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viernes, 11 de noviembre de 2011

Análisis retórico-argumentativo del poema «Los pensamientos puros» de Washington Delgado (Para vivir mañana, 1959)

A continuación, analizaremos el poema «Los pensamientos puros» del ensayista y poeta cuzqueño Washington Delgado. El poema pertenece al libro Para vivir mañana (1959) y está ubicado en la segunda sección de dicho poemario, titulada «Las buenas maneras».

1 Señor rentista, señor funcionario,

2 señor terrateniente,

3 señor coronel de artillería,

4 el hombre es inmortal:

5 vosotros sois mortales.

6 Es curioso ver cómo la podredumbre

7 se adelanta a veces al cadáver.

8 Soportad vuestro olor, mostradlo

9 si queréis, poquito a poco.

10 Pero no habléis.

11 Señores, enseñad el trasero

12 pero no lloréis nunca,

13 cierta decencia es necesaria

14 aun entre las bestias.

15 Pensad en el cielo, también

16 en las alas blancas

17 y en la música de las arpas

18 dulcemente tocadas

19 por vuestras dulces manos.

20 Pensad en vuestros libros de lectura,

21 en las viudas tísicas y abandonadas

22 que ayudaréis con una trompeta de oro.

23 Pensad en vuestros billetes, en los veranos

24 junto al mar, en la mucama rubia,

25 en el amante moreno, en los pobres

26 que besaréis en la otra vida,

27 en las distancias terrestres,

28 en los cielos de almíbar.

29 Pensad en todo, vuestros días sobre la tierra

30 no serán numerosos.

I.- Segmentación textual

-Primer segmento (del verso 1 al 5): Alocución de locutor personaje hacia los alocutarios representados en la que declara su condición no-humana.

-Segundo segmento (los versos 6 y 7): Observación impersonal sobre la descomposición de los alocutarios.

-Tercer segmento (del verso 8 al 14): El locutor aconseja a los alocutarios sobre los patrones conductuales que deben seguir para soportar su estado.

-Cuarto segmento (del verso 15 al 28): El locutor describe los pensamientos de los alocutarios para develar sus mecanismos hipócritas.

-Quinto segmento (los versos 29 y 30): Condena de los alocutarios a su pronta extinción por parte del locutor.

Con respecto a la progresión temática, tenemos que el primer segmento es equivalente al exordio que, como define Aristóteles en su Retórica[1], en «los discursos epidícticos se saca de un elogio o de una censura» (III.14.1). En este caso se trata de un una censura contra los alocutarios representados y tiene implicaciones con el discurso judicial. Así, desde el inicio queda planteado el tono condenatorio del poema, dado que la función del exordio es «mostrar la finalidad por cuya causa se dice el discurso» (III.14.3).

Este segmento culmina con la macrometáfora (v. 4-5):

- “Los poderosos y los ricos no son hombres”.

De la cual se desprenden las demás, desarrolladas en las siguientes secciones:

- Ellos se encuentran en estado de descomposición (2do. segmento)

- Ellos viven entre las bestias (3er. segmento)

- Ellos piensan egoístamente (4to. segmento)

- Ellos están condenados a desaparecer (5to. segmento)

La macrometáfora señalada está formada por un entimema. Para Aristóteles, «la demostración retórica es el entimema y éste es, hablando en absoluto, la más firme de las pruebas por persuasión» (I.1.4), pero a diferencia de las proposiciones del silogismo que tratan de lo verdadero; en las de aquel, «algunas son necesarias, pero la mayor parte sólo frecuentes; […] se dicen de probabilidades y de signos» (I.2.6) y, por lo tanto, de lo verosímil. En este caso, el silogismo abreviado es el siguiente:

- El hombre es inmortal. (B está en la regla A)

- Vosotros no sois hombres. (C no es B)

- Vosotros sois mortales. (C es verosímilmente no A)

Siguiendo a Chico Rico, y según los retóricos latinos menores que la entendían como el examen minucioso de la realidad, la intellectio[2] opera aquí en el objeto del discurso (1.1), determinado como quaestio civilis generalis o thesis, es decir, construido como abstracto, general y teórico, propio del discurso literario (epidíctico) y filosófico (deliberativo).

Sin embargo, en el segundo segmento, un ejemplo (v. 6-7) particulariza el tópico del poema. Según Aristóteles, el ejemplo «es semejante a la inducción y la inducción es un principio […] hay dos especie de ejemplos: una especie consiste en referir un hecho que ha sucedido antes y, la otra, en inventarlo uno mismo» (II.20.1). En este caso estamos ante uno inventado, es decir, una parábola o fábula (II.20.3): “[…] la podredumbre / se adelanta a veces al cadáver”. Como indica el estagirita, «conviene usar estos los ejemplos como demostración» ya que «colocados como epílogo [del entimema] actúan como testigo y el testigo es siempre convincente» (II.20.4). En ese sentido, este segmento es la demostración del poema. Aunque, desde el punto de vista de la intellectio, se observa un cambio del objeto. La tesis se convierte en hypotesis o quaestio civilis specialis, en concreta, individual y práctica, propia del discurso no literario (forense).

En cuanto a la naturaleza de la causa (2.2), siguiendo a Chico Rico, la determinación de la genera causarum transforma al objeto certum del presente -la no humanidad de los alocutarios- en dubium del pasado y del futuro -su podredumbre y su extinción-. Por lo que el receptor/lector deja de ser un espectador (posición pasiva) del discurso epidíctico, y se convierte en un árbitro (posición activa) como en los géneros judicial y deliberativo.

En el tercer y cuarto segmento, el locutor revela su conocimiento del status de la causa (2.1), es decir, de la summa quaestio o cuestión capital que busca defender; para ello, construye dos narraciones. Dice Aristóteles que la narración «en los discursos epidícticos [matriz de los poéticos] no es continua, sino por partes […] puesto que sería difícil de recordar lo que se demostrase de ese modo [continuo]» (III.16.1). Confirmando esta regla, estamos ante una doble narración de acciones posibles en la que priman los campos figurativos de la metáfora, la repetición, la elipsis y la metonimia: recomendables del tercer segmento; hipócritas, en el cuarto. La causa capital del locutor varia en cada segmento; en el tercero, el estado quantidad o status translationis es puesto de relieve, es decir, son consideradas las consecuencias del ejemplo, así se producen la intervenciones condenatorias hacia los alocutarios que transitan del imperativo presente (orden) al indicativo futuro (sugerencia): i) “Soportad vuestro olor”à“no habléis”, ii) “enseñad el trasero”à“no lloréis”.

En cambio, en el cuarto segmento la narración es tomada como antecedente del segmento final, la condena propiamente dicha. De esta manera se construye sobre la base del estado fignitivo o status (de)finitionis, es decir, sobre las denominaciones ocultas de esos "pensamientos puros" de los alocutarios que dan título al poema, por lo que trabajan especialmente el eufemismo y la metonimia en todas su clases.

Ambas narraciones nos permiten acceder al ethos del locutor dado que, según Aristóteles, «un medio es hacer evidente la intención» y «si la intención no resulta creíble, hay entonces que añadir la causa» (III.16.2), pero también sirven para mover el phatos del auditorio, objetivo que se consigue si es que el orador se muestra «de una determinada manera […] Y lo mismo a [su] adversario]» (III.16.3). Por eso, la condena del locutor, desarrollada en la primera narración, es completada por la causa de la misma, mostrada en la segunda narración.

El talante del locutor puede ser encuadrado dentro de lo que Aristóteles llama el propio de la edad madura, ya que «los que se hallan en la madurez, está claro que tendrán un talante intermedio entre los dos [infacia y vejez…] sin demasiada confianza (pues ello es temeridad) ni demasiado miedo» (II.14), por lo que a pesar del tono recriminatorio, se dirige a los alocutarios bajo el registro formal de la segunda persona del plural: “vosotros”. El sentimiento que pretende provocar en los oyentes del discurso es el de la indignación, contrario a la compasión que podría inspirar la condición no humana de los alocutarios, porque «al pesar que se experimenta por las desgracias inmerecidas se opone –de algún modo y procediendo del mismo talante- el que se produce por los éxitos inmerecidos» (II.9.1).

Por último, en el quinto segmento se produce la condena efectiva; pero, parte de esta condena se encuentra vinculada con el objeto del discurso deliberativo, para el cual «resulta necesario que sean buenas tanto la adquisición de bienes como la pérdida de males, ya que de esto último se sigue simultáneamente el no tener mal, así como de lo primero se sigue el tener bien después» (I.6.1). Como lo propio de este género es el consejo y la disuasión, su tiempo es el futuro. El polisíndeton del verbo “pensad”, en el segmento anterior, conjugado en modo imperativo y tiempo presente, es un consejo/orden que sirve para los fines de locutor. Es la excusa que funciona convenientemente para el perjuicio de los alocutarios. Es también el epílogo, de cuyas funciones: «inclinar al auditorio a nuestro favor y en contra del adversario; amplificar y minimizar; excitar las pasiones en el oyente; y hacer que recuerde» (III.19), parece cumplir la tercera, al provocar una abierta animadversión en los receptores hacia los alocutarios representados. Por otro lado, cumple con el cierre final en asíndeton, recomendado por Aristóteles, al suprimir la conjunción subordinante causal “porque”: “Pensad en todo, vuestros días sobre la tierra / no serán numerosos”.

II.- Campos figurativos

-Metáfora:

* Metáfora verbal (v. 8): mostradlo por hacedlo oler. Produce una sinestesia oral/visual.

* Metáfora adverbial (v. 18): dulcemente por con maestría.

* Metáfora adjetival (v. 19): dulces por santas. Implica cierta ironía.

* Símbolo (v. 22): trompeta de oro implica una boca pródiga y a la vez autolaudatoria.

* Metáfora nominal (v. 23): veranos por vacaciones.

* Sinestesia (v. 28): cielos de almíbar por atardecer, implica lo visual/gustativo.

-Repetición:

* Polisíndeton (v. 1, 2 y 3): el sustantivo común señor acompañado por otro sustantivo de carácter ocupacional o de estratificación social.

* Aliteración (v. 2): la oclusiva sorda “t” seguida por la vocal “e” en terrateniente.

* Rima (v. 5 y 7): consonante, entre mortales y cadáver.

* Aliteración (v. 9): las oclusivas sordas “p” y “k” en poquito a poco.

* Polisíndeton (v. 15, 20, 23 y 29): el verbo pensar conjugado en imperativo presente: pensad.

-Elipsis:

* Eufemismo (v. 24): mucama rubia por amante.

* Eufemismo (v. 26): otra vida por muerte.

* Eufemismo (v. 29): sobre la tierra por "con vida".

-Sinécdoque:

* Especie en vez de género (v. 4): coronel de artillería por los militares.

* Parte en vez de todo (v. 11): trasero por cuerpo.

* Parte en vez de todo (v. 16): alas blancas por ángeles.

-Metonimia:

* Concreto en vez de abstracto (v. 15): cielo por paraíso cristiano.

* Concreto en vez de abstracto (v. 23): billetes por riqueza.

* Concreto en vez de abstracto (v. 27): distancias terrestres por viajes.

-Antítesis:

* Paradoja (v. 5): el hombre es inmortal.

III.- Interlocutores

- Locutor personaje (v. 5, 8, 19, 20, 23, 29): el pronombre personal vosotros; los adjetivos posesivos vuestro(s)/vuestra(s). Un yo que se dirige a un auditorio de varios oyentes. Sin embargo, no muestra abiertamente su subjetividad. En la demostración (v. 6 y 7) asume la voz impersonal. Conviene recordar aquí la advertencia de Aristóteles acerca de esta parte del discurso: «como decir cosas de uno mismo puede dar lugar a envidia o a prolijidad o a contradicción y, decirlas de otro, a injurias y a asperezas, es útil representar que es otra persona la que habla» (III.17.5). Parece ser esta la razón.

- Alocutarios representados (v. 1-3): rentista, funcionario, terrateniente y coronel de artillería. Representan a la oligarquía, la burocracia, los gamonales y las fuerzas armadas. Sin embargo, en este grupo no parece existir poliacroasis. Tomás Albaladejo[3] dice que «[l]a poliacroasis existe aunque no se manifieste una mención explícita de los diferentes destinatarios individuales o formados por grupos de personas, si bien en ocasiones el discurso contiene lo que Alwin Fill ha llamado divided illocution (“ilocución dividida”)» (p. 3); por lo tanto podemos aventurar que la poliacrosis se efectúa en la pragmática interna del texto por la existencia de los otros alocutarios del discurso -unos no representados-, los oyentes/lectores quienes como árbitros juzgan la condición no humana de los alocutarios representados y deliberan sobre su condena a la extinción por serles provechosa para eliminar su propia condición subordinada.

Por último, el peso de la argumentación recae sobre el locutor, ya que como dice Aristóteles, «para la deliberación es más útil la manera como se presenta el orador y, para los procesos judiciales, la actitud en que se halle el auditorio» (II.1.1).

IV.- Cosmovisión

En cuanto a la visión del mundo, podemos emparejarla con lo que Chico Rico llama los grados de defendibilidad de la argumentación (2.3), específicamente con dos de ellos: con el admirabile genus, en el que una causa «se enfrenta claramente a la conciencia general de los valores y verdades del público», en este caso de los alocutarios representados (condena); y con el dubium vel anceps genus, que «provoca en la conciencia general de los valores y de la verdad del público un serio problema con respecto a su mantenimiento», es decir, en la disposición de los alocutarios no representados (persuasión).

En resumen, debido a la ilocución divida estamos ante dos grupos de alocutarios, el representado, para quien el discurso es eminentemente epidíctico porque entraña una censura de su conducta; y el no representado, para el cual es judicial, en tanto acusación de su pasado, a la par que deliberativo, tomado como condena de su futuro.



[1] Aristóteles. Retórica. Introducción, traducción y notas por Quintín Racionero. Madrid, Editorial Gredos, 1990, 626 pp.

[2] Chico rico, Francisco. «La Intellectio. Notas sobre una sexta operación retórica». En Castilla: Estudios de literatura, Nº 14, Universidad de Valladolid, 1989, pp. 47-55.

[3] Albaladejo, Tomás. «La poliacroasis en la representación literaria: un componente de la Retórica cultural». En: Castilla. Estudios de Literatura, Universidad de Valladolid, 2009, pp. 1-26.

jueves, 27 de octubre de 2011

Nadia* (o De la repetición)



uno nunca sabe
uno buscará, lleno de esperanzas
los caminos del azar
uno normal I siempre volverá
si uno se mirase desde afuera sin piedad...
Normal I, Fito Páez
I
Gonzalo levantó la mirada y la encontró agazapada detrás de unas enormes gafas. No había duda, acababa de tropezar con un fantasma.
II
Decir que Nadia era una chica cualquiera sería decir una mentira. Tenía el cabello ensortijado, corto y almendrado. Batido por el viento, lo traía sujeto con una banda elástica que cambiaba de color según su estado de ánimo.
Nadia odiaba los pantalones estrechos y los jeans de sus amigas. Usaba siempre faldas largas con estampados que recordaban el forro de los cojines de los casas de las abuelas. De hecho, cuando uno ponía la cabeza entre sus muslos, sabía que podía quedarse dormido sin preocuparse por nada.
Nadia tenía una respiración imperceptible, un olor a shampoo de bebé en el cabello y una piel tan sin marcas que cuando uno abría los ojos, su cuello, apoyado en la corteza de algún árbol, semejaba una pendiente de nieve no hollada.
III
Una de las grandes teorías de Gonzalo consistía en lo siguiente:
- Cada uno carga con alguien siempre. Nadie llega solo.
Entonces se ponía melancólico y pensaba en Nadia, su peso muerto, su propia carga. Nadia lo había dejado después de que él la dejará primero para escribir una novela. Pero, en realidad, no extrañaba a esa, la segunda Nadia, a la que le había reprochado su ninfomanía y sus arranques de histeria, sino a la otra, la anterior, la que tenía los frenos y el cerquillo, la chica a la que una vez también había visto, una mañana en el paradero, al levantar la mirada.
IV
«Cada uno trae una carga siempre. Nadie llega solo».
Nadia Cero era el modelo de todas las Nadias.
Pero, como estructura modélica no había nada de original en ella.
Si uno indaga con paciencia y lee muchos libros se tropezara con algo valioso: Hace mucho tiempo, en un lugar muy remoto, al pie de la costa bretona, esperaba Isolda el retorno de Tristán.
Y sin embargo, ¿qué Isolda? ¿Era la de las blancas manos o la de la rubia cabellera?
Nadia Cero quedó como sustrato, como remanente, dispuesta a no dejarse vencer por las demás.
V
Hace cinco años, Gonzalo decidió escribir una novela.
(Es decir, hace cinco años que Gonzalo existe).
Imagino que su resolución no había sido producto de una detenida cavilación. Tampoco, el resultado de una necesidad expresiva particular. Por el contrario, me resulta fácil pensar en ella como en un gesto espontáneo. Algo que no podía explicar satisfactoriamente a los curiosos.
- No sabía que escribías.
- Hasta donde yo sé, no lo hago.
- Entonces.
- Nada… Escribo.
Lamentablemente, cada vez que pienso en la primera Nadia recuerdo unos inquisitivos ojos pardos, agazapados detrás de unas enormes gafas, y el insólito rocío de flores estampadas.
VI
Al notar la diferencia sin notarla, uno busca una excusa para alejarse de ella.
Nadia Dos fue un paréntesis. Pensó que funcionaría porque le producía reminiscencias de Nadia Uno, pero no fue así porque su modelo era Nadia Cero, con quien era incompatible.
Nadia Dos fue el primer fantasma. Por eso la engañó dos veces:
1) Con una desconocida.
2) Con Nadia Uno, pero no funcionó. Ella también había dejado de ser Nadia.
VIII
Si la señora que dormitaba en la butaca de al lado le hubiera dicho a Gonzalo, como un avatar de Heráclito, «que nadie se baña en el mismo río dos veces»; él no hubiera tenido más remedio que atribuir su error al sueño, y responder cual Tristán:
- Puede que los griegos hayan sido más higiénicos que las mujeres con las que me suelo acostar.
IX
Acaso no te has dado cuenta de que eso a lo que llamamos nuestra vida no es más que el imaginario desvarío de una conciencia ajena y cruel que se empecina en sostener nuestro amor sobre el endeble fantasma de sus deseos insatisfechos y pueriles y que esta voz con la que pretendo romper el hechizo que nos ata a su discurrir enfermo es también por completo otra de sus emanaciones pestilentes el execrable amor que nos tenemos no representa para tal engendro nada más que un eructo un fastidioso tintinear de su cerebro no lo entiendes nadia o es que tú como los otros ya estás sorda a toda luz a toda pasión a todo sueño
un momento
o es que tú no te llamas nadia.
X
Cuando la vio, se enamoró de ella. O mejor dicho, recordó que estaba enamorado desde hacía mucho tiempo.
El reencuentro y el fin de la búsqueda. La felicidad principia… Free hugs time again.
XI
Gonzalo se pasó el verano descansado en casa. Leía por las mañanas, escribía un rato por las tarde y salía exclusivamente por las noches. Los fines de semana cocinaba y limpiaba las habitaciones. No dejaba de salir por las noches. A los pocos meses, Nadia Dos le volvió a hablar. Todos sus mensajes eran insultos que Gonzalo respondía con un eterno «ok».
Con el transcurso del año, dejó de contestar los mensajes; conoció a una tal Ana; volvió a sus antiguas distracciones: pasear por los balnearios, ver películas en los cineclubes y escuchar respiraciones imperceptibles.
XII
En el devenir de Gonzalo, ¿qué fue primero?; ¿su deseo de escritor o su deseo de amante?
XIII
Gonzalo conoció a Nadia Tres en una sala de cine. Iban a pasar una película de la nouvelle vague y Ana lo había dejado plantado porque una reacción alérgica a las fresas del helado del día anterior la había postrado en cama. En aquella salida, Gonzalo había descubierto que Ana podía cambiar de color como la banda elástica de una de las Nadias. La irrupción de aquel recuerdo lo puso melancólico.
Sacudió su cabeza y se topó con una figura conocida. La había visto antes. Era un sujeto de aspecto desaliñado, vestido con una camisa ridícula, que se sonaba la nariz con un pañuelo muy viejo. Asiduo a las salas de arte como se había vuelto, se había encontrado con él varias veces al finalizar las proyecciones. Dicho tipo solía salir al final.
Una vez le había comentado a Ana sus sospechas:
- Creo que lo hace para revisar si algún imbécil se olvidó algo debajo de las butacas.
- ¿En serio?
Casi por reflejo, desplazó su mirada hacia el otro lado de la sala. Se quedo fija en el umbral de la puerta. Su deseo había entrado en escena.
XIV
[John Cage, uno de los más importantes representantes de la música concreta norteamericana, hizo un experimento a mediados del siglo XX. Grabó su voz en una cinta magnetofónica y, a continuación, la reprodujo en un cuarto vacío. La emisión fue grabada en otra cinta y se procedió a repetir la operación reproduciéndola en el mismo ambiente y grabándola de nuevo. Esta secuencia se ejecutó hasta que las palabras articuladas por Cage terminaron convirtiéndose en un murmullo, un ruido indescifrable que parecía no significar nada].
XV
¿Cómo explicar a Gonzalo?
Gonzalo es la parte de otro personaje que quiere escribir una novela.
Ese personaje se resiste a perderlo y le entrega a Nadia, su experiencia de Nadia.
Gonzalo pierde al amor de su vida como si nunca hubiera existido: «Una tal Ana».
¿En qué momento nace Gonzalo?
Cuando el otro personaje se enamora de Abril, y se rehúsa a aceptar su destino.
Uno de los tantos nombres del joven Abril es Nadia Cero.
Por eso, cuando Gonzalo levantó la mirada y la encontró agazapada detrás de unas enormes gafas: «No hay duda, acabo de tropezar con otro fantasma».
El mismo, el de siempre.
Tampoco había ninguna incertidumbre en el hecho de que la chica con la que se besaba Nadia Cero, aprovechando la oscuridad del espacio, era su imagen invertida. Su doble femenino. Ni de que el sujeto repugnante lo estaría esperando a la salida de la sala, porque ahora él era un sustrato, un remanente, dispuesto a dejarse vencer.
Un objeto, una cosa, un algo. Debajo de cualquier butaca, olvidado por los demás.

* En la onomástica de la Europa occidental, existen dos fuentes para este nombre. La primera, derivada del árabe, la emparenta con Nadiyya, que significa “la anunciadora”, “la intermediaria de Dios”; a la vez que “delicado” o “tierno”. La variación persa del mismo nombre en fārsī significa “rocío”. Por otro lado, en las lenguas de la Europa oriental, proviene del antiguo eslavo eclesiástico usado por los evangelizadores bizantinos como traducción de la palabra griega ελπίς cuyo significado es “esperanza”. De este procede el nombre ruso y bulgaro Надежда. Del antiguo eslavo oriental, derivado de la matriz anterior, se originan los nombres Надзея (bielorruso) y Надія (ucraniano). También el polaco Nadzieja. Todos con idéntico significado.