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martes, 14 de julio de 2026

La fiesta eres tú: carta a una/un artista del Sur Global que vive o trabaja en Milán


"Tupi or not tupi, that is the question".

Oswald de Andrade, Manifiesto antropófago (1928)


Querid*,

Milán te acoge, pero no te espera.

Lo único que realmente espera son las weeks —del diseño, de la moda, del arte, de la música, de la fotografía— que se suceden como si el año pudiera fragmentarse en unidades consumibles. No es un calendario, es un régimen. Regresan cada año con la regularidad de una enfermedad crónica, como si la ciudad no pudiera escapar de su propia repetición. Y quizá tú tampoco.

Dentro de este régimen es posible que encuentres un lugar. Pero no cualquier lugar. Al principio se abrirán para ti las puertas del activismo, la mediación y la educación. Se te pedirá involucrar, traducir, acompañar. Se te invitará a encarnar el puente, pero rara vez a decidir el recorrido. No es una casualidad, es una distribución. Arriba, quienes conciben; en el centro, quienes conectan; abajo, quienes ejecutan. Y tu cuerpo, con demasiada frecuencia, será leído como un cuerpo que opera pero no planifica, que sostiene pero no define. Ahí comienzan los problemas. No porque no tengas acceso, sino porque el acceso no te otorgará poder.

Te dirán que Milán es una ciudad abierta, que existen convocatorias, proyectos y organizaciones dispuestas a abrazar la diversidad. Y es cierto. Pero también es necesario nombrar la trampa: becas, subvenciones, residencias, festivales, exposiciones, publicaciones, congresos y otros dispositivos semejantes solo abren un paréntesis dentro de un tiempo y un espacio poco hospitalarios. En realidad, no son más que una excepción administrada. Un falso carnaval. Si participas, lo haces bajo condiciones precisas: duración limitada, producción esperada, rentabilidad calculada. Es una forma de hospitalidad que puede transformarte en un turista cultural de larga duración, versión estilizada de una diversidad que la ciudad ya ha aprendido a gestionar.

Por eso la pregunta no es si estás dentro, sino en qué condiciones lo estás.

No todo intercambio es un verdadero diálogo. A menudo es una sustracción: aculturación, adaptación, búsqueda de legitimidad. Volverse comprensible, volverse aceptable. En el centro de este impulso hay una historia mucho más larga, en la que la imposición sobre cuerpos, lenguas y territorios no era una metáfora, sino un sistema de explotación. Esa historia no ha desaparecido; se ha vuelto más difusa, más interiorizada. Se llama colonialidad.

La herramienta más sutil de la colonialidad es la autocensura. Existe un doble invisible que te susurra al oído y te corrige incluso antes de que pienses, hables, escribas o actúes. En la diáspora, ese doble es particularmente eficaz. Anticipa el límite, modula el tono, evita el exceso. Así no molestas a nadie. Y la violencia deja de parecerte externa e institucional, y comienzas a llamarla "civilización".

Si este es el panorama que tienes delante, ¿por qué permaneces? Ni yo ni nadie tiene derecho a exigirte una respuesta. Si has decidido vivir en Milán, Barcelona, París, Berlín, Londres o cualquier otra ciudad europea, no tienes que justificarte. Más interesante es preguntarse con qué fin lo haces: qué efectos produce tu presencia aquí, qué consecuencias abre. Quiero compartir contigo las respuestas que, con toda probabilidad, tú mismo me enseñaste si nuestros caminos se cruzaron, o que quizá no conocías o habías olvidado.

En primer lugar, para impugnar la división occidental entre hacer, sentir y pensar. No existe trabajo manual sin pensamiento, ni trabajo intelectual sin cuerpo. Es el cuerpo el que piensa. Quien media conceptualiza, quien ejecuta decide, quien dirige encarna. No como metáfora, sino como práctica concreta que reorganiza los sentidos, trasciende los dualismos, inventa roles y desestabiliza jerarquías. El mundo se hace con las manos.

En segundo lugar, para impedir el eterno retorno de la banalidad. El régimen de la ciudad promete novedad, pero siempre repite lo mismo. Acelera la percepción para evitar el cambio. Frente a ello, propone un armisticio: un tiempo sin producción obligatoria, sin eventos, en el que algo pueda aparecer sin haber sido programado. Salir del ritmo impuesto no es retirarse a descansar; es estar realmente presente. Organízate y participa en una huelga cultural general.

En tercer lugar, para romper el tabú moderno que separa naturaleza y sociedad. No trabajes en "lo cultural", "lo social" o "lo político" como si fueran sustancias homogéneas. Sociedad, cultura y política no explican nada: son el efecto de asociaciones, alianzas y negociaciones. Trabaja sobre ese tipo de relaciones. No se trata de inclusión o representación, sino de articulación. Gatos, túneles, canales, casas ocupadas, kufiyas, huelgas: crea ensamblajes con entidades que te permitan seguir habitando y reparando el mundo en común.

En cuarto lugar, para sostener la opacidad. No expliques todo, no sublimas todo, no domestiques todo. Acepta perder legibilidad, networking, financiación y distribución. Porque no todo lo que circula transforma, y no toda visibilidad es sinónimo de potencia. A veces, insistir en ser aceptado es la forma más eficaz de traicionarse a uno mismo. No permitas que te profanen.

En quinto lugar, para practicar y compartir la antropofagia. "Solo la antropofagia nos une. Socialmente. Económicamente. Filosóficamente". No te adaptes: devora. Y luego vomita algo impuro. La antropofagia no preserva identidades; metaboliza lo que recibe y lo devuelve irreconocible. Esto implica también tragarte tu identidad nacional de origen —y, sobre todo, la italiana— y transformarla en un amalgama que escape a la captura de cualquier Estado-nación. Así te liberarás de la doble tentación del aislamiento y la asimilación.

Por último, para aprender qué no hacer. Evita convertirte en objeto de investigación, pieza de museo o atracción de zoológico. Que hablar de lo que ocurre en otras partes del planeta no te exima de problematizar lo local. No llames intercambio a lo que es extracción. No romantices las cuotas. No produzcas por inercia. No sigas el ritmo de la máquina. No instrumentalices el saber de tu pueblo para tener éxito. No reduzcas tu práctica artística a un souvenir. No te pongas al servicio de quienes añoran el pasado y defienden la tradición. No te sometas al imperio de los algoritmos. No construyas una carrera; construye una opinión sobre el mundo. No permitas que pronuncien mal tu nombre. No te integres, desintégrate. No seas un buen salvaje. Sé un caníbal. Un bárbaro. Calibán.

Esto no es una invitación a salir del sistema, sino a no dejarte capturar por él. A abrir grietas y sostenerlas. A habitar sin pedir permiso. A crear sin responder a la demanda capitalista. A pensar desde el cuerpo y a componer redes transgeneracionales, transnacionales, bióticas y abióticas. A decir siempre lo que piensas en voz alta. A ser realista y exigir lo imposible.

No hay ninguna garantía de que lo que te propongo funcione. Es muy probable que haya fricciones, excomuniones, momentos en los que te parezca más fácil ceder, volverte digerible, venderte. Cuando te sientas así, recuerda que la ciudad funciona porque tú también la sostienes. Y que puedes sostenerla de otra manera.

Y si crees que estás a punto de sucumbir, si dudas, si no consigues devorar al colonizador que vive escondido dentro de ti, no te culpabilices y baila: el arte —que no es solamente arte de lo viviente ni de lo humano— es fiesta.

Y la fiesta eres tú.


miércoles, 12 de febrero de 2025

Panorama del arte milanés en el corto siglo XX (1910-1990)

 

Milán es una ciudad de alta tensión.

José Carlos Mariátegui 




La città sale 
Umberto Boccioni, 1911


Milán fue uno de los epicentros de la renovación del arte italiano durante el siglo pasado. En 1907, llegó a la ciudad Umberto Boccioni (1886-1916) con la intención de “pintar lo nuevo, el fruto de nuestros tiempos industriales”. Durante su estancia milanesa, produjo obras notables como el paisaje impresionista Officine a Porta Romana (1910) y el futurista La città sale (1911), deudoras de los bocetos urbanos del escultor y fotógrafo Medardo Rosso (1858-1928). En estos años se creó también la Milano Films que produjo algunas obras maestras del cine mudo italiano como L’inferno (1911), dirigida por Francesco Bertolini, Giuseppe De Liguoro (1869-1944) y Adolfo Padovan (1869-1930). Otro artista afincado en la capital lombarda, desde 1919, fue Carlo Carrà (1881-1966), quien había abandonado el futurismo por la pintura metafísica como lo demuestra Le figlie di Loth del mismo año. Por su parte, el arquitecto futurista Antonio Sant’Elia (1888-1916) se imaginó una Milán del futuro en sus diseños de la Città Nuova (1914). En la orilla opuesta, el Castello Cova (1915) de Adolfo Coppedè (1871-1951) es todavía un ejemplo del neomedievalismo arquitectónico.


Bajo la sombra del fascismo, apareció el grupo Novecento (1922), formado por artistas sostenidos por la galería Pesaro. Entre los pintores, se encontraban Gian Emilio Malerba (1880-1926), Mario Sironi (1885-1961) y Leonardo Dudreville (1885-1976). Todos proponían un “retorno al orden” que oscilaba entre un clasicismo monumental y un realismo mágico. Los cuadros Maschere (1922) de Malerba, Periferie (1922) de Sironi y Amore: discorso primo (1924) de Dudreville son claros ejemplos. En arquitectura, destacó Giovanni Muzio (1893-1982), responsable de varios edificios fascistas de la ciudad como el Tempio della Vittoria (1926); el Palazzo dell’Arte (1933), construido para hospedar la Trienal de artes decorativas e industriales modernas; y la sede central de la Universidad Católica (1934). No podemos dejar de mencionar al también arquitecto, Ulisse Stacchini (1871-1947), a quien debemos el Estadio de San Siro (1926) y la Estación Central de Milán (1931), esta última en estilo Liberty. En 1928, Bruno Munari (1907-1998) y Aligi Sassu (1912-2000) firmaron el manifiesto del segundo futurismo Dinamismo e riforma muscolare para teorizar una pittura antinaturalista.


En los años treinta, Milán se convirtió en el centro del abstraccionismo italiano, debido a las muestras de nuevos artistas en la galería Il Milione. Basta recordar obras como Paesaggio cosmico (1930) de Enrico Prampolini (1894-1956), producto de su adhesión a la aeropintura. Otro abstraccionista fue el arquitecto Atanasio Soldati (1896-1953), afín al neoplasticismo como muestran sus composizioni. Por su parte, el ítalo-argentino Lucio Fontana (1899-1968), discípulo del escultor Adolfo Wildt (1868-1931) en la Academia de Brera, fundó en Buenos Aires (1946) el espacialismo y lo exportó en Milán unos años después. Figura versátil fue el pintor y cineasta Luigi Veronesi (1908-1998), que rodó una serie de cortos que combinaban experimentalismo y publicidad. Por su parte, Munari, junto con Soldati, fue el fundador del Movimiento Arte Concreta (1948) y, con sus macchine inutili, un precursor del arte cinético en Italia. Asimismo, en 1938, llegó a la ciudad el pintor albanés Ibrahim Kodra (1918-2006), exponente de un cubismo bastante decorativo. De mayor trascendencia, en cambio, fue la creación del Grupo BBPR (1932), formado por los arquitectos Gian Luigi Banfi (1910-1945), Ludovico Barbiano (1909-2004), Enrico Peressutti (1908-1976) y Ernesto Rogers (1909-1969); responsable, varias décadas después, de la brutalista Torre Velasca (1961). También destaca el arquitecto del Pabellón de Arte Contemporáneo de Milán, Ignazio Gardella (1905-1999).


En la posguerra, destacó Mario Nigro (1917-1992), afiliado al MAC, cuya pintura se caracterizó por un abstraccionismo rítmico, desarrollado en su serie Spazio totale de la década del cincuenta. En 1954, llegó a la ciudad el escultor Arnaldo Pomodoro (1926-), célebre por sus sfere de bronce. Ese mismo año, comenzó su carrera el fotógrafo Ugo Mulas (1928-1973), continuador de la estética de Paolo Monti (1908-1982). Afiliado a la escuela de Fontana, en cambio, Roberto Crippa (1921-1972) utilizó la técnica del action-painting en su serie Spirali. Por su parte, el pintor Enrico Baj (1924-2003) fue impulsor del movimiento nuclear, que reflexionó sobre la amenaza atómica en obras como Lo scoppio viene da destra (1952). Emilio Scanavino (1922-1986) se acercó a la caligrafía japonesa para afirmar la autonomía estética del signo artístico. Es imposible olvidar a Piero Manzoni (1933-1963), reconocido internacionalmente por su escultura de impronta dadaísta Merda d’artista (1961). Otro artista conceptual fue Vincenzo Agnetti (1926-1981), colaborador de la revista, y luego galería, Azimut, creada por Manzoni en 1959. No podemos cerrar esta década sin mencionar la construcción de la icónica Torre Pirelli (1960), en estilo racionalista, bajo la supervisión del arquitecto Giovanni Ponti (1891-1979), principal impulsor del premio Compasso d’oro (1954), dedicado al diseño industrial y auspiciado por la tienda La Rinascente.


Los años sesenta y setenta fueron de gran efervescencia artística en la capital lombarda. Destacó, por ejemplo, la finalización de la catedral de Milán, con la colocación de la quinta puerta en 1965, obra de Luciano Minguzzi (1911-2004). Por otro lado, el Cenobio (1962) fue un colectivo artístico que no renunció a la pintura, pero desnuda de cualquier expresionismo gestual o matérico. Entre sus miembros estuvieron Arturo Vermi (1928-1988), Angelo Verga (1933-1999), Ettore Sordini (1934-2012), Agostino Ferrari (1938-) y Ugo La Pietra (1938-). Sordini y Verga venían del movimiento nuclear y Azimut. El primero trabajó una pintura de trazos etéreos y límpidos; mientras el segundo usaba una pincelada ancha y cargada de color. La obra más conocida de Vermi son los Diari: líneas verticales trazadas paralelamente sobre papel para dar la impresión de una escritura. Por su parte, Ferrari desarrolló un alfabeto personal que unía formas geométricas a colores. El más ecléctico del grupo fue La Pietra, autor de una serie de diseños, Attrezzature urbane per la collettività (1977-9), pensados para reutilizar políticamente diversos espacios de la ciudad. 


Fundamental para el arte milanés de las décadas sucesivas fue la galería Marconi, que funcionó entre 1965 y 1992. Bajo su órbita, Baj produjo una de sus obras maestras, I funerali dell’anarchico Pinelli (1972), que tomaba como modelo I funerali dell’anarchico Galli (1911) de Carrà. Lucio Del Pezzo (1933-2020), fundador del Grupo 58 de Nápoles, se caracterizó por un estilo de reminiscencias dadaístas pero revisitado desde una mirada pop, como lo demuestran sus collages tridimensionales. Otro pintor que expuso en la galería fue Valerio Adami (1935-), en su obra es evidente la preeminencia de la línea sobre el color, como en L’attentato (1971). El escultor Alik Cavaliere (1926-1998) ingresó a la órbita de la galería con obras de inspiración vegetal; Rodolfo Aricò (1930-2002) con sus pinturas-objeto que trasforman superficies de color en esculturas relacionadas con el ambiente circunstante; y Giuseppe Uncini (1929-2008) con sus esculturas concebidas como construcciones arquitectónicas. Otro artista interesante auspiciado por Marconi fue Giuseppe Spagnulo (1936-2016), cuyas esculturas horizontales estaban pensadas a modo de instalaciones.


En los setenta, se estableció en Milán el artista peruano Jorge Eduardo Eielson (1924-2006), quien participó en la Bienal de Venecia en cuatro ocasiones (1964, 1966, 1972 y 1988). En 1976, los hermanos Alessandro (1946-) y Adriana Guerriero fundaron el Studio Alchymia, grupo de vanguardia post-radical que aglutinó a importantes diseñadores. Dos años después, la Casa degli Artisti, espacio creado en 1909, fue relanzado con el apoyo del escultor Luciano Fabro (1936-2007) y del performer japonés Hidetoshi Nagasawa (1940-2018). Pronto se convirtió en una incubadora de proyectos artísticos y de conservación del patrimonio de la ciudad como ocurrió, en 1994, cuando sus miembros exigieron la restauración de la obra I bagni misteriosi (1973) de Giorgio de Chirico (1888-1978). Por su parte, el arte pobre estuvo representado por el escultor Mario Merz (1925-2003). Finalmente, como reacción al arte conceptual y pobre de la neovanguardia, apareció la posmoderna transvanguardia. Uno de sus integrantes, el pintor y escultor Enzo Cucchi (1949-), presentó una individual en Milán en 1977. Cabe mencionar también al arquitecto posmoderno Aldo Rossi (1931-1997).


A inicios de los ochenta, se formaron dos de los colectivos artísticos más importantes de la historia de Milán: Memphis (1981) y Studio Azzurro (1982). El primero, dirigido por Ettore Sottsass (1917-2007) y Michele De Lucchi (1951-), introdujo el kitsch minimalista en el diseño italiano. El segundo, integrado por Fabio Cirifino (1949-), Paolo Rosa (1949-2013) y Leonardo Sangiorgi (1949-), puso en relación arte y nuevas tecnologías. Célebre fue su instalación Il Nuotatore (1984), presentada en la Bienal de Venecia, y por Dove va tutta 'sta gente (2000) que anticipa los desencuentros de la migración. Mención aparte merece la arquitecta y diseñadora industrial Gaetana Aulenti (1927-2012), formada en el Politécnico de Milán (como tantos otros artistas del siglo XX) y reconocida por la renovación de diversos museos alrededor del mundo. Y ya que hablamos de designers, se podría hacer un artículo aparte dedicado exclusivamente a las obras de Ponti, Munari, Sottsass, Piero Fornasetti (1913-1988), Marco Zanuso (1916-2001), Achille Castiglione (1918-2020), Vico Magistretti (1920-2006), Alberto Roselli (1921-1976), Cini Boeri (1924-2020), Alessandro Mendini (1931-2019), Andrea Branzi (1938-2023), Franco Raggi (1945-), Antonio Citterio (1950-), que han hecho de Milán no solo la capital de la moda*, sino del diseño italiano.


* La moda en Milán tiene una larga historia como lo demuestran la actividad pionera de Rosa Genoni (1867-1954), Ermenegildo Zegna (1892-1966), Jole Veneziani (1901-1989), Germana Marucelli (1905-1983) y Elvira Leonardi (1906-1999). El impulso definitivo se debió a la institución de la Fashion Week en 1958 con el auge de la moda prêt-à-porter. Pero la explosión llegó solo en la década de los setenta, cuando los desfiles se convirtieron en grandes eventos comunicativos, gracias a las colecciones de Ottavio (1921-2013) y Rosita Missoni (1931-2025), Mariuccia Mandelli (1925-2015), Giorgio Armani (1934-), Elio Fiorucci (1935-2015), Walter Albini (1941-1983), Nicola Trussardi (1942-1999), Gianfranco Ferré (1944-2007), Gianni Versace (1946-1997), Miuccia Prada (1949-), Franco Moschino (1950-1994), Alberta Ferretti (1950-), Domenico Dolce (1958-) y Stefano Gabbana (1962-).




Il nuotatore (va troppo spesso ad Heidelberg)
Studio Azzurro, 1984

martes, 13 de diciembre de 2016

¿"La primavera" o el "Jardín de Amor"?: Sobre un cuadro de Boticelli


El largo camino que separa a Giotto de Leonardo da Vinci, es decir, ese que recorre desde las postrimerías del arte medieval, cargado aún de una fuerte influencia bizantina, cuya función, en el caso de la pintura, era básicamente religiosa, y que alcanzará una formulación que la tradición posterior asumirá como paradigmática, durante ese periodo que autores como Heinrich Wölfflin han llamado Alto Renacimiento (1500-1520), ese camino puede ser caracterizado, de forma muy sucinta, como el de la imitación progresiva de la naturaleza. Así, el pintor o escultor del románico y del gótico todavía estaba atrapado en lo que Ernst Gombrich denominaba schemata. En cambio, el artista influenciado por el humanismo temprano, a partir de los siglos XIV y XV, intentará alejarse, poco a poco, de todo modelo preconcebido, excepto del que le proporcionan sus sentidos a través de la contemplación de lo que le rodea. 


Este camino, a su vez, se entroncará con otro, el de la racionalidad matemática e irá superponiéndose con él hasta parecer formar uno solo, cuyos mayores representantes se encontrarán en Florencia, la rica ciudad-estado italiana, gobernada por los Médici. Si en Giotto ya se pueden apreciar algunos intentos por representar el espacio en el que están las figuras, será con Massaccio (La Trinidad, 1425) y con Mantegna (Lamentación de Cristo muerto, 1480) que la perspectiva y la línea ocuparon un lugar central en la tradición pictórica florentina y, a partir de ella, en la italiana, como lo demuestra la influencia de Mantegna en Venecia, a través de los Bellini. El arte que estos creadores producen será, en su mayoría, también de carácter religioso y las técnicas medievales pervivirán en sus obras a través del fresco.  Sin embargo, es durante la segunda mitad del siglo XV que aparecerá una figura ajena al caudal artístico predominante. Estamos hablando de Sandro Boticelli (1445-1510). 

Las dos obras más importantes de Boticelli, El nacimiento de Venus y La primavera (ambos en la Galería Uffizi) fueron ejecutadas, como plantea Aby Warburg, por encargo de Lorenzo el Magnífico, príncipe de Florencia, cortesano y humanista quien junto a Poliziano, poeta y tratadista, conformaron un círculo de intelectuales de tendencias neoplatónicas en dicha ciudad. La trascendencia de estas obras radica en su carácter asintomático o, mejor dicho, producto de un contexto muy singular. Ambas forman una especie de díptico que responde más a las inclinaciones estéticas de Lorenzo y su círculo que a esa búsqueda por “imitar la realidad” de la que hemos hablado antes. Para demostrar esto último, nos centraremos en el análisis de la segunda pintura.


La Primavera o, como prefiere llamarla Warburg, el Jardín de Amor, fue encargada por Lorenzo, para una de sus estancias privadas, hacia 1480. Se trata de una pintura al temple sobre tabla, lo que le da ese acabado liso en la superficie, de unos 203 x 314 cm. En cuanto a su composición, se trata de una obra simétrica, a partir del eje vertical ubicado en el centro de la misma. Horizontalmente, se puede distinguir con claridad dos zonas pictóricas, la primera formada por el cuarto superior en la que predominan los tonos oscuros (que constrastan con los dorados de los frutos) y la segunda formada por los tres cuartos restantes en la que resaltan los celestes, blancos, amarillos y rojos.

Warburg, en su célebre ensayo sobre la obra, ha procedido a la identificación iconográfica de la misma. La figura central, que está ubicada por encima de las demás para acentuar su profundidad, aunque esta rompa los efectos de la perspectiva matemática, y nos hable, por lo tanto, de otro tipo de ordenamiento, en este caso, muy similar al jerárquico de la Edad Media, es la que con mayor notoriedad rompe la isocefalia. Esta ruptura, presente también en las figuras de la derecha que comentaremos más adelante, genera un ritmo en la composición y la aleja de otras representaciones similares por su disposición como los mosaicos bizantinos. Según Warburg, esta figura corresponde a una representación alegórica del amor y, por ello, la composición completa estaría situada en sus “dominios”. Encima de la misma, se encuentra la imagen de Cupido, presto a lanzar una flecha hacia el grupo de las tres mujeres jóvenes que se encuentran a su derecha, y que nuestra visión parece seguir primero por la inclinación de la cabeza de Amor hacia ese lado, y la extensión de la palma abierta. Se trata de las tres Gracias, tema de la Antigüedad que gira en torno a la retribución como concepto clave. Así, sus cuerpos entrelazados forman una sola unidad y parecen ejecutar una misteriosa danza, lo cual es insinuado por el movimiento de sus vestiduras. Finalmente, en el extremo izquierdo, aparece la figura sola de Mercurio, quien porta una túnica roja y extiende el caduceo con la mano derecha hacia arriba como para botar uno de los frutos dorados del follaje que cubre su cabeza. Por el otro lado, se encuentra, en una especie de caminata interrumpida, la figura de la Primavera, la cual corresponde, según Warburg, a la misma de la Venus del Nacimiento…, y se trataría de la bella Simonetta Cattaneo, una amiga cercana de Lorenzo. Ella porta un vestido, también ceñido al cuerpo como en el caso de las Gracias, y con el mismo efecto de una brisa que lo agita por la espalda. En este punto, podemos recordar la interpretación de Warburg sobre ese bewegtes beiwerk (movimiento accesorio). Según él, se trataría de un motivo recurrente en la tradición visual occidental y que al mismo tiempo rastreo en su biblioteca Mnemosyne hasta inicios del siglo XX. Para Warburg, la intención es la restauración de una representación alla antica, opuesta a las representaciones de la antigüedad o de los pasajes de la tradición judeo-cristiana alla francesa, es decir, transcisalpinas y que seguramente llegaban a la península a través de los libros de horas o de salmos. Es curioso notar como la figura de la Primavera parece salir del cuadro mediante el empleo de una acusada perspectiva caballera en su desplazamiento. Para finalizar, cabe agregar que el grupo del extremo derecho está conformado por Flora y Céfiro. Estamos ante un acto de fecundación, en el cual el soplo del dios genera el brote de una rama desde la boca de Flora. También, se trata de una escena de captura, cara a los pintores del Renacimiento y Barroco, por ser motivo de las transformaciones mitológicas que buscarán representar.




Se ha interpretado iconológicamente este cuadro como una metáfora del poder de Lorenzo y su gobierno en Florencia, una especie de “jardín de Venus” cultural y artística de la época. Incluso, se ha supuesto que la figura de Mercurio sería un retrato de él. Lo que sí es notorio es la factura singular, su total despreocupación por la perspectiva matemática, su composición aglutinante (esta característica sí es compartida con las obras del Renacimiento temprano) y su falta de naturalismo en la representación fisionómica de los cuerpos (alargados, extremadamente idealizados y jóvenes), tal vez todo ello producto de los poemas de Poliziano (especialmente su Stanza), y de la filosofía de Ficino y su Academia Platónica. Quizá lo que demuestre este cuadro, hecho para una estancia privada en la residencia de los Médici, para un círculo de especialistas y conocedores, atento al juego de las correspondencias y las referencias clásicas, no sea más que un anticipo temprano del tema de los dos tipos de amor, tal como luego lo plasmaría Tiziano (Amor sacro y amor profano, 1514). Si vemos a esta obra como un díptico, junto con el Nacimiento…, es imposible no reconocer a ese “amor desnudo” y ese “amor vestido”, ese amor celeste y puro, y otro terrenal e interesado. Si es así, la hipótesis de Warburg no perdería su valor, pero se podría explicar aquella incógnita que aún rodea la obra, ese rostro tan melancólico de la Venus en el jardín: Es un jardín que gobierna, sí, pero lejos de la inocencia y la verdadera virtud.