El Trípode de Helena es un blog personal. En la parte superior de la columna izquierda, verán mi retrato y debajo una breve biodata. A continuación, están organizadas las entradas según los temas recurrentes y según la fecha en la que fueron publicadas. Si a alguno de ustedes le intriga el título del blog, de click aquí. Si están interesados en descubrir más acerca de la imagen del encabezado, entren aquí.

lunes, 25 de mayo de 2026

La segunda vuelta peruana en Italia: miedo, rabia y resignación

 


No se vota igual en primera que en segunda vuelta. Parece una obviedad, pero en realidad ese es el primer error de casi todos los análisis electorales. En primera vuelta, una diáspora dispersa puede votar por afinidad, por convicción, por bronca, por una idea vaga o por alguien cuyo nombre todavía resuena en la propia biografía migrante. En segunda vuelta, todo eso se altera. El voto deja de ser afirmativo y se vuelve reactivo —el famoso “mal menor”—: contra alguien, por miedo, por descarte, por cálculo. En el caso de las y los peruanos en Italia, esa diferencia puede ser decisiva.


Los datos de la primera vuelta ofrecen una fotografía que conviene mirar sin ilusiones. Aproximadamente el 50% del padrón acudió a votar en términos de votos válidos: unas 48 mil personas. Ricardo Belmont obtuvo 17,4%, López Aliaga 16,4%, Fujimori 14% y Álvarez 13,4%. En otras palabras: casi dos de cada tres peruanos que votaron válidamente en Italia eligieron a uno de estos cuatro candidatos.


Lo primero que esto revela es algo importante: Italia no fue, en primera vuelta, un territorio fujimorista puro. Keiko no arrasó. El voto estuvo fragmentado entre varias figuras distintas, aunque muchas de ellas orbitan, de maneras diversas, dentro de un mismo clima político: conservadurismo populista, antipolítica, liderazgo personalista o promesa de orden.


Eso obliga a una lectura más cuidadosa. Porque la verdadera pregunta de la segunda vuelta no es qué pasó en la primera, sino qué hace ahora ese electorado cuando desaparecen sus candidatos y el campo se reduce a dos opciones irreductibles: Keiko Fujimori o Roberto Sánchez.


Hay un bloque relativamente fácil de leer: el voto de López Aliaga. Allí parece existir la transferencia más directa hacia Fujimori. No porque sean idénticos, sino porque comparten códigos políticos reconocibles: conservadurismo moral, anticomunismo, promesa de mano dura, imaginario empresarial y una parte importante de redes católicas conservadoras. Roma, Trieste, Bolzano e incluso algunos sectores de Bolonia muestran que ese voto podría reordenarse relativamente rápido detrás de Keiko. No de manera total —siempre existe un votante lopezaliaguista que desprecia al fujimorismo clásico—, pero sí de manera significativa.


El voto fujimorista, en cambio, ya está donde está. Ese 14% no es una reserva flotante. Es voto duro, disciplinado, fidelizado. Probablemente sea el segmento más estable de toda la elección exterior.


Pero donde realmente se juega una parte importante del comportamiento electoral peruano en Italia es en el voto Belmont y en el voto Álvarez.


Belmont es, quizás, el dato sociológicamente más revelador de toda esta primera vuelta. Que haya encabezado el voto italiano no significa necesariamente una derechización doctrinaria. Belmont no es López Aliaga. Su votante parece hablar de otra cosa: reconocimiento de una figura antigua, memoria política, outsider conocido, rostro que todavía habita un archivo afectivo de una diáspora que migró en décadas anteriores. En Florencia, Perugia, Milán, Génova o Turín esto aparece con cierta claridad. Hay allí una política de la memoria.


Y ese electorado no es automáticamente transferible.


Una parte puede ir hacia Fujimori si predominan el deseo de orden o el rechazo a la izquierda. Pero otra parte puede abstenerse, votar en blanco o incluso reaccionar contra el fujimorismo. Belmont no parece expresar un voto ideológico puro; más bien encarna un voto líquido, emocional, personalista y muchas veces antipartidario.


Algo parecido ocurre con Álvarez (solo ganó en Ancona), aunque desde otro lugar. Su votante no parece responder a una derecha clásica, sino a una mezcla de bronca social, indignación, antipolítica mediática y discurso punitivo. Es un voto outsider también, pero más coyuntural que el de Belmont. Puede inclinarse hacia Keiko si el eje dominante se vuelve seguridad y orden, pero también puede dispersarse si lo que termina pesando es el rechazo general a toda la clase política.


Allí aparece la gran pregunta de la segunda vuelta: ¿todo el populismo no fujimorista terminará absorbido por Keiko?


La respuesta es: no necesariamente.


Y esa distinción importa.


Porque cuando uno mira la geografía italiana aparecen comportamientos distintos.


Milán, que concentra uno de los mayores núcleos peruanos, reproduce casi en miniatura el patrón nacional italiano: Belmont, López Aliaga, Fujimori y Álvarez muy cerca entre sí. Es una ciudad fragmentada, compleja, con capas migratorias distintas: diáspora histórica, trabajadores precarizados, nuevos emprendedores, sectores culturales, migración femenina de larga duración, jóvenes ya formados políticamente en Italia. Aquí Fujimori podría partir con cierta ventaja estructural, pero no parece un territorio de unanimidad automática.


Roma luce más favorable a Fujimori. Allí el voto de López Aliaga pesa más y parece existir una estructura más organizada de conservadurismo migrante.


Florencia, en cambio, es más incierta. El peso de Belmont obliga a una lectura menos lineal. No está claro que ese voto se transfiera automáticamente.


Nápoles muestra un núcleo relativamente favorable a Fujimori, aunque sobre números más pequeños.


Bolonia aparece como un espacio fragmentado, donde la sociología progresista del entorno italiano convive con una comunidad peruana que, en primera vuelta, votó dentro de un registro populista amplio. No es un territorio fácilmente clasificable.


Turín se parece bastante a Milán: competitivo, fragmentado, sin hegemonía total.


Trieste, aunque con muestra pequeña, sí parece inclinarse más hacia Fujimori por el peso desproporcionado de López Aliaga.


La lectura general obliga, entonces, a la prudencia.


Italia no parece ser, estructuralmente, el territorio más favorable para Sánchez. Sería ingenuo negarlo. El campo político de primera vuelta muestra una inclinación conservadora-populista bastante clara. Pero tampoco sería correcto asumir que Italia ya está completamente capturada por Fujimori. Porque una parte importante del voto peruano en Italia no parece ideológicamente fujimorista, sino populista no doctrinario. Ese electorado es más inestable de lo que parece. Y precisamente por eso la segunda vuelta en Italia podría moverse dentro de varios escenarios.


1. El más probable: Fujimori gana con cierta claridad, captando buena parte del voto de López Aliaga y una fracción significativa del voto Belmont y Álvarez.


2. Un escenario más abierto: parte del voto outsider no se ordena, se fragmenta, se abstiene o vota en blanco, y entonces la elección se estrecha.


Porque en segunda vuelta, como casi siempre, ya no se trata tanto de quién convenció con mejores argumentos, sino de qué afecto político termina imponiéndose: miedo, rabia o resignación.


Y en una diáspora como la peruana en Italia, esa batalla no se juega solamente en ideologías. Se juega, sobre todo, en biografías de carne y hueso.


lunes, 18 de mayo de 2026

Rituales


Christoph Wulf

 

  1. Los rituales crean comunidades performativas y producen vínculos colectivos mediante acciones compartidas.
  2. La performatividad ritual genera nuevas realidades sociales y transforma las relaciones entre las personas.
  3. La eficacia del ritual surge de su representación y de la disposición performativa de quienes participan.
  4. En el ritual, el cuerpo participa plenamente: se expone, se transforma y deviene otra cosa.
  5. Los rituales legitiman, reproducen y subvierten jerarquías sociales y estructuras de poder.
  6. Cada ritual produce un espacio performativo cargado de memoria cultural y experiencia compartida.
  7. La experiencia del tiempo sagrado se aprende culturalmente a través de prácticas rituales repetidas.
  8. Los rituales articulan secuencias de acciones diversas dentro de una estructura organizada y significativa.
  9. Los rituales regulan la relación con la alteridad y gestionan las diferencias entre sujetos y grupos.
  10. El ritual produce y fortalece lo sagrado, sosteniendo el sentimiento religioso y las imágenes colectivas.
  11. Los procesos imitativos articulan transmisión sincrónica de gestos y continuidad diacrónica mediante repetición histórica.
  12. La imitación permite adquirir el saber práctico necesario para ejecutar correctamente la acción ritual.