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martes, 14 de julio de 2026

La fiesta eres tú: carta a una/un artista del Sur Global que vive o trabaja en Milán


"Tupi or not tupi, that is the question".

Oswald de Andrade, Manifiesto antropófago (1928)


Querid*,

Milán te acoge, pero no te espera.

Lo único que realmente espera son las weeks —del diseño, de la moda, del arte, de la música, de la fotografía— que se suceden como si el año pudiera fragmentarse en unidades consumibles. No es un calendario, es un régimen. Regresan cada año con la regularidad de una enfermedad crónica, como si la ciudad no pudiera escapar de su propia repetición. Y quizá tú tampoco.

Dentro de este régimen es posible que encuentres un lugar. Pero no cualquier lugar. Al principio se abrirán para ti las puertas del activismo, la mediación y la educación. Se te pedirá involucrar, traducir, acompañar. Se te invitará a encarnar el puente, pero rara vez a decidir el recorrido. No es una casualidad, es una distribución. Arriba, quienes conciben; en el centro, quienes conectan; abajo, quienes ejecutan. Y tu cuerpo, con demasiada frecuencia, será leído como un cuerpo que opera pero no planifica, que sostiene pero no define. Ahí comienzan los problemas. No porque no tengas acceso, sino porque el acceso no te otorgará poder.

Te dirán que Milán es una ciudad abierta, que existen convocatorias, proyectos y organizaciones dispuestas a abrazar la diversidad. Y es cierto. Pero también es necesario nombrar la trampa: becas, subvenciones, residencias, festivales, exposiciones, publicaciones, congresos y otros dispositivos semejantes solo abren un paréntesis dentro de un tiempo y un espacio poco hospitalarios. En realidad, no son más que una excepción administrada. Un falso carnaval. Si participas, lo haces bajo condiciones precisas: duración limitada, producción esperada, rentabilidad calculada. Es una forma de hospitalidad que puede transformarte en un turista cultural de larga duración, versión estilizada de una diversidad que la ciudad ya ha aprendido a gestionar.

Por eso la pregunta no es si estás dentro, sino en qué condiciones lo estás.

No todo intercambio es un verdadero diálogo. A menudo es una sustracción: aculturación, adaptación, búsqueda de legitimidad. Volverse comprensible, volverse aceptable. En el centro de este impulso hay una historia mucho más larga, en la que la imposición sobre cuerpos, lenguas y territorios no era una metáfora, sino un sistema de explotación. Esa historia no ha desaparecido; se ha vuelto más difusa, más interiorizada. Se llama colonialidad.

La herramienta más sutil de la colonialidad es la autocensura. Existe un doble invisible que te susurra al oído y te corrige incluso antes de que pienses, hables, escribas o actúes. En la diáspora, ese doble es particularmente eficaz. Anticipa el límite, modula el tono, evita el exceso. Así no molestas a nadie. Y la violencia deja de parecerte externa e institucional, y comienzas a llamarla "civilización".

Si este es el panorama que tienes delante, ¿por qué permaneces? Ni yo ni nadie tiene derecho a exigirte una respuesta. Si has decidido vivir en Milán, Barcelona, París, Berlín, Londres o cualquier otra ciudad europea, no tienes que justificarte. Más interesante es preguntarse con qué fin lo haces: qué efectos produce tu presencia aquí, qué consecuencias abre. Quiero compartir contigo las respuestas que, con toda probabilidad, tú mismo me enseñaste si nuestros caminos se cruzaron, o que quizá no conocías o habías olvidado.

En primer lugar, para impugnar la división occidental entre hacer, sentir y pensar. No existe trabajo manual sin pensamiento, ni trabajo intelectual sin cuerpo. Es el cuerpo el que piensa. Quien media conceptualiza, quien ejecuta decide, quien dirige encarna. No como metáfora, sino como práctica concreta que reorganiza los sentidos, trasciende los dualismos, inventa roles y desestabiliza jerarquías. El mundo se hace con las manos.

En segundo lugar, para impedir el eterno retorno de la banalidad. El régimen de la ciudad promete novedad, pero siempre repite lo mismo. Acelera la percepción para evitar el cambio. Frente a ello, propone un armisticio: un tiempo sin producción obligatoria, sin eventos, en el que algo pueda aparecer sin haber sido programado. Salir del ritmo impuesto no es retirarse a descansar; es estar realmente presente. Organízate y participa en una huelga cultural general.

En tercer lugar, para romper el tabú moderno que separa naturaleza y sociedad. No trabajes en "lo cultural", "lo social" o "lo político" como si fueran sustancias homogéneas. Sociedad, cultura y política no explican nada: son el efecto de asociaciones, alianzas y negociaciones. Trabaja sobre ese tipo de relaciones. No se trata de inclusión o representación, sino de articulación. Gatos, túneles, canales, casas ocupadas, kufiyas, huelgas: crea ensamblajes con entidades que te permitan seguir habitando y reparando el mundo en común.

En cuarto lugar, para sostener la opacidad. No expliques todo, no sublimas todo, no domestiques todo. Acepta perder legibilidad, networking, financiación y distribución. Porque no todo lo que circula transforma, y no toda visibilidad es sinónimo de potencia. A veces, insistir en ser aceptado es la forma más eficaz de traicionarse a uno mismo. No permitas que te profanen.

En quinto lugar, para practicar y compartir la antropofagia. "Solo la antropofagia nos une. Socialmente. Económicamente. Filosóficamente". No te adaptes: devora. Y luego vomita algo impuro. La antropofagia no preserva identidades; metaboliza lo que recibe y lo devuelve irreconocible. Esto implica también tragarte tu identidad nacional de origen —y, sobre todo, la italiana— y transformarla en un amalgama que escape a la captura de cualquier Estado-nación. Así te liberarás de la doble tentación del aislamiento y la asimilación.

Por último, para aprender qué no hacer. Evita convertirte en objeto de investigación, pieza de museo o atracción de zoológico. Que hablar de lo que ocurre en otras partes del planeta no te exima de problematizar lo local. No llames intercambio a lo que es extracción. No romantices las cuotas. No produzcas por inercia. No sigas el ritmo de la máquina. No instrumentalices el saber de tu pueblo para tener éxito. No reduzcas tu práctica artística a un souvenir. No te pongas al servicio de quienes añoran el pasado y defienden la tradición. No te sometas al imperio de los algoritmos. No construyas una carrera; construye una opinión sobre el mundo. No permitas que pronuncien mal tu nombre. No te integres, desintégrate. No seas un buen salvaje. Sé un caníbal. Un bárbaro. Calibán.

Esto no es una invitación a salir del sistema, sino a no dejarte capturar por él. A abrir grietas y sostenerlas. A habitar sin pedir permiso. A crear sin responder a la demanda capitalista. A pensar desde el cuerpo y a componer redes transgeneracionales, transnacionales, bióticas y abióticas. A decir siempre lo que piensas en voz alta. A ser realista y exigir lo imposible.

No hay ninguna garantía de que lo que te propongo funcione. Es muy probable que haya fricciones, excomuniones, momentos en los que te parezca más fácil ceder, volverte digerible, venderte. Cuando te sientas así, recuerda que la ciudad funciona porque tú también la sostienes. Y que puedes sostenerla de otra manera.

Y si crees que estás a punto de sucumbir, si dudas, si no consigues devorar al colonizador que vive escondido dentro de ti, no te culpabilices y baila: el arte —que no es solamente arte de lo viviente ni de lo humano— es fiesta.

Y la fiesta eres tú.


viernes, 24 de abril de 2026

Siete rosas barrocas para Clorinda

 


Johannes Borman (1620–1679)


Rosa. Del latín rosa, tomado del griego antiguo rhódon

Deriva de lenguas orientales (iranias o semíticas), 

como el persa antiguo *vrda- o el arameo warda

Una raíz más antigua (*wrda / *wrod-

significaba “arbusto espinoso” o “lo que brota”.



1. Luis de Góngora (1561-1627)


Ayer naciste y morirás mañana.

Para tan breve ser, ¿quién te dio vida?

¿Para vivir tan poco estás lucida,

y para no ser nada estás lozana?

Si te engañó su hermosura vana,

bien presto la verás desvanecida,

porque en tu hermosura está escondida

la ocasión de morir muerte temprana.

Cuando te corte la robusta mano,

ley de la agricultura permitida,

grosero aliento acabará tu suerte.

No salgas, que te aguarda algún tirano;

dilata tu nacer para tu vida,

que anticipas tu ser para tu muerte.


2. Giambattista Marino (1569-1625)


Rosa riso d’Amor, del Ciel fattura,

Rosa del sangue mio fatta vermiglia,

pregio del mondo, e fregio di Natura,

de la Terra e del Sol vergine figlia,

d’ogni Ninfa e Pastor delizia e cura,

onor de l’odorifera famiglia,

tu tien d’ogni beltà le palme prime,

sovra il vulgo de’ fior Donna sublime.


3. François de Malherbe (1555-1628)


Ta douleur, Du Perier, sera donc éternelle,

Et les tristes discours

Que te met en l’esprit l’amitié paternelle

L’augmenteront toujours!

Le malheur de ta fille au tombeau descenduë

Par un commun trépas,

Est-ce quelque dédale où ta raison perduë

Ne se retreuve pas?

Je sçay de quels appas son enfance estoit pleine,

Et n’ay pas entrepris,

Injurieux ami, de soulager ta peine,

Avecque son mépris.

Mais elle estoit du monde où les plus belles choses

Ont le pire destin,

Et, rose, elle a vécu ce que vivent les roses,

L’espace d’un matin.


4. Martin Opitz (1597-1639)


Ein jeder spricht zu mir: dein Lieb ist nicht dergleichen,

Wie du sie zwar beschreibst; ich weiß es warlich nicht,

Ich bin fast nicht mehr klug; der scharffen Sinnen Liecht

Vermag gar kaum, was weiß und schwartz ist zu erreichen.

Der so im Lieben noch was weiß herauß zu streichen,

Durch Urtheil und Verstandt und kennt auch, was gebricht,

Der liebet noch nicht recht. Wo war ist, was man spricht,

So hat der, welcher liebt, der Sinnen gar kein Zeichen

Und ist ein lauter Kind. Wer Schönheit wehlen kan

Und redet recht darvon, der ist ein weiser Mann.

Ich weiß nicht, wie ich doch die Fantasie gelose,

Und was die süsse Sucht noch endlich auß mir macht;

Mein Wissen ist dahin, der Tag der ist mir Nacht

Und eine Distelblüt' ist eine schöne Rose.


5. Gregório de Matos (1639-1696)


É a vaidade, Fábio, nesta vida,

Rosa, que da manhã lisonjeada,

Púrpuras mil, com ambição dourada,

Airosa rompe, arrasta presumida.

É planta, que de abril favorecida,

Por mares de soberba desatada,

Florida galeota empavesada,

Sulca ufana, navega destemida.

É nau enfim, que em breve ligeireza

Com presunção de Fênix generosa,

Galhardias apresta, alentos preza:

Mas ser planta, ser rosa, nau vistosa

De que importa, se aguarda sem defesa

Penha a nau, ferro a planta, tarde a rosa?


6. Bedřich Bridel (1619-1680)


Růže jsi, než bez trní,

studně nemaje začátku,

konec poslední, první,

jakož bylo od počátku:

láska bez pečování,

víno čistotné bez kvasu,

pres jsi bez presování,

kníha, než bez slov, bez hlasu.


7. Daniel Naborowski (1573-1640)


Róża nam wyraziła nasze krótkie lata,

bo z słońcem na świat wschodzi, z słońcem schodzi z świata,

i w to nieunoszone zwierciadło patrzajcie,

a czasu – póki płynie – radzę, zażywajcie;

potem godzina minie. Gdy kwiatu nie stało,

starej twarzy już będzie z paciorki przystało.

Że między ciernie roście, ma róża przyganę,

skąd, chciwie ją szczypiącym, czyni w palcu ranę;

lecz próżno – tak mieć chciała bogini miłości,

aby żółć przymieszana była do słodkości

i rozkosz sama nigdy. lecz z troską na poły:

tak miód wespół i żądło mają w sobie pszczoły. 


domingo, 15 de junio de 2025

5 años de teatro


 
Migrar: 
de la raíz protoindoeuropea mei
que significa ‘cambiar’, ‘moverse’. 



Yo llegué a Italia el 28 de junio de 2020. 


Tenía 31 años. 


Mi intención era estudiar y hacer teatro.


El primer lugar donde viví fue un pequeño pueblo llamado Cellamare, ubicado a 12 kilómetros de Bari, al sur de Italia. Fue realmente un verdadero shock transferirme de una ciudad de casi 10 millones de habitantes como Lima a un lugar con menos de seis mil. Ahí pasé mi primer verano europeo, bañándome en el mar Adriático, mientras el Covid-19 seguía cobrando víctimas alrededor del mundo. 


A mediados de octubre de ese año, fui a vivir a Pavullo nel Frignano, otro pueblito, esta vez un poco más grande (17 mil habitantes), ubicado en las colinas de la llanura Padana (norte de Italia), a unos 700 metros sobre el nivel del mar. Allí pasé mi segundo invierno europeo (unos años antes, había visitado estas tierras en diciembre) y aprendí a caminar sobre la nieve.


En mayo de 2021, visité la ciudad de Parma y quedé enamorado del teatro de la familia Farnesio, una máquina barroca hecha completamente en madera. Así fue como comencé a escribir mi primera obra de tema italiano, Enzo, un drama histórico que trata de la siempre tensa relación entre el artista/intelectual y el poder. Entre 2022 y 2024, fue publicado en tres partes en la revista Mierda!, editada por unos amigos de la Universidad de San Marcos, donde yo había estudiado Literatura. 


En septiembre de 2021, comencé a estudiar una maestría en Disciplinas de la Música y del Teatro en la Universidad de Bolonia. Al mes siguiente, me mudé a Vignola (a unos 30 kilómetros de Bolonia, famosa por sus cerezas y por un arquitecto manierista), otro pueblo de la llanura Padana, pero esta vez en el llano, a poco más de cien metros de altitud y habitado por unas 26 mil personas. Sin embargo, la mitad del tiempo la pasaba en Bolonia. Se supone que San Marcos había sido creada según el modelo de la Universidad de Salamanca y Salamanca, a su vez, copiando a Bolonia. Tal vez por eso todo me resultó tan familiar.


En diciembre, como parte del trabajo final de un curso de dirección teatral dictado por Giacomo Pedini, actué en el pequeño teatro de la universidad ante mis condiscípulos (casi todos una década más jóvenes que yo). Se trataba de una breve escena adaptada a partir del cuento de ciencia ficción Story of Your Life de Ted Chiang.


En febrero de 2022, Rusia invadió Ucrania.


En mayo, siempre en el mismo teatro, participé como actor y dramaturgo en una adaptación moderna de la ópera Don Giovanni de Wolfgang Amadeus Mozart. La titulamos Don Giovanni: Studio in quattro movimenti y fue el resultado final de un laboratorio de un par de meses conducido por Nicola Badolato, Gabriele Duma y Giuseppe Sigismondi de Risio. Fue la primera vez que tuve un público verdadero delante de mí (aunque formado sobre todo por compañeros de estudios, amigos y profesores) y debo decir que no la pasé nada mal. 


Terminada esta experiencia, participé en la creación de un espectáculo-cena, junto a estudiantes del pregrado, la maestría y el doctorado, esta vez centrado en la vida y obra del compositor boloñés Ottorino Respighi, como parte de un festival musical organizado por la fundación Musica Insieme en colaboración con la Universidad de Bolonia. Fue una especie de prácticas preprofesionales. Gracias a ellas conocí al historiador de la comida Massimo Montanari. La presentamos en el foyer del Teatro Municipal de Bolonia, en septiembre de 2022. Se tituló Il cenacolo delle beffe, en honor a las reuniones que Respighi y sus amigos organizaban para comer, beber y conversar. Recuerdo que, terminada la función, pensé con alegría que había escrito y actuado en una obra para la cual el público había tenido que comprar una entrada (aunque no recibí un sueldo, solo la cobertura asegurativa durante las pruebas y el espectáculo). 


En octubre de 2022, Giorgia Meloni, líder de un partido de extrema derecha, se volvió jefa de gobierno de Italia. 


Entre febrero y septiembre de 2023, participé en un proyecto de un centro cultural de Bolonia, llamado Ateliersì. Previsioni: Che fai tra vent’anni? consistió en una investigación documental-performativa, dirigida por Andrea Mochi Sismondi, sobre la relación entre los estudios universitarios y la sucesiva vida laboral. Leímos muchos libros, tomamos infinitas fotos, conversamos con tantas personas y el resultado fue un evento en el que los distintos espacios del centro cultural acogieron vídeos, perfomances e instalaciones. Yo presenté un monólogo titulado Altrove. El espacio que me fue asignado no era muy grande, por lo que entraron cuatro o cinco grupos sucesivamente para escucharme hablando sobre trabajo, discapacidad y migración. Fue también la primera vez que me pagaron por mi labor en teatro. 


En medio de este proceso, en julio, me gradué de la maestría con una tesis sobre la dramaturga y directora chilena Manuela Infante. Muchas personas se suelen quejar de sus asesores de tesis, yo no tengo ningún motivo para hacerlo de Enrico Pitozzi. 


En octubre de 2023, me transferí a Pavía, una pequeña ciudad (la primera en la que he vivido desde que estoy en este país) de unos 70 mil habitantes. Ubicada siempre en la llanura Padana, pero más al norte y al oeste, a unos 30 kilómetros de Milán. Si tuviera que describirla diría que es un castillo, una universidad y un río. 


Ese mismo mes comenzó el genocidio en Gaza.


Entre noviembre y diciembre, volví a Perú. Mientras estuve en Lima, hice una conferencia virtual sobre el teatro italiano contemporáneo (en realidad sobre lo que yo había visto en Italia), invitado por Percy Encinas de San Marcos.


En febrero de 2024, de nuevo en Italia, conocí al hispanista Paolo Pintacuda, de la Universidad de Pavía, que me regaló un ejemplar de su edición del drama barroco español La batalla de Pavía y prisión del rey Francisco de Cristóbal de Monroy y Silva. Este texto fue el insumo principal para mi segunda obra de tema italiano: Pavía, 1525. Cantata antimilitarista para un trío de homo sapiens, a propósito de los 500 años de la batalla que marcó el inició de la guerra moderna. Hasta el momento, no he podido ponerla en escena (el teatro, a diferencia de la literatura, no se hace solo), aunque hice una lectura en voz alta de algunos fragmentos ante un público universitario en Roma, en mayo de 2025, invitado por la investigadora Elena Ritondale, de la Universidad La Sapienza, como parte de un ciclo de encuentros dedicados a difundir la obra de autores latinoamericanos. Debo reconocer que la universidad corrió con los gastos del viaje. Elena también ha publicado, como parte del archivo digital Latilma: Testimonios latinoamericanos en Italia, mi monólogo Altrove


En marzo de 2024, fui aceptado en un curso sobre accesibilidad y artes escénicas organizado por la asociación Fedora, en la escuela de teatro Paolo Grassi de Milán. Mi intención era obtener las herramientas para hacer del teatro un espacio que acoja y no expulse la diversidad. Allí conocí a algunos miembros de la red Alternative Disability Quality Artists, formada por artistas e investigadores teatrales italianos con discapacidad, entre los que destaca Chiara Bersani. También conocí a Linda di Pietro, la directora de Base, un centro cultural milanés en el que participé como voluntario durante el Farout Live Arts Festival (octubre de 2024). A cambio de mi trabajo, pude ver gratuitamente muchos espectáculos y conocer mejor la máquina de producción detrás de un evento de este tipo. 


Entre marzo y septiembre de 2024, a través de una convocatoria pública, fui escogido como dramaturgo para participar en un proyecto escénico organizado por la Accademia dei Filodrammatici de Milán. A partir de una pintura del siglo XIX, un equipo de seis dramaturgos, bajo la conducción de Renato Gabrielli, Tiziana Bergamaschi y Nalini Vidoolah Mootoosamy, escribimos una obra titulada Profughi di Parga Experience 2031, sobre los desplazados por las guerras contemporáneas. Fue la primera vez que trabajé en un espectáculo donde lo visual tenía un peso determinante (en mis proyectos anteriores, la música había tenido un peso mayor). Una lectura escénica de la pieza fue realizada en septiembre, en única función, por la compañía Teatro Utile, formada por actores y actrices con trasfondo migratorio. 


En octubre, salió publicado mi primer artículo en una revista italiana, Hystrio, sobre la obra de la directora argentina Lola Arias. Mi gratitud a la editora, Claudia Canella, por ofrecerme el espacio. (En estos años, he publicado varios artículos sobre teatro en revistas peruanas, pero prefiero no alargar demasiado este texto). 


En noviembre, tuve la oportunidad de ir a la isla de Sicilia, invitado por la Universidad de Palermo (que no cubrió el viaje, pero si las comidas) para un congreso sobre César Vallejo, organizado por la latinoamericanista Giovanna Minardi. Yo fui a hablar de la dramaturgia vallejiana, solo por eso lo menciono como parte de este recuento. 


También nos enteramos que Trump sería de nuevo presidente de los Estados Unidos. 


A fines de ese mismo mes, participé en un festival en un barrio periférico de Milán, Adriano Community Days, organizado por Josephine Magliozzi de Ecate/Magnete, con un recorrido de escucha musical de canciones peruanas de la segunda mitad del siglo XX (rock, folk, punk, metal, indie, pop). Fui invitado de nuevo para hacer una actividad similar en abril de 2025, esta vez con dos sesiones de escucha: una para los internos de una residencia de ancianos (sobre la canción popular italiana de los setenta) y otra abierta (sobre música barroca latinoamericana). Debo decir que es una forma de interacción con el público que me gusta mucho. 


Finalmente, entre octubre de 2024 y junio de 2025, también a través de una convocatoria, fui escogido para ser parte del proyecto Casa Teatro, de la fundación Allianz Umana Mente, el teatro Gli Incamminati de Milán y la Universidad de Pavía. Un grupo de quince jóvenes actores con diversas discapacidades fueron seleccionados para ser parte de un bienio gratuito de formación teatral. Durante el primer año, el recorrido estuvo centrado sobre todo en herramientas actorales (danza, canto, improvisación, clown, marionetas, etc.). Como cierre de esta primera parte, en junio, se presentaron dos funciones de un ensayo creado colectivamente, Il circo delle meraviglie, en cuya escritura tuve la oportunidad de meter la mano. Debería agradecer a cada uno de los maestros y alumnos del curso, pero me concentraré en los tres actores que trabajaron como tutores del grupo: Claudia Zàppia, Nicolò Trullu y Jacopo Bottani. Gracias.


Aquí termina este recuento. 


Han pasado casi cinco años.


Tengo 36.


Y sigo viviendo en Pavía, no sé hasta cuando. 


Gracias a todas, a todos, a todes les que han caminado conmigo.


Disculpen si no he escrito sus nombres. Pero ustedes saben quienes son. 


Yo seguiré intentando hacer este trabajo.


Tan precario en Italia como en Perú.


Hasta que el cuerpo aguante.


Solo les pido que me sigan deseando mucha… 


¡Mierda, mierda, mierda!


P.D.: El 27 de junio, Nadia Fulco me invitó a conocer el espacio de la compañía teatral Atir Ringhiera, al sur de Milán.


miércoles, 24 de marzo de 2021

¿Por qué ser de izquierda hoy?



I


Quiero comenzar planteando una pregunta: ¿a qué llamamos izquierda hoy? 


A pesar de no tener una respuesta definitiva, me inclino a asociar este concepto con el de emancipación. Emancipación de lxs trabajadorxs de la explotación capitalista, emancipación de las mujeres y de lxs consideradxs "disidentes sexuales" del patriarcado, emancipación de los pueblos colonizados y racializados de los colonizadores y racistas, emancipación de los cuerpos deshabilitados por el capacitismo, etc. 


Para mí, pensar, organizarse y actuar para lograr esos objetivos es ser de izquierda (y no solo el estatismo o el proteccionismo económico, porque también los hay de derecha). Esto significa creer que se puede transformar radicalmente el mundo, es decir, que es posible hacer realidad una utopía. Por eso, otro concepto clave es el de revolución


Con esto no estoy planteando tomar las armas e iniciar una guerra al estilo jacobino. No. De lo que se trata, en cambio, es de disputar la hegemonía en diversos planos, pero en particular en el discursivo, porque articula la ciencia, la política, la economía, la cultura, la sexualidad y todas las demás esferas en las que ha sido segmentada, por el hombre blanco y occidental, la totalidad no suturada de lo colectivo.



Ahora bien, ¿existe una única forma de hacerlo? Mi respuesta es de nuevo no. Por eso, en lugar de hablar de la Izquierda, prefiero hablar de las izquierdas, plurales y contradictorias muchas veces entre sí, pero guiadas por la materialización de un horizonte (imposible para el sentido común hegemónico) en el cual la dominación de una clase, un sexo, un cuerpo específico, un país o, incluso, una especie sobre otrx haya sido abolida. 


II


Llegado a este punto, alguien podría preguntarme: ¿para lograr lo que propones, cualquier camino es válido?


Descartada la violencia, todo haría suponer que buscar la expansión global de las conquistas del liberalismo democrático es la ruta más viable. Pero esto no es del todo cierto y, además, encierra grandes peligros para las izquierdas en su conjunto. Nuestra revolución no puede contentarse con los ideales democráticos (como afirma el posmarxismo), sino trascenderlos a través de una revolución permanente de lo colectivo. Me gustaría ilustrar el peligro al que me he referido antes con un ejemplo.


Guardo un gran aprecio por el socialismo libertario, el cual nos ha entregado conceptos (la propiedad privada como robo) y tácticas de lucha (la huelga general) cuya validez y efectividad no han caducado. También, debo reconocer su gran papel en la organización sindical hace más de un siglo y en la solidaridad de clase de carácter internacional (no en vano, muchos anarquistas fueron geógrafos y notaron la arbitrariedad de las fronteras de los Estados-nación frente a la continuidad geográfica, lingüística y cultural de los territorios). Pero eso no impide que discrepe con sus simpatizantes respecto a su concepción de la lucha por la emancipación. 


La razón principal de mi desacuerdo es que noto un enquistamiento del liberalismo burgués en el seno del anarquismo. El pensamiento dicotómico y jerárquico que nos obliga a sacrificar la igualdad por la libertad, lo colectivo por lo individual, tara de una subjetividad cartesiana que se consolidó con la Ilustración y que nos gobierna sin que nos demos cuenta, es la piedra angular tanto de los socialismos libertarios (de izquierda) como de los libertarianismos (de derecha), motivo por el cual han terminado resultando, para fines prácticos, casi indistinguibles.


En ese sentido también, ni la propaganda por el hecho (o el terrorismo) ni el nihilismo (o el cinismo posmoderno) son alternativas fructíferas para encauzar el enfrentamiento contra las relaciones de opresión que rigen la vida actual, porque siguen atravesados por la agresividad jacobina o el (neo)liberalismo burgués. 


III


¿Y, entonces, por dónde debemos empezar?


Tentativamente, es decir, probándolo todo. No debemos descartar ni la articulación de clase, de partido, de bloque histórico que nos ha legado la tradición de izquierda. Pero tampoco nos podemos encerrar en ellas hasta convertir alguna en la única elegida para encabezar la revolución (ni debemos caer en la tentación de su conducción por una vanguardia iluminada). 


El terreno discursivo de la disputa por la hegemonía requiere creación heroica, no copia o calco de experiencia pasadas o extranjeras. Por eso, lo primero que hay que hacer es estudiar al Perú (y al Sur global). La crisis por la que atraviesa lo colectivo en nuestro país no es coyuntural, sino estructural. 


Cuando nos referimos a algo coyuntural estamos hablando de un hecho esporádico, aislado y que implica la búsqueda de soluciones a corto o mediano plazo, urgentes (alta intensidad) y sectoriales (baja extensión). Por ejemplo, el desgaste de la democracia en el Perú, leído de esa manera, ha motivado movimientos como el ya crepuscular antifujimorismo, que asume que el desprestigio de la política ante la sociedad civil o la informalidad de nuestros partidos solo es responsabilidad de un expresidente y que los esfuerzos deben concentrarse en eliminarlo a él y a su dinastía de la arena electoral. Ese es un error. 


En cambio, cuando hablamos de algo estructural, nos referimos a un conjunto de elementos y al tipo de relaciones que establecen entre sí, y que nos permiten interpretar la realidad. Existe un sinnúmero de relaciones posibles entre los elementos de una estructura. En su mayor complejidad yace su riqueza. Lo significativo es que nos sirven para estabilizar en el pensamiento un grupo de relaciones, de posiciones; en otras palabras, que tienen como objetivo construir una totalidad


Quisiera que no se me malinterprete. Cuando hablo de totalidad, no me refiero a completitud, por lo que esos modelos son siempre aproximaciones parciales de la realidad (entendida está última como un campo más amplio de sobredeterminaciones discursivas, un mundo, y no como un referente con una existencia ya dada) y deben estar sujetos a crítica y continua modificación. Tampoco estoy retomando la vieja dicotomía infraestructura (base material)/superestructura (vida social) del marxismo "clásico", porque desde mi punto de vista no existe más que un único plano: un continuo entre cultura y naturaleza. 


Creo que es responsabilidad de toda organización política la elaboración colectiva, a través del diálogo y la negociación, de estructuras comunes con las cuales poder explicar y transformar un estado de cosas. Y sostengo que serán esas estructuras por advenir las que podrán permitirnos encontrar consensos en medio de la multiplicidad de posiciones del amplio espectro de las izquierdas en el Perú.


IV


Esta serie de planteamientos me conducen a una última interrogante: ¿qué significante puede ayudarnos a dar un diagnóstico de los problemas del país? 


Una vez más, con ello no me estoy refiriendo a una verdad última que responda de manera definitiva a la pregunta de "en qué momento se jodió el Perú", sino a una posibilidad de lectura-acción que genere comunidad y sostenga a la mayor cantidad de proyectos políticos de izquierda para caminar juntos sobre una base mínima y que evite los errores cometidos por quienes nos antecedieron en la lucha por la emancipación. 


Aunque comparto con entusiasmo muchas de las ideas de los partidos institucionalizados de izquierda (siempre precarios en nuestro país), que han hecho énfasis en problemas como la expansión imperialista de las economías del Norte, la depredación ambiental y el colonialismo cultural; salvo alguna excepción, no han incluído entre sus planteamientos un factor que creo indispensable para explicar cómo se enlazan los tres anteriores: el patriarcado


Después de todo, el sujeto articulado por vencer es siempre un hombre blanco, heterosexual, adulto, de clase media, normodotado y eurocentrado que participa en relaciones de dominación y, luego, de explotación con los grupos que ha desplazado históricamente hacia la marginalidad: mujeres, discapacitadxs, ancianxs, negrxs, indígenas, transexuales, animales, plantas, etc. Desde mi perspectiva, cualquier lectura revolucionaria (cuya base sea más la sororidad que la fraternidad) que se haga del país no puede ignorar que el patriarcado es un elemento estructural de lo colectivo en la época contemporánea.


Esto nos debe llevar a una autocrítica. Creo que los grupos de izquierda se han caracterizado por trabajar exclusivamente en dos dimensiones del saber: el saber-pensar y el saber-hacer. En lo que respecta al primero, el saber-pensar, han logrado un nivel muy alto de producción intelectual y puedo afirmar que, junto con los think tanks de los liberales, lxs militantes de las izquierdas son lxs que más sostenidamente han reflexionado sobre el Perú. Respecto al segundo tipo de saber, el saber-hacer, tengo la impresión de que nuestra performance no ha sido la mejor. Obtenido el poder, hemos quedado golpeadxs por los casos de corrupción de las gestiones del Partido Nacionalista y de Fuerza Social (aunque esta última sostuvo una serie de experiencias valiosas de las cuales aún podemos aprender). 


Pero hay dos saberes más, el saber-ser y el saber-convivir, que han quedado rezagados como prioridad. La causa es que la distinción liberal entre lo público y lo privado, que hemos empezado a sentir artificial gracias a los feminismos, se ha replicado en otra distinción: la de lo ético como individual y lo político como colectivo. Ese es otro error.


No hay política sin ética y no hay ética sin política (entender esto a cabalidad puede llevar a que cada unx necesite pasar por un largo proceso de reeducación).



Asimismo, no hay dimensión individual sin la grupal y no hay dimensión grupal sin individuos. Mantener esta visión dialéctica es vital para el diseño estratégico de los movimientos de izquierda. Lo micropolítico (las palabras, los gestos, el modo de relacionarnos) lejos de separarnos, debe permitirnos formar lazo y, para ello, es urgente establecer, otra vez mediante el intercambio de ideas, pero también a través del enfrentamiento frontal a quienes nos niegan una vida digna, normas que nos permitan convivir y actuar democrática y horizontalmente (que la revolución burguesa sea insuficiente no significa que debemos desechar algunas de sus conquistas, lo que al mismo tiempo nos debería llevar a reconocer que gobiernos como el de China, Cuba y Venezuela han devenido en autoritarios), sin caer en los modelos dictatoriales ni en la intolerancia al disenso que ha caracterizado al "socialismo real" del siglo XX. 


Solo si lo logramos, podremos mantenernos unidxs y enfrentarnos al eterno retorno de los conservadurismos, los modelos totalitarios y la barbarie capitalista. 


Bologna, marzo de 2021




miércoles, 13 de mayo de 2020

Una excusa para operar (en) la subjetividad


(9 de abril)

El neoliberalismo es la ideología del hombre común: antipolítica y antiintelectual por partes iguales, y por eso popular, contestataria. Enfrente está no solo el Estado, sino los funcionarios, la clase política, los expertos, los académicos, los pedantes que pretenden saber más que la gente común, y que por eso quieren poner reglas y límites.

Fernando Escalante




(Advertencia: Este no es un texto sobre el Covid-19. Es decir, no es principalmente sobre eso).

En la actualidad, en mi país, el Perú, la discusión en la precaria esfera pública (autoridades, medios de comunicación, academia, sociedad civil informada o no) se ha concentrado en dos ámbitos: la salud pública y la economía de la población. (Existen otros temas que han salido a la luz como los límites de la actuación de las FF.AA. y policía, los retos de la educación a distancia, la continuidad de algunas actividades económicas como la minería, la reforma del sistema de pensiones público y privado, el recrudecimiento de la violencia contra las mujeres, niños y adolescentes encerrados con sus agresores, la posibilidad de liberar a los presos vulnerables debido al hacinamiento en las cárceles o el reconocimiento por parte del Estado de la población LGTBI, pero son marginales mediáticamente respecto a los dos ya mencionados). Dentro de ambos, a su vez, la atención de los interlocutores se ha centrado en dos problemas concretos: la pandemia del Covid-19 y la recesión que, según todos los pronósticos, inevitablemente la sucederá.

Como ante un tablero de ajedrez, la controversia ha girado en torno a cuáles son las estrategias más adecuadas para ganar sendas partidas, lo que ha convertido el debate en una simple disputa táctica, con apenas la resistencia de algunos grupos de ciudadanos que se han quejado por ese reduccionismo.

Yo soy uno de ellos.

Si hacemos un resumen de las disputas con mayor peso mediático, podemos comenzar por aquellas que giran en torno a las estrategias propuestas por el nuevo Ministro de Salud (un militante de izquierdista que asumió el cargo ya declarada la emergencia sanitaria), las cuales se basan en dos pilares: el distanciamiento social y la vigilancia epidemiológica. En términos estrictos, dichas medidas han sido (de nuevo) reducidas por la prensa y la población a dos acciones concretas: la cuarentena obligatoria, cada vez más estricta, y las pruebas de descarte. Valdría la pena tratar de explicar por qué ha ocurrido de esta manera. Por un lado, el aislamiento social afecta, en particular, el modo de vida de más del 70% de la PEA que es informal (subempleada o independiente). Aunque una encuesta publicada a fines de marzo mostró que el 94% de los peruanos estaba de acuerdo con dicha medida, en veinticinco días, más de 50 000 personas han sido detenidas por incumplir con las disposiciones gubernamentales. Por otro lado, la experiencia exitosa de otros países, como Corea del Sur, que testearon en gran porcentaje a su población para tener un mapa preciso del contagio ha puesto en entredicho la idoneidad de las pruebas adquiridas por el Estado peruano (en mayor número serológicas que moleculares) y ha marcado la pauta de una discusión que ha trascendido el círculo estrecho de epidemiólogos y salubristas quienes, ante una oferta internacional cada vez más escaza y una demanda competitiva (e, incluso, abusiva como la de EE.UU.), han terminado por reconciliarse aceptando su uso complementario.

En segundo lugar, se ha suscitado, con menor intensidad, un par de debates en el plano económico. Podríamos afirmar que la preocupación del Poder Ejecutivo en sostener la famosa “cadena de pagos”, tanto durante la fase de contención del virus como después, en la fase de reactivación de la economía, ha generado un amplio consenso. En resumen, la estrategia de la “ortodoxa” y “pragmática” Ministra del sector (millennial como su homólogo argentino, aunque ideológicamente situada en la orilla opuesta como lo remarcó la nota de un diario internacional), para la primera mitad de su partida de ajedrez, consiste en tres movimientos: atención a la emergencia sanitaria, soporte económico a personas y empresas a través de bonos a población pobre y trabajadores independientes, e inyección de liquidez a hogares y negocios por medio de la liberalización de parte de fondos que no representa un gasto para el Estado (como las CTS y el aporte a las AFP). Esto, más un plan de impulso a la inversión, el apoyo a los sectores más afectados (como el turismo y de entretenimiento en general) y una serie de beneficios tributarios, medidas que se implementarán en la fase de reactivación, representará la movilización de recursos equivalente al 12% del PBI, en un esfuerzo que, como señala la mayoría de especialistas que defienden el modelo económico actual, es posible gracias a la “disciplina fiscal” de casi tres décadas instaurada durante la dictadura de Alberto Fujimori. De todo este paquete descrito, es curioso que la única medida que ha generado polémica, además de la continuidad del funcionamiento de algunos sectores y los deseos por parte de las gremios empresariales como la Confiep de resolver unilateralmente contratos de trabajo, haya sido (y sea aún) el retiro de los fondos de las AFP, y no en su aprobación sino en la amplitud de su aplicación. Mientras la búsqueda de protagonismo de un recientemente instalado parlamento (y de algunos sectores de los que apoyan sinceramente la reforma integral del sistema) pretende que se trate de un beneficio universal, el Ejecutivo propone su circunscripción a los desempleados y a los que tienen invertidos montos que no les servirán para sostener una jubilación digna.  

Hasta aquí, he tratado de trazar un panorama sucinto de los motivos principales del “disenso” (por usar un término de Jacques Rancière) local. Ahora pasemos a las interpretaciones globales.

En un reciente artículo titulado “Aprendiendo del virus”, el filósofo español Paul Preciado señala que “la curación y la recuperación no pueden ser un simple gesto inmunológico negativo de retirada de lo social, de cierre de  la comunidad”, sino que, en cambio, “solo pueden surgir de un proceso de transformación política”. Los temores de Preciado se dirigen a Europa y Estados Unidos, donde la pandemia puede producir eso que autores como Patricia Manrique han llamado el retorno de una “inmunidad viciosa”, es decir, el repliegue de las comunidades sobre sí mismas, expresado ya en el uso de metáforas bélicas (también presentes en mi país) para hablar sobre las estrategias gubernamentales; lo que podría estar acompañado, como señala Judith Butler, del recrudecimiento de la “desigualdad radical” en Occidente (nacionalismo, racismo, patriarcado, xenofobia, capitalismo). Creo que, de tener un correlato en América Latina (y lo tendrá), no marcará un cambio en la orientación de la región (tampoco, en el fondo, en la de los desmantelados Estados de Bienestar), en donde se ha implantado el modelo económico neoliberal sin anestesias desde hace varias décadas; sino que solo será la culminación de un proceso casi consolidado (y que para el caso del componente faltante hasta hace unos años, la xenofobia, añadido por la crisis migratoria venezolana).

Pero volvamos a las ideas de Preciado. Si como plantea, la cura de la crisis desencadenada por la propagación del Covid-19 a nivel mundial debe emerger de una discusión y reestructuración de la “cosa” pública (plano político), es porque la causa del mal, de la cual la pandemia no sería más que un síntoma, debe hallarse en su configuración actual. Esta es, al menos, la hipótesis sobre la que se basa su argumentación. Una que me parece sumamente atractiva. Y que despierta en mí una interrogante difícil de silenciar. Si como he tratado de dejar en claro en la primera parte de este texto, la discusión en la esfera pública peruana apenas toca esa dimensión, la política, entonces, ¿qué impide que emerja ese debate aquí?

Quiero ensayar una respuesta.

En un interesante libro que podría decir marcó mi propio giro hacia la izquierda (así como El genio del cristianismo de Chateaubriand sentó las bases de mi reconciliación con el catolicismo), Historia mínima del neoliberalismo (2015), el sociólogo mexicano Fernando Escalante señala que vivimos, si no en una civilización, al menos en un “momento neoliberal”, el cual comprende “un orden social, un sistema institucional, pero también un conjunto de ideas, valores, y lo que se puede llamar un ‘imaginario social’: un modo de entender la vida cotidiana, los avatares del trabajo, las relaciones sociales, un modo de interpretar nuestras propias aspiraciones”. Y dicho modo es, como está escrito en la cita del inicio de este texto, el sensus communis de las mayorías que, aunque lo ignoren (como un “saber no sabido”, diría Jacques Lacan), se caracteriza por un profundo rechazo de la política y del pensamiento intelectual.

En el pasado, la aparición de estas actitudes ha sido explicada por el populismo. En realidad, como afirma Nicolás Lynch en su libro Populismo: ¿dictadura o democracia? (2017), los fenómenos “nacional-populares” latinoamericanos, aunque sin respetar la estructura formal de las democracias liberales occidentales (sistema de partidos, instituciones estatales independientes), durante sus tres grandes apariciones en el siglo XX e inicios del XXI, cumplieron con ampliar la base de la ciudadanía, restringida por la élite oligárquica cuya decadencia se inició hace poco más de una centuria, a través de la masificación de los derechos civiles, políticos y económicos que alcanzara a los grupos sociales antes excluidos (pobres, mujeres, analfabetos, pueblos originarios). Así, contrariamente a lo que se piensa, la conquista de estos derechos no se logró solo como premio por la adhesión a un líder carismático, sino a través de la articulación y la agencia de ciudadanías corporativas o colectivas que, aunque no acordes con el modelo individualista de la Modernidad, lograron articular reclamos concretos para mejorar su propia situación. Además, estos procesos fueron acompañados, para el caso peruano, de una vigorosa tradición crítica (cuyo antecedente está en Manuel Gonzales Prada) que incluye a polemistas agudos como José Carlos Mariátegui, Sebastián Salazar Bondy o César Hilderbrandt.

No, no había nada de antiintelectualismo o antipolítica en aquellos fenómenos.

Retomemos el hilo de la argumentación de Escalante, si es el neoliberalismo el causante de este modo despolitizado de pensar lo común, ¿cuáles son sus efectos? Como lo señalan varios autores en una recopilación de artículos reciente (Sopa de Wuhan, 2020), entre ellos el uruguayo Raúl Zibechi, dos son los más nocivos: un “vaciamiento de las democracias” y un “fascismo social difuso”. Es obvio que las democracias están dejando de ser un conjunto de contenidos cuyos ideales estaban inspirados en las revoluciones burguesas del largo siglo XIX (igualdad, fraternidad y libertad), y se están convirtiendo, cada vez más, en un mero conglomerado de procedimientos (elecciones periódicas, estabilidad jurídica, transparencia del gasto estatal) que ha dado pie, en los últimos años, a la aparición de “democracias iliberales” en la antigua Europa comunista. Asimismo, esto ha significado el ascenso de una élite nueva, los tecnócratas, quienes de facto son los que han sostenido la continuidad de las políticas públicas en el Perú desde el retorno de la democracia (fallida, debido a que no se firmó un nuevo pacto social, una nueva Constitución) hace dos décadas. Esto ha motivado la aparición de varios movimientos en la región que proponen sistemas más participativos y directos que los representativos y mediatos. De hecho, la consolidación en el poder del presidente Martín Vizcarra (vice del renunciante Pedro Pablo Kuczynski, quien está directamente conectado al mercado de capitales internacional como Sebastián Piñera, Mauricio Macri o Donald Trump), se debió a la victoria de sus propuesta de reforma política y judicial del Estado, en el referéndum de diciembre de 2018, el cual canalizó, en parte, dicho malestar. Por último, todavía sin peso en la esfera pública, el reclamo se ha radicalizado convirtiéndose en una condena abierta del régimen democrático por considerarlo subordinado a la lógica del capitalismo.

Tanto más peligrosa que esta formalización y descrédito de la democracia es el otro fenómeno que apunta Zibechi, el fascismo difuso. Desde el inicio de la propagación europea de la pandemia, ha sido probablemente el filósofo italiano Giorgio Agamben (en más de un texto) el primero en llamar la atención sobre su aparición. Lo que ha movido su pluma ha sido el temor que le produjo la facilidad con la que los ciudadanos han aceptado el “estado de excepción” que las autoridades de su país habían implantado para combatir al Covid-19. Más allá de la eficacia o no de este tipo de medidas (el francés Jean-Luc Nancy ha escrito un artículo breve en el que las justifica calificándolas como una “excepción vital de la civilización actual” y las noticias sobre el colapso de los sistemas de salud de Italia, España y Francia parecen haberle dado la razón), Agamben, en la misma línea que han seguido otros autores como el propio Preciado, sostiene que bajo la figura de la “peste” se esconde un proceso de criminalización del ciudadano, el cual busca transformarlo en un “untador”, gente de mala fe que buscaba propagar la peste en la Milán de la novela Los novios (1827, 1840) de Alessandro Manzoni.

Preciado, aunque acorde con esta lectura, hace una distinción nada sutil entre la manera de gestionar las pestes durante la Modernidad temprana y la coyuntura actual. Siguiendo a Michel Foucault, denomina a las antiguas estrategias como “disciplinarias”, ya que consisten en el control de la población a través del internamiento de sus cuerpos en instituciones de normalización (hospital, colegio, fabrica, prisión). En cambio, para él, las respuestas gubernamentales de hoy están motivadas por otro paradigma, el del “tecnopatriarcado neoliberal”, por lo que ha dado en llamarlas “farmacopornográficas”. Se trata de la “prisión blanda” cuyo modelo es la mansión de Hugh Hefner, pero que yo encuentro ya anticipada en novelas decadentistas como Al revés (1884) de Joris-Karl Huysmans, cuyo protagonista, un aristócrata completamente alienado, se enclaustra para vivir una existencia artificial que es copia de su rutina social, pero que está “controlada” por él mismo. Sobreexcitados (en algunos casos, drogados) y conectados todo el tiempo gracias a las prótesis tecnológicas que ya son parte de nosotros, es verdad que un sector considerable de la población, sostenemos el ritmo anterior de trabajo/entretenimiento para cuya suspensión tendríamos, por fin, una excusa.

Y esto, se preguntarán, ¿qué tiene que ver con el Perú? La respuesta es todo.


Partamos del hecho de que en el ámbito rural de nuestro país, las condiciones de vida son muy distintas de las urbanas. Es cierto. Incluso, las dinámicas en las ciudades del interior o aquí mismo, en Lima, varían de distrito en distrito y, desde luego, al interior de cada uno de ellos según las zonas o barrios; ya que la capital reproduce la marcada desigualdad de la sociedad peruana. Esa heterogeneidad nos podría llevar a pensar que las estrategias para frenar la propagación del virus también deberían ser heterogéneas. Nada más alejado de la práctica estatal. Como reclama con tono abiertamente beligerante la feminista boliviana María Galindo, la colonialidad de muchos de nuestros gobernantes los ha conducido a trasplantar soluciones (y discursos, sobre todo, discursos, incluso los negacionistas como es palmario en el trinomio Johnson-Trump-Bolsonaro) aplicadas en las metrópolis occidentales, sin atender a las condiciones específicas de las sociedades latinoamericanas y, en el caso concreto del Perú, andinas. Galindo sostiene que la pandemia es una excusa perfecta para “poner entre paréntesis” otros problemas igual o más graves de la región. Si partimos solo del ámbito sanitario, otras enfermedades como la tuberculosis o el dengue han matado a un número mayor de personas en esta parte del mundo en lo que va del año. Pero, en el contexto peruano, al afectar en particular a poblaciones sin participación en el debate mediático al que se ha reducido la política, como los pobres o los que habitan zonas periféricas del país y de la capital, su padecimiento no ha motivado la respuesta estatal del Covid-19 que, como ha repetido hasta la saciedad Vizcarra, es, en ese sentido, un “virus democrático”.

El problema es que esta última afirmación es una falacia.

Me ayudo de Butler para pensar en cómo el aislamiento social, entendido como el triunfo de la inmunidad viciosa (el derecho a la vida a costa de los demás) y no el de la comunidad  “virtuosa” (la obligación de cuidar a los demás) como lo plantea Manrique, puede ser responsable de una acentuación de la desigualdad radical en el Perú. Los ejemplos aparecen delante de mí sin ningún esfuerzo. Tomaré dos. El primero está relacionado con el funcionamiento del capitalismo. El mismo día que se anunció la cuarentena, el domingo 15 de marzo, una cadena de cines perteneciente a uno de los grupos económicos de mayor peso en el país, Intercorp, despidió a varios de sus “colaboradores”, muchos de ellos jóvenes universitarios que trabajan en la modalidad part time. La razón era que al verse obligados a cerrar sus instalaciones, no querían seguir pagándoles durante el incierto tiempo que duren las restricciones impuestas por el Ejecutivo, ya que lo interpretaban como una pérdida financiera. En un caso bastante poco común, la presión de la esfera pública logró que la empresa diera un paso atrás y se comprometiera a cumplir con sus obligaciones “virtuosas”. No obstante, se calcula que más de un millón de peruanos perderán sus puestos de trabajo al finalizar el Estado de Emergencia, lo que los sumergirá, a varios de ellos, de nuevo en la pobreza.

El otro ejemplo es uno más reciente y está relacionado con la variable patriarcado. En el Perú, según datos de hace una década, la mujer trabaja, en promedio, casi diez horas más semanalmente que los hombres. La razón es sencilla, aunque su inserción en el mercado laboral es menor (en el que además perciben un salario 30% por debajo del masculino), asumen muchos de los roles del cuidado (crianza, alimentación, limpieza, etc.) en el interior de los hogares. Esta situación no fue tomada en cuenta por los miembros del equipo de Prospectiva del gobierno quienes recomendaron aplicar un segundo “martillazo”, en la terminología del Imperial College de Londres, para aplanar la curva de contagios. Al toque de queda nocturno que pasó a iniciarse dos horas más temprano (y cuatro en los departamentos “desobedientes” del norte), a partir del jueves 2 de abril, se le agregó la prohibición de salir los domingos y la segregación por sexo (y no, explícitamente, por identidad de género, lo que hubiera salvaguardado a la población transgénero e implicado a una reeducación de las fuerzas del orden) para el resto de la semana. Así, tres días terminaron correspondiendo a los hombres y tres a las mujeres. En una sociedad ideal con equidad de género, esto no debía de traer aparejado ningún contratiempo. Al contrario, se convertía en un mecanismo de más fácil control que el del último dígito del DNI aplicado, por ejemplo, en Honduras. Sin embargo, esta disposición ha revelado, como una radiografía, uno de los males crónicos de la sociedad peruana: la desigualdad en la distribución de los roles familiares. Miles de mujeres se han aglomerado en bodegas, mercados y supermercados en los dos días en los que hasta ahora les ha tocado salir, exponiéndose al contagio; mientras que en los que hemos ido de compras nosotros, aunque he tenido que hacer colas, no podría decir que me he demorado más de lo “normal” dado el estado de excepción. Sumado al claro error que ha cometido el gobierno por aplicar una medida sin responder a esa realidad heterogénea que es la nuestra, como enfatiza Galindo, otra lección importante es la que nos brinda la reacción de la población, especialmente en las redes sociales. Como bien ha señalado una periodista local, lo ha hecho desde la falta de empatía y el escarnio de su condición privilegiada o su machismo. En otras palabras, desde su inmunidad viciosa.

Con este horizonte sin aparente salida por delante, ¿está todo perdido? Creo sinceramente que no.

Comenzaré por los pesimistas. Mucho más célebre que la polémica Agamben-Nancy, la agria respuesta del filósofo surcoreano Byung-Chul Han a su par esloveno Slavoj Žižek ha circulado bastante por internet y ha desatado un número considerable de comentarios en varios países de Sudamérica. Con una prosa insípida, Han ha atacado la esperanza cifrada en un retorno del multilateralismo presente en la prédica de ese Séneca de la contemporaneidad que es Žižek, igual de inconsecuente que el cordobés entre su decir y su hacer. Como un conocido me comentó hace unos días, es cierto que Žižek no pretende ser un “intelectual orgánico” como lo entendía Antonio Gramsci, pero eso no lo justifica para elaborar, cada vez con mayor frecuencia, comparaciones efectistas sin ningún valor heurístico. En ese sentido, Han lo ha desenmascarado. Pero sus méritos terminan ahí. La tendencia autoritaria hacia la subordinación del individuo frente al Estado que el diagnostica en los países asiáticos que están sorteando con éxito la pandemia (que él acusa como una herencia del confucionismo), la cual podría propagarse, merced al nuevo imperialismo chino de la ayuda humanitaria, a territorio europeo, es una hipótesis que revela una lectura anacrónica de su contexto: Han vive en Alemania desde hace varios años. El virus chino del “tecnototalitarismo”, como lo denomina el italiano Franco Berardi, ya llegó y no fue importado de Asia hacia Occidente sino de Occidente hacia el mundo como lo sostiene Preciado y, con mayor detalle, el holandés Rob Riemen en un hermoso ensayo titulado Para combatir esta era, publicado el 2018. (Incluso, en un país con las limitaciones del mío, el gobierno ha anunciado el reemplazo del segundo martillazo por un martillazo “tecnológico” a través del monitoreo de las aglomeraciones gracias a las señales enviadas por los celulares). En síntesis, el retorno de la soberanía que pronostica Han no representa la “caída del paradigma inmunológico”, sino su consolidación y la “psicopolítica”, al igual que la “biopolítica” antes, contribuirá a tal fin.

Han tampoco es el único que sostiene que la pandemia no traerá abajo, por sí sola, al capitalismo. El francés Alain Badiou también lo ha señalado en un artículo titulado “Sobre la situación epidémica”, en el que se refiere a cómo las naciones europeas están afrontando la crisis atrapados en la paradoja de los conflictos bélicos: Soluciones locales (políticas) para problemas globales (económicos). Badiou afirma que en ningún país del Viejo Mundo, la guerra (tomada ahora como modelo) ha provocado una revolución. Y es que, como complementa el filósofo español Santiago López Petit en otro artículo, la propaganda de la muerte (y a eso es a lo que hemos asistido en los últimos meses conforme se ha ido expandiendo la pandemia) cancela el pensamiento crítico, suspende lo fundamental a cambio de lo urgente (“sentido de urgencia” ha reclamado hace poco la doctora responsable del Comando Covid-19 en el Perú). Y ¿qué es lo urgente? Recurro una vez más a Agamben (al único texto que voy a citar como se debe: “Reflexiones sobre la peste”), para decir que es lo que impone la religión de la ciencia, la ciencia, claro está, sometida a la maquinaria del capitalismo: la “tiranía de salvar la vida”.

Llego a este punto y me doy cuenta de que debo hilar fino para no ser confundido con un genocida.

Estoy hablando de lo que Badiou conceptualiza en otros textos como el predominio de una “antropología animal” y que tan bien parece hacer juego con el antiintelectualismo y la antipolítica impuestas por el neoliberalismo. A grandes rasgos, se trata de una forma de concebir al sujeto más allá de la formula cartesiana, que lo reducía a una “sustancia pensante”, reemplazándolo por el nihilismo somático de la “sustancia extensa”, operada por la reducción de la existencia a lo biológico, a lo carnal, a mi cuerpo que encierra y es lo que realmente soy. Y por cuya salvaguarda estoy dispuesto a dejar que el mundo arda. De hecho, es esta misma tendencia la ha inundado nuestra época de múltiples verdades relativas y ha encumbrado un género, el testimonio, que es nieto directo de otro, la memoria (de nuevo, Chateaubriand), que gozó de una popularidad similar dos siglos atrás.

Pero creo que ya he destilado demasiada amargura. Es tiempo de un poco de optimismo.

Tengo la impresión de que si la pandemia es, como sostiene Berardi, de naturaleza “semiótica” y, por lo tanto, un discurso, habría que trascender el plano de las elucubraciones genéticas (que tanto Han como yo en este texto hemos ensayado solo para mostrar cuánto sabemos), y plantearnos la interrogante sobre cuál es su sentido. Esto nos obliga a todas y todes y todos a hacer un ejercicio de lectura serena (serena, pero no indolente) y en conjunto, dialógico, porque como sabe cualquiera que ha tenido un libro entre las manos, su mensaje no es algo que preexiste al acto de su desciframiento, sino un fruto siempre fresco del mismo.   

Un fruto que tenemos la obligación de compartir.

He partido de una serie de ideas que he ordenado a través de la escritura en mi pensamiento y en las líneas anteriores. (Me) He contado una historia. De los hechos narrados, hay uno solo sobre el que me gustaría volver: Gran parte de los peruanos (al igual que casi un tercio de la población mundial) hemos visto recortada una parte significativa de nuestra “soberanía sobre el futuro”, como nombra eufemísticamente el filósofo chileno Gustavo Yáñez a este acecho de la muerte que siempre ha estado ahí, al lado, pero que volvemos a notar. Me gustaría que este sintagma, la pérdida de soberanía, fuese arrancado del orden convencional de una causalidad lógica, para que pudiéramos jugar con él más allá de las reglas de lo posible (y de lo plausible aristotélicas). Porque dentro de esas reglas, el asunto ya está determinado: Una pandemia era una causa del todo posible para lo ocurrido y fue advertida como tal (aunque era tan poco plausible para la mayoría de la gente que se había convertido en el plot de películas de escaso interés) y la crisis económica será su efecto altamente posible (y altamente plausible en el imaginario colectivo actual). Sin embargo, este no es el único entrelazamiento que existe.

No es tan escasa nuestra imaginación.

En ella también cabe la cadena del fascismo social difuso, el cual puede ser ubicado como causa de la pérdida de soberanía y cuyo efecto es el triunfo de los tecnototalitarismos. O la cadena de la inmunidad viciosa (yo me protejo), antecedente inmediato de una amputación de cualquier gesto comunitario (el futuro) y que termina justificando el darwinismo social de la “necropolítica” (hay un libro titulado así del filósofo camerunés Achille Mbembe que recomiendo leer en estos tiempos de cuarentena). Y, sin embargo, a pesar de estas dos alternativas nefastas, es factible suponer otro entrelazamiento, el de las comunidades virtuosas (nosotrxs protegemos a los demás), sujetos colectivos que eligen, no por miedo al castigo o a la muerte, restringir su libertad sin cercenar su autonomía y, por lo tanto, logran extirpar de sí mismos el nihilismo somático de lo individual y permiten el retorno, no de una pulsión, sino de un pensar, un decir y un hacer que cumpla el sueño frustrado de los que esta epidemia va a matar.

Lamentablemente, este ejercicio discursivo al que los he sometido, este “juego de palabras” como algunos lo llaman con desprecio, no tiene visos de llegar a producirse, ni en el corto ni en el mediano plazo, en mi país, el Perú, tan atareado por el peso de lo urgente (la salud pública, la economía), que parece haber olvidado definitivamente la política, lo fundamental.