,4% de las mujeres ha sufrido algún tipo de violencia de parte de su pareja y existen 10 casos de feminicidio al mes. De las 4910 denuncias de violación a nivel mundial al año, 93% fueron sufridas por mujeres y en 55% se empleó la violencia física, lo que hace de esta problemática una pandemia global.
El uso del lenguaje también reproduce la discriminación al connotar negativamente la apertura a la vida ciudadana de la mujer (“mujer pública”=prostituta) circunscrita tradicionalmente a la vida privada del hogar.
Por último, en cuanto al campo laboral, el 67% de las mujeres trabaja en el sector informal (a diferencia del 53% en el caso de los hombres) y tienen un ingreso promedio de S/. 828,8, lo que representa un 65% del sueldo promedio de los hombres (S/. 1323,3). Además, trabajan semanalmente unas 9 horas más que estos.
Todo lo anterior demuestra que existe una discriminación por género en el Perú, debido a una concepción de la mujer como  objeto y no como sujeto autónomo.

Herramientas de análisis

El análisis de género permite identificar las condiciones de vida, según esta variable, en cada sociedad y representa una superación de la perspectiva anterior que afrontaba está situación como una “problemática” exclusiva de la mujer.
Existe una distribución disímil del conocimiento, la propiedad, los ingresos, las responsabilidades y los derechos entre los hombres y las mujeres. Esto afecta a la población marginada en dos dimensiones.
La dimensión de la distribución que implica la división sexual del trabajo (reproductivo/productivo) y los roles tradicionales (mantenedor/proveedor) con problemáticas propias como la segregación ocupacional y salarial (feminización de una profesión) y el uso inequitativo del tiempo.
Y la dimensión del reconocimiento en la que existe una diferente valorización de lo masculino y lo femenino vinculados simbólicamente a lo civilizado y la naturaleza, respectivamente. Las principales problemáticas de género en este caso son las relaciones de poder-violencia y el control de la sexualidad de las mujeres.

Perspectiva de cambio

La perspectiva de género asume un papel importante, porque se trata de  «un proceso de cambio estructural en las instituciones, la cultura y hasta la forma de pensar y vivir diariamente».
El Gobierno debe ahondar, a la hora de elaborar las Políticas Públicas, en la transversalidad de género (mainstreaming), un proceso técnico y político que engloba tanto a los objetivos como a las estrategias para conseguirlos (“normalización”).
Para eso, debe analizar si sus propios proyectos de desarrollo asumen o no una perspectiva de género, y así evitar caer en el esencialismo, el cuantitativismo, la masculización, el familismo, la falsa igualdad de las oportunidades o el enfoque limitado en la mujer sin considerar sus relaciones sociales.

Conclusiones


La solución a esta situación de exclusión y marginalidad de la mujer en nuestro país debe plantearse desde la búsqueda de nuevas formas de construcción de la masculinidad y la feminidad, combatiendo los roles establecidos tradicionalmente para crear relaciones igualitarias que atiendan a identificar las necesidades de cada colectivo. 

Nota: Todas las citas pertenecen a la conferencia sobre Igualdad de género dictada por la Mg. Bethsabé Andía Pérez del PNUD-Perú.

lunes, 16 de abril de 2012

Del (Re)nacimiento a la (R)evolución: Visiones cronotópicas de la urbe latinoamericana



El ensayo de Ángel Rama[1] pretende organizar de manera diacrónica el desarrollo de ese «parto de la inteligencia» (p. 1) que ha sido la urbe latinoamericana. Para ello, establece una secuencia sucesiva de conceptos-metáfora, especie de cronotopos[2] culturales construidos sobre la ciudad real pero distintos de ella, a través de los cuales rastrear la persistencia o renovación de sus elementos constituyentes, en medio de una tensión que tiene como polos opuesto dos pares de categorías: civilización/barbarie y tradición/modernidad. 
En el primer capítulo, «La ciudad ordenada», distingue entre la ciudad orgánica medieval y la ciudad barroca, cúspide de la monarquía absoluta española, en la cual la forma de la ciudad es homóloga al orden social de carácter piramidal que la sustentaba. El proyecto racionalista que se encuentra detrás de su constitución en el Nuevo Mundo pudo ser llevado a cabo debido a la concentración del poder en tres instituciones: la Iglesia, el Ejército y la Administración. El diseño urbanístico del damero no era más que una transposición del modelo circular renacentista de corte neoplatónico, sustentado a su vez en la preeminencia de la escritura sobre la oralidad, labor a la que se entregaron con dedicación un nutrido contingente de escribanos. La perennidad del signo le otorgó una primacía a la vida simbólica y no física de las incipientes ciudades coloniales, instaurando el «sueño de un orden» con la frenética carrera urbanística de los conquistadores españoles en América. La ciudad era el medio más eficaz de control y centro articulador del proceso de evangelización, lo que posibilitó la reducción del continente recién descubierto a la condición subordinada de todo territorio periférico.
En el segundo capítulo, «La ciudad letrada», Rama plantea la equivalencia entre la clase sacerdotal y la clase letrada, las cuales fueron de hecho la misma (cabe destacar el papel de los jesuitas en ese sentido) hasta el s. XVIII cuando se inició el proceso de laicización de la segunda. La ciudad letrada era el núcleo duro de la ciudad barroca, «el anillo protector del poder y ejecutor de sus órdenes» (p. 25), un circuito cerrado de «ocio remunerado» gracias al trabajo de indios y esclavos. Las tareas del letrado eran básicamente cuatro: la supervisión de la administración colonial, la evangelización (transculturación) de la población indígena, la ideologización de la muchedumbre a través de la «fiesta barroca», y la formación de la élite dirigente al servicio del proyecto imperial. Esto permitió su autonomía dentro de las instituciones a las que pertenecía, otorgándole un poder vinculado a la creación de modelos culturales. Si la ciudad real estaba conformada por un laberinto de calles en donde primaba el carácter sensible de los significantes, la ciudad letrada era un laberinto de signos en el cual las significaciones eran abstractas e intercambiables.
En el tercer capítulo, «La ciudad escrituraria», se destaca «la distancia entre la letra rígida y la fluida palabra hablada» (p. 41) que caracterizó a la ciudad letrada al sacralizar la escritura y prohibir la lectura personal sin censura, lo que la convirtió en una verdadera ciudad escrituraria gobernada por una minoría. Esto motivó la diglosia de la sociedad latinoamerica: por un lado, una lengua cortesana y pública; y por el otro, una lengua privada y de la plebe. Asimismo, la ciudad escrituraria estaba rodeada por dos anillos enemigos: la urbe popular donde se formó el español americano; y el espacio rural indígena o negro. La actitud defensiva de la ciudad escrituraria se concretó en un apego a la norma peninsular; haciendo de la clase letrada, en sus interminables intercambios epistolares con la Metrópoli, traductores de los códigos lexicales de las colonias. Estos mismos letrados serían los encargados, en el periodo pos-revolucionario, de mantener el orden al ponerse al servicio de los caudillos militares y elaborar los textos constitucionales de las nacientes repúblicas; demanda que significó su propia ampliación estamentaria, al continuar la función doctrinal que habían desempañado durante la Colonia bajo otro nombre: la función educativa.
En el cuarto capítulo, «La ciudad modernizada», se aborda el quiebre que representó el proceso de modernización de las ciudades latinoamericanas desde 1870, en el cual «un sector recientemente incorporado a la letra desafiaba el poder» (p. 71). Después de medio siglo de alternancia entre liberales y conservadores, ambos pertenecientes al circuito letrado, se produjo una transformación de la Universidad con la creación de escuelas técnicas, debido al influjo del positivismo, para satisfacer la demanda causada por el aumento demográfico, de las exportaciones y del impulso urbanizador. La actividad de los intelectuales quedó confinada a tres ámbitos: la educación, la diplomacia y el periodismo. Esta última, aunque ajena a la esfera del poder, terminó ejerciéndose de manera mercenaria. Los mitos urbanos que se constituyeron ante un panorama de imposible enfrenamiento al poder fueron colectivos (a diferencia de los EE.UU.), encarnados en las figuras del rebelde y el santo, a través del bandolerismo y el mesianismo. Por otro lado, la creación de las Academias de la Lengua compensó la subversión lingüística operada por la democratización, la inmigración, la influencia francesa y la fragmentación de las nacionalidades. La ciudad letrada de la modernización realizó dos operaciones: la extinción de la naturaleza y lo rural al estudiar la tradición oral de ambos espacios como objetos en vías de extinción de carácter literario pero no cognitivo lo que permitió la justificación de los proyectos nacionalistas; y la homogenización de la heterogeneidad urbana debido a la inmigración extranjera y a la estratificación social. La disolución de la ciudad física por la modernización generó una experiencia cotidiana de extrañamiento en sus habitantes que buscó reparar la escritura por dos caminos: la invención futurista y la invención pasatista. Los únicos que oscilaron entre la ciudad real y los márgenes de la ciudad letrada fueron los poetas, des-ubicados del poder. 
En el quinto capítulo, «La polis se politiza», Rama divide la historia del s. XX en tres periodos: el nacionalista (1911-1930), el populista (1930-1972), y el catastrófico/dictatorial (1973 en adelante). Desde la Revolución mexicana se suceden una serie de movimientos similares en las décadas siguientes a la par que América Latina se incorpora a la economía-mundo y se torna más patente su dependencia de ese sistema. Sin embargo, la especialización artística que proponía al letrado dicho mercado no lo alejó de su activa participación en la política. La generación de poetas y ensayistas modernistas y de escritores naturalistas desempeñó una función ideologizante, de tendencia juvenilista y redentora (espiritualista y antimodernizadora), que fue enjuiciada negativamente por la generación nacionalista siguiente aunque los respetaran desde el punto de vista artístico. La prensa fue el soporte de los discursos del 900 a través de dos géneros: el propagandístico y el filosófico-político. La expansión de los sectores comerciantes e industriales no frenó el autoritarismo del sistema político lo que generó la aparición del cesarismo democrático, es decir, «la directa conducción militar, enguantada con formas civilistas» (p. 132), a la que se plegaron varios intelectuales de la época. 
En el último capítulo, «La ciudad revolucionada», se analiza la conversión del intelectual en correligionario a partir de la creación de los nuevos partidos definidos por tres elementos: radicalidad ideológica (exclusivismo/personalismo), organización democrática y solidaridad nacional (misticismo partidario). Además, la emergencia del sector editorial facilitó un circuito autónomo y ajeno al poder en el que el intelectual establecía un contacto directo con el público, lo que motivó su trasformación en tres aspectos: incorporación de doctrinas sociales (anarquistas y comunistas), autodidactismo (frente a la Universidad) y profesionalismo (sin mecenazgo). Ambos factores propiciarían un renovado pensamiento crítico que no estaría exento de una percepción dilemática del intelectual por parte del poder hasta nuestros días: la admiración indiscutible por su capacidad para manejar el instrumento linguístico (y técnológico, actualmente); y la desconfianza respecto a su solidaridad y persistencia. 


[1] Rama, Ángel. La ciudad letrada. Hanover, Ediciones del Norte, 1984.
[2] Categoría propuesta por el teórico literario Mijail Bajtin que designa «la unión de los elementos espaciales y temporales en un todo inteligible y concreto. El tiempo se condensa aquí, se comprime, se convierte en visible desde el punto de vista artístico; y el espacio, a su vez, se intensifica, penetra en el movimiento del tiempo, del argumento, de la historia. Los elementos del tiempo se revelan en el espacio, y el espacio es entendido y medido a través del tiempo». En: «Las formas del tiempo y del cronotopo en la novela (Ensayos de poética histórica)». Teoría y estética de la novela. Madrid, Taurus, 1991, pp. 237-8.